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terça-feira, 4 de junho de 2013

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


Esmirna, mejor que Izmir

Esmirna es el nombre tradicional y recomendado en español de la tercera ciudad de Turquía, no Izmir, que es su forma en turco.

Sin embargo, a raíz de los conflictos que se están viviendo estos días en muchas ciudades de la República de Turquía se pueden ver frases como «En la ciudad de Izmir, ubicada en el oeste de Turquía frente a la costa del Egeo, este fin de semana no ha habido descanso», «En Izmir, los efectivos han cargado contra los participantes en las protestas», etc.

Tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas, la forma española Esmirna no ha perdido su vigencia en el uso, por lo que en las noticias citadas habría sido más apropiado evitar Izmir y usar el nombre tradicional en español.

Se recuerda, por último, que el gentilicio de Esmirna es esmírneo, no izmireño (de Izmir), como se ha podido ver en algunos medios.

Competencias profesionales del traductor técnico


Las competencias profesionales del traductor técnico incluyen, además de la traducción técnica en sí, las siguientes:
el establecimiento de criterios de edición y la edición, revisión y corrección de traducciones técnicas; el asesoramiento traductológico; la elaboración y presentación de informes y dictámenes; y la docencia, investigación y divulgación de la traducción técnica. Las siguientes descripciones se basan en la "Guía para el ejercicio profesional libre de la Traducción e Interpretación y para el ejercicio de la Interpretación Jurada" (APETI, 1997), la primera y más completa guía profesional para traductores e intérpretes publicada en España.


Traducción técnica

Compete al traductor técnico la traducción especializada de textos pertenecientes a cualquiera de las áreas de las ciencias, la tecnología y las humanidades (a excepción de la literatura de creación).

APETI establece tres niveles de especialización para los textos técnicos, que afectan a la cuantía de los honorarios profesionales:
Nivel 1. Textos de divulgación o información dirigidos al público en general.
Nivel 2. Textos de carácter informativo, expositivo o docente dirigidos a los sectores especializados de cada una de las áreas que cubre la traducción técnica.
Nivel 3. Textos de investigación o creación dirigidos a los sectores profesionales o académicos más especializados de cada una de las mencionadas áreas.
APETI divide la traducción de textos técnicos en tres grupos, según su destino, que afectan al tipo de contrato aplicable:

Grupo 1. Impresos y escritos no destinados a publicación.
Grupo 2. Publicaciones escritas periódicas (revistas, diarios, etc.); programas de radio y televisión; y publicaciones multimedia.
Grupo 3. Libros.

Revisión, edición y corrección de traducciones técnicas

Competen al traductor técnico el establecimiento de criterios de edición, la revisión, y la edición y corrección de las traducciones técnicas.
El establecimiento de criterios de edición consiste en fijar los criterios filológicos y terminológicos, y las normas de estilo que han de seguirse en la traducción de una determinada obra, texto o conjunto de textos pertenecientes a cualquiera de las áreas de las ciencias, la tecnología y las humanidades (excepto la literatura de creación).
La revisión consiste en comprobar si se han aplicado correctamente los criterios de edición establecidos y/o si la traducción es fiel al original.
La edición y la corrección consisten en modificar lo traducido porque no se ajusta a los criterios de edición establecidos o porque no es fiel al original.
La revisión y/o corrección de traducciones ajenas son actividades sujetas a lo establecido en los artículos 2.2 y 3.5 del Código Deontológico de APETI.

Asesoramiento traductológico sobre traducción técnica

Compete al traductor técnico asesorar al cliente respondiendo verbalmente o por escrito a las consultas que le formule sobre distintos aspectos de la traducción técnica, o sobre traducciones técnicas realizadas por el propio traductor consultado o por otros traductores.

En cuanto a las cuestiones objeto de consulta se tendrán en cuenta las exclusiones que establece el artículo 5.2 del Código Deontológico de APETI, y respecto a las consultas sobre traducciones ajenas, lo establecido en los artículos 2.2 y 3.5 de dicho código.

Informes y dictámenes periciales sobre traducciones técnicas

Compete al traductor técnico la elaboración, y la presentación en procedimientos arbitrales o en procesos judiciales, de informes o dictámenes sobre cualquier aspecto de la traducción técnica o sobre traducciones técnicas realizadas por el propio traductor o por otros traductores. Esta labor requiere pronunciarse formalmente sobre las cuestiones objeto del informe o dictamen, exponiendo los criterios aplicables, justificando y razonando su aplicación en cada caso, presentando las conclusiones correspondientes y respondiendo a las preguntas pertinentes.

