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sexta-feira, 13 de setembro de 2013

LA LENGUA VIVA







Detrás de las palabras, la realidad
Amando de Miguel en Libertad Digital - España


Pedro Torres Curiel me pide la opinión sobre una polémica que mantiene con un crítico literario. El crítico decía que el Holocausto (= el genocidio de judíos en la Alemania nazi) fue un "proceso progresivo". Don Pedro sostiene que la expresión es un tanto redundante. El crítico redarguye que no, que puede haber procesos progresivos y también regresivos. Entiendo que el crítico tiene razón, aunque me faltan datos. El proceso es "un conjunto de fases o estadios sucesivos que constituyen un hecho complejo". Pero esas fases pueden avanzar, progresar o envilecerse (como en el caso del Holocausto), mantenerse de forma templada o incluso dar la vuelta. Hay muchas ilustraciones de procesos regresivos. Si bien se mira, son los verdaderos males de nuestro tiempo. Por ejemplo, el estadio de dependencia adolescente o juvenil cada vez se amplía más. No se debe a razones de coyuntura económica sino de mentalidad colectiva. El juicio que merece ese proceso es regresivo porque genera consecuencias no deseadas, como el parto juvenil, la orgía lúdica de los jóvenes, el descenso de la calidad educativa. Una redundancia (o más bien un pleonasmo) sería decir un progreso progresivo o un proceso procesal.

José María Navia-Osorio me envía un largo y sustancioso memorial político. Le sugiero que lo desarrolle en forma de libro. Es un razonamiento sensato de cómo ve él la política. Resumo telegráficamente sus opiniones. 1) Los recortes del Estado del Bienestar deberían hacerse con mesura y pesadumbre. 2) Los planes privados de pensiones no tienen mucho fundamento cuando las entidades que los sugieren muchas veces son un fracaso. 3) Los políticos no deben tratar de educarnos. 4) Los políticos deben contentarse con tomar muy pocas y bien estudiadas decisiones, como al parecer hacía el ministro Romay. 5) Los políticos deberían echarse la siesta y no trasnochar. 6) Los políticos deberían abstenerse de hacer "reformas estructurales". Al igual que en la construcción, las reformas estructurales pueden poner en riesgo el edificio. Es un buen decálogo de seis puntos, como decía el otro.

José María Navia-Osorio se anima a presentar un candidato para el premio de topónimos sonoros: Bollullos Par del Condado. Se hizo famoso porque en ese lugar se produjo el récord de un embarazo de octillizos. Solo sobrevivieron seis criaturas, pero tampoco está mal.

Se me había olvidado lo del concurso de topónimos sonoros. Juan José Carballal propone Rodrigatos de la Obispalia y Castrillo de los Polvazares, ambos en León, además de Tetas de Viana (Guadalajara) y Castellfullit de la Roca (Cataluña). De paso me dice don Juan José que "en mi casa al padre del tatarabuelo se decía bistatarabuelo". Por cierto, añade, ¿por qué "mi casa" es más bien la de los padres que la propia? Creo que es un resto genealógico. Se ve muy claro en los vascos y en los catalanes, quizá porque la echea o la casa pairal determinan el apellido, la estirpe. En Castilla (donde hubo menos feudalismo) no se da ese hecho.

José Luis García Valdecantos vuelve a proponer Castrillo de los Polvazares o también Golpejar de la Sobarriba (León). Añado que el hermosísimo pueblo de Castrillo de los Polvazares es el lugar donde se sitúa la acción de la novela La esfinge maragata, de Concha Espina. Se dice que doña Concha residió un año en ese pueblo para escribir su novela. Pero la verdad es que entonces el pueblo debía de ser un lodazal inhabitable y doña Concha residió en la cercana Astorga. Es igual, la novela es una delicia. Contiene un vocabulario riquísimo de la Maragatería. No entiendo cómo es que el movimiento feminista no ha aireado esa novela, pues representa el triunfo del matriarcado. Bueno, doña Concha al final de su vida se hizo falangista.

Anoto el codicilo de que no vale el pueblo de uno para presentarlo al concurso. Así que retiro la candidatura de Pereruela de Sayago, aunque suene tan bonitamente. Pero he vivido por algún tiempo en Sant Esteve Sesrovires (Barcelona). Alude al paisaje de viñas. Es un remanso rural a solo 30 kilómetros de Barcelona.

LA OBRA DE JAMES SALTER




Esa libertad de escribir

Nacido como James Horowitz en 1925 en la ciudad de Nueva York, James Salter adoptó su nombre artístico en 1956 tras la publicación de su primera novela, Pilotos de caza (The Hunters). Por ese entonces era oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, arma a la que perteneció por casi doce años tras haberse graduado en la academia militar de West Point.
Hugo Fontanavie en El País - Uruguay

A comienzos de los 60, convencido de su vocación, abandonó su puesto de piloto y se dedicó por entero a la literatura, escribiendo durante mucho tiempo guiones cinematográficos para Hollywood y dando forma a una breve pero deslumbrante obra.

Hijo de un agente inmobiliario neoyorquino, también recibido en West Point, podría decirse que Salter ha sido un hombre con la vida dividida en dos. Hasta casi los cuarenta años su condición de aviador tuvo un protagonismo excluyente, más allá de haber sido siempre un lector empedernido. Piloto de aviones de caza, luchó en la guerra de Corea en la cabina de un F86, volando en más de cien misiones a treinta mil pies de altura y enfrentándose con los MIG-15 soviéticos que, estacionados en algún lugar del territorio chino, defendían las posiciones de la hoy Corea del Norte.

En un reportaje que le ofreció al español Jacinto Antón, reconoció incluso haber derribado uno de los cazas enemigos. Preguntado por la suerte del piloto, recordó que éste había saltado en paracaídas: "Nadie disparaba a los paracaídas. Ese piloto volvería con otro avión y tendrías la oportunidad de lograr otro derribo, así lo veíamos. No era una cuestión de sangre, no era el piloto lo que cazabas, era el avión".

Pero más allá de haberse convertido en un profesional de la adrenalina -"No tenías tiempo para el miedo en pleno combate"-, su actividad le dio también la oportunidad de conocer medio mundo y de enamorarse profundamente de la vieja Europa, en donde estuvo destinado durante mucho tiempo. El coraje, la destreza, cierta cercanía con la fama y con la inmortalidad, pero por sobre todas las cosas el honor, se transformaron en algunas de las variables que Salter considera esenciales en la constitución de un hombre. De algún modo las fue instituyendo en las peripecias vitales de sus personajes literarios y en la suerte de su propio proyecto como escritor.

"Una vez, en una cena, una mujer me preguntó qué demonios le había visto yo a la vida militar", cuenta en su libro de memorias Quemar los días. Y agrega: "No pude contestarle, naturalmente. No pude resumirlo todo, los lugares lejanos, la camaradería, el idealismo, la juventud. No pude hablar de cuando, mucho tiempo atrás, sobrevolaba las islas, cuando las veía elevarse en la distancia azul envueltas en leyenda, el anillo de oleaje blanco alrededor. O las ciudades, Shanghai y Tokio, Ámsterdam y Venecia, las prácticas de artillería en el norte de África y las colonias olvidadas de Roma a lo largo de la costa".

Escribir o perecer.

Tras la publicación de Pilotos de caza, en la que narraba la vida de sus años como aviador y de la que se desentendió tachándola de "novela de juventud", Salter daría a conocer en 1961 The Arm of the Flesh, reescrita y reeditada en 2000 bajo el título de Cassada. En 1967 publicó Juego y distracción, considerada una novela erótica -"lúbrica y pura", según sus propias palabras-, en la que narra la historia de un encuentro entre un estadounidense de clase alta y una joven francesa de provincia.

