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quinta-feira, 16 de abril de 2015

EL ORIGEN DE LAS OFENSAS MÁS POPULARES


El insulto cuyo rastro trató de ser borrado

Día 16/04/2015 - 12.22h

El término marimacho servía antaño para describir únicamente a la hembra fiera, desenvuelta en las cosas de los hombres

En determinadas ocasiones no medimos lo suficiente el alcance que puede tener un improperio. Algunos se profieren pensando que no son tan ofensivos de lo que realmente son. Es el caso del apelativo que hoy centra nuestra atención, cuyo abanico de agresividad varía sustancialmente en función del contexto donde se pronuncie.
En su «Inventario General de Insultos», Pancracio Celdrán describe así a la «mujer que se comporta como un hombre, y que a menudo tiene los gustos de éste, pareciéndolo en su corpulencia y modo de conducirse. Es contracción de María y macho».
El médico Pedro Felipe Monlau, escribe en un Diccionario etimológico a mediados del siglo XIX:
Hay algunas marimachos, o mujeres hombrunas, de costumbres masculinas, voz ronca, etc.
No obastante, el vocablo data de varias siglos atrás. Celdrán señala que ya era utilizado en el siglo XVI, «y poco después por Lope de Vega, enLa Serrana de la Vera, donde dice»:
Lindo talle, hermosa moza,
si marimacho no fuera...
Aunque hoy en día el apelativo lleve intrínseco un significado muy concreto, no pasaba lo mismo en época pretéritas. «Antaño no poseía la connotación de lesbianismo que hoy conlleva, sino únicamente el de hembra fiera, desenvuelta en las cosas de los hombres, y de aspecto masculino; no parece que se quisiera ir más lejos», puntualiza Celdrán.
En la primera mitad del XVIII, Diego de Torres y Villarroel, en la obra Barca de Aqueronte, dice de cierta dama:
Volvióse marimacho y brotó un par de bigotes como un tudesco.
La dificultad de abordar un tema como la homosexualidad femenina, que antaño era tabú, queda reflejada en que apenas hay referencias literarias excesivamente claras sobre la materia. «No se consideraba cosa ofensiva, sino melindres propias del sexo débil a las que, como en casi todo lo que con él se relacionaba, se le concedía poca importancia. Era insultante recordarle a una mujer lo poco femenino de su aspecto, y mentarle los bigotes o los descomunales bíceps», aborda Celdrán.

NOTICIAS DEL ESPAÑOL

Ana Mendoza (Agencia Efe)

Luis Magrinyà: 

«Hasta los mejores escritores cometen fallos de estilo»

El mallorquín Luis Magrinyà, filólogo, editor, traductor y escritor, siente pasión por la lengua y la literatura desde niño, y fruto de ese interés es el libro Estilo rico, estilo pobre, un ameno conjunto de recetas con las que invita a «pensar la lengua» para no cometer fallos innecesarios.

