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segunda-feira, 26 de agosto de 2013

LA ISLA DE LAS PALABRAS PERDIDAS

¿A dónde van las palabras que se pierden?¿A dónde van las palabras de las lenguas que mueren cada día cuando muere el último integrante de la pequeña tribu olvidada?
CARME RIERA 25 AGO 2013 - 17:43 CET5

A dónde van las palabras que se pierden?¿A dónde van las palabras de las lenguas que mueren cada día cuando muere el último integrante de la pequeña tribu olvidada que todavía hablaba esa lengua minoritaria, quizá extraña y recóndita, sin registro escrito, sin literatura impresa, solo oral?


¿A dónde van las palabras que se pierden en todas las lenguas? En castellano, en catalán, en gallego, en eusquera, en portugués, en nuestras lenguas peninsulares tan cercanas, las de cada día, pero también en otras muchas, en inglés, en francés, en alemán, en chino, en ruso… ¿A dónde van las palabras que no se utilizan, las que nadie pronuncia, las que no tienen quien las diga, las que duermen entre las páginas de los libros que nadie lee, las que ya no registran los repertorios?

Sin voz que las pronuncie ni texto que las imprima, expulsadas de los diccionarios por desusadas, parecen condenadas a desaparecer ¿Deben aceptar con resignación esa ley de vida que es la condena a muerte y en su caso el retorno a la nada sin tierra, a la nada del gran silencio inerte? O, por el contrario, ¿tienen que luchar para no morir y encontrar un lugar para cobijarse de la intemperie a la que han sido condenadas?

Los sociolingüistas aseguran que de un tiempo a esta parte no solo hablamos peor, sino que lo hacemos con un vocabulario más restringido, cada vez con menos palabras de manera que la mayoría sobran. Una situación tan grave las ha unido, decididas a no aceptarla. Aunque algunas son muy viejas han tratado de buscar juventud en su pasado y de recuperar sus alas. Las alas con que iban veloces de un lugar a otro, de una voz a otra, escapadas de los diccionarios donde se les permitía dormir cuando nadie las pronunciaba, descansar meses, años, lustros quizá o tan solo largas siestas si, libres de servicio, no las necesitábamos. Pero ahora, en los nuevos tiempos de ahorro y crisis los diccionarios han tenido que cumplir con el deber impuesto de controlar mucho más su espacio y se niegan a ofrecerles siquiera unas líneas donde reposar el maltrecho cuerpecillo de ancianas y pese a su edad, y a tantos beneficios prestados, son desahuciadas sin contemplaciones.

Gracias a su protesta, las palabras perdidas han conseguido, finalmente, que la comunidad internacional tome cartas en el asunto y las trate por lo menos igual que a las especies amenazadas de extinción, animales o vegetales, que necesitan ser protegidas para no desaparecer. Tras muchas reuniones y discusiones los mandatarios internacionales han accedido a sus peticiones y les han ofrecido un lugar. Una isla. La Isla de las Palabras Perdidas.

La Isla de las Palabras Perdidas era, hasta el pasado invierno, una tierra poco habitada, situada a cincuenta millas náuticas de Groenlandia, a la que pertenece. La UE ha llegado a un acuerdo de cesión con el gobierno groenlandés, previo pago anual de siete millones de coronas danesas, moneda de la República de Groenlandia, hoy independiente y antes territorio del reino de Dinamarca. La mitad de la isla, de apenas 5.000 kilómetros cuadrados, igual que Groenlandia, está cubierto de hielo, algo que ha sido tenido muy en cuenta por los expertos por si en algún momento las palabras necesitaran de los servicios de congelación.

