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quarta-feira, 5 de março de 2014

MILMILLONARIO



Fundéu recomienda:

milmillonario, mejor que billonario

La palabra milmillonario es la adecuada para referirse en español a lo que en el inglés de los Estados Unidos se conoce como billionaire, ya que alude a personas cuya fortuna es superior a los mil millones de dólares, libras, euros u otra moneda.


Sin embargo, con motivo de la publicación en la revista Forbes de la lista de los hombres más ricos del mundo, es frecuente encontrar en los medios frases en las que el término billionaire se traduce al español como billonario: «Amancio Ortega, tercero en la lista anual de billonarios de Forbes» o «Repuntan los billonarios colombianos en la lista».

La confusión se debe al error de traducir la expresión del inglés norteamericano one billion por la española un billón, cuando se trata de cantidades muy diferentes. One billion es 1 000 000 000, una cifra que en español es un millardo, o más comúnmente, mil millones, mientras que un billón español es 1 000 000 000 000, es decir, un millón de millones.

Dado que en la lista de Forbes ingresa quien tenga una fortuna igual o superior a mil millones de dólares y no igual o superior a un billón de dólares, lo más adecuado y preciso es llamarlo milmillonario, que se escribe en una sola palabra.

Así, en los ejemplos anteriores lo aconsejable habría sido escribir «Amancio Ortega, tercero en la lista anual de milmillonarios de Forbes» o «Repuntan los milmillonarios colombianos en la lista».

Las 15 palabras más buscadas en el diccionario de la RAE

EDUARDO BASTERRECHEA

Según la propia Real Academia Española, durante el mes de enero de 2014 la palabra más buscada con diferencia en su diccionario ha sido la palabra “cultura”.

Resulta un tanto sorprendente y quizá deberíamos tratar de encontrarle una explicación. Me comentan que el motivo de esto puede ser que es la búsqueda que figura por defecto en el diccionario de la RAE, o al menos el que ha figurado durante bastante tiempo. Eso lo explica todo.



También resulta paradigmático encontrarnos entre palabras tan comunes como “haber” o “ir”, las palabras “bizarro” o “paradigma”.

A continuación, la lista de las 15 palabras más buscadas:

Y aquí os dejamos una tabla con las 50 más buscadas. Curiosa la frecuencia de una palabra como ignominia.

¡A disfrutar de los datos!

Palabra Número de búsquedas
1 cultura 464.019
2 haber 314.005
3 haya 290.274
4 ir 288.376
5 hacer 254.815
6 a 248.311
7 amor 230.704
8 ser 226.609
9 hola 213.778
10 dar 211.776
11 estar 200.062
12 ver 187.165
13 paradigma 186.211
14 bizarro 185.262
15 casa 178.724
16 solo 177.621
17 coger 177.294
18 vaya 169.650
19 valla 168.074
20 rae 167.020
21 tener 166.981
22 haz 161.044
23 halla 160.618
24 saber 148.313
25 vehemente 148.045
26 periodo 147.133
27 aun 145.998
28 poder 144.863
29 has 139.803
30 sino 138.999
31 echar 137.386
32 decir 134.867
33 hallar 125.846
34 hostia 124.339
35 demagogia 122.521
36 eficacia 122.505
37 querer 120.463
38 rayar 118.986
39 holismo 118.343
40 rallar 118.191
41 asimismo 117.727
42 inherente 116.028
43 conciencia 115.973
44 ignominia 115.007
45 fe 113.572
46 eficiencia 113.449
47 inferir 113.313
48 hecho 113.243
49 vasto 112.636
50 puta 112.431


Y para los que queráis seguir escarbando o no os creáis los resultados, aquí tenéis la fuente.

CHISPITAS DEL LENGUAJE






Entender los extranjerismos
ENRIQUE R. SORIANO VALENCIA (PERIÓDICO CORREO.COM, MÉXICO)

La necesidad es la madre de todas las soluciones. Con el idioma no es la excepción. Si la necesidad cotidiana así lo demanda, echamos mano de préstamos de otras lenguas (extranjerismos) o creamos nuevos vocablos (neologismos).