Portada del libro.Foto: ©Amazón.com
Portada del libro.Foto: ©Amazón.com
«Todos los escritores, incluso los mejores, cometen fallos de estilo y caen a veces en lo rebuscado y pretencioso», ha asegurado Magrinyà en una entrevista con Efe, con motivo de la publicación por Debate de este libro que no es un manual de estilo al uso ni está lleno de normas y prescripciones.
Las soluciones que propone Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) son siempre «muy normales» porque el buen estilo debe «ser natural».
Como dice en el prólogo José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia Española, Magrinyà fue cocinero antes que fraile, dado que trabajó nueve años como lexicógrafo en la RAE, en la XXII edición del Diccionario, y, por tanto, sabe de qué habla cuando aconseja prescindir de ciertos tics a la hora de escribir.
Los mayores peligros, sostiene Magrinyá, están en «el estilo pretencioso y pedante» porque «parte de un ideario, de una actitud», mientras que «el estilo “pobre”, ramplón, parte de una limitación, de la pereza, de la falta de reflexión».
El humor y la ironía impregnan este libro, en el que Magrinyà ha reunido los artículos que escribió para el periódico digital El Diario y la edición digital de El País, aunque los ha ordenado por temas y les ha añadido una introducción.
«Es un libro de experiencias», perteneciente al género de «librillo de maestrillo», comenta.
«Pensar la lengua es la primera condición del estilo», subraya Magrinyà, quien llama la atención en su libro sobre los sinónimos, causa de «variados estropicios».
Por ejemplo, en el caso de verbos tan frecuentes como hacer y tener, escritores y periodistas tienden a sustituirlos por realizar y poseer, pero no siempre de forma adecuada.
Hay novelas en las que aparecen expresiones como realizar los deberes, realizar cosquillas, poseer ganas.
«Poseía un pequeño pene tonto y encogido», dice Almudena Grandes en Las edades de Lulú. «Y todo por no decir “tener”», comenta Magriny, que cita a escritores de diferentes lenguas.
Entre los «verbos parlanchines», el autor destaca decir, uno de los más reemplazados. Y da una lista interminable de verbos que se utilizan para evitar el socorrido dijo.
«Dijo es la mayoría de las veces una solución más elocuente, honrada y discreta que, pongamos por caso, arguyó, refirió, aseveró o sostuvo», afirma este escritor que desde 1995 dirige varias colecciones en Alba Editorial.
En ocasiones, señala Magrinyà, esa «ansiedad expresiva» lleva a asociaciones animales: «trinó Celeste» (José Donoso), «rugió el librero» (Ruiz Zafón), «ladró de vuelta el militar» (Isabel Allende).
Los verbos comodín, como provocar (en el sentido de causar) y usar, revelan «una actitud muy desagradecida ante las posibilidades de la lengua», sostiene el autor de Los aéreos  y Los dos Luises.
No siempre se elige el adjetivo adecuado. En las novelas abundan «la respiración pesada», los bostezos «pesados», mujeres de «rasgos pesados» y caras que tienen la forma de «rombos grandes y pesados».
Y en vez de «currículum de peso», hay quien tiene «currículum pesado», como se habla de dirigentes políticos «pesados» y de fumadores «pesados» de veinte cigarrillos al día.
El escritor, que cita en el libro fallos de estilo cometidos por él mismo, cree que en el lenguaje de las redes sociales «hay de todo, como en todas partes», pero no se puede generalizar y decir que internet «empobrece el idioma».
Y le encanta «el libertinaje» que se observa en el lenguaje de la gente joven en internet, «muy creativo y gracioso».

ESPAÑA


Entender las lenguas, entender España
Rafael Arenas García
 
"No hay nada tan malo que no tenga algo bueno".


El proceso secesionista que está conduciendo a Cataluña y al conjunto de España al borde del abismo ha creado el marco oportuno para que se susciten debates que interesan, que han de ser abordados y resueltos; debates que tienen que mucho que ver con lo que es España y las formas en que nos relacionamos los españoles. El tema de la lengua y de las lenguas es uno de ellos, y en los últimos meses estamos asistiendo a un interesante intercambio de opiniones sobre cómo debe abordarse una cuestión que es nuclear para la convivencia y un elemento muy relevante en la construcción de un país en el que podamos sentirnos cómodos.

La inmersión y la exclusión del castellano es un ejercicio de ingeniería social que pretende amputar en Cataluña una parte importante de su historia, de su tradición y de su realidad presente

Ya advierto que no pretendo dialogar sobre esto con quienes explícita o implícitamente pretenden la secesión de Cataluña (lo que sería extensible al País Vasco o a cualquier otro territorio). Los recientes acontecimientos han demostrado lo que, por otra parte, era racionalmente evidente: no puede pactarse un marco de convivencia con quienes pretenden tan solo romper la comunidad política. Estos se han autoexcluido del diálogo permanente que va conformando las naciones. Quienes optan por la ruptura tan solo pretenden derrotar a quienes se les oponen y ninguna concesión les parecerá suficiente hasta no conseguir el objetivo final. Otra de las cosas buenas del proceso es que esto también está quedando claro, lo que contribuirá a que el debate político pueda ganar algo de racionalidad.

Quede claro, por tanto, que lo que diga a continuación ningún propósito tiene de contentar a los separatistas. Evidentemente, no niego que pueda pactarse con ellos una ordenanza de tráfico o unos presupuestos, pues siguen siendo actores políticos con representación en las instituciones; pero no me parece oportuno convertirlos en interlocutores respecto a los temas auténticamente nucleares de la sociedad; y no confiaría en ningún partido que no siguiera esta misma pauta. Y desde luego, los temas de los que quiero tratar son esenciales en la configuración de la comunidad política.

Me centraré aquí en el tema de la lengua y lenguas españolas, uno de los debates más interesantes que se han abierto en los últimos meses en Cataluña.