A la Isla de las Palabras Perdidas ha sido ya desplazado un gran equipo técnico de expertos internacionales para comenzar los trabajos de recepción, documentación, almacenaje y preservación de las palabras. Las más inquietas ya han empezado a llegar, exhaustas, después de un larguísimo viaje, en el que han tenido que demostrar la enorme potencia de sus alas. Muchas han sido sometidas a los primeros cuidados y depositadas en compartimentos idiomáticos por jóvenes filólogos becados por la UE. Su trabajo consiste, en primer lugar, en el registro y la catalogación de las palabras perdidas según las lenguas, las filiaciones, los tipos, y sus morfologías -al parecer últimamente son muchos los adjetivos caídos en desgracia, en especial, cuantos implican matices-y en segundo lugar, en el cuidado de usarlas. Se encargan de utilizar muy bien las que les han tocado en suerte, empleándolas en sus conversaciones cotidianas, para que sigan con vida.

Una fuente a la que hemos tenido acceso, asegura que la UE ha llegado a un acuerdo con la Santa Sede, para que algunas órdenes religiosas, con bajo excedente de ingreso entre las filas que habrían de nutrir los enormes conventos despoblados, puedan realizar labores humanitarias en la Isla de las Palabras Perdidas y a la vez contribuir a la preservación del vocabulario religioso en extinción en buena parte del territorio europeo. Según me informan, se ha establecido contacto con las Esclavas de San José, Las Josefinas de la Santísima Trinidad, Las Misioneras de la Madre del Divino Pastor y Las Celadoras del Reino del Sagrado Corazón, entre otras.

Como solo durante el verano las aguas gélidas que rodean la Isla de las Palabras Perdidas se vuelven navegables, me gustaría acabar esta crónica con una petición: si usted sabe de alguna palabra en peligro de extinción, métala en una botella, rumbo a la Isla. Ahí van las coordenadas: 27º11'09'' S / 109º17'11'' W y deséele un viaje feliz. El mar de agosto es nuestro aliado.

Carme Riera es académica electa de la RAE. Su último libro son sus memorias Temps d’innocència (2013).

ENTREVISTA AL ESCRITOR ANGOLEÑO ONDJAKI


LITERATURA ›
“La realidad es ultra ficción”
El autor de El silbador señala que, para ser literariamente verosímil, debe “reducir un poquito” la versión de los hechos. “Si no, pareces un loco, hablando de cosas increíbles”, dice. En su literatura reconoce influencias de América latina, desde Gabo hasta Borges.
Por Silvina Friera en Página 12 - Buenos Aires

El guerrero africano espera que la ficción le murmure algo al oído. “Para tener paz hay que caminar silencios.” Este verso se le apareció hace muchos años, cuando la poesía llamó primero a su puerta y la oreja curiosa del joven recibió esa vibración inesperada. Antes de que Ndalu de Almeida naciera en la capital de Angola, en 1977, su madre lo llamaba Ondjaki, que en umbundu significa “guerrero”. Después llegaría una educación exigente en la que los maestros cubanos tuvieron un rol fundamental (ver recuadro); más tarde los primeros poemas, los relatos y las novelas, tantos murmullos y silencios caminados por el seudónimo maternal que eligió como destino literario. El autor de El silbador (Letranómada), obra maestra sobre un forastero del que poco y nada se sabe, sólo que llega a una iglesia de una pequeña aldea y silba unas melodías tan conmovedoras que no parecen de este mundo, recuerda la primera escena en la que está escribiendo en su Luanda natal. “Mi familia es muy teatral; nos contamos historias entre nosotros. Todo empieza con mi abuela, la madre de mi madre, que no escribe, pero tiene un modo de hablar muy literario. Yo aprendí muchísimo con ella. El primer cuento que escribí es sobre un primo al que le llevan un niño para que tome unas píldoras que no quería tomar. Como mi primo estaba molesto porque pasaba el tiempo, sacó una pistola y le apuntó: ‘Tú te tomas ahora las píldoras y no pasa nada’. Ese es uno de los primeros cuentos que escribí, lo que pasó esa madrugada: cómo un tipo saca una pistola para que un niño que tenía fiebre tome unas píldoras. La realidad es tan impactante que, si puedes, tienes que escribir. Y eso me pasó: sentí que tenía que escribir.”