En cuanto a las cuestiones objeto de informe o dictamen se tendrán en cuenta las exclusiones que establece el artículo 5.2 del Código Deontológico de APETI, y respecto a las consultas sobre traducciones ajenas, lo establecido en los artículos 2.2 y 3.5 de dicho código.

Docencia, investigación y divulgación de la traducción técnica

Competen al traductor técnico las siguientes labores docentes, investigadoras y divulgativas:
Impartir clases y cursillos sobre traducción técnica para completar la formación de profesores, de alumnos de enseñanza superior y de otros profesionales de la traducción e interpretación.
Realizar y dirigir trabajos de investigación sobre cualquier aspecto de la traducción técnica.
Impartir conferencias sobre cualquier aspecto de la traducción técnica y sobre su obra como traductor.
Participar en coloquios sobre traducción técnica y sobre su obra como traductor.
Redactar artículos y libros técnicos, en cualquiera de sus lenguas de trabajo, sobre la traducción técnica y sobre su obra como traductor.

Copyright © APETI 2004-2010 Asociación Profesional Española de Traductores e Intérpretes
Reservados todos los derechos.

GUÍA DE REVISIÓN DE TRADUCCIONES


I. INTRODUCCIÓN
La traducción que se realiza debe responder a unos criterios de calidad irreprochables.
Como producto subjetivamente mejorable que es, la traducción debe someterse a un control de calidad basado en unos criterios objetivos e inequívocos, articulados a través de la revisión y la evaluación.
Aunque la buena calidad de una traducción debe ser inherente al proceso mismo de traducir, todo texto traducido ha de ser objeto de algún tipo de revisión.
La revisión garantiza la calidad final de ese texto mediante una serie de procedimientos que, corroborándolo o mejorándolo, fijan su versión óptima.
La traducción técnica o comercial, en nuestros países, es una labor anónima:
Normalmente los traductores no optan por un término u otro por gusto personal, ni pueden hacer abstracción del rico acervo acumulado por la labor de muchísimos compañeros, sino que beben en un copioso caudal de conocimientos y experiencias que al final se refleja en la calidad del texto traducido.
La revisión se inscribe así en ese marco del trabajo compartido y por eso es necesaria.
Todos los traductores son también revisores, sea de sus propias traducciones o de las de otros, y saben cuáles son los principios por los que se rige la buena traducción y la correcta revisión.
II. LA REVISIÓN
La complejidad del acto de revisión y la imprecisión del concepto mismo exigen que, antes de profundizar en sus aspectos prácticos, sea conveniente especificar los teóricos en lo que se refiere a su esencia y a su razón de ser, a la tipología de textos sobre los que obra y a las diversas modalidades que puede revestir.
1. Definición
Comparación de una traducción con su original a fin de señalar o corregir posibles deficiencias, tanto en su contenido como en su presentación formal.
2. Objeto
En el marco de trabajo de la DGT, el objeto de la revisión es triple:
• Mejorar la calidad de la traducción.
• Servir como instrumento de control de la calidad.
• Actuar como medio de formación profesional tanto para el traductor como para el revisor.
3. Tipos de revisión
1. Revisión propiamente dicha
El revisor lee frase a frase la traducción y el original y va introduciendo sus correcciones u observaciones. Corresponde a la categoría REI (o REX) de la nomenclatura oficial. Normalmente, se revisa el texto íntegro, pero en ocasiones la revisión puede ser parcial (limitada a una parte o a ciertos aspectos del contenido, dependiendo de determinadas circunstancias: traductor experto, enésima versión, etc.).
2. Lectura cruzada
El revisor lee la traducción y, si algo le llama la atención, consulta el original para asegurarse de que concuerdan y va introduciendo sus correcciones u observaciones. Corresponde a la categoría LEI (o LEX) de la nomenclatura oficial.
No se considera revisión:
• La simple lectura
Lectura de la traducción sin tener en cuenta el original.
• La cala (spot-check)
Control parcial o selectivo de una traducción simplemente para comprobar su calidad.
4. Niveles de control de calidad