A los cincuenta años, en 1975, dio a conocer una de las novelas más celebradas de la moderna literatura yanqui, Años luz, y cuatro años más tarde En solitario, sobre un grupo de alpinistas que intentan infructuosamente ascender al Mont Blanc. En 1988 publicó Anochecer, su primera colección de cuentos, premiada con el PEN/ Faulkner. En 1997 apareció su libro autobiográfico Quemar los días y en 2005 los cuentos de La última noche. Este año publicó una nueva novela bajo el título All That Is, aún no traducida al castellano.

Casado y con dos hijas pequeñas, Salter dedicó buena parte de los años 60 a su trabajo como guionista, que le permitió conocer a fondo los vericuetos de la industria cinematográfica y frecuentar a actores de la calidad de Robert Redford, para quien escribió Monte abajo (Downhill Racer, 1969), la historia de un esquiador que se enfrenta al desafío más grande de su vida durante una competencia extrema.

Trabajar para el cine le permitió además retornar con frecuencia a Europa, buscando locaciones, ideas y actores, que finalmente lo llevaron a dirigir un film de su autoría, Three (1969), con las actuaciones de Charlotte Rampling y Sam Waterston, que no tuvo éxito de público. "Decidí escribir o perecer", dijo en otra entrevista. "Cambié mi nombre… Y estaba solo. Y cuando despegas, completamente solo, esa primera vez, es inolvidable. De repente, sientes que tienes un par de alas sobre tu espalda, y puedes escribir algo que sientes que es glorioso. Hay una libertad en escribir. Me admiro más sobre la página que en la realidad. No quise convertirme en un escritor demasiado masculino, porque mi vida había sido masculina".

Acaso esa división de género sea elaboradamente exacta. Siguiendo ese mismo razonamiento, Richard Ford escribió en 2007 el prólogo a una edición inglesa de Años luz, en el que sostiene que "seguramente no hay intuición tan penetrante para los detalles del mundo y su nada obvia problemática emocional, ni mirada tan perspicaz para nuestra frágil naturaleza humana, como la intuición y la mirada de James Salter, como no hay tampoco nadie con la capacidad de Salter para convertir en frases tanta información e imaginación verbal con tanta belleza y exuberancia, y de un modo tan sorprendente, tan despiadado a veces, pero siempre apasionante".

En la casa de otro.
Los personajes de Salter pertenecen a una clase media acomodada, buena parte de ellos con alguna carrera universitaria o con alguna profesión de corte intelectual. Tienen aspiraciones de orden trascendente aunque sospechan o son conscientes de que les serán esquivas, o de que sus propias destrezas y convicciones, débiles, erráticas, no les permitirán alcanzarlas. Son diferentes a las criaturas de John Cheever -no viven en cerradas comunidades, con prerrogativas y valores en común-; son diferentes a los personajes de Truman Capote -recorren Nueva York de un lado a otro pero sin alcurnias ni delirios aristocráticos, y compran en Zabar, no en Tiffany's-; son diferentes a los hombres y las mujeres de J. D. Salinger -ninguna guerra ha dejado en ellos signos esquizoides, aunque muchas veces comparten similares conductas de deslealtad. Y son diferentes a los seres desvalidos, desocupados y desorientados de Raymond Carver, que recorren infinidad de caminos para volver siempre al mismo lugar. Acaso el escritor más cercano a su obra sea el Richard Yates de Vía revolucionaria (Revolutionary Road): la pareja protagonista de esta novela podría compartir más de una cena con la de Años luz, tomar un vino o un martini juntos, soñar con un viaje a París, contarse las mismas cuitas, llorar las mismas desesperanzas.

Sin embargo, a todos los escritores mencionados los une una misma preocupación formal: cómo dar cuenta desde la cotidianidad y con un lenguaje que refleje esos mundos, de una extendida crisis de valores y de una oscura y secreta angustia que, al modo de los preceptos del existencialismo filosófico, atraviesa sordamente el corazón de sus agonistas.

El desconcierto ante el paso de los años es el mismo, e iguales son los montos de nostalgia que los separan de la infancia y de las primeras figuras parentales. También la época es la misma: la segunda mitad del siglo XX, los vaivenes económicos del Imperio, la mezcla del orgullo nacional y de la conciencia de haberse convertido en una superpotencia bélica, la monstruosa dimensión de la Patria y la minúscula proyección de sus vidas. "Somos ricos, privilegiados y fuertes", dice Don DeLillo en su ensayo En las ruinas del futuro, acerca de esa nación prodigiosa que vive por y para el futuro. Pero, ¿qué hacer con el día de mañana si esta noche nuestro cónyuge duerme en la casa de su amante?

Las personas reales.
En 1986, Joe Fox, editor de Salter, tras leer un breve artículo publicado en la revista Esquire, donde el escritor rememoraba un lejano episodio ocurrido en uno de los campus militares donde habitó, lo impulsó a escribir un libro de memorias que, tras una década de trabajo, se convirtió en Quemar los días. El libro se lee con la misma pasión que puede provocar una gran novela. Salter no escatima recursos narrativos a la hora de recordar su infancia, sus largos años en la aviación, sus primeros escarceos amorosos, sus idas y venidas con actores, productores y directores de cine, así como su lenta inclusión en el mundo de los intelectuales neoyorquinos y su amistad con otros escritores, en particular la que mantuvo durante años con Irwin Shaw. En cada capítulo, en cada párrafo, el lector irá descubriendo claves que luego tomarán cuerpo en su narrativa: anécdotas, añoranzas, decepciones, algunas formas de la felicidad y de la tristeza.

Salter parece decirnos que todos sus héroes de ficción estuvieron inspirados en personas reales, mimetizados luego en la bruma de la identificación literaria y en el pasado de su propia vida. Así, cuenta que tras la escritura de Juego y distracción nunca volvió a ver a la muchacha en la que había basado su personaje femenino y que siempre guardó la curiosidad por saber "qué había sido de ella, por conocer los detalles de su vida, el armario donde colgaba sus vestidos, el cajón donde tenía plegada sus cosas, los frascos de perfume, los zapatos". Unas frases más adelante, confiesa: "La conocí en el Kennedy cuando llegó a Estados Unidos. Atravesó el gentío, inocente en su belleza, llena de alegría. Tenía dieciocho años". Lo mismo sucede con Nedra, la joven mujer de Años luz, a quien sí volvió a ver después de publicada la novela. "Yo adoraba su franqueza y su encanto, el derroche y la devoción a sus hijos. Nunca me cansé de verla ni de oírla hablar. Fumaba, bebía, reía a carcajadas. No conocía la cautela". De inmediato agrega: "Su antiguo amante, uno de ellos, nos acompañó esa última noche. Nedra había envejecido. Los años se habían apoderado de ella y la habían sacudido como un gato sacude a un ratón. (…) En su casa, que yo adoraba, se reflejaba mi propia mortalidad".

Algo similar ocurre con uno de sus cuentos más brillantes, "Vía negativa" (de Anochecer), en el que presenta a un escritor joven, sin éxito de ventas y prácticamente ignorado, que un día se cruza con otro autor que se ha enriquecido con sus libros, vive en una suite lujosa y calza zapatos ingleses. A la noche, aquél le dice a su amiga: "Me tiene miedo. Tiene miedo de mí porque no he conseguido nada". En Quemar los días, tras sus primeros encuentros con Irwin Shaw, en ese momento en la cresta de la ola con títulos como Enterrad a los muertos y Hombre rico, hombre pobre, recuerda: "Yo había escrito dos libros, pero mi poder residía en que no había conseguido nada. Mi fuerza, como la del enano con mal genio, estribaba en que mi nombre era desconocido".