Ndalu tenía entonces 13 años, le gustaba leer y escribía poesía “muy mala” mientras escuchaba a The Doors. Un año después, un tío le regaló dos libros: Cien años de soledad y La náusea. “Uno de los dos te va a gustar”, pronosticó. El adolescente empezó con la novela de Gabriel García Márquez, pero no pudo terminarla. “Esto es una tontería, tantos nombres, tanta gente...”, sentenció apresuradamente. Luego probó con la novela de Jean-Paul Sartre. Y le encantó. “Dos o tres años después no podía con Sartre, y estaba enamorado de García Márquez. Y por ahí me quedé. Yo soy más América latina que Sartre. Tengo muchas influencias de la literatura brasileña y de autores de Mozambique”, revela Ondjaki a Página/12. Los padres del guerrero se conocieron en la década del ’70 cuando militaban en la resistencia. “A veces mi cabeza es una confusión –confiesa el escritor que a los 16 años rumbeó hacia Lisboa y hace más de cuatro años vive en Brasil–. Tengo muchas memorias que no son mías, que ocupan mucho espacio, que me pesan, ¿sabes? Tengo las memorias de mi abuela, las de mi madre, las de mi padre y las mías. Uno no puede tener tanto peso encima, ¿no? Quizá por eso escribo, para resolver un poco ese peso, aunque no sean cosas directamente relacionadas. La verdad y la realidad no me interesan. Lo que me interesa es lo que se puede hacer con la realidad en términos de literatura. En Luanda, la realidad es tan fuerte que tienes que reducir un poco la versión para escribir, si no, nadie te cree. La realidad en Angola es ultra ficción; entonces tú reduces un poquito y tienes una buena historia. Si no, pareces un loco, hablando de cosas increíbles. Si vas a Luanda, en una semana vas a ver que es mucho más intenso de lo que has leído. El luandés piensa que tiene la obligación de aumentar todo lo que cuenta. Si cuentas una cosa excomo pasó, me ofendes.”

–¿De dónde viene esa teatralidad que aparece en El silbador?

–No sé... Es el libro que entiendo menos; no sé por qué lo hice así. Era un cuento cortito sobre un hombre que llegaba a una aldea y descubría que la lluvia no hacía ruido. Como estaba muy triste y cansado, se ponía mejor. Y ya: el cuento terminaba ahí. Después de las dos primeras páginas, no sabía para dónde iba. Y empezaron a llegar los personajes. En El silbador estaba escribiendo las cosas que había imaginado como si fueran filmadas. Como si estuviera detrás de una cámara. Lo escribí en Lisboa muy rápidamente. No podía salir de ese mundo, pero cuando lo terminé no sabía lo que era. Y lo dejé ahí. Es un libro que tiene mucha influencia de América latina, de Macondo, de Rulfo, de Borges también, por esa cosa que se hace con las sensaciones. En Portugal me preguntaban: “¿A ti te parece que este libro es literatura de Angola?”. Yo no soy policía de las fronteras de las identidades. No quiero ese trabajo. Aunque me paguen bien, no voy a trabajar en ese lugar. Y sí: fue un libro escrito por mí. Yo puedo escribir un libro que pase en Córdoba o en Tokio. ¿Es literatura de Angola? No sé qué es la literatura de Angola. ¿La que hacen los angoleños? Entonces sí, aunque no es el más típico.

–En El silbador hay un narrador que no le teme a la emoción, que suele ser menospreciada. Quizá porque se asocia la emoción con lo cursi o lo vulgar. Sin embargo, en esta novela justamente parece que se buscara la emoción, ¿es así?