De los préstamos de otros idiomas, tenemos cuatro tipos: 1. extranjerismos no adaptados (es decir, voces con presencia en el Diccionario de la Real Academia Española, DRAE, pero con la grafía original); 2. extranjerismos adaptados (vocablos a los que han aplicado las reglas del castellano); 3. xenismos (vocablos que no tienen una equivalencia porque refieren a una realidad distinta, como lord, samurái, sir, ayatolá, talibán; pero necesarios para expresar ideas); 4. Calcos semánticos (que son copias de la construcción original en vocablos propios).

De los extranjerismos no adaptados tenemos dos tipos: 1. los que se han incorporado al diccionario oficial tal cual, como ‘iceberg’, –que, de acuerdo a la pronunciación, debía escribirse *aisberg–, ‘jazz’ –que debía escribirse yas–; y copyright y hardware, que a diferencia de las anteriores, en estos vocablos es obligada la cursiva pues es evidente su incorporación tal cual del inglés (extranjerismo crudo, se les llama); aquí también entrarían los que se incorporaron sin adaptación, pero que fonéticamente no representaron una complicación, como las voces ‘control’ y ‘monitor’, ambas del inglés; 2. los que no están incorporados al DRAE, pero que son de uso regular, como Levis (que la gente pronuncia como *livais, refiriéndose no solo a la marca de pantalón sino a todo tipo de pantalón de mezclilla) o los tupper (*toper, llaman a los recipientes plásticos con tapa en México y *taper en España).

De los extranjerismos adaptados igualmente están los incorporados al DRAE y los que no. En el primer caso están voces como ‘mitin’, del inglés meeting (reunión), futbol del inglés foot ball (balón pié); en el segundo caso (al menos en el Bajío mexicano) *yonkee, nombre con el que se anuncian los depósitos de automóvil de desecho, los que antes llamaban inapropiadamente *deshuesaderos, por corrupción de *desusaderos (otra palabra mal usada, pero mejor construida).

VIVIR SIN COMAS







Los romanos no usaban comas, ni puntos, y no les fue tan mal, así que por qué escandalizarse si en Columbia anuncian que escribiremos sin puntuar (y que qué más da).

LUIS ALEMANY - Madrid - El Mundo - España


La costumbre es fuente de Derecho, sobre todo en el lenguaje. Y la costumbre que nos puede a todos es la de la pereza, la de no poner el punto al final del mensaje del móvil, la de olvidarnos de las comas después de los vocativos, la de saltarnos el signo de interrogación de apertura. Hasta aquí, todo es más o menos obvio. Lo nuevo es que un profesor de la Universidad de Columbia, John McWhorter, ha dicho que claro que van a desaparecer las comas y que tampoco pasará nada el día que eso ocurra, que los idiomas pueden funcionar perfectamente bien sin guardias de tráfico. Y todos los que leemos periódicos y nos tenemos por gente leída, los mismos que escribimos en el móvil como animales que cocean, nos sentimos escandalizados.

«Posible sí es posible. De hecho, en los textos latinos clásicos no había signos de puntuación, ni acentuación gráfica ni siquiera un sistema de reglas para diferenciar mayúsculas y minúsculas», explica Salvador Gutiérrez, académico de la RAE y director de la Escuela de Gramática Emilio Alarcos Llorach la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. «Sin embargo, la aparición de estos sistemas representó un innegable avance en la escritura. Eliminarlos representaría un evidente retroceso».

Historia de la puntuación

Los que no hemos estudiado Filología volvemos a gemir. ¿No están las comas desde siempre? «No, no las ha habido siempre. Los primeros intentos de puntuar los textos son de Aristófanes, que ponía marcas en sus textos. En la Edad Media hubo más tentativas. Los escribanos empleaban un punto en lo alto para marcar el final de un periodo, un punto en medio para separar unidades gramaticales menores y un punto bajo, que ya llamaban coma, para separaciones más pequeñas». El que habla ahora es Leonardo Gómez Torrego, filólogo del CSIC y miembro del Consejo Asesor de la Fundación del Español Urgente, Fundéu-BBVA.

