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quinta-feira, 5 de março de 2015

EL LENGUAJE EN EL TIEMPO

Resultado de imagem para nUMEROS ORDINALES      Números ordinales

Muy agradable oír estas lecciones de buen español en las transmisiones deportivas.

Diálogo en transmisión radial: “Cali va de once, y Junior, de doce… ¿O cómo se dice, Javier?
–¡Undécimo y duodécimo!
–¡Ah!, entonces, undécimo, Cali, y duodécimo, Junior”.
Comentario: Muy agradable oír estas lecciones de buen español en las transmisiones deportivas. Briceño Jáuregui, director a finales del siglo pasado de la Academia Colombiana de la Lengua, destacó en sus escritos el enriquecimiento que los narradores de fútbol y ciclismo de los años 70 y 80 le daban al idioma. Hoy se mantiene la tradición.
Efectivamente, los ordinales correspondientes a 11 y a 12 son undécimo y duodécimo. Se trata de dos adjetivos irregulares en la secuencia décimo, undécimo, duodécimo, decimotercero, decimocuarto, decimoquinto...
Martínez de Sousa, el más prestigioso ortógrafo de nuestro idioma, se preguntaba hace décadas en alguno de sus diccionarios por qué no admitir decimoprimero y decimosegundo, en vez de las formas tradicionales, poco conocidas y menos usadas, undécimo y duodécimo.
El Ejército colombiano, adelantándose a la norma, llamó siempre Décima Primera Brigada y Décima Segunda Brigada a dos de sus dependencias, y el hablante común olvidó funcionalmente las palabras undécimo y duodécimo hace años, pues en el lenguaje común se pasa de décimo a once: grado décimo, grado once; Pío Décimo, Pío Once, Pío Doce (papas); carrera décima, carrera once, carrera doce...
La Ortografía de la lengua española, OLE, 2010, admite estas dos palabras, decimoprimero y decimosegundo, como opciones de undécimo y duodécimo. Así que hoy, según la OLE, el ordinal correspondiente a 11 (once) puede escribirse undécimo, decimoprimero o décimo primero, si es masculino, y undécima, decimoprimera o décima primera, si es femenino.
El ordinal correspondiente a 12 (doce) puede escribirse duodécimo, decimosegundo o décimo segundo, si es masculino, y duodécima, decimosegunda o décima segunda, si es femenino.
Observe que la forma separada va con tilde en el primer término, décimo o décima, por ser esdrújulo, y con a final en ambos términos, mientras que la forma univerbal va sin tilde, por ser palabra grave terminada en vocal, y con la a del femenino solo al final de la palabra.
Lo mismo se aplica en los ordinales que les siguen: decimotercero, décimo tercero, decimotercera, décima tercera, etc.
No hay que confundir ordinales decimosegundo (12.°), que indican orden, y partitivos, doceavo (1/12), que indican parte.
FERNANDO ÁVILA
Especialista en redacción y creación literaria

EL IDIOMA ESPAÑOL


España es uno de los países donde peor se habla el castellano

Según el exdirector del Instituto Cervantes, los habitantes de ese país maltratan la lengua.


En 2014, más de 470 millones de personas hablaban el español como lengua nativa, lo cual corresponde a una cifra mayor que otros idiomas como el francés,  el ruso y el alemán. A pesar de su creciente expansión, los países que lo como su lengua materna son los que peor lo usan.

Según Jorge Urrutia, exdirector académico del Instituto Cervantes, España es el lugar donde más se maltrata el idioma. Así lo aseguró en el más reciente Congreso Internacional de la Lengua Española.  A pesar de que ese país es la cuna del castellano, Urrutia explica que los españoles han asumido términos sin tener en cuenta sus características y no depuran el lenguaje.

Según el académico más del 67 por ciento de la población ibérica es incapaz de acentuar, el 72 por ciento tiene problemas con el uso de la h, y más del 53 por ciento confunde la ll con la y.
Según encontró un estudio de la Universidad de Chile, ese  país austral es donde peor se usa el castellano en Suramérica, mientras que quienes lo usan mejor son los peruanos.