–Sí, sobre todo hay un trabajo con la emoción y las sensaciones. Por eso cuando lo terminé de escribir no sabía explicarlo. El silbador es un libro sobre una sensación, sobre un descubrimiento interior que cada uno hace escuchando a ese silbador. Soy una persona que no sé lidiar muy bien con mis emociones... y quizá celebre de esta manera. El silbador es una celebración pura de la música. Y la música lo que causa son sensaciones, ¿no? Lo que me gusta de El silbador es que no se explica mucho. Lo escuchas y lo sientes. Se sabe más de los otros personajes que del silbador. Es una pequeña fotografía de una semana en una aldea. Yo quiero escribir sobre Dissoxi, me perturba esa mujer. Dissoxi significa “lágrima” en kimbundu. Tengo una idea de dónde vino el silbador, ha estado en una escuela muy rara para silbadores, una escuela metafísica. Pero voy a escribir cuando sepa bien qué hacer. No quiero que sea “El silbador parte dos, el regreso” (risas). Yo sé que el viajero, KeMunuMunu, está basado en una telenovela brasileña en la que había un tipo que tenía varias casas y una mujer en cada casa. El sepulturero, KoTimbalo, es una pasión literaria. No podría ser ese sepulturero que se queda esperando que alguien muera. Yo no soy así, pero me encanta que alguien sea así literariamente. Cuando escribí El silbador estaba muy triste y salió un poco la nostalgia, la melancolía. Los brasileños tienen una palabra muy bonita: le dicen tristesura; no existe esa palabra en portugués. El silbador es una historia con tristesura.

–¿Por qué sentía tristeza en ese momento?

–No sé. Estaba en Lisboa, estudiando Sociología. No entiendo nada de sociología. Terminé la carrera porque no tenía una mejor opción. En las clases escribía, parecía un estudiante muy atento tomando apuntes, pero estaba escribiendo ficción. La tristeza es un arma peligrosa: la puedes usar para escribir, pero no sabes a dónde te llevará. No se puede jugar con la tristeza.

–Por el trabajo con la lengua y las palabras, por el ritmo, daría la impresión de que escuchaba música mientras escribía El silbador.

–Sí, escribí todo El silbador escuchando una pieza de un compositor español, Jordi Savall; una pieza conocida que él ha grabado dentro de una iglesia con unos coros muy bonitos. Eso me inspiró; sería el equivalente a una cosa muy rara que se siente cuando se escucha una melodía sobrehumana. En Angola y en Mozambique no consideramos la palabra sagrada, en el sentido de que no se puede tocar. Al revés: pensamos que la palabra, las frases, la literatura, son algo como el barro que hay moldear con paciencia. Fernando Pessoa decía: “Mi patria es la lengua portuguesa”. Pero el escritor de Mozambique, Mia Couto, ha dicho: “Mi patria es mi lengua portuguesa”. Y eso me parece más cierto. Brasil tiene su lengua portuguesa, Angola y Cabo Verde también tienen sus lenguas portuguesas. Y además cada ciudadano puede tener su lengua portuguesa. Yo puedo hacer lo que quiera con las palabras. El silbador es el libro en que tengo las palabras más delicadas. El próximo que están traduciendo no tiene nada que ver.

Los transparentes, su última novela que transcurre en Luanda, se publicará en la Argentina el año que viene, también por Letranómada. “Los transparentes son la gente más real que existe y que las elites políticas no quieren mirar: los llaman cuando los necesitan, pero no los llaman siempre –plantea–. La gente se está poniendo cada vez más transparente desde el punto de vista de un político que la mira sólo cuando la necesita. Los transparentes son la mayoría del pueblo. Con esta novela se van a dar cuenta de que Ondjaki no es sólo El silbador.” Habrá que esperar hasta 2014 para leer más de este gran narrador angoleño que dice que está emergiendo una nueva generación de artistas africanos en la pintura y en la música con aspectos “profundamente africanos y profundamente modernos”. “No hay que rechazar la modernidad –agrega–. Estos artistas son gente que viaja mucho; les gusta el tecno, el rock, pero también los ritmos tradicionales africanos. Y los mezclan y hacen el nuevo continente africano.”

–¿Cómo es su lengua portuguesa?