«Esas tentativas de puntuación estaban en función de las pausas en la pronunciación, y claro, las pausas son muy libres, cada uno las hace como quiere», continúa Gómez Torrego.

«Con la imprenta, los intentos se hacen más serios», continúa Gómez Torrego. «Nebrija, por ejemplo, estuvo en esa tarea, aunque era demasiado ortodoxo, estaba muy pegado a la tradición clásica, y fue muy tímido. En realidad, toda la puntuación fue muy tentativa hasta que apareció la Real Academia Española. En el siglo XVII ya había comas, puntos y puntos y comas».

«A partir de ahí, el trabajo se fue perfilando poco a poco, la puntuación dejó de estar en función de la entonación y tomó la función de desambiguar: evitar que hubiera ambigüedades semánticas en los textos, primero; separar los elementos sintácticos, después...».

Y ahora que ya estamos presentados, ¿es verdad que la puntuación es una zona gris del idioma, de los idiomas? Se podría pensar que, ya que lo normal es puntuar mal, ¿no será que la norma es demasiado severa? Volvemos a lo de la costumbre como fuente de Derecho. «El sistema [de puntuación] no llegó a estabilizarse más que a lo largo de los siglos XVIII y XIX, a través de formulaciones de la Real Academia Española que, a su vez, seguían el criterio de los buenos autores», explica en un correo electrónico Pablo Jaulalde, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid. «La estabilidad histórica en la lengua no existe nunca, por tanto esa relativa estabilidad [del sistema de puntuación] sufre de embates diferentes, que en estos momentos son muy fuertes. Al tiempo que cambiaba el sistema variaban las normas y la teoría». Y continúa: «En general se puntúa mal, muy mal, porque la enseñanza de este aspecto de la lengua no suele darse. En mi facultad y universidad puntúan rematadamente mal los decanos, los rectores, los profesores de lengua... Eso va en la desidia general hacia la educación y la cultura».

Aguantar la presión

O sea, que sí, que hay viento fuerte. Pero: «En modo alguno hay que cambiar las reglas», añade Salvador Gutiérrez. «Las reglas de puntuación no son en sí mismas difíciles. Exigen más tiempo y se asimilan algo más tarde porque están muy ligadas a la comprensión de las estructuras sintácticas». Y Leonardo Gómez Torrego se apunta: «La puntuación cuesta porque lo bueno cuesta, pero las normas son necesarias. Hablamos de que es un signo de los tiempos, de que vivimos una época que requiere concisión. Pero es que la puntuación está para eso, para ser preciso. Yo he sido profesor y sé la diferencia que hay entre corregir un examen bien puntuado y uno mal puntuado». Y termina: «No creo que sea una batalla perdida; están las nuevas tecnologías, pero también somos muchos, muchas instituciones trabajando».

Otra cosa es que la normativa siempre vaya por detrás de los usos: «El sistema de puntuación nunca sirvió exclusivamente para la expresión oral», explica Jauralde, «sino para ordenar sintácticamente el lenguaje escrito, lo que a veces coincide (en los puntos, por ejemplo) con marcas del lenguaje oral y otras no. La coma no indica siempre una pausa (ni una sinalefa, ni un silencio, etcétera). Es uno de los errores en los que ahora va entrando la RAE y que, por cierto, no suele estar en las [normativas] del siglo XIX. De manera que para el lenguaje oral el sistema de puntos y comas es impertinente, como puede observa cualquiera cuando habla. Solo es pertinente cuando se realiza oralmente un escrito (cuando se lee) o cuando se proyecta por escrito algo que hablas (escribes)...». Y una coda a esta idea: «Efectivamente se viene produciendo (¡pero en el lenguaje escrito solo!) exceso de comas, sobre todo en nuestros clásicos (por ejemplo en los Quijotes que nos dan a leer ahora)».