El punto de partida, y en él creo que todos estamos de acuerdo, es que algo ha de cambiar. Afortunadamente va calando la idea de que el sistema de inmersión no es “un modelo de éxito que garantiza la paz social”, tal como rezaba el eslogan que se ha difundido durante décadas y que prácticamente agotaba el argumentario de las bondades del sistema; sino un instrumento de construcción nacional que no beneficia el aprendizaje de los alumnos, en ciertos aspectos les limita y que tan solo favorece a quienes pretenden transmitir a las futuras generaciones la imagen de Cataluña que satisface a los nacionalistas. La inmersión y la exclusión del castellano, considerada como una lengua extranjera (lo que también es apreciable en los medios de comunicación y en las instituciones autonómicas y locales) es un ejercicio de ingeniería social que pretende amputar en Cataluña una parte importante de su historia, de su tradición y de su realidad presente.

Es pues, necesario, que algo sustancial cambie en la política lingüística; y ese algo se traduce en un planteamiento tan sencillo como convertir en oficial lo que es real: el castellano es una lengua catalana, la que tienen como materna más de la mitad de los catalanes, y lengua común en muchos ámbitos y territorios. Negar esto es un ejercicio de voluntarismo que fuerza a la sociedad, al sistema educativo y hasta a la economía.

Dicho esto ¿es suficiente? Yo creo que no. El debate sobre la posición de la lengua no está desconectado de un planteamiento más profundo sobre la articulación de España, un planteamiento equivocado y perverso que, sin embargo, es el actualmente vigente.
¿Cuál es ese planteamiento? Bien, digámoslo claro: que Cataluña (y también el País Vasco) son “menos España” que otras regiones. Esta idea va acompañada de una particular forma de articular las relaciones entre los distintos territorios españoles, en la que se dota de preferencia precisamente a aquéllos partidos y movimientos que tanto en Cataluña como en el País Vasco representan este planteamiento. Es decir, desde “Madrid” (y Madrid no es solamente Madrid) se entiende que España es un país en el que existen realidades diferenciadas que han de ser tratadas como si su integración en España no fuera completa y que, por tanto, han de establecerse pactos con las minorías a fin de mantener un difícil equilibrio entre el centro y la periferia. Al mismo tiempo, se rechaza que quienes en Cataluña y el País Vasco defienden una plena integración en España representen verdaderamente a esos territorios. Ejemplo sangrante de esto es que en el Congreso se tolere que se designe como “Grupo Catalán” al de Convergencia y Unión, como si ellos fueran quienes auténticamente representan a todos los catalanes. De la misma forma, la admisión (también en “Madrid”) de la oposición entre Cataluña y España, como si fueran realidades diferentes; y la permanente llamada a la búsqueda de la articulación de Cataluña, como si se tratara de un cuerpo extraño, inciden en esta idea.

Esta perspectiva explica que en un momento dado se acordara que la educación fuera transferida en su práctica totalidad a las Comunidades Autónomas, pese a que seguramente se era consciente de que esa transferencia supondría la utilización del poderos mecanismo que es la escuela para profundizar en la diferenciación entre Cataluña (y probablemente el País Vasco) y el resto de España. La política de inmersión fue así tolerada, tanto por el PP como por el PSOE porque en el fondo encajaba en su planteamiento de acuerdo con el cual la auténtica España es Madrid, Extremadura, Castilla o Aragón; pero no Cataluña.

La gestión del proceso secesionista que se ha hecho hasta ahora confirma este planteamiento: se admite sin grandes problemas que Artur Mas desarrolle una política exterior propia y los mecanismos que se utilizan frente a ésta son los que se emplean en los conflictos diplomáticos con Estados soberanos: negociación con terceros Estados, llamadas de embajadores, presiones para forzar el aislamiento, etc. No se asume plenamente que el problema que plantea el secesionismo es un problema interno, no internacional (todavía).

Esta situación absurda es posible, sin embargo, porque no se ha interiorizado que tanto Cataluña como el País Vasco son España en la misma medida en que lo es Madrid o Andalucía. No más, pero tampoco un milímetro menos.