–Mi lengua está hecha de materiales orales, sobre todo de Luanda, de cómo habla la gente. Yo pongo mucho de eso en mis libros, no para hacer un estilo. No es eso. Hay historias que pasan en Luanda con determinados personajes, que no son los de El silbador, que no puedo ponerlos de otra manera sino como hablan. Para ser realista hay que ser realista, si no, hago otra cosa. Mi lengua es una lengua de afectos. Me gusta acordarme y pensar cómo habla mi abuela, qué palabras usa. Y las pongo en los libros. Y que los traductores me pregunten. Mi abuela, que tiene 98 y toma más que nosotros dos juntos, come bien y bebe bien, tiene muchos códigos familiares. La palabra es de barro, las ideas son de barro, la literatura es de barro. La literatura no es más que un sueño que tú les das a los otros. Muchas veces no pasa nada: no hay contacto químico entre el libro y el lector. Si hay contacto, es una experiencia maravillosa. Si sabes leer, lo pasas mejor que con las drogas. Depende de la droga (risas).

Agnette –de padre holandés y madre angoleña– es la abuela de Ondjaki. Cada vez que la menciona, el brillo de su mirada silabea el inconmensurable amor que siente por esa anciana teatral y memoriosa. “Ella es la fundadora de las historias de mi familia. Una vez me contó que en un barrio de Luanda, cuando las mujeres que tenían nombres de flores se casaban, por ejemplo una señora llamada Rosa, todos se organizaban y ponían rosas. Cuando se lo comenté a mi madre, me dijo que eso nunca pasó: ‘Es una tontería’. No me gusta la gente que rechaza la ficción de la vida. No hablé más con mi madre sobre el tema porque me parece bien que cuando una persona que se llama Rosa se casa, todo el barrio se llene de rosas. ¿Por qué no?” En ese partido imaginario gana por goleada la abuela, esa hechicera de la palabra que dan ganas de conocer ya mismo. ¿Podrá convencerla de que venga con él en una próxima visita al país? “Tengo la creencia de que voy a morir con la misma edad que avó (abuela) Agnette. Entonces estoy descansadito, porque ella tiene 98. Y yo tengo 35, pero cumplo 36 el 29 de noviembre. Eres la única que lo sabe, no pongas eso...”

–¿Por qué?

–Me gusta tener cuatro fiestas de cumpleaños. Lo festejo el 17 de enero, el 17 de agosto, el 23 o el 26 de septiembre y el 29 de noviembre.

–Mucho festejo, pero pronto superará los 98 años a ese trote...

–No, no, sólo uno es verdadero (risas).

LA LENGUA VIVA


Correos veraniegos
Amando de Miguel


La creencia general asocia el verano con tranquilidad. Sin embargo, se prueba que los veranos concentran todo tipo de conflictos, violencias y desastres. A pesar de lo cual, los correos que recibo son particularmente amables y jocundos. Será la ley de las compensaciones.

José Antonio Martínez Pons - desde su retiro estival en Ponferrada- me envía una simpática nota crítica sobre un reportaje de TVE en el que se representa un episodio de la Guerra Civil. Se trata de la hazaña de un submarino republicano que rompió el cerco al que estaba sometida Menorca por los franquistas. Todo fue para llevar un paquete de cartas. Observa el mallorquín el cuidado que han puesto los realizadores del reportaje en que se hable en menorquín. Pero alguno de los personajes dice "sellos" y no "segells". Añado que otro habla de “barcos” y no de “vaixells”. Otra cosa. Las sacas de Correos figuran con la bandera española de toda la vida, no la republicana. Lo que no entiendo es la “hazaña” del submarino para llevar una caja de cartas. ¿No habría sido más práctico llevar azúcar o leche condensada?

Ignacio de Despujol y Coloma me acompaña un precioso artículo -digno de César González Ruano o de Jaime Campmany- en el que se canta las excelencias de veranear en Madrid. Añado que es la única gran capital europea sin río navegable o puerto de mar, sin catedral antigua. Pero tiene su encanto, sobre todo en verano cuando se despuebla de aborígenes.