Polvo del pasado.
Viri y Nedra son la pareja central de Años luz. La historia se dispara a fines de los 50, cuando ellos están cerca de cumplir treinta años. Viven al norte del río Hudson, en una zona campestre. Tienen una hermosa casa, dos hijas pequeñas, un cachorro, un pony y una tortuga. Viri trabaja en un estudio de arquitectos en Manhattan -quiere construir un edificio que sea admirado por todo el mundo- y Nedra viaja con frecuencia a la ciudad a hacer las compras. Tienen una intensa vida cultural: van al teatro y al cine, leen, se reúnen con frecuencia con matrimonios amigos. Viri mantiene un corto y apasionado romance con una de sus secretarias, que lo marcará por años. Nedra se hace amante de Jivan, un joven cercano al mundo del teatro, y el vínculo que establecen parece armado sobre la normalidad de lo distinto: a cierta altura de la novela el amante parece tan integrado a la vida de la familia, más allá de que su condición supuestamente se mantiene en secreto, que ya no asombra que concurra a las veladas grupales ni que participe en determinadas ceremonias como cumpleaños y fiestas navideñas.

Cada tanto el narrador interviene, opina, aconseja e incluso se lamenta del rumbo que van tomando las cosas. "La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco". O: "Se divorciaron en el otoño. Yo hubiera deseado que no sucediera".

Salter acompaña la lenta destrucción de la pareja, y lo hace a lo largo de toda la vida de Viri y Nedra. Cada tanto informa del paso de ese tiempo dando cuenta de la edad de las niñas, de su transformación en adolescentes, de sus estudios y primeros trabajos, de sus casamientos. Y de la lisiada vejez de aquel cachorro. En apenas doscientas páginas el escritor acude una y otra vez a los diálogos, a las descripciones mínimas y tajantes, y sobre esa austeridad construye una poética hermosa y triste.

Para Ford, lo hace con "una prosa tan luminosa, tan refinadamente escogida y equilibrada que en el primer momento podríamos no darnos cuenta de que la novela apunta a temas graves, como son las posibilidades de supervivencia del amor, las desilusiones de la vocación y la decadencia de una cultura americana consumista pero insuficientemente inquisitiva, que se está muriendo como una estrella cuya luz seguimos viendo aun cuando el fuego lleva ya mucho tiempo extinguido". Más adelante en su prólogo, insiste en que la novela refleja "lo que perdemos de la vida cuando el tiempo ha convertido nuestro presente en polvo del pasado y sólo deja atrás silencio y melancolía". Por último, para definir las características más profundas de esta pareja, el autor de El periodista deportivo afirma que ellos "no se toman la vida con la suficiente seriedad y paciencia para conocer su finalidad. Es como si pensaran que disponen de otra vida para volver a vivir, como si estuvieran aquí de paso, destinados a tener otra oportunidad".

Frotar las palabras.
Los cuentos de Salter no son menos magníficos. Por lo general los protagonizan hombres y mujeres en la distancia de sus relaciones: despedidas, recuerdos de tiempos irrecuperables, tropiezos consigo mismos, terceros que se aproximan a la fantasía del sueño exquisito o de la pesadilla absoluta. No es la perfección una categoría aplicable al arte, pero muchas veces el lector llega al final de un relato con la certeza de que no podría haber sido escrito de mejor manera, de que toda la sabiduría de un narrador se condensó en unas pocas páginas, de que no hay una sola palabra gratuita, y de que la anécdota es suficiente como para trazar una genealogía imperecedera de la condición humana.

"Veinte minutos", "American Express", "Costas lejanas", "Vía negativa", "La destrucción del Goetheanum" (en Anochecer) son obras maestras. Lo mismo puede decirse de "Cometa", "Los ojos de las estrellas", "El don", "Platino" y, por supuesto, "La última noche", del libro homónimo, un cuento feroz que reúne a un matrimonio en la última noche de la esposa -está enferma de cáncer y un médico le ha proporcionado una inyección letal que el marido le pondrá poco antes de la medianoche-, y una joven mujer amiga de ambos.

Hace un buen tiempo Salter fue entrevistado por The Paris Review, y entonces dijo que se consideraba un frotteur, "alguien a quien le gusta frotar palabras en sus manos, sentirlas, y pensar que es realmente la mejor palabra". Tan minucioso criterio ha llevado a algunos críticos a sostener que estamos ante un escritor para escritores, apoyados además en su escasa popularidad y en no haber sido jamás un autor de ventas masivas. En respuesta a esa clasificación, bueno sería recordar la sentencia de Walter Benjamin: "un escritor que no enseña nada a los escritores, no enseña nada a nadie".

La primera mujer desnuda
En las primeras páginas de Quemar los días, James Salter cuenta que durante su infancia pasaba tardes enteras con Alec, uno de sus amigos, cuya madre era pianista y daba conciertos en el Carnegie Hall. La habitación de Alec estaba en el séptimo piso de un edificio de apartamentos en Manhattan:

"Una tarde como otra cualquiera, cuando la luz ya declinaba, vimos una silueta en un apartamento de enfrente muy cercano, una planta más abajo. Era una mujer joven y estaba sola. En el cuarto de baño por el que se movía de un lado a otro, la iluminación era intensa y la mitad superior de la ventana estaba abierta. No habíamos encendido las luces de nuestra habitación y, ocultándonos para observarla, nos arrodillamos.

"Se quitó el jersey, la perdimos de vista y al cabo de un momento volvió, desabrochándose el sujetador. Recuerdo el extraordinario brillo de su piel, la cegadora desnudez, y la desesperación cuando dejamos de verla. No cruzamos una sola palabra. Aguardamos en absoluto silencio. Era el crepúsculo. Aquel rectángulo iluminado y vacío ejercía mayor atracción que cualquier escenario. Como en un acto de obediencia, la mujer regresó. Yo no me cansaba de mirar pero, como supe desde el primer instante, no podía retener lo que estaba viendo.

"Ningún cazador al amanecer, ningún asesino ni rastreador, ha sentido jamás mayor gozo. Se paseó delante de nosotros, se dio la vuelta, se recogió el pelo. Se inclinó un poco para quitarse la última prenda y luego se quedó erguida e inmóvil, sagrada e incompleta, mirando algo en el suelo, probablemente una báscula. No alcanzo a imaginar el peso de aquella sustancia inmortal. No tenía peso. Estaba hecha de gloria…".

Los libros de Salter
La desaparecida Muchnik Editores publicó en castellano Años luz (1999), Juego y distracción (2002) y Anochecer (2002), hoy muy difíciles de conseguir, incluso en los sitios de venta de Internet. Hay una edición de bolsillo de Anochecer de El Aleph Editores (2008), que se distribuyó en Uruguay. Este año llegaron Quemar los días (446 páginas) y La última noche (156 páginas), ambos de Editorial Salamandra, impresos en 2013 en Barcelona.

LAS MEJORES UNIVERSIDADES DEL MUNDO

Los nuevos rankings universitarios

ANDRÉS OPPENHEIMER AOPPENHEIMER@ELNUEVOHERALD.COM

Dos nuevos rankings de las mejores universidades del mundo —uno hecho en China, el otro en Gran Bretaña— concluyen que Estados Unidos sigue teniendo las mejores instituciones de estudios terciarios del mundo, Asia está en ascenso y Latinoamérica sigue sin tener ninguna universidad entre las primeras 100.

El nuevo Ranking Académico de Universidades del Mundo 2013 de la Universidad Jiao Tong de Shanghai, y el Ranking QS de Universidades del Mundo 2013 de la empresa de investigación Quacquarelli Symonds, de Londres, están entre los índices universitarios internacionales más antiguos y conocidos.

Miden, entre otras cosas, la reputación de cada universidad en círculos académicos internacionales, el porcentaje de profesores con doctorados, y sus logros en investigación científica. Si bien es cierto que estos rankings no son perfectos, son el mejor instrumento disponible para medir la calidad de las universidades a nivel global.

