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quarta-feira, 28 de maio de 2014

INMIGRACIÓN

Editan un diccionario pionero en España sobre términos de inmigración

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AGENCIA EFE

El Observatorio de la Inmigración del Ayuntamiento de Elche ha editado un diccionario con medio millar de términos sobre inmigración, extranjería, derecho internacional o nacionalidad, una iniciativa, según sus impulsores, pionera en España.


Este diccionario pretende contribuir a la integración de los extranjeros que viven en la ciudad ilicitana, facilitar su vida diaria y los trámites que tengan que llevar a cabo.
Otro de sus objetivos es acercar a los ilicitanos el fenómeno de la inmigración, según ha informado hoy el concejal de Acción Social, Antonio Luis Martínez Pujalte, en rueda de prensa.
Cada uno de los quinientos términos contiene una definición «sencilla y fácil de entender», expresada en español, inglés, francés, portugués, rumano, chino y árabe, los idiomas más presentes entre la población extranjera de Elche.
Este libro de consulta, elaborado por casi medio centenar de especialistas en la materia y traductores, está dirigido a ciudadanos de origen extranjero, mediadores culturales, abogados o aquellas personas relacionados con el campo de la inmigración.
«Se trata del diccionario más completo en este campo con que se cuenta en España», ha asegurado el director del citado Observatorio, Alfonso Ortega.
Publicado por LID editorial, saldrá a la venta a partir del próximo mes de junio a un precio aproximado de 10 euros, aunque las asociaciones o colectivos de inmigrantes podrán acercarse al Observatorio para solicitarlo de manera gratuita.

AGUSTÍN FERNANDEZ MALLO:


El papel del periodista hoy es interpretar lo que pasa en la red

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AGENCIA EFE/FEU

El papel del periodista en el nuevo mundo en red en el que todos vivimos inmersos ya no es tanto el de obtener y difundir una información sino más bien agrupar, interpretar y sacar conclusiones de todo lo que sucede en la red, ha asegurado el escritor Agustín Fernández Mallo.


En su intervención en el acto inaugural del IX Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, que organizan la Fundéu BBVA y la Fundación San Millán de la Cogolla, el escritor ha subrayado que el periodista «ya no es el único que maneja y emite información», sino que lo hacen simultáneamente millones de personas, y eso tiene consecuencias en el mundo de la información y en el del lenguaje.
El autor del Proyecto Nocilla ha abordado en su conferencia la paradoja que supone la realidad fragmentada y confusa en la que vivimos y la existencia, al tiempo, de un mundo hiperconectado.
La respuesta a esa paradoja es que nos hallamos «sumergidos en una red de redes», de la cual lo que llamamos internet es tan solo una más junto a otras, como los movimientos de mercancías entre países o a la manera en que las amistades nuevas —en la red o en el ámbito físico— generan otras.
Todas esas redes responden, según Fernández Mallo, físico de profesión, al modelo de «red libre de escala» en la que algunos nodos están muy conectados, y otros apenas lo están.
Ese modelo, que garantiza mayor conectividad y mayor rapidez de intercambio de contenidos que cualquier otra, surge de forma espontánea, no diseñada desde fuera, y en ese sentido se parece mucho más a un organismo que a una organización.
La comunicación también ha tomado en nuestros días esa forma de red «que favorece el protagonismo del emisor anónimo y no vinculado necesariamente a un medio de comunicación, en detrimento de la práctica periodística, tal como desde el siglo XIX la veníamos entendiendo».
«Si antes el periodista era alguien que tras una peripecia más o menos épica obtenía una información que después compartía con el resto del mundo, hoy su función parece más bien la de interpretar, agrupar, sacar conclusiones de todo aquello que circula en la Red», ha asegurado el escritor.
La lengua también se ve afectada por esa nueva forma de organizar la realidad. «No es que el uso del lenguaje se vea deteriorado, sino que este se amolda a esa misma configuración reticular; cuando las palabras fluyen a velocidades que hace 20 años serían de ciencia ficción, es lógico pensar que, como consecuencia de esa velocidad, estas se vuelvan plásticas, maleables», ha sostenido.
Además, hoy ya no es solo el periodista quien maneja y emite información, «sino que son millones de personas no profesionales quienes nos abastecen a cada instante de una ingente cantidad de datos».
Y ha asegurado que, «de ese modo, el uso del lenguaje ya no es legislado por un solo agente o un grupo de agentes; más que nunca se vuelve algo comunitario, más que nunca es organismo, más que nunca crea realidad colectiva producto de un pacto».
El sistema de la lengua, ha señalado Fernández Mallo con un símil futbolístico, lo componen los árbitros y los espectadores, y «se crea en esa tensión, la que deriva de las opiniones de quienes velan por la lengua y de quienes violentan la norma de la lengua».
Todos ellos «son agentes, todos son nodos de una misma red, necesarios para que ésta permanezca viva», ha explicado.