Según  la Red de Filología Hispana, los verdaderos maestros de los españoles que llegaron a América, fueron los pueblos indígenas. Las palabras que aún hoy se usan en el continente americano fueron adoptadas por los conquistadores  de los  grupos arahuacos, náhuatl, cacao y taíno.

Los americanismos que se han impuesto en el léxico cotidiano de los españoles  hoy hacen parte del diccionario de la Real Academia de la Lengua. Algunas que desde hace siglos se viene usando son ají, barbacoa, cacique, caníbal, canoa, caimán, Haití, cocuyo, colibrí, hamaca, huracán iguana, manatí, maraca, papa, piragua, sabana, tabaco, tiburón, maní, maíz, yuca, entre otras.

El castellano dejó de ser una lengua nativa, ahora es un idioma híbrido que se sigue formando inclusive en los países americanos que adoptaron una cultura, pero que proporcionaron un sinnúmero de palabras al español.

DEFICIENCIAS EN EL USO DEL IDIOMA











Deficiencias en el uso del idioma
Octavio Rodríguez Araujo

Pudimos leer en La Jornada del martes pasado una alarmante nota: Los jóvenes mexicanos que ingresan a la universidad carecen de un dominio del español, lo que genera que no sean capaces de comprender lo que leen, no pueden desarrollar un texto con coherencia ni cuentan con elementos de abstracción que les permitan tener éxito en la escuela. Y más adelante se añadió: sólo 9 por ciento tienen un dominio adecuado de la ortografía y la acentuación, 43.2 por ciento carece de estrategias para dar forma a un texto.

Hace muchos años se hizo un estudio sobre el nivel de comprensión de textos en estudiantes de bachillerato. No recuerdo bien, pero creo que lo dirigió Raúl Cremoux. En ese estudio, si mi precaria memoria no me traiciona, el periódico más leído en los medios universitarios era Excélsior y con el vocabulario de un estudiante promedio de bachillerato no era fácil comprender una nota común del diario. Y no se hablaba de una crisis en la educación, como ahora.

En casi 50 años dedicados a la docencia en licenciatura y posgrado, he podido observar que mis alumnos, con excepciones notables, no suelen ser capaces de redactar coherentemente un párrafo. Peor todavía, pues en los años recientes usan computadoras para escribir sus ensayos y tienen faltas de ortografía que, en teoría, les marcan los procesadores de texto más comunes (Word, por ejemplo).

Hace también muchos años, en una reunión con autoridades de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, participé en un debate sobre los idiomas que debían dominar los estudiantes de licenciatura como requisito para titularse. Recuerdo que dije que el español debería estar en primer término y mis colegas me miraron como si estuviera diciendo una insensatez. Alguien argumentó que el español era la lengua materna de los estudiantes y que el inglés o el francés eran muy importantes para su aprendizaje. Cosa que no puse ni pongo en duda. Aun así, logré que se impartieran, por breve tiempo, cursos de redacción en español, además de la enseñanza de otros idiomas. Tenía claro que la licenciatura no era el nivel de educación para aprender español, la lengua materna de los estudiantes, pero que había que ayudarlos, dado que arrastraban muchas carencias desde la primaria. Aclaro, antes de ser criticado, que yo también fui víctima de malos profesores, que nunca aprendí realmente gramática y que lo poco que sé de español lo he aprendido leyendo y escribiendo.

No me sorprende, según otra nota en este diario, que el libro más vendido en la Feria del Palacio de Minería fuera La familia Burrón, de Gabriel Vargas. Obviamente yo leí también a Vargas y a otros moneros, como les llamamos ahora, pero al mismo tiempo, siendo niño, leí también a Salgari, Dumas, Zévaco y a algunos clásicos que mis maestros o mis padres me recomendaban. No había televisión, y cuando finalmente llegó a México su programación era tan mala que se ganó el título de la caja idiota –en la actualidad, debe decirse, muy mejorada y con muchas buenas opciones–. Por lo mismo, la tv no competía con la lectura, infinitamente más enriquecedora. En pocas palabras: antes leíamos más de lo que se lee ahora y gracias a ese ejercicio teníamos mayor capacidad de abstracción y de crítica que la televisión, por la fuerza de la imagen, inhibe en buena medida, sobre todo en noticias y en los sesgos de su programación normalmente mediocre, principalmente en la llamada televisión abierta.