Es contradictorio que estas otras lenguas españolas sean consideradas como patrimonio tan solo de ciertas comunidades autónomas

Estoy seguro de que en esto que acabo de decir algunos de los que comparten conmigo mi radical oposición a la secesión de Cataluña discreparán. Quizás no lo reconozcan expresamente, pero les pediría que examinaran la forma en que valoran el debate político y consideran unas y otras propuestas y sinceramente asumen lo que acabo de decir, que Cataluña no es menos España que cualquier otra parte del país. O dicho de otra manera, que Cataluña es tan importante para entender España como lo puede ser Burgos o Sevilla.

Evidentemente, esta consideración sobre los territorios ha de extenderse a las personas; esto es, ¿se asume realmente que los catalanes, vascos o gallegos son tan españoles como pueden serlo los andaluces o madrileños? Y es aquí donde llegamos al tema del idioma con el que empezaba.

Uno de los elementos que generalmente caracterizan a las personas es el idioma que utilizan, que les es familiar, con el que se identifican. La lengua materna no es una anécdota, y existen muchos españoles que tienen como lengua materna una que no es el castellano. Cuatro o cinco millones de españoles tienen como primera lengua el catalán. ¿Asumimos que esos cuatro o cinco millones de españoles lo son en la misma medida que aquellos que tienen como primera lengua el castellano? La respuesta políticamente correcta es que sí, que lo asumimos; pero ¿realmente consideramos que su lengua, aquella con la que se identifican, es también una lengua española, una lengua que ha de ser percibida como propia por las instituciones del Estado que nos debería representar a todos por igual?

Esta es, a mi entender, la clave del problema. Es evidente que en España contamos con una lengua común, que es el castellano (al que yo prefiero llamar español, tal como sucede en todo el mundo); pero esta lengua común coexiste con otras que son tan españolas como el castellano (quienes no estén de acuerdo en este punto no compartirán mi punto de vista, lo asumo; se trata tan solo de clarificar el debate). Es contradictorio que estas otras lenguas españolas sean consideradas como patrimonio tan solo de ciertas comunidades autónomas; este planteamiento (que es el vigente) solamente es coherente con una visión de España en la que, como decía antes, nos limitamos a mantener un cierto equilibrio entre la España nuclear y aquellos otros territorios que son “menos España”. Esa es la situación que hemos padecido durante las últimas décadas (en realidad durante el último siglo) y que nos ha conducido a la situación actual.

¿Queremos cambiar esta situación? Hagámoslo. Tenemos una oportunidad histórica para reflexionar y construir un país fuerte, rico, orgulloso de su diversidad y en el que, como digo, todos los que creemos en el proyecto común que encarna nos sentiremos cómodos. Para ello debemos dotar de reconocimiento institucional a todas las lenguas española, reconocimiento no en sus respectivas comunidades autónomas, sino en el Estado que nos une a todos.

España es diversa, estemos orgullosos de ello y hagamos que todos los españoles lo estén.

PROFESIONES


El punzón del reportero

“Si Dickens viviera, sería reportero”, me dijo una vez Manuel Vicent camino a San Millán de la Cogolla




“Si Dickens viviera, sería reportero”,me dijo una vez Manuel Vicent camino a San Millán de la Cogolla. Era una mañana tibia, y viajábamos juntos para asistir a un encuentro cultural en aquel fascinante monasterio medieval de La Rioja donde fueron hallados los primeros vestigios del idioma español. Ya por entonces no le resultaba muy creíble abrir un libro y leer una primera línea que dijera: “Julia se sirvió una copa y caminó hasta la ventana”. La vida moderna, la intercomunicación instantánea, la chance de entrar fácilmente con Internet en mundos remotos o cotidianos, la facilidad para viajar a cualquier rincón del planeta, la masificación de la narración televisiva y muchas otras novedades del ultramodernismo le quitan de algún modo verosimilitud a la ficción decimonónica y dejan acaso al desnudo su impostura. El reportaje o la crónica novelada, en cambio, le parecían a Vicent el gran género literario del siglo XXI. Más allá de esta controversia provocadora y de que luego él mismo siguió nadando tozudamente contra la corriente y escribiendo novelas, lo cierto es que en la intimidad de ese corto viaje acaso me estaba comunicando el corazón de su credo estético.