LA ÉTICA DEL IDIOMA


Texto íntegro de la conferencia de Enrique Krauze

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ENRIQUE KRAUZE

Hay un imperio bienhechor en el que no se pone el sol. Es el imperio del español. Es un dominio cultural y espiritual, antiquísimo y moderno, una nación virtual sin fronteras, múltiple, compleja, variada, cambiante y promisoria, nacida en España pero que, desde hace siglos, no es sólo de España.




El secreto de su supervivencia está en su capacidad para mezclar, incorporar, convivir y aceptar lo diverso, lo variado, en una nueva y dinámica unidad, abierta a su vez al cambio incesante. El español, desde su prehistoria, es expresión de un continuo mestizaje. Y como consecuencia natural de ese don para la convergencia, para la convivencia, desde tiempos de los monjes y juglares hasta el de los grandes autores de nuestro tiempo, el español ha sido un surtidor de literaturas.
Con esos remotos y nobles antecedentes, pueden ustedes imaginar la emoción que siente un historiador mexicano (que habla, piensa y escribe español con mexicanismos) al estar presente aquí, en la milenaria cuna de nuestro idioma, en San Millán de la Cogolla. Pero esta vez mi intervención no se centrará en la historia —a mi juicio prodigiosa— de nuestra habla común sino en su circunstancia presente y su inserción en el inmediato futuro, incierto siempre.
Nuestra lengua ha entrado con fuerza al siglo XXI. Ahora habita y conquista zonas del mundo anglosajón gracias a aquella capacidad esencial para el mestizaje. Y generación tras generación entrega a la corriente universal de la literatura obras que las sorprenden, la deslumbran y, como en el caso de Borges, Paz, Vargas Llosa y García Márquez, enriquecen su legado. Pero nuestro idioma se ha adentrado también, como un Cristóbal Colón verbal e intelectual, en un territorio sin cartografías seguras: el océano verbal del Internet. ¿En qué lugar nos encontramos? ¿Llegaremos a puerto seguro? ¿Descubriremos otras opciones de convivencia? ¿Nos espera en el futuro una conversación creativa que exprese la realidad, por más compleja que sea, la mejore y la libere, o un retorno maléfico —opresivo, empobrecedor— a la Torre de Babel?
En esa travesía, todos (o casi todos) estamos embarcados. No por casualidad se acuñó el término «navegar» para la operación de aventurarse en la red. Navegamos en ella usando nuestro idioma para comunicarnos con familiares, con amigos reales y virtuales; navegamos para atrapar noticias, curiosidades, imágenes; navegamos para emitir opiniones, para recibirlas, para participar en la plaza pública. Al navegante creativo, al que no espera sólo la información sino que discurre sus propios mapas, se le abren inmensas posibilidades de expandir la realidad (y la conciencia de la realidad). Y para el emisor de información, las potencialidades de esta era pueden ser, ya son, generosas y múltiples.
Permítanme poner un ejemplo personal. Yo dirijo desde hace más de quince años —en su versión mexicana y española— la revista Letras Libres. Cuando nació, mi hijo —entonces un joven de 23 años— sugirió que apareciera dotada de un sitio de internet. Me pareció una extravagancia. Para mí, lo único tangible era el papel, y no podía concebir la existencia —menos aún, la permanencia— de una revista digital. Toleré de mala gana esa aventura inasible. Pocos años después, el sitio de la revista comenzó a llenarse de lectores: primero miles, luego decenas de miles, y ahora centenares de miles de contertulios literarios provenientes de nuestras tierras y, lo más sorprendente, de tierras remotas: Nueva Zelanda, la India, Finlandia, Japón. La revista —es decir, el sitio web de la revista— se volvió el espacio de una animada conversación. Ahora puedo decir que en una vida, mi propia vida, he podido atestiguar un milagro: el paso de la era de los linotipos (cuando todo el proceso de formación de una revista se hacía casi a mano, y las revistas debían enviarse por correo) a la era digital, en las que el paso del emisor al lector es instantáneo.