Agréguense a la tv y la radio las computadoras e Internet, que casi nos resuelven todas las dudas que antes solucionábamos con la lectura de libros y artículos impresos, en casa o en las bibliotecas. ¿Cuántos libros se leen en promedio en México? ¿Cuántos mexicanos leen periódicos y revistas, y cuántos ven televisión o escuchan la radio como únicos medios de información y conocimiento? No son comparables. Los medios impresos están perdiendo la batalla y la consulta en la computadora, en la tablet y hasta en el celular (cada vez más versátil y poderoso) nos saca de apuros y nos hace, valga la expresión, más flojos, como diciéndonos ¿para qué saber tantas cosas si en segundos las puedo conocer consultando Google u otro motor de búsqueda?

Los jóvenes de ahora aprendieron a caminar casi al mismo tiempo que a usar las computadoras, saben manejarlas mejor que los viejos y les sacan provecho, sin duda. Pero no se han dado cuenta de la enajenación en que están cayendo y de la dependencia de que son víctimas. Y que conste que no me refiero a los que incluso dejan de dormir por estar jugando en Internet. Si se fuera la luz una semana o se cayera el sistema por un tiempo similar o mayor, millones de personas no sabrían qué hacer ni de día ni a la luz de una vela en la noche. ¿Leer un libro? ¡Qué flojera!, si acaso todavía hay libros en su casa.

Aclaro que no estoy en contra de las nuevas tecnologías. Al contrario, me provocan una enorme admiración, más que a los jóvenes, pues gracias a mi edad viví los tiempos en que los aviones sólo tenían hélices, la radio era nuestra compañera hasta para estudiar y para conectar un tocadiscos (con agujas que tenían que cambiarse después de cada disco). Otra cosa, ciertamente, pero gracias a esas vivencias es que sigo comprando libros, los leo o los consulto y hasta los escribo con la ilusión de que todavía tenga lectores.

¿A quién o a qué le echamos la culpa de los bajos niveles de conocimiento del idioma, tanto para comprender lo que leemos como para escribir? ¿A los profesores, a la televisión, a las computadoras y las nuevas tecnologías o a nosotros mismos por simple desinterés de comunicarnos con los demás apropiadamente y no en el cada vez más generalizado lenguaje abreviado de los WhatsApp, cuyos usuarios suman más de 10 por ciento de la población mundial?

Quizá debamos aceptar que en esta materia, como en otras, las cosas han cambiado, y así seguirán.

rodriguezaraujo.unam.mx

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

Agencia EFEFundéu - BBVA
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

expatriado emigrante


matices de sentido

Recomendación urgente del día
El término expatriado es válido para referirse específicamente a las personas que salen de su país para trabajar en otro.
En los medios de comunicación se está extendiendo el uso de esta palabra y otras de la misma familia, como se comprueba en los siguientes ejemplos: «Los talentos expatriados se resisten a volver incluso con garantías de trabajo» o «La crisis económica ha favorecido el fenómeno de la expatriación».
Aunque por su sentido básico, recogido en el Diccionario académico,expatriado es simplemente el ‘que vive fuera de su patria’, en el uso se ha extendido la aplicación de este vocablo más en particular a los exiliados y al personal cualificado que una empresa o institución trasladatemporalmente a otro país para, por ejemplo, desarrollar una nueva actividad u ofrecer asistencia técnica. Es, por tanto, el punto de vista opuesto al del impatriado, que es la persona traída a un país para trabajar.
Por otra parte, tanto emigrante como inmigrante aluden más ampliamente a todos los que se desplazan a otro país o región con propósito de establecerse o radicarse en él.  El empleo ocasional de expatriado como mero sinónimo de inmigrante o emigrante, sin los matices arriba señalados, puede ser un intento de evitar las connotaciones negativas que estas últimas voces tienen entre algunas personas, aunque no sean de por sí palabras discriminatorias.
Se desaconseja el acortamiento expat, tomado directamente del inglés, pero que no se ajusta a las pautas de acortamiento propias del español.
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