Según el ranking de la Universidad de Shanghai, ocho de las 10 mejores universidades del mundo están en Estados Unidos. La lista de la universidad de Shanghai está encabezada por Harvard, seguida de Stanford (2), la Universidad de California en Berkeley (3), el Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT (4), la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña (5), el Instituto de Tecnología de California (6), Princeton (7), la Universidad de Columbia (8), la Universidad de Chicago (9) y la Universidad de Oxford, Gran Bretaña (10).

Entre las 100 mejores universidades del mundo, el ranking chino incluye varias universidades de Japón, Suiza, Israel, Canadá y otros países, pero ninguna de Latinoamérica. Las universidades latinoamericanas mejor situadas en el ranking chino son la Universidad de Sao Paulo, Brasil, agrupada junto con otras en los puestos 101-150, y la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Buenos Aires, Argentina, que están en el grupo 151-200.

El otro ranking, realizado por la firma QS de Gran Bretaña, coloca a siete universidades estadounidenses entre las mejores diez del mundo. El ranking de QS está encabezado por el MIT, seguido de Harvard (2), Cambridge, Gran Bretaña (3), University College de Londres (4), Imperial College de Londres (5), Universidad de Oxford (6), Stanford (7), Yale (8), Universidad de Chicago (9) y Instituto de Tecnología de California y Princeton empatados en el número 10.

Dentro de las 100 mejores instituciones de educación superior del mundo, el ranking británico incluye la Universidad Nacional de Singapur (24), la Universidad de Hong Kong (25), la Universidad Nacional de Seúl, Corea del Sur (35), Universidad de Beijing (46) y varias otras universidades de Asia.

La universidad latinoamericana mejor situada en el ranking británico es la Universidad de Sao Paulo (127), seguida por la Universidad Nacional Autónoma de México (163), y la Universidad Católica de Chile (166).

Los dos rankings platean algunas preguntas obligadas para los países latinoamericanos: ¿Cómo es posible que Brasil, la sexta economía más grande del mundo y México, la duodécima, no tengan una sola universidad entre las 100 mejores del mundo?

¿Y cómo se explica que Singapur, Corea del Sur, China y otros países que hasta hace pocas décadas tenían niveles de desarrollo inferiores a los de la mayoría de las naciones latinoamericanas tienen universidades que están entre las 100 mejores? ¿Qué es lo que hicieron bien las universidades asiáticas, e hicieron mal las latinoamericanas?

Ben Sowter, el jefe de investigación del ranking QS, me dijo que las principales razones de que las universidades latinoamericanas se han quedado atrás tienen que ver son su poco uso del inglés —la actual lingua franca de los intercambios científicos internacionales — y su poca conexión con las mejores instituciones extranjeras.

Pero eso está cambiando con rapidez, dijo Sowter, señalando que nueve de las diez mejores universidades latinoamericanas en el ranking QS de este año han subido de puesto con respecto al ranking del año pasado. Están en la dirección correcta, y posiblemente veamos los resultados de esta acción en el curso de los próximos diez años, dijo.

Mi opinión: el idioma no debería ser una barrera para estar entre las 100 mejores universidades del mundo. Si Corea del Sur, China y otros países asiáticos han logrado que sus universitarios hablen inglés fluido, y sus universidades den títulos conjuntos con instituciones de Estados Unidos y Europa, también lo pueden hacer las universidades latinoamericanas.

Pero coincido en que algunos países latinoamericanos se están moviendo en la dirección correcta. Brasil ha iniciado un programa para enviar a 100.000 graduados en ciencias e ingeniería a realizar estudios de posgrado en universidades de Estados Unidos, Europa y Asia. Chile ha estado haciendo lo mismo desde hace un tiempo, en menor escala, y México está considerándolo.

Hacen bien, y sus vecinos deberían imitarlos. De otra manera, Latinoamérica seguirá perdiendo terreno ante los países emergentes asiáticos dentro de la economía global del conocimiento, que se basa cada vez más en la innovación que generan y comparten las mejores universidades del mundo.

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CARLOS BLANCO AGUINAGA

Carlos Aguinaga, el sabio que me enseñó a leer
Una visión social de la literatura
RAFAEL CHIRBES en El País - España

Acabo de enterarme de la muerte de Carlos Blanco Aguinaga. Con él, la literatura pierde una de las voces críticas más importantes del siglo XX. Pero yo quiero escribir de la pérdida del maestro que me enseñó a leer, porque uno puede llegar a los veinticinco años sin parar de devorar libros y seguir acunado en esa niebla engañosa que tantas veces se nos hace creer que es la literatura. Con Blanco aprendí la literatura como forma de conocimiento: colocarse ante el puro texto, sin retórica envolvente, y aprender, de paso, que el envite no es tanto situar un libro en su contexto, sino desentrañar el modo en que el contexto forma parte de la malla del libro. La literatura, como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo.

Su Historia social de la literatura española, publicada en 1978, mereció el calificativo de “estalinista” en la crítica que escribió Rafael Conte en las páginas del suplemento cultural de este mismo diario. La batalla era cruenta, porque lo que se dirimía era nada menos que el restablecimiento de un canon literario vapuleado al mismo tiempo por los literatos del régimen y por vanguardias que aspiraban a la modernidad sin ajustar cuentas con el franquismo: textos que sobrevuelan la historia sin tocarla.

A los jóvenes que nos habíamos educado en España, Blanco nos corregía la mirada refractándola en la del exilio. Su presencia nos traía América: los exiliados españoles, pero también los novelistas de entreguerras, las luchas por los derechos de chicanos y negros, los narradores de la revolución mexicana, los poemas de Vallejo y Nicanor Parra, o los de Julián del Casal; los textos de Martí y de Mariátegui; y los boleros de Agustín Lara cantados por Toña la Negra. Todo eso forma una pequeña parte de lo que Blanco ha dejado en nosotros. Porque fuera de lo literario (si es que hay algo que pueda quedarse fuera de lo literario) están su bondad, su humor, su cariño que tanto empiezo a echar de menos ahora mismo.

Creo que fue en el verano de 1976 cuando recorrimos con Iris, su mujer, el sur de México. Fortín de las Flores, Veracruz, Villahermosa, San Cristóbal de las Casas, Tehuantepec, Oaxaca. A San Juan Chamula llegamos de noche, a bordo de un coche en el que había fallado el sistema eléctrico. Avanzábamos a oscuras por la sinuosa carretera, siguiendo las luces del autobús que nos precedía. Cada poco tiempo, veíamos brillar una fosforescencia en el horizonte que creíamos que eran las luces de la población y siempre acababan siendo las de los millones de cocuyos que poblaban la noche. Si cierro los ojos puedo recordar aquel viaje y la plaza de San Juan, con las puertas de su iglesia abiertas de par en par y aquellos tipos silenciosos sentados en el suelo junto a sus bestias de carga. Puedo verlo, y oler: a chiles y a cilantro, a gardenias. Y esos olores y el brillo engañoso de cocuyos —ese México—, que ahora mismo recuerdo y me conmueven, son también parte de lo que ha dejado en mí su amistad. Los conocí con él.

Rafael Chirbes es escritor. Su última novela es En la orilla.