Pero no nos deslumbremos demasiado con la Revolución de la que formamos parte porque, como todas las Revoluciones, puede terminar creando monstruos y devorando a sus hijos. Hay peligros de toda índole en esta travesía. Peligros económicos, políticos, culturales, tecnológicos. Aquí me importa referirme a los peligros morales: el riesgo de que esta conversación universal se degrade por falta de un código ético que, respetando la libertad de expresión —madre de todas las libertades— introduzca un mínimo de respeto y racionalidad en ese mar que, por su potencial violencia, puede ahogarnos a todos.
No son pocos ni triviales los vicios éticos en los que se incurre en el uso de las redes, ya sea en los comentarios al pie de un texto periodístico o en las interpelaciones anónimas en el Twitter o Facebook. No me refiero a la violencia verbal, triste pero inevitable. Hoy leemos lo que antes sólo se musitaba en el silencio de las conciencias. La gente maldice, la gente insulta. Hay algo sano en ese desahogo, algo liberador, sobre todo en pueblos como los nuestros, habituados a callar y obedecer, no a opinar o disentir sobre los asuntos públicos. Ahora la legendaria esquina de Hyde Park en Londres, donde cualquiera tomaba la palabra para despotricar contra el gobierno o contra quien sea, se ha vuelto omnipresente. Todo teléfono celular es un podio. Vivimos, en ese sentido, un sueño de la democracia y la libertad: la abolición de las viejas jerarquías, el debilitamiento de las burocracias, la posibilidad real de una comunicación horizontal entre el ciudadano común y el encumbrado. Fuenteovejuna en la red.
Pero leamos con más detenimiento otros tipos de violencia que van más allá de la justa o injusta indignación, de la protesta legítima y airada, del lamento desesperado, de la maldición tan antigua como la Biblia. La travesía se adentra en zonas oscuras: los dominios de la mala fe.
El mar encrespado al que aludo es el llamado «discurso del odio». Sus armas son muy conocidas, y pueden ser letales. Ante todo, la mentira pública, cuyo atroz profeta fue Goebbels: «Repite una mentira mil veces y se volverá verdad». Reputaciones enteras se han destruido con ese método, contra el que ya nos prevenía el refrán popular: «Calumnia, que algo queda». Contamos, claro, con el recurso de la réplica instantánea en la red, pero ¿qué ocurre cuando el discurso del odio va más allá, cuando se convierte en una incitación abierta o tácita a la violencia? Sucede cada vez más, el tránsito de la violencia verbal a la violencia real. Las redes pueden convocar movilizaciones pacíficas, liberadoras; también pueden atizar hogueras.
¿Cómo hacer frente al discurso de odio, veneno moral de nuestro tiempo? Ante todo, es preciso analizarlo con claridad, entender su naturaleza, medir sus efectos. A partir de allí establecer un diálogo con las grandes corporaciones que proveen estos servicios (y presionarlas) para que ellas mismas discurran soluciones inteligentes e impidan que sus creaciones se conviertan en los Frankenstain del siglo XXI. Importa también alentar el debate jurídico sobre el tema. No es sencillo. Potencialmente compromete a la libertad de expresión, que es un valor cardinal de Occidente. Pero sabemos por la experiencia del siglo XX los estragos a los que lleva la prédica del odio.