En el acto de revisión deben tenerse en cuenta los dos niveles de control de la calidad definidos por la DGT (Nota KJL/MBR D(2007)24311 de 17 de diciembre de 2007):
• El nivel 1 corresponde a un alto grado de control de calidad llevado a cabo por una persona distinta del traductor (mediante revisión o lectura cruzada). Véase apéndice 2A.
• El nivel 2 corresponde a un control de calidad menos riguroso, llevado a cabo preferiblemente por una persona distinta del traductor. Véase apéndice 2B.
III. PRINCIPIOS DE LA REVISIÓN
Con el fin de efectuar su trabajo de la manera más eficaz posible, el revisor debe guiarse por los siguientes principios teóricos:
1. Partir de la presunción de buena calidad de la traducción.
2. Dedicar a la revisión un esfuerzo proporcional a la importancia del texto.
3. No dudar en rechazar toda traducción que considere muy deficiente.
4. No reescribir una traducción.
5. No erigir en norma sus preferencias personales.
6. Intervenir siempre que, entendiendo el original, no entienda la traducción.
7. Considerar que cuantos menos cambios introduzca, mejor.
8. Argumentar mediante referencias a fuentes concretas toda corrección que no se justifique por sí misma.
9. Asegurarse de la pertinencia de sus correcciones.
10. Señalar los casos dudosos.
11. Entender que el diálogo con el traductor es fundamental.
12. Considerar siempre la revisión como un acto de aprendizaje, tanto para el revisor como para el traductor.
13. La responsabilidad de toda traducción es del Departamento en su conjunto. La autoría de una traducción corresponde al traductor y la labor del revisor es complementaria.
IV. PROCEDIMIENTO DE LA REVISIÓN
Con el fin de describir de manera práctica el proceso de revisión, se recogen aquí en orden cronológico los pasos que han de darse en un acto de revisión ideal. Se enumeran también aquellos que incumben al traductor, como parte interesada en el acto de revisión. Se entiende que todas estas indicaciones valen tanto para la revisión en papel como para la que se hace en línea.
1. Preparación y entrega del texto
El traductor entrega una traducción acabada (es decir: sometida a auto-revisión, al corrector ortográfico, etc.), con indicación de eventuales comprobaciones, dudas y soluciones, y, en su caso, los documentos de referencia pertinentes. La entrega debe hacerse en plazo oportuno para que el trabajo de revisión pueda efectuarse en las mejores condiciones posibles.
2. Recepción
Al recibir el texto objeto de revisión, el revisor comprueba la ficha de trabajo para asegurarse de eventuales instrucciones particulares y consulta la nota del TraDesk.
3. Lectura y cotejo
El revisor lee una porción de texto traducido y la compara con la correspondiente del original.
4. Corrección
Si el revisor detecta un error, omisión, añadido, incorrección, incoherencia o errata, lo indica claramente mediante subrayado o cualquier otra señal convencional e introduce las correcciones de manera que puedan incorporarse fácilmente al texto, señalando las sugerencias de manera diferenciada.
5. Concordancia
Una vez introducida la corrección de un elemento dado, el revisor modifica el contexto en caso necesario.
6. Coherencia general
El revisor debe tener siempre en cuenta que la introducción de una corrección en un punto del texto puede exigir cambios en otras partes del mismo.
7. Recapitulación
El revisor repasa sus correcciones para asegurarse de su pertinencia y preparar el diálogo.
8. Diálogo
En su caso, el revisor comenta con el traductor los puntos esenciales de su intervención.
9. Resolución de discrepancias
En caso de discrepancia, el revisor y el traductor, de mutuo acuerdo, pueden recurrir a un tercero con el fin de encontrar la mejor solución. De persistir el desacuerdo, el arbitraje recae en el Jefe de Unidad.
10. Conclusión
El traductor se encarga de introducir las correcciones indicadas por el revisor. Cuando estas se refieran a un error, omisión, añadido, incorrección, incoherencia o errata; a citas erróneas o incompletas de actos oficiales; a directrices indicadas en el Libro de estilo interinstitucional o en la Guía del Departamento; a terminología consolidada y acuñada sobre el tema de que se trate, el traductor deberá introducirlas obligatoriamente. Las sugerencias, en cambio, quedarán a su apreciación.