JHON ANTHONY WILSON BURGESS










El Hombre Que Escribía Demasiado
Por Juan Forn en Página 12 - Buenos Aires


En Borneo, cuando no está lloviendo, el sol te trepana la cabeza. El profesor John Wilson está dando clase al frente del aula cuando de repente se acuesta en el piso y decide no seguir. El profesor Wilson parece estar sufriendo un coma alcohólico, aunque conteste normalmente las preguntas que le hacen. En el hospital le preguntan si ha sufrido alucinaciones. El dice que, en los últimos días, cada vez que entra al baño de su casa, por la mañana, ve sentado en el inodoro a un hombre muy parecido a él, con una máquina de escribir sobre las rodillas, componiendo poemas. El Servicio Colonial lo fleta al Hospital de Enfermedades Tropicales de Londres, donde le diagnostican un tumor cerebral y le dan un año de vida. El profesor Wilson huye del hospital en camisón, pero el neurólogo que iba a trepanarle el cerebro era Roger Bannister, el primer hombre en correr la milla en menos de cuatro minutos: lo alcanzó enseguida, lo llevó de vuelta, le exigió que se portara como un hombre. El profesor Wilson se pasó la noche en vela y terminó interpretando así su sentencia de muerte: “No me pisaría un ómnibus, ni me acuchillarían en un callejón, ni me atragantaría con una espina de pescado, ni me desnucaría de un patinazo por la calle. Me quedaban 365 días por vivir: escribiendo a razón de mil palabras por día, en un año podía escribir Guerra y paz. O por lo menos un libro de mil páginas”.

Y eso fue lo que hizo: escribió las mil páginas (aunque no en un solo libro sino en cinco novelitas distintas, porque consideró que cinco libros le dejarían algo más de dinero a su viuda que uno solo) y cuando se cumplió el año le dijeron para su estupor que del tumor ni rastros, así que se puso a escribir otras mil páginas para no romper la cábala, y llegó vivo al final de ese año, por lo que conservó ese demencial ritmo de escritura durante los cuarenta años siguientes, y así fue cómo el profesor Wilson (en sus documentos John Anthony Wilson Burgess) se convirtió en el escritor Anthony Burgess. La leyenda fue fraguada por él mismo, en incontables entrevistas y charlas y en los dos tomazos de su autobiografía: era, había sido, y sería hasta el fin de sus días, El Hombre Que Escribía Demasiado (“¿No puede conseguirse un trabajo normal, como empleado de banco, por unos años al menos? –le decían en Inglaterra–. ¿No tiene autodisciplina para ser menos prolífico?”). Era El Venido De Ninguna Parte, léase Manchester, donde su padre tocaba el piano en cines en los tiempos de las películas mudas y el pequeño John aprendió a leer solo, de las placas de texto que aparecían en esas películas. El pequeño John se pasaba las tardes sentado en el cine porque un día, cuando era bebé, su padre volvió a casa y encontró a su mujer y a la hermana de John muertas por la gripe española.

Después se le murió el padre, cuando John tenía trece. Quedó a cargo de una madrastra que lo mandó pupilo en cuanto vio que el pequeño era capaz de conseguirse una educación a base de becas. Salió de Manchester convertido en maestro de escuela, hizo la guerra como maestro en Gibraltar, lo esperaba un puesto de maestro cuando volvió. Y era un maestro impecable, sólo que después bebía como un cosaco y leía como un animal lo que le cayera en las manos, y además padecía una esposa galesa, borracha y promiscua que, cuando él volvió de la guerra, le contó que una noche a la salida del pub había sido violada por dos soldados, que la dejaron no sólo estéril sino con hemorragias de por vida: todo lo que perdía de sangre diariamente necesitaba recuperarlo en gin. Los Wilson llegaron a Malasia, y después a Borneo, porque una noche de borrachera él escribió una carta pidiendo trabajo en el Servicio Colonial del Imperio: cuando lo citaron para darle el destino, tuvieron que mostrarle la carta porque él no se acordaba de nada. Al volver de Borneo, cuando ya era El Hombre Que Escribía Demasiado, arrastró a su esposa Lynne a Leningrado, porque necesitaba ver in situ ciertos detalles del idioma ruso para la jerga de Alex y sus drogos en La naranja mecánica. El plan era pagarse el viaje con unos vestidos de poliéster que consiguió a precio de saldo en Marks & Spencer y que se pasó los primeros cinco días del viaje vendiendo en los baños del hotel donde paraba, mientras Lynne bebía vodka en la habitación, hasta que tuvieron que hospitalizarla por coma alcohólico y los mandaron a los dos de vuelta a Inglaterra.

Mientras hacía estas cosas, escribía dos o tres novelas al año y manuales sobre el uso del inglés y ensayos que explicaban a Joyce y a Shakespeare, y comentaba libros (brillantemente y a velocidad pasmosa) para todos los suplementos culturales, y componía música (su verdadera vocación: no meras canciones sino sinfonías y óperas) sin el menor éxito. Y, cada vez que oía a Lynne golpear con su bastón el piso en la habitación de arriba, subía a llevarle su botella de gin. “Hasta que un día cesaron misericordiosamente los golpes sobre mi cabeza y pude escribir en paz, sólo que Lynne estaba muerta.” No se olvidó nunca de ella, tampoco tuvo paz. Se casó con otra sólo tres meses después. Era la exacta contracara de Lynne: se llamaba Liana, no era galesa sino italiana, no era rubia sino morocha, no era hija de proletarios sino de una condesa y un actor, y además traía a la rastra un hijo pequeño, que Burgess aceptó adoptar. Acto seguido abandonó Inglaterra rumbo al continente, en una absurda casa rodante (Liana al volante, él en el asiento de al lado, con la máquina de escribir sobre las rodillas, y el nene destrozando todo atrás), para no tener que pagar impuestos en ninguna parte.

Gracias a La naranja mecánica de Kubrick y al Jesús de Nazareth que escribió para Zefirelli se hizo famoso en Norteamérica y empezaron a estrenarle (en lugares como la Opera de Minnesota o el Paraninfo de Wichita) sus imposibles piezas musicales. Por suerte siguió escribiendo, tan inmoderadamente como siempre. Por esa época se le ocurrió una novela que iba a ser así: un tipo se levanta a la mañana, el día de su muerte, abre el diario y lee toda su vida en él, de la primera plana al crucigrama y los chistes. No la escribió nunca, pero su autobiografía es un poco así, aunque la verdadera vida que vivió en su cabeza hasta sus últimas consecuencias está en Poderes terrenales, la novela de mil páginas que escribió cuando ya no necesitaba más dinero, que es todos sus libros en uno y un crucero al corazón de las tinieblas del siglo XX. “En mi triste oficio, mentimos para ganarnos la vida. No sé quién lee novelas para que le cuenten la verdad, pero ¿cuál es el sentido de leer novelas si no nos las creemos?”, escribió en ese libro. Y también este párrafo imbatible, que cualquiera que lo haya leído conservará en la memoria el resto de su vida: “¿Quién no ha sido defraudado? No pensemos sin embargo que el culpable es un sistema, o la sociedad, o el Estado, o una persona determinada. Son nuestras ilusiones las que nos van defraudando. Todo comienza en el vientre materno y el descubrimiento de que hace frío allá afuera. ¿Y acaso es culpa del frío que haga frío?”.


JORGE ÁLVAREZ









"Me hubiera gustado ser un mafioso"

En los años sesenta, capitaneó la editorial que llevaba su nombre y que, con una pléyade de autores jóvenes, renovó el panorama de la literatura y el ensayo argentinos. A fines de esa década, se convirtió en el motor del rock local en español. A sus ochenta años, de regreso en la Argentina, mientras se apresta para volver al ruedo, acaba de publicar sus memorias
Por Pedro B. Rey | LA NACION - Buenos Aires



Puig, Walsh, Piglia, Saer, Quino fueron algunos de los autores publicados por Álvarez, antes de dedicarse a la producción musical.
Foto: Eduardo Carrera / AFV

Dice la leyenda que Macedonio Fernández, cuando ya vivía de hotel en hotel, iba dejando abandonados sus escritos y papeles en los distintos cuartos por los que pasaba. Esa lógica olvidadiza, que guía a los distraídos pero también a los inquietos, parece ser el santo y seña de Jorge Álvarez (Buenos Aires, 1932) . "Trato de no llevar nada en la mano porque siempre me olvido de todo", sostiene, a sus activos ochenta años. Álvarez fue uno de los editores esenciales de una década culturalmente renovadora y ajetreada -la de los años sesenta-, pero no conserva siquiera un ejemplar de los cerca de trescientos libros que publicó. Fue factor determinante de la industria discográfica, pero no guardó sus discos. Tampoco archiva fotografías propias: las imágenes que ilustran sus Memorias son gentileza de los que lo retrataron en su momento. Se lo podría caratular de mito, si no fuera porque el uso y abuso del término parece haberlo desprovisto de sus connotaciones maravillosas y legendarias. Tal vez, si la curiosidad, el desenfado y la capacidad de reconstruirse son una virtud vernácula, se lo debería considerar algo más: una categoría argentina.