El discurso de odio no sólo se finca en la mala fe. Si así fuera, sería más sencillo combatirlo. Se finca asimismo en la buena fe, exacerbada al extremo de la intolerancia por los fanatismos de la identidad, ya sea religiosa, racial, nacional, ideológica.
Y por si fuera poco, asociados en ocasiones a esos antiguos fanatismos que han resurgido en nuestros días, están los malos hábitos intelectuales. En la red, es verdad, uno encuentra ejemplos de crítica dura, implacable, irreductible, acaso injusta o arbitraria, pero mínimamente fundamentada, racional. Pero por desgracia lo que prolifera es la mala crítica. Sus vicios no son, por supuesto, privativos de nuestros países ni de nuestra lengua. Están en todas partes. Pero es importante identificarlos, porque son el herramental del discurso del odio.
Cada categoría merece un análisis de fondo. Procedo a mencionarlas en desorden. Está el «doble rasero» para juzgar los hechos, tan antiguo como el Evangelio, que por ver la paja en el ojo ajeno, no ve la viga en el propio. Está la «homologación» de hechos no homologables (como el uso de la vulgar de palabra «genocidio» que acaba por privar de sentido a los verdaderos genocidios. Están a la mano —omnipresentes, vastas y tan fáciles— las teorías de la conspiración, que en 140 caracteres explican el mundo por la oscura acción de los malos. Está el reduccionismo ramplón, las cortinas de humo que ocultan la verdad, las tontas simplificaciones, las absurdas exageraciones, el victimismo paranoico, el tentador maniqueísmo, el ataque ad hominem.
¿Qué hacer frente a esta fauna marina que enturbia el presente y amenaza el futuro de nuestra navegación? Cómo dotar a nuestra lengua, en el espacio cibernético, de valores tan esenciales como la transparencia, la claridad, la tolerancia.
Un remoto bisnieto de España, de aquella España que se llamó Sefarad, anticipó algunas respuestas. Me refiero a Benedicto de Spinoza. Descendía de aquellos judíos expulsados de España en 1492, para quienes la lengua española se volvió tan entrañable que la seguirían usando y añorando a través de los siglos. A mediados del siglo XVII, un capitán español de visita en la ciudad descubrió que Spinoza —en el modesto ático de La Haya donde vivía, puliendo lentes— atesoraba libros de Lope de Vega en su pequeña biblioteca. «Me gustaría volver algún día», le confesó, en una de sus raras declaraciones orales recoge la historia. Pues bien, este filósofo universal que vivió en tiempos similares a los nuestros —tiempos de fanatismo, tiempos de odio— predicaba en sus libros una «enmienda intelectual» basada en el examen «claro y distinto» de las pasiones como fórmula para comprenderlas y explicarlas, y derivar de ese conocimiento el ideal supremo de la libertad.
Esta es la vía segura para llegar a buen puerto, o para seguir navegando hacia nuevos continentes de creatividad. Una enmienda intelectual que en el fondo es también una enmienda ética. Sustituir la fe ciega o la mala fe con la razón. Desplazar el discurso de odio, no con uno de amor sino de claridad. Ese es el futuro que deseo, y que avizoro, para nuestra amada lengua desde aquí, desde San Millán de la Cogolla.
Dije al principio que la fuerza del español está en su generosa capacidad para mezclar lo variado, lo distinto, lo disperso. ¿No es ése ya un principio de tolerancia, de respeto ante el otro y lo otro, una comunión en la palabra? Bastará pues ser fieles a la esencia de nuestro idioma para conquistar la luz en la larga travesía que nos espera.