La última normativa para el gallego, por ejemplo, da libertad para que los hablantes usen o no los signos de interrogación y de exclamación de apertura, viejo invento español. «La Academia recomienda su uso desde 1754, aunque, al parecer, no fue habitual hasta el siglo XIX. Responde a la entonación que hacemos en español cuando hacemos una pregunta, que empezamos a preguntar desde el principio de la frase, y eso es algo que no ocurre en otros idiomas... Hombre, yo también me salto algúna interrogación de entrada cuando escribo en el móvil. No me parece imposible que con el tiempo los signos de interrogación y de exclamación de apertura terminen desapareciendo».

Última pregunta: ¿es el español un idioma de puntuación puñetera? «El español tiene el sistema de puntuación más nítido, más claro y más moderno de todos los idiomas de nuestro entorno», explica Gómez Torrego. «El capítulo sobre puntuación de la última Ortografía de la RAE es espléndido. Pero la puntuación no es objetiva ni estricta. Hay margen para que cada uno escriba con una puntuación más abierta o más trabada».

Y más en esa línea: «El sistema de puntuación ni está cerrado ni es matemático. Un mismo texto extenso casi siempre se puede puntuar de varias maneras, pero no de todas ni de cualquier manera. [...] Los modelos de mejor puntuación siguen estando en los buenos escritores, mejor que en normas y gramáticas», termina Jauralde

LA ESQUINA DEL IDIOMA

Carnaval tiene su ascendencia en el italiano «carnevale»

PIEDAD VILLAVICENCIO BELLOLIO (EL UNIVERSAL.COM, ECUADOR)

Según el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (1973), de Joan Corominas, «carnaval» se registra en el uso desde 1495. Procede del vocablo italiano carnevale, que es una haplología (disminución de una sílaba) de carnelevare (quitar la carne), porque después del periodo de carnaval los fieles de algunas religiones empiezan el ayuno de la Cuaresma o tiempo de penitencia que se desarrolla en un lapso de 40 días, durante los cuales suelen abstenerse de ingerir carne.

De igual significado es la voz «carnestolendas», que es de uso más antiguo (1258). Se formó por abreviación de la locución latina dominica ante carnes tollendas, que significa ‘el domingo antes de quitar las carnes’. Esto se refiere al lapso de tres días que antecede al miércoles de Ceniza.

En el Ecuador se emplea «carnaval» para referirse al tiempo festivo en que se reúnen grupos de amigos para bailar, echarse agua, líquidos con anilina, polvos, achiote, huevos, manteca o cualquier otro compuesto que sirva para embadurnar o mojar.

También se usa en la locución verbal «ser un carnaval (una reunión)», que alude a un grupo de personas que festejan con exceso de ruido y alegría.

Asimismo consta en la frase «carnaval chico» para referirse a una ceremonia de juegos, bromas y burlas que se efectúa una semana después del carnaval tradicional.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE




cifras negativas, uso incorrecto

Recomendación urgente del día

El uso de cifras negativas precedidas de términos cuyo significado ya implica su carácter negativo, como perder, decrecer, bajar o disminuir, es inadecuado.


En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como «La inversión en televisión decreció el −28 % en el 2009», «El gigante del automóvil facturó 297 millones de euros, lo que supuso una disminución del −36,4 %» o «El PIB bajó un −1,2 por ciento en ese periodo».

En todos estos casos el signo − (menos) resulta innecesario para lo que desea expresarse, pues en los verbos decrecer, disminuir y bajar ya está implícito el carácter negativo de las cifras a que se refieren.

Así, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido escribir «La inversión en televisión decreció el 28 % en el 2009», «El gigante del automóvil facturó 297 millones de euros, lo que supuso una disminución del 36,4 %» o «El PIB bajó un 1,2 por ciento en ese periodo».

Ver también menos quince grados bajo cero, expresión redundante.
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