Instalado en el bar de un señorial hotel porteño, Álvarez parece una suerte de niño eterno que surca los tiempos como si la cronología no fuera más que parte de un juego. La jovialidad lo releva de cualquier edad: puede recordar cuando iba a ver jugar al River de sus amores en los años cuarenta (la famosa Máquina) con la frescura del que acaba de salir del estadio. Contar su pasión por Piazzolla, Troilo y las noches del Club 676 (lo único que parece despertarle algo de nostalgia), sus vínculos con escritores y rockeros, o la organización de su nuevo proyecto (una colección que, impulsada por Horacio González desde la Biblioteca Nacional, llevará el sello Biblioteca de Jorge Álvarez), como si se encontraran en el mismo plano.

Un resumen parcial de su foja profesional diría que entre 1963 y 1968, antes de que la política del ministro de Economía de Onganía, Adalberto Krieger Vasena, ahogara su estrategia de ser "un capitalista sin capital", comandó el sello Editorial Jorge Álvarez; que publicó, entre muchos otros, los cuentos de Rodolfo Walsh (Un kilo de oro, Los oficios terrestres), el primer libro de relatos de Ricardo Piglia (Invasión), la obra inaugural de Manuel Puig (La traición de Rita Hayworth), el debut novelístico de Juan José Saer (Responso). Que editó Nanina, la narración de un jovencísimo Germán García, libro que se transformó en cause célèbre. Fue también él quien convenció a Quino de reunir Mafalda entre las tapas de un volumen y quien publicó Los pollos no tienen sillas (1968), el único libro de Copi que salió en la Argentina en vida del autor. En aquellos días, su colección más famosa fue la serie de Crónicas (que dirigió Julia Constenla), antologías en que, siguiendo el hilo de un tema, coincidían autores disímiles: Truman Capote podía codearse con Ricardo Güiraldes y Antoni Gramsci o, como ocurrió en las Crónicas del sexo (1965), Eugenio Cambaceres compartir cartel, entre otros, con Manucho Mujica Lainez y Pirí Lugones.

No fue todo. Álvarez despuntaría otros vicios (fue actor en Puntos suspensivos, de 1971, la película experimental de Edgardo Cozarinsky), pero sobre todo, a fines de los años sesenta, fundaría con otros socios Mandioca, primera editora independiente de rock argentino, que puso en circulación los primeros discos de Manal y Vox Dei. En Talent-Microfon (que sería el nombre de Mandioca al ser absorbido por una discográfica) produciría a La Cofradía del Sol Solar, Pescado Rabioso (ahí saldría el celebrado Artaud), Invisible, Color Humano y el dúo Sui Generis, del que Álvarez sería factótum directo. Y en Music Hall, a Billy Bond y la Pesada del Rock & Roll. Durante la dictadura, el antiguo editor, ya convertido en productor, se mudaría a España ("no me fui, me echaron con amenazas", recuerda), donde aplicaría su talento de productor musical a una movida española que demoraba en despegar.

Álvarez volvió a la Argentina en 2011, pero todavía no se decide. "Estoy viviendo en un hotel, pero, para quedarme, debería encontrarme un lugar, alguien que me cuide", dice, mientras hojea un ejemplar de sus Memorias (Libros del Zorzal), ágil volumen que traza la parábola cartesiana de su carrera y, con el mismo gesto, el retrato oblicuo de más de una época y de un fenómeno.

-Cabrera Infante decía que de chico nadie dice que quiere ser crítico de cine. ¿En su infancia se imaginaba editor?

-Para nada. Más bien me veía jugando al póquer, al bridge, al fútbol, al rugby, yendo al hipódromo. En mi familia querían que fuera primero militar (para evitar mi rebeldía) y después contador, pero los números me aburrían. En el fondo era un niño bien. Mi padre tenía una sastrería de trajes a medida, pero, aunque estaba acostumbrado a tener mucama, autos, chofer, chalets, ya me tocó la época en que empezábamos a planear hacia abajo . En aquella época, lo que me hubiera gustado era ser un mafioso, pero no había manera. En la Argentina sólo había rateros ilustrados.

-Por lo que cuenta en sus Memorias la editorial surgió por una serie de hechos fortuitos. ¿Qué es lo que le dio un impulso tan acelerado?

-Nació de pura casualidad. Yo trabajaba en una librería jurídica (había llegado ahí por algunos compañeros de rugby). De a poco empezamos a vender también otra clase de libros. David Viñas, que iba a la librería, se me acercó con la idea de hacer una biografía de Eva Perón. No interesó donde trabajaba y el libro al final no se hizo (o, mejor dicho, Sebreli se nos adelantó), pero eso me impulsó a abrirme. Empecé de hecho publicando textos económicos de la Monthly Review, la revista de la izquierda norteamericana. Después seguimos con los libros de Crónicas. La idea surgió con el regalo de un texto que le hizo Ernesto Sabato a "Chiquita" Constenla. A partir de ahí se nos ocurrió encargar otros textos, y empezamos una colección: Crónicas del amor, Crónicas de la burguesía, Crónicas de Buenos Aires. Al terminar el primer volumen, me di cuenta de que habíamos creado un gran pelotazo. Se leía rápido, se leía bien. Eran libros cortos, que permitían que uno se zambullera rápido y saliera. Sacamos uno por mes, y empezamos a sumar ensayos, literatura, un poco de todo. Cuando me quise dar cuenta, sin tener la menor conciencia, descubrí que era el editor de moda. Curiosamente, porque no publicaba lo que estaba de moda, sino que hacía la moda.

-Según dice, la editorial llevaba su nombre para señalar que su gusto guiaba las elecciones. Pero ¿en qué consistía ese toque personal?

-Había leído mucho la Crítica del gusto, de Galvano Della Volpe. Yo entré un poco en esa variante, la de que no había cosas maravillosas, feas o regulares, que después retomó Umberto Eco. La verdad, era un pendejo pretencioso, pero al mismo tiempo bastante abierto. No tenía nada estudiado, era intuitivo. Respetaba el gusto de la gente, y supongo que por eso el público iba a pedir los libros por el nombre de la editorial, no del autor. Era algo que antes no pasaba. Lo que sí sabía que no iba a publicar era nada que fuera notoriamente de derecha. Yo no era muy político, pero desde el punto de vista intelectual la derecha me pareció siempre un poco aburrida.

-Lo que la editorial parece haber introducido en los años 60 es también una serie de autores jóvenes, con un estilo influenciado por la prosa norteamericana.

-No tenía autores viejos porque era joven. Creo que eso cambió un poco la óptica. Además, me gustaba mucho Hemingway, esa especie de escritura de corresponsal. Me encantaba el escritor, aunque no tanto el personaje. Empecé publicando a Germán Rozenmacher y después se fue dando naturalmente el acercamiento de otros escritores, de Rodolfo Walsh a Paco Urondo, de Oscar Masotta a Beatriz Guido.

-Dice que le hubiera parecido una falta de respeto escribir en aquel entonces. ¿Por qué?