PALABRAS


Ocho palabras que no deberíamos dejar morir

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ICON (EL PAÍS.COM, ESPAÑA)

Pazguato, apencar, yacer, correveidile, vedija... Conceptos que definen o remedian modas actuales y que estamos perdiendo.

Una época se puede describir, de forma mucho más certera que la ropa o la cultura, a través de las palabras. Nacen respondiendo a la necesidad de ponerle nombre a algo que hasta entonces no existía y cuando ese algo se ve abandonado o, más frecuentemente, superado por algo parecido con matices, se pierden. Ese es el ritmo habitual del lenguaje. Sano, imparable y certero.
Pero el proceso conlleva sus víctimas. Palabras en proceso de desuso terminal que definen conceptos que no deberían estarlo. La autora de 101 cagadas del español, María Irazusta, en ese papel de madrina lingüística que ejerce junto con sus colaboradores, Nacho Miquel y Acacia Nuñez, ha elegido para ICON ocho de ellas que nos ayudarían en este momento.
1. Pazguato, ta. Palabra al borde de la extinción para designar al memo, al simple, que se retrata por su capacidad casi infinita para el asombro. Se diferencia del resto de los bobos por su facilidad para escandalizarse casi por cualquier cosa. Diríase que es el tonto más monjil y pudibundo.
En El príncipe destronado (1973), Miguel Delibes juega con esta palabra: «Bueno, esto es así y no hay quien lo mueva, ¿verdad? Entonces tú estás en la verdad, pero llega un pazguato o una pazguata, que para el caso es lo mismo, y trata de desmontar tu verdad con cuatro vulgaridades que le han grabado a fuego cuando niño. Y ahí está lo grave; a ese pazguato o a esa pazguata difícilmente podrás convencerles de que no tienen ideas, de que lo único que tienen es aserrín dentro de la cabeza, ¿me has comprendido?».
2. Parné. El poderoso caballero de Quevedo, el vil metal; aquel que, según Vespasiano, no tenía olor, por sucia que fuera su procedencia. El dinero, los posibles, los cuartos, la guita, la mosca, la pasta que nos quita el sueño, era el parné en la España más castiza y el maldito parné de María de la O en nuestro presente más coplero: «Te quieres reír y hasta los ojitos los tienes morados de tanto sufrir. Maldito parné que por su culpita dejé yo al gitano que fue mi querer». (María de la O, de Salvador Valverde y Rafael de León para María Ojer Ferrer Coque).
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FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

Agencia EFEFundéu - BBVA
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

megatienda o


macrotienda


alternativas 


megastore

Recomendación urgente del día
Megatienda y macrotienda son alternativas en español amegastore.
En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como «La cadena abre una megastore de 1000 metros cuadrados en el centro de Kiev», «La firma mantiene sus planes de expansión en Europa con el concepto de tiendas megastore» o «Las empresas prefieren cerrar antes 20 tiendas pequeñas que un megastore».
El término megastore viene del inglés y significa ‘tienda de gran tamaño’, concepto para el que en español se puede recurrir a los sustantivosmegatienda y macrotienda, ambos válidos, si bien megatienda se asemeja más al original megastore y su uso está más extendido en los medios.
Tal y como recoge el diccionario académico, los prefijos mega- y macro-son elementos compositivos utilizados para expresar que algo es ‘grande’. De esta manera, en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir «La cadena abre una megatienda de 1000 metros cuadrados», «La firma mantiene sus planes de expansión con el concepto de megatiendas» y «Las empresas prefieren cerrar antes 20 tiendas pequeñas que una macrotienda».
Finalmente, se recuerda que los prefijos se escriben pegados a la palabra que modifican: megatienda macrotiendaen lugar de mega tienda,mega-tiendamacro tienda o macro-tienda.
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