Como Tomás Eloy Martínez, el autor de Desfile de ciervos sostiene que el periodismo y la novela se encuentran en un mismo nivel artístico si el reportero ejerce su oficio con talento literario y si es capaz de elevar su producto a la categoría de obra de arte. Vicent, sin embargo, no puede ser inscrito en la moda de la crónica actual, puesto que su trabajo es vanguardista: no pretende reconstruir la realidad, sino reinterpretarla mientras la va bocetando, como un Warhol de prosa magistral que no se niega a la imaginación. Este experimento fascinante conecta, a su vez, con su praxis de articulista. Las pequeñas piezas dominicales de Manuel, recogidas en varios libros, deben ser releídas hoy como lo que son: muestras de uno de los estilos más elegantes, agudos, melancólicos y ocurrentes de la literatura en castellano. Tal vez deban pasar muchas décadas para que esas acuarelas magníficas, que Borges no hubiera desdeñado precisamente por su excelsa ejecución, obtengan la centralidad que merecen. Sucede que por su carácter popular y efímero, el periodismo no suele agregar prestigio a un escritor, y también que el propio columnista tiende a minimizar sus pequeños experimentos. Este prejuicio recuerda a Discépolo cuando dijo: “Me pasé toda la vida haciendo tanguitos mientras trataba de escribir mi gran obra. Hasta que me di cuenta de que mi gran obra eran los tanguitos”. La anécdota conduce a las tablillas de Sorolla, que el maestro pintaba a espaldas de Clotilde para luego venderlas, hacerse de un dinero extra y gastarlo en placeres prohibidos. Esas tablas contienen, según el mismo Vicent observa, toda la libertad, la dicha de vivir y la pasión; por eso resultan tan limpias y puras. Lo mismo podría decirse de sus artículos, cruzados por la ironía, el lirismo, la ternura y la ferocidad. Como alguien apuntó alguna vez, Manuel “es partidario del estilo siempre que con ese punzón se pueda matar o ensartar la esencia de las cosas”.


Cierta noche, en la trastienda de una librería de Buenos Aires, mientras comíamos un asado criollo, lo nominé el Santo Patrono de los columnistas latinoamericanos

Cierta noche, en la trastienda de una librería de Buenos Aires, mientras comíamos un asado criollo, lo nominé el Santo Patrono de los columnistas latinoamericanos y le pedí que me contara los secretos de su arte. Me juró que jamás elegía por anticipado el tema que trataba cada domingo, dado que esa premeditación le quitaba de algún modo el sueño y la libertad creativa. Al llegar al viernes, cuando los editores esperaban ansiosos su entrega semanal, Manuel Vicent se despertaba temprano, caminaba un kilómetro hasta el puesto de diarios y regresaba a pie, hechizado por los ruidos y los colores de la mañana. Su empleada de toda la vida le preguntaba siempre lo mismo: “¿Desayunará usted hoy, don Manuel?”. El caballero español asentía y se abocaba al café y a las tostadas mientras leía los periódicos. Luego se duchaba, se vestía con finura y se sentaba frente al teclado a las once en punto. En ese instante crucial, con las antenas alertas, Vicent esperaba que el asunto viniera a imponerse y que se escribiera en trance durante 60 minutos exactos. Ignoro si continúa con la misma metodología, pero lo cierto es que el resultado sigue siendo deslumbrante. En esas trescientas palabras ejerce muchas profesiones: filósofo, analista político, costumbrista, historiador, humorista, melómano, pintor y poeta. Ha sido capaz en sus notas de narrar novelas brevísimas, y me pregunto si alguien ya estudió el articulismo moderno como una de las formas evolutivas del cuento. Destinados a la lectura del día y al olvido inmediato, pero con pinta de volverse inmortales, esos apuntes encierran la clave de este artista. Que un domingo estival definió los requisitos existenciales de todo gran escritor: “Conocer a fondo el alma humana, no sorprenderse de nada, estar de vuelta de todo, pero conservar siempre la virginidad en la mirada ante cualquier tragedia, villanía, heroísmo o golpe de fortuna que acontezca en la vida, y contarlo como si sucediera por primera vez”. Manuel Vicent cumple con todos esos requisitos. Y con creces.
Jorge Fernández Díaz es escritor y periodista argentino, autor de Mamá (RBA) y El puñal (Planeta)