-Como editor, en aquella época tenía la manija. Hubiera sido actuar con ventaja. Me hubiera gustado ser un escritor famoso, pero no había nacido para eso. De repente, me atreví ahora, de manera más liviana, sin solemnidad ni la idea de implantar principios.

-¿Qué me puede decir de los riesgos del trabajo de editor, en los años sesenta?

-Tuve dos meses de prisión en suspenso por Crónicas de sexo (con Torres Nilsson y Pirí Lugones). Pero ¿qué podía hacer ante ese tipo de situaciones? ¿Censurarme a mí mismo? Simplemente eran cosas que sucedían. El riesgo no me preocupaba: en la Argentina de entonces nunca había habido una represión a fondo, como después, cuando se volvieron locos.

-Las Memorias le dedican un gran espacio a la amistad con el cineasta Leopoldo Torre Nilsson, "Babsy", al que le publicó un libro, y que hoy parece estar un poco olvidado.

-Babsy era un ser delicioso. Ya había hecho Piel de verano cuando lo conocí, pero todavía no La mano en la trampa. Hacía un cine distinto. Con el paso del tiempo, descubrí que en realidad los primeros planos, la introspección eran producto de que no veía un pimiento. Por lo demás, tenía muchos enemigos, injustamente, porque ayudaba a todo el mundo. Abría el juego para todos, y sin embargo no lo recuerdan con alegría. Era alguien con muchos elementos populares, pero enquistado en medio de la burguesía argentina, que siempre ha sido menos lúcida que la burguesía brasileña, menos dispuesta a la música y a las cosas livianas. La carta que me envió Beatriz Guido (mujer de Torre Nilsson) cuando murió no deja de conmoverme todavía hoy.

-¿Qué libro de aquella época le hubiera gustado editar? ¿Cortázar, de quien habla con tanta admiración? ¿García Márquez?

-Traté de conocer a Cortázar, pero no lo logré. Era alguien muy particular. Con García Márquez fue distinto. Lo visité en México, cuando estaba escribiendo Cien años de soledad. Me quería llevar el libro para publicarlo yo, pero ya se había metido en el medio Porrúa, además de que Fernando Vidal Buzzi (gerente por entonces de Sudamericana) tenía más plata que yo. Estuve yendo a su casa durante toda una semana. Íbamos a cenar. Cada noche se venía con unas siete páginas y las leía en voz alta. Un punto y aparte, decía, tiene que ser la pausa para el aplauso. Leía esas páginas y yo alucinaba. No lo conocía nadie, pero en los corrillos ya se sabía el nombre, quién era deslumbrante y quién no. Pero no sentí desilusión al no poder publicarlo. Sabía de antemano que sería imposible.

-¿En qué se diferenciaban Roland Barthes y Jean-Paul Sartre, a los que trató?

-Barthes: un encanto. Nos reunimos en Deux Magots, y después en el Café de Flore. Lo convencí para traducir El grado cero de la escritura. Era de lo más cordial. No así Sartre, que era antipático como él solo. Tratamos de convencerlo con Viñas para que nos dejara hacer la revista Tiempos Modernos en español. Yo era demasiado fanático de Sartre. Había visto como siete veces A puertas cerradas. Pero, claro, el hombre no daba mucho espacio. No quería perder el control, si había, como era nuestra idea, producción en español. Tenía miedo de que lo manipularan, algo que les pasa siempre a los franceses. Me acuerdo de François Maspero, el gran editor de izquierda. No te escuchaba. Uno le decía: "basta de hablar de América Latina como si fuera todo lo mismo; América Latina como tal no existe". Y seguía con lo mismo. Tuve muchas discusiones con él, con Régis Debray. También con el italiano (Giangiacomo) Feltrinelli, que quería ejercer como una especie de representante de Fidel Castro fuera de la isla. Terminó volando en pedazos tratando de poner una bomba.

-¿Cómo fue el pase de ese mundo, y el de los libros, a la industria discográfica y al rock, sobre todo viniendo, como oyente, del tango y del bebop?

-Yo creo, es una suposición mía, que me tendieron una trampa, que organizaron una fiesta con el único fin de convencerme. Hicieron bien, porque lo lograron. En esa época la gente no se acostaba tan tarde, y se me ocurrió hacer conciertos al mediodía, que tuvieron un éxito impresionante. Y sobre todo, dejamos de lado esos grupos que cantaban en inglés y se vestían como los Beatles. Mi identificación con el rock fue total. Discutía de la nueva música, con los Manal, por ejemplo. Dejé de escuchar a Gillespie, a Thelonious Monk, y me dejé llevar sin ninguna nostalgia.

-En las Memorias cuenta que convenció a David Viñas para que aconsejara a Charly García, cuando usted era productor de Sui Generis. ¿Qué resultó de ese contacto a priori inverosímil?

-Charly me tenía un poco harto con eso de "aprendí a ser formal y cortés/ cortándome el pelo una vez por mes". Si eso era la única crítica social que podíamos hacer, estábamos mal. Mi idea era que sus letras empezaran a hablar un poco de la realidad. Nunca supe de qué conversaban, pero Charly se pasó de rosca enseguida. Lo tuve que parar a David, porque me lo estaba convirtiendo en un marxista-leninista.

-Con la excepción de un breve período en los años 80, estuvo fuera más de tres décadas. ¿Cómo fue su relación con el país durante ese período?

-Yo tuve con la Argentina una relación muy argentina. Me dieron a entender que me tenía que ir, y cuando corté con el país, corté. Lo que más me sorprende hoy es reencontrarme con mi pasado. Porque cuando emigrás, no tenés pasado. No existe más el "¿Te acordás?", además de que nunca tuve esa vocación de "Adiós, pampa mía".

-En la última década ha habido un auge de la edición independiente. ¿Se podría establecer una continuidad entre su experiencia y la actual?

-Me admira el trabajo que hacen las nuevas editoriales. Yo no tenía ese grado de conciencia en los años 60. A su manera, me están dando más importancia ahora que antes. Me tratan como si fuera el papá de muchos, idea que, me permito decir, es correcta.

-En todos estos años no estuvo vinculado al mundo de la edición, pero ahora vuelve a la actividad. ¿Qué va a publicar en la Biblioteca de Jorge Álvarez?

-Para empezar, las obras completas de Germán Rozenmacher. Porque había sido mi primer libro, Cabecita negra. Lo judío cuenta y no siempre está bien tratado en la literatura argentina. El toque judío de Rozenmacher, en cambio, es fantástico. Al final no sé si va a ser un tomo o dos, porque fueron apareciendo muchos artículos poco conocidos.

-Es una especie de círculo que se reinicia en el mismo punto. En las Memorias sostiene que durante su desconexión de la Argentina no leyó nada de lo que se publicaba en estas costas. ¿Se puso a tono con los tiempos que corren?

-En lo que pude. El segundo libro va a ser de César Aira, al que hasta hace poco, como es lógico, desconocía. Son historias de campo, de su pueblo. Me hubiera gustado una antología personal, seleccionada por él. Yo creo que los grandes autores necesitan en cierto momento de su carreraa elegir lo que crean que han hecho mejor. Pero, bueno, César Aira no: no se dejó enredar.