Fuente: Comisión Europea - Dirección General de Traducción - Departamento de Lengua Española - Manual de revisión - Bruselas y Luxemburgo - octubre de 2010.
Estos principios, destilados empíricamente a lo largo de muchos años por los traductores españoles de la Comisión, no se han puesto nunca por escrito.
El Departamento de Lengua Española ha decidido que este capital de conocimientos y experiencias se plasme en un documento que enumere los principios y procedimientos que han de seguirse para la revisión, y no solo para fijar su metodología, sino para que sirva de guía y de reflexión a futuros traductores.
Este documento, cuya primera versión recogen estas páginas —pues no cabe duda de que seguirá enriqueciéndose con el tiempo—, es el producto de una serie de sesiones de trabajo llevadas a cabo a lo largo de 2010 por un equipo creado expresamente para la ocasión, constituido por varios miembros de cada una de las tres unidades del Departamento español y de su Grupo de Coordinación 1.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


kung-fu, mejor que kung fú

La grafía kung-fu es la recomendada en español para designar a este arte marcial de origen chino, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas.

Sin embargo, en ocasiones se encuentran en los medios frases como «El arrestado fue campeón del mundo de kung fú en tres ocasiones» o «La madre de un alumno que acude a clases de Kung-fu en el gimnasio donde fue agredida brutalmente una mujer…».

En estos casos lo apropiado habría sido escribir kung-fu, con guion, sin tilde, con minúsculas y en redonda.

El español nuestro:


sino / si no

04/06/2013 | MARÍA LUISA GARCÍA MORENO (PERIÓDICO GRANMA, CUBA, MAYO, 2013)

Lleno de poesía está el nombre de la República Oriental del Uruguay, país ubicado en el cono sur de Suramérica, que a su vez lo toma del río homónimo. En lengua guaraní, Uruguay significa «río de los caracoles», palabra formada por uruguá, 'caracol' y 'agua' o 'río'. Otros afirman que quiere decir «río de los pájaros de colores» o «río de los pájaros pintados».

Sino es conjunción adversativa, más o menos equivalente a pero, aunque… Expresa contradicción con otra idea. «No quiero esto, sino aquello».

En la expresión si no, si es conjunción condicional y no, adverbio de negación. «Si no te explicas, no puedo entenderte». Obsérvese que entre ambas palabras puede intercalarse el sujeto: «Si tú no te explicas, no puedo entenderte».

Aunque el uso más frecuente otorga al sustantivo mar, del latín mare, el género masculino y el empleo del artículo «el», en realidad, está considerado de género ambiguo —sustantivos que designan seres inanimados y admiten uno u otro género, sin cambio de significado (el / la sartén, el / la radio)—. La gente de mar prefiere el femenino: la mar.

Con esta palabra se construyen varias frases, por lo general asociadas a la idea de abundancia: la mar de gente; un mar de lágrimas; llorar, llover, sudar a mares. Y también arar en el mar, hacerse a la mar, meter la mar en un pozo y otras.

No debe olvidarse que se escriben juntas pleamar, bajamar y altamar.

Se define como leísmo el empleo incorrecto como complemento directo de las formas le, les, variantes del pronombre personal él. En una oración como: «A María la vieron cuando salía de la tienda», el uso del pronombre personal la es correcto, mientras que su sustitución por le, sería un ejemplo de leísmo y, por supuesto, incorrecto. Resulta muy común el error de ignorar el número del sustantivo que se sustituye por el pronombre. Así debemos decir: «Les trajeron regalos a los niños» y no le, puesto que el pronombre reproduce a niños.

Fogwill sueña con cementerios


Desde los años sesenta, con una determinación animal, Fogwill anotó las cosas que soñaba. El resultado de esa larga manía es el libro póstumo 'La gran ventana de los sueños'
LEILA GUERRIERO - El País - España

Era una tarde de mayo de 2009. Sobre la mesada de la cocina de un departamento del barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires había una canasta repleta de inhaladores que contenían tres o cuatro medicamentos diferentes.

—Si no tuviera las drogas estas, cagamos. Tengo broncoespasmos. Se te cierran los bronquios y cuesta un huevo respirar.

Vestido con bermudas y camiseta gris, el escritor argentino Rodolfo Fogwill explicaba, sin el menor atisbo de lamento, todas las catástrofes a las que lo habían arrojado años de fumar tabaco —broncoespasmos, compromiso de la arteria ilíaca izquierda, un críptico diagnóstico de “claudicación intermitente”— y preparaba té entre capas tectónicas de restos de comida, yerba mate, fideos secos, tazas sin lavar, tostadas viejas.