Jaime Lerner (israelí argentino) me envía un cariñoso recuerdo desde su ipad (¿no será ya aypaz?), postrado como está el hombre después de una intervención quirúrgica. Él mismo se anima con el dicho argentino "yuyo malo nunca muere". El yuyo es una mala hierba de la Pampa. Aquí decimos "la mala hierba nunca muere". Las malas hierbas son las que mejor se adaptan al terreno, sufridas que son. Lo contrario es la flor de invernadero.

José Luis García-Valdecantos me recuerda una frase del profesor Margalef, padre de la Ecología en España: "La Ecología es al ecologismo como la Sociología es al socialismo". La hago mía. Don José Luis me transmite una pequeña historia sobre el bilingüismo. La escena es una misa en San Sebastián. El cura dice la homilía en vascuence, menos esta coletilla final en perfecto castellano: "Os recuerdo que la colecta de hoy es para las necesidades de la parroquia, que tiene muchas deudas".

Capítulo de reconvenciones. A. Rodríguez me advierte que "ferragosto" (que yo decía) no está en el DRAE. Pues estará. Es un italianismo muy común para designar la canícula, los días de más calor. No es el calor; es "la calor".

RAE


Blecua: «Las 480 millones consultas en Internet obligan a modernizar la RAE»
26/08/2013 | AGENCIA EFE

El presidente de la Real Academia de la Lengua (RAE), José Manuel Blecua, ha considerado «obligado e imprescindible» que esta institución evolucione al abrigo de las nuevas tecnologías, para lo que ha convocado una nueva reunión de las Academias Hispanoamericanas para el próximo otoño.

«Las 480 millones de consultas anualmente en internet, obligan a realizar un ejercicio de modernización, potenciando la adaptación a las nuevas tecnologías, para su correcta aplicación a cualquier dispositivo», ha declarado a Efe durante el acto de homenaje a dos académicos del siglo XVIII realizado hoy en Lois, en la montaña oriental leonesa.

Blecua ha ofrecido otros datos ilustrativos del enorme impacto de la lengua española en la actualidad, ya que mensualmente se realizan hasta un millón de consultas, «desde cualquier punto del planeta, no sólo desde aquellas zonas o países de habla hispana, sino de los cinco continentes», ha recalcado.

El presidente de la RAE confía en poder explotar este «filón informático» y para ello cuenta, entre otros académicos, con el asturiano Salvador Gutiérrez —también presente en el acto de homenaje en Lois— quien deberá de acometer una de las principales preocupaciones «hacer más competitivo el español».

De hecho, según Gutiérrez, la lengua española parte en desventaja con el inglés, pese a sus más de 460 millones de hablantes, «porque a pesar de estar extendidos por todo el mundo y del interés que existe, eso no se corresponde con el nivel tecnológico con respecto a otros países anglosajones como Estados Unidos», ha dicho.

Sin embargo, ha considerado que «todavía se está a tiempo de poder corregir esta situación, porque la obligación es la de mirar hacia adelante por la renovación buscando medios para la mayor difusión y más fácil acceso a la lengua española», ha afirmado.

PRECUELA







Diferencias entre lo que sigue y lo que antecede
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |


Cada tanto, cuando se publican anticipos sobre estrenos de series de TV o de películas, reaparece una duda entre muchos lectores: ¿está bien hablar de precuela ? Coinciden en ello los lectores Raúl Castagnino (" Precuela como opuesto a secuela no existe") y José Varela ("En la portada de la sección Espectáculos, en la nota de un film que se emite en Film&Arts, se lee: «Hoy comienzan los cinco telefilms policiales que integran la precuela de la serie Inspector Morse ». Si mal no recuerdo, en total leí la palabra precuela unas tres veces. Pero como no está ni en el DRAE ni en el DPD , ¿cómo salir de esta duda?").