LA LENGUA VIVA



El capricho de las 


palabras

 en Libertad Digital - España


Gustavo Laterza ve con desagrado el término dificultoso, que yo empleo. Se pregunta si no podríamos llegar al absurdo de decir "oscuroso o ridiculoso". No creo que haya tal peligro. Dificultoso está en los lexicones y en el habla culta. Proporciona un matiz a difícil, algo así como enredoso. El sufijo -oso da resultados un tantico despectivos: moroso, celoso, chismoso, pastoso, mentiroso, mocoso. Incluso exitoso añade un punto de ironía. Tampoco hay que prodigar mucho el -oso.
Juan J. Carballal observa, con buen criterio, que la muletilla de "lo que es"puede tener sentido en ocasiones. Por ejemplo, es correcto decir "lo que es enseñar, no se enseña". En cambio, "va a bajar lo que es la inflación" es capricho inútil. Muy bien visto. En todo caso, se puede admitir el “lo que es” en el habla coloquial cuando se trata de una descripción geográfica o espacial. Por ejemplo, “la cabalgata pasa por lo que es el centro de la ciudad”. No queda muy elegante, pero puede pasar como un simpático vulgarismo. Lo que se debe rechazar es el uso de la muletilla a troche y moche.
Luis Bartolomé Barbé se pregunta cuándo hay que decir "cola" o "fila". No debe tenerse reparo en admitir cola como una hilera de personas que esperan turno ante una ventanilla, aunque ahora es más bien una mesa de despacho. En Aragón dicen "fila", y es término que se generaliza, debido al sentido ligeramente obsceno de la cola. Tampoco hay que cogérsela con papel de fumar.
Las palabras del habla admiten modas. Por ejemplo, durante algún tiempo se proscribió "comienzo" o "principio" (y no digamos el gracioso vulgarismo “empiece”) para preferir “inicio". La nueva moda es ahora "arranque", sobre todo cuando se trata de una fecha. Por ejemplo, "el arranque de la campaña electoral" o de "la temporada de playa". Si se repite mucho, estraga. Pasa lo mismo con el ajo o la cebolla.
José Luis Martín me recuerda que hace bastantes años me escribió sobre el abuso del verbo entrenar para sustituir al pronominal entrenarse. Su aviso fue premonitorio. Acabaremos diciendo que lavamos, peinamos, arreglamos, vestimos, etc. a nosotros mismos. De paso, don José Luis se lamenta de otro disparate generalizado: "Punto y final". Nadie sabe qué hace ahí esa y, pero la expresión se ha hecho popular.
Don José Luis, enamorado de las palabras, razona que la relación entreescuchar y oír es la misma que se da entre mirar y ver. Ya hemos hablado aquí de ello, aunque es inútil. El verbo oír casi ha desaparecido. Puede que sea una forma de no discriminar a los sordos, o mejor, discapacitados de audición. Añade don José Luis que un refuerzo de ver es la voz escrutar. Pone como ejemplo de mirada escrutadora la de Inocencio X, en el retrato que le hizo Velázquez, "el mejor retrato del mundo". Estoy de acuerdo. Velázquez pintó el poder en esa mirada y en esas manos del Papa.
Termino con una observación que me hace Luis Alejandre, atento lector de un libro mío de hace muchos años, España cíclica. En él se recoge una observación que hizo el ensayista José María Fontana en 1957. Se trata de la correspondencia de dos fechas sangrientas, 1968 y 1936, con la fase de expansión máxima de las manchas solares. Lo asombroso del caso es que el autor remata que en 2004 ocurrirá otra vez otra elevación de las manchas solares y puede que coincida con algún otro suceso sangriento. Pues fue verdad. En esa fecha se produjo la "matanza de los trenes de Atocha", el llamado 11-M. Puede ser una casualidad, pero hay predicciones que asombran.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

Agencia EFEFundéu - BBVA
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

tutorial


palabra recogida en 


el Diccionario

Recomendación urgente del día
El término tutorial se ha incorporado a la vigesimotercera edición delDiccionario de la lengua española.
La última edición del Diccionario académico ya recoge este sustantivo con el sentido, perteneciente al ámbito de la informática, de ‘manual de uso en soporte electrónico’. Esta voz tiene asimismo el significado, más general, de ‘perteneciente o relativo a la tutoría o a la persona que ejerce el cargo de tutor’.
De igual modo pueden seguirse empleando alternativas como instrucciones, programa instructivo, vídeo didáctico o manual, que venían conviviendo con el neologismo.
Por tanto, frases como «Tutorial de maquillaje y peluquería para Nochevieja», «Instrucciones: cómo desactivar el doble check de WhatsApp» o «Completo manual con útiles consejos de Photoshop» se consideran igualmente válidas.
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