—Estoy en el final, loca —decía, sentándose en medio de la sala repleta de botellas de agua mineral, libros, trajes que, dentro de las fundas de la tintorería, colgaban de un sistema de nudos que oficiaba de perchero—. Una gripe manda a una persona a la cama, y a mí me manda al foso.

Después, hablando de su paso por la cárcel (seis meses en los años setenta, acusado de estafa), dijo que, durante ese período, no había escrito nada.

Mientras ordenábamos la casa, aparecieron los cuadernos. En la computadora encontramos borradores del libro
—Te voy a mostrar por qué no.

Rezongando —cómicamente molesto, como si su naturaleza olímpica no estuviera hecha a la medida de las curiosidades humanas— buscó algo en los estantes de una biblioteca y regresó con un cuaderno grande, espiralado.

—Son todos sueños míos, que anoté en 1971. ¿Acá qué dice? No sé. “¿Por qué se produce el degradé?”. Eso. Lo leo y de golpe hay una palabra clave que me permite reconstruir el sueño. Pero ya ves por qué no escribía en la cárcel.

Cerró rápidamente el cuaderno, en el que no había palabras sino algo ilegible, un rastro de tinta electrificado, violento, riscos y desfiladeros de rayas sin forma, y lo volvió a guardar.

—¿Te das cuenta por qué no escribí? Porque no sé qué dice.

Pero sabía. En agosto de 2010, después de pasar unos días internado en el hospital Italiano de Buenos Aires, Fogwill murió. Ahora, tres años más tarde, editorial Alfaguara publica un libro que es, a la vez, un diario de sueños y un ¿último? acto de demostración de potencia: desde los años setenta, día por día, con una determinación animal, Fogwill anotó —en cuadernos grandes, espiralados— las cosas que soñaba: tres o cuatro frases que le servían de ayudamemorias para, después, reconstruir. El resultado de la larga manía de todos esos años es La gran ventana de los sueños: citas de mi diario de sueños, un libro póstumo —el primero de dos más: una novela escrita en 1980, llamada Nuestro modo de vida; y otra, llamada La introducción— pero, sobre todo, un registro implacable de esa otra vida en la que se hundía noche a noche y de la que le costaba tanto —tanto— emerger: despertar.

***

—Tenía el sueño muy pesado. Levantarlo a mi papá era un gran tema. A la mañana lo llamabas para despertarlo y era “Ya voy, ya voy”.

En la oficina de Andrés Fogwill, dueño y fundador de Landia, una de productoras de publicidad más importantes de Iberoamérica, hay estantes de madera y, sobre los estantes, pipas, una máscara de Darth Vader, libros, todo dispuesto con prolijidad serena. Tiene poco más de cuarenta años y es el mayor de los hijos de Fogwill, hermano de Vera, Francisco, José y Pilar. Es, también, el dueño del departamento donde su padre vivió los últimos años.

—Un día, cuando ya estaba en el hospital, me dijo “Traeme una lapicera Bic, caramelos ácidos de Lippo, Secotex cinco miligramos, galletitas Cerealitas”. Fue lo último que escuché de él. Que le llevara una lapicera que tenía muchas cosas que escribir. Me fui a buscar eso al departamento y cuando volví ya estaba en terapia intensiva. Yo sabía que estaba trabajando el libro de los sueños, pero no sabía si lo tenía terminado. Cuando lo leí, dije “Qué mundo tenía, qué individualidad, cómo vivió atado solamente a sus principios”. Y me dio envidia. Dije “Mirá, tenía vida también en los sueños”.

El velatorio —el 21 de agosto de 2010— se hizo en la Biblioteca Nacional. En la sala había un retrato suyo, el labio inferior corrido hacia un lado en ese gesto que era, quizás, su forma de doblegar el aire para metérselo en el cuerpo. El retrato, realizado en hilos de colores, estaba firmado por Mondongo, un colectivo de artistas a quienes Fogwill les confió, en 2004, el manuscrito de lo que entonces llamaba “el libro de los sueños” y que fue el engranaje que puso en marcha todo lo demás.

***

A los 11 años manejaba un arma; a los 23 era sociólogo; a los 38, multimillonario, a los 40 ya no tenía nada
A los 11 años manejaba un arma, a los 12 tuvo su primera moto, a los 15 su primer barco, a los 16 empezó a estudiar medicina, a los 23 era sociólogo, a los 38 multimillonario, dueño de dos empresas de investigación de mercado y publicidad, y a los 40 ya no tenía nada. En 1982 escribió en siete días —dizque sostenido por veintiún gramos de cocaína— Los pichiciegos, considerada una de las grandes novelas argentinas y dotada de algo que merodea toda su obra: el carácter anticipatorio (el libro, sobre la guerra de Malvinas, fue escrito en los inicios del conflicto pero anticipa no sólo la derrota sino el estado de las tropas argentinas). Escribió, entre otras cosas, los relatos de Pájaros de la cabeza (1985) y Restos diurnos (1997); las novelas La buena nueva (1990) y En otro orden de cosas (2002); los poemas de Partes del todo (1990) y Últimos movimientos (2004); la recopilación de artículos Los diarios de la guerra (2008). En 2009, Alfaguara publicó sus Cuentos completos, que lo confirmaron como una de las voces más impresionantes de la literatura argentina. En medio de todo eso, Fogwill —que ganaba su sustento como asesor de marketing en su país y en Chile— se diseñó como una máquina de generar incomodidades: un escritor que recibía periodistas y escupía huesitos, una voz en estado de guerra. Mucho más discretamente, se preocupaba por la salud de los amigos, daba consejos de crianza, leía con generosidad a los más jóvenes, adoraba a los niños y a los barcos. Ese hombre escribió este libro que empieza, antes de empezar, con una dedicatoria (a sus cuatro psicoanalistas) y un epígrafe: “Ser viejo es haber empezado a respetar los sueños”.

***

La primera vez que el manuscrito de La gran ventana de los sueños salió del departamento de Fogwill vino a dar aquí, a este taller de Palermo donde trabaja el grupo Mondongo. Manuel Mendanha y Juliana Laffitte, dos de sus integrantes, conversan bajo el enorme retrato de Fogwill hecho con hilos.

—Cuando él lo vio se shockeó, porque decía que se le veía el enfisema —dice Juliana Laffitte—. Decía “Ustedes son unos soretes, unos hijos de puta, me hicieron para que se me viera el enfisema”.

—Pero le encantaba —dice Manuel Mendanha.

El grupo Mondongo es, ahora, conocido y prestigioso (entre otras cosas, hicieron retratos por encargo de la Familia Real Española), pero Fogwill los conoció en sus inicios.

—Agustina Picasso, otra integrante del grupo, y yo, habíamos ido al Centro Cultural Recoleta, y ahí estaba él —dice Juliana—. Y se nos acercó, de mujeriego. Después vino al taller y se convirtió en una especie de crítico fundamental de la obra y de la vida.

—Era como un sparring —dice Manuel—. No se callaba nada. Una vez hicimos una serie inspirada en la historia real de la violación de una chica de quince años, y no nos habló durante seis meses. Le pareció una falta de respeto.

—La primera vez que vino acá sonaba, desde una computadora, un rock muy trash. Empezó a decir “Sacá eso”. Y nosotros “No la saco”. Y él: “Sacame esta música de mierda porque si no te rompo todo”. Le pegó una patada a la computadora que voló por el aire. Después le dio culpa, y estuvo tres horas tratando de arreglarla.

En 1982 escribió en siete días —sostenido por 21 gramos de cocaína— ‘Los pichiciegos’, una de las grandes novelas argentinas
—Se quedó a comer, se pidió unos fideos chinos y de repente empezó a recitar a Pessoa —dice Manuel—. Decíamos “¿Qué es esto?”. Estábamos en otra galaxia.

—Un día llegó con una bolsa repleta de hojas. Nos dijo que era un libro de sueños, y nos lo dio para que hiciéramos algo. Pero no nos salió nada. El manuscrito era ilegible. Pasó un año, pasaron dos. Y al final se lo llevó.

—Se enojó —dice Manuel—. Porque no surgía nada. Y en 2008 vino con el libro de nuevo, pasado en computadora. Cuando murió, me acordé que teníamos eso y hablamos con el marido de Vera, la hija, porque yo lo conocía, y le dijimos “Mirá, el papá de Vera nos dejó este libro”. Y se lo dimos.

***

El primer sueño, llamado “Testigos de Jehová”, sucede en Santiago de Chile mientras la ciudad está tomada por un congreso de Testigos de Jehová. Fogwill sueña con el colorado Craviotto, un compañero de colegio. Al despertar, escribe, “La primera imagen que a duras penas se configura en mi pantalla es un mail de Emilio Alfaraz invitándome a un encuentro de ex compañeros de colegio. Le respondo que iré, recuerdo el sueño, y le prometo que se lo relataré en detalle cuando nos veamos en Buenos Aires, en compañía del mismo Craviotto de la promoción 1957 y porque a mí me parecía que algo estaba anunciando sobre este encuentro, y en general, sobre todos los posibles encuentros de la gente”. El texto termina allí, sin comentarios sarcásticos, sin ironías feroces, e instala el espíritu del libro. Porque si toda la obra de Fogwill obedece a otros impulsos (“la hostilidad, el rencor, la rabia, el odio, la envidia, y la indignación”, escribió en una nota autobiográfica de 1998), La gran ventana de los sueños parece escrito no en estado de mansedumbre pero sí de serenidad.

***

Cuando el manuscrito que Fogwill había dejado al grupo Mondongo llegó a manos de Vera Fogwill, el razonamiento fue más o menos evidente: si La gran ventana de los sueños había pasado de manuscrito ilegible a documento impreso, debía haber algún rastro en la computadora. Y había: varias versiones que Vera Fogwill comparó con la ayuda de una amiga, la archivista e historiadora Verónica Rossi, que ahora trabaja —en una oficina prestada por el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires— en la clasificación del archivo Fogwill: manuscritos y cartas distribuidos en cajas preparadas para preservar de la humedad y el fuego. Ahora, cuatro de esas cajas están sobre el escritorio en el que Rossi trabaja.

—Mientras ordenábamos la casa, aparecieron los cuadernos de los sueños. Y a su vez en la computadora encontramos varios borradores del libro, con varias versiones de los textos, pero con diferencias mínimas entre sí.

Ser la hija de Fogwill es intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar ser persona siendo hijo de un animal
Vera Fogwill envió la versión que creyó definitiva a dos personas en las que Fogwill confiaba: el escritor argentino Damián Ríos y el crítico español Ignacio Echevarría. Ellos coincidieron en que era un libro listo para publicar.

—Y eso fue lo que se envió a Alfaguara.

Verónica Rossi saca, de las cajas, carpetas en las que, a su vez, hay hojas de cuadernos con el rastro licuado, indescifrable, de la caligrafía de Fogwill. En un cuaderno de 1988, con esfuerzo, se lee: “17 del 2. Sueño: hay una feria del libro. Es un lugar abierto. Yo ocupo un territorio de un rincón. Lejos. Haroldo Conti leyendo el libro. En la clandestinidad”; “Sueño: estoy en Chile viviendo y me entero que en una fábrica hay tres modelos de Ford K. Uno de ellos es de mimbre para pasear por la playa”. Las notas de los últimos años no fueron tomadas en cuadernos sino en libretas.

—Esta es la última libreta, que se llevó al hospital.

En la libreta no hay sueños, sino anotaciones: la frase Clases en literatura argentina, remarcada; una lista (caramelos, Bagovit, chocolate, galletas, agua); dos recordatorios: Rodolfo por auto; Nota perfil; teléfonos.

—La editorial me pidió una coincidencia entre los textos del libro y los textos del manuscrito. Yo lo preparé y lo envié, pero finalmente eso no se usó.

En La gran ventana de los sueños pueden verse dos páginas de esos cuadernos: una al comienzo, otra al final. Allí, con esfuerzo, se leen palabras sueltas —azteca, sueño, viento— y algunas frases completas: “Pero lo peor no es el obstáculo sino el diagnóstico”.

***

Fogwill sueña un paseo junto a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner después de la muerte de su marido, el ex presidente Néstor Kirchner (una muerte de la que Fogwill no llegó a enterarse, porque murió antes). Sueña con Gabriel García Márquez, con una pareja de hombrecitos de treinta centímetros de altura, con una bailarina de catorce años, con el mar, con pipas, con cementerios. En “El cementerio Fuentes”, escribe: “Pasé la vida soñando con cementerios. Encuentro uno que anoté en 1973. El cementerio se llamaba Fontana y estaba anexo a una colonia psiquiátrica en las afueras