Tienen razón los dos lectores. Tanta, que vale la pena remontarse en el tiempo, porque este mismo reclamo ya tiene sus años. El 24/1/2005, precisamente, la profesora Lucila Castro le dedicaba, en su columna "Diálogo semanal con los lectores" una extensa y sabrosa explicación ("Antecedentes indeseables", ver http://bit.ly/153kmHL ), al cabo de la cual concluía que precuela es una palabra harto mal formada: "Entonces, para designar estas obras compuestas después pero que narran hechos anteriores, un anglohablante no tuvo mejor idea que inventar la palabra prequel , a imitación de sequel . El que lo hizo o desconocía cómo estaba formada la palabra sequel (cosa muy posible) o despreciaba la morfología. Porque sequel y secuela vienen del latín sequela , un sustantivo derivado del verbo sequi , que significa ?seguir', y se- no es un prefijo, como pre- , sino parte de la raíz sequ- ".

También Fundéu fue consultada numerosas veces; ésta es parte de su respuesta: "La palabra precuela es un neologismo o portmanteau copiado del inglés prequel ( secuela deriva del latín sequela ). Para el castellano se ha propuesto el término protosecuela , pero el uso ha impuesto precuela , que se puede considerar válida y que ya está recogida en el diccionario Clave (aunque aún no en el Diccionario de la Real Academia Española). También se ha propuesto presecuela , pero no es un término apropiado pues representa una contradicción: el sufijo pre- expresaría lo previo a la secuela, es decir, la película, historieta o serie original, y no una continuación que relata episodios anteriores de una saga".

Probablemente, la precuela sobreviva a todas las explicaciones lógicas, etimológicas y hasta estéticas, y más temprano que tarde haga una entrada (no sabemos si triunfal o no) en el DRAE . A lo mejor en la próxima edición, la que se espera para 2014. Por lo pronto, la Academia empezó ya las celebraciones de su cumpleaños 300. Fue fundada el 3 de agosto de 1713 por el marqués de Villena, pero el amplio programa de actividades comenzará en septiembre de este año hasta llegar a octubre del año que viene, en coincidencia con el tricentenario de la Real Cédula otorgada por Felipe V, el 3 de octubre de 1714, que se considera el documento fundacional.

Otra buena noticia: durante la realización del VI Congreso Internacional de la Lengua Española de Panamá, en octubre próximo, la RAE presentará, además, su nueva página de Internet, para facilitar el acceso gratuito a todas las obras de la institución, incluidas la Ortografía y la Gramática .

© LA NACION.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE



estar de rodríguez, todo en minúscula

Recomendación urgente del día

El término rodríguez se escribe con minúscula y sin ningún resalte tipográfico para referirse en España, según el Diccionario académico, al ‘hombre casado que se queda trabajando mientras su familia está fuera, normalmente de veraneo’.

Se encuentran, sin embargo, ejemplos en la prensa veraniega en los que se vacila en su escritura: «El estudio “Los Nuevos Rodríguez” elaborado durante los meses de mayo y junio de 2013…», «… cerca de un 40 % de los españoles (48 % de hombres y 27 % de mujeres) se ha quedado alguna vez “de Rodríguez” en verano».

Tiene su origen en el apellido Rodríguez, muy frecuente en España, que comenzó a extenderse durante los años setenta y ochenta coincidiendo con el apogeo del veraneo familiar, según el Diccionario de dichos y frases hechas, de Alberto Buitrago.

En este uso, se trata de un nombre común coloquial, por lo que se escribe con minúscula inicial y sin comillas ni cursiva; habitualmente se encuentra en frases como estar, quedarse o andar de rodríguez y ser o estar hecho un rodríguez.

A pesar de que se define en los diccionarios referido solo a hombres casados, en la actualidad se encuentran frecuentes ejemplos aplicados tanto a mujeres como a hombres sin especificar el estado civil: «¿Cómo es la mujer “Rodríguez” según los encuestados?».

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir «El estudio “Los nuevos rodríguez” elaborado…», «… cerca de un 40 % de los españoles [...] se ha quedado alguna vez de rodríguez en verano» y «¿Cómo es la mujer rodríguez según los encuestados?».
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