CHISPITAS DEL LENGUAJE









Por Enrique R. Soriano Valencia

Ortografía de los números

Persiste en nuestro país formas inapropiadas de enunciar los números. No tendría mayor problema si fuera un asunto interno (finalmente, entre nosotros nos entenderíamos). La complicación es que estamos tratando de ser competitivos frente a otros países y, por tanto, deberíamos estar muy apegados a las convenciones internacionales. Que se siga perpetuando estilos no admitidos por el concierto internacional, genera mayores gastos a las empresas que incursionan en la exportación, rechazo de candidatos que pretendan prestar sus servicios en empresas extranjeras o imprecisiones en las transacciones comerciales.
El único signo no numeral admitido en cifras es el decimal. Es decir, no debe haber rasgo, registro o signo alguno para millones y para miles. El signo decimal puede ser una coma (,) o un punto (.). Aunque ambos están admitidos, la preferencia internacional es la coma. Esto no solo lo indica el libro de Ortografía de las academias de la Lengua; también lo establece el sistema de normalización internacional ISO y en la norma mexicana NOM-008-SCOFI-2002 (publicada en el Diario Oficial de la Federación el 27 de noviembre de 2002 y actualizada el 24 de septiembre de 2009).
Ello significa que dos millones quinientos veintiocho mil trescientos cuarenta y siete unidades punto veinticuatro debe enunciarse así: 2 528 347.24. Es inapropiado 2,528,347.24 y tampoco 2’528,347.24.
La última forma se enseña en México. Aquí hay dos aspectos por señalar. El signo después del dígito dos inapropiadamente se le llama ‘apóstrofe’. Esta es una figura literaria que no aplica. El nombre de ese signo es ‘apóstrofo’. El diccionario oficial de nuestro idioma dice: «Signo ortográfico (‘) que indica la elisión [supresión] de una letra o cifra». Normalmente se usa para reflejar de forma escrita el habla coloquial: «Me voy pa’l monte» (en vez de ‘para el monte’). Pero la definición dice que también refleja la supresión de una cifra. Entonces, usarla entre dígitos haría confusa e imprecisa la cantidad.
Las cifras deben agruparse de tres en tres. Aunque la norma mexicana referida solo contempla esta condición, el libro Diccionario panhispánico de dudas dice que si la cifra solo tiene cuatro dígitos, debe enunciarse en un solo bloque: 8347; en vez de *8 347. Asimismo, los años, las páginas y los códigos postales deben enunciarse de forma corrida: 2013, página 2421 y código postal 38010, aunque el último rebasen los cuatro números.
Cifras y letra no deben mezclarse: *«2 mil 327 personas fueron beneficiadas». Esto solo se hace de manera informal en documentos que facilitan la lectura a un orador. Fuera de este caso, se admitiría en textos formales bajo tres condiciones: 1) que la cifra sea mayor que el millar, 2) que en sus últimos tres dígitos (centenas) sea igual a cero y 3) que sea un sustantivo (se descubre esta condición cuando aparece la preposición ‘de’ antes de la unidad respectiva): «2.51 millones de pesos fueron invertidos en infraestructura» (si careciera de la preposición ‘de’ entonces deberá quedar solo en cifras, pues ya no es sustantivo, sino adjetivo numeral: «Invertimos en infraestructura $2 510 000 pesos»).
La ortografía de los números tiene más que solo escribir cifras.


sorianovalencia@hotmail.com



El escritor peruano Alonso Cueto rinde homenaje al castellano en Australia
lainformacion.com

El peruano Alonso Cueto, uno de los escritores hispanohablantes que se estudian en Australia, hizo hoy una emotiva defensa de la sonoridad y la universalidad del idioma castellano durante el VIII encuentro de profesores de español en Sídney.
TemasAustralia Escuelas Federico García Lorca Gabriel García Márquez Jorge Luis Borges Lenguaje Literatura Mario Vargas Llosa Mundo París Sídney Universidad de Sídney Uruguay Washington
Sídney (Australia), 13 sep.- El peruano Alonso Cueto, uno de los escritores hispanohablantes que se estudian en Australia, hizo hoy una emotiva defensa de la sonoridad y la universalidad del idioma castellano durante el VIII encuentro de profesores de español en Sídney.Click! Cueto, ganador del premio Herralde 2005 por su novela "La hora azul", subrayó que un profesor primero tiene que "enseñar a amar el español" para poder lograr que sus alumnos hablen este idioma.El español es la segunda lengua del mundo en número de hablantes, comercio y estudiantes, además de la tercera en internet, dijo el autor de "Cinco para las nueve y otros cuentos", obra que forma parte del programa de enseñanza de español de las escuelas de idiomas en Australia."Tiene expresiones y frases irrepetibles" y muchas de sus palabras se han incorporado al inglés, el alemán y otras lenguas, comentó a Efe Cueto.El autor de "El susurro de la mujer ballena" opinó que el español es una de las lenguas romances más parecidas al español antiguo y posee "cualidades sonoras más bellas" gracias a las cinco vocales abiertas y las "infinitas posibilidades que le dan sus palabras graves, esdrújulas y agudas".Cueto destacó las posibilidades que da el español para expresar ideas con "un lenguaje, largo, interminable y florido" como es el caso del cubano José Lezama Lima o "con uno preciso y lacónico" como los relatos del argentino Jorge Luis Borges."Muy pocos idiomas expresan la universalidad de una manera tan completa como el español" comentó Cueto al referirse a las diversas culturas, como la indígena y negra, que se identifican con este idioma "cuya enseñanza abre (al alumno) todas las puertas culturales, artísticas y mentales".Al dar las claves de la enseñanza en español ante medio centenar de profesores encandilados con su discurso, Cueto, quien publicará una nueva novela histórica en unos cinco meses, enfatizó que "enseñar un idioma es enseñar un universo, una visión del mundo, de entender las cosas".Pero para el escritor y catedrático, el enseñar el español requiere cualidades únicas como el tener un buen corazón, un profundo conocimiento de los mecanismos del lenguaje y saber comunicarse.Por otro lado, Cueto, quien pasó una parte de su infancia en Washington y París y se reencontró a los siete años con la "potencia del español", recordó a un maestro de la escuela que recitaba poemas mientras daba sus clases."En el silencio que solo se escuchaba un susurro de abejas que sonaban" recitó Cueto esta aliteración de Garcilado de la Vega para después arremeter con "Verde que te quiero verde", un extracto del un poema de Federico García Lorca, así como con los primeros párrafos de "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, o "Conversación en la catedral" de Mario Vargas Llosa.Cueto reafirmó que los cuentos de hadas y la literatura son importantes para la enseñanza del idioma español porque "simbolizan las experiencias fundamentales en los alumnos" que se identifican en los relatos porque siempre en el mundo habrán "hermanastras desgraciadas" y personas que buscan atajos como "Caperucita".Al enseñar con cuentos de hadas, con la sonoridad y la sensualidad de la palabra y con obras literarias claves escritas en español, el profesor podrá enseñar a un alumno "hasta qué extremo ha llegado este idioma para ofrecer esta música y estas posibilidades", acotó Cueto.Durante el encuentro, el director del Instituto Cervantes de Sídney, Víctor Ugarte, anunció la firma de un acuerdo entre las autoridades españolas y la Universidad de Sídney para impartir cursos para profesores de español de nivel inicial a partir del próximo año.En su turno, el decano del cuerpo consular del estado de Nueva Gales del Sur y cónsul general de Uruguay, Alvaro Barba, defendió la necesidad de que se imparta el español de forma obligatoria y no optativa en las escuelas australianas.(Agencia EFE)

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


alquiler o arrendamiento, mejor que renting

Recomendación urgente del día

Alquiler o arrendamiento son alternativas apropiadas en español para sustituir el anglicismo renting.

El término renting se utiliza, en el ámbito económico-financiero, para referirse al ‘alquiler de un bien a una empresa por parte de una entidad financiera que es la propietaria del bien’, de acuerdo con el Diccionario de términos económicos, financieros y comerciales, de Alcaraz Varó y Hughes.

En los medios de comunicación aparecen con frecuencia frases como «Se formalizó una operación de renting sin opción a compra» o «Se ha producido un incremento de los gastos procedentes de los costes de renting de terminales a clientes», en los que habría sido preferible recurrir a las expresiones alquiler o arrendamiento.

En cualquier caso, dado que la palabra renting no se ha incorporado al español, lo apropiado, si se decide utilizarla, es escribirla en cursiva o entre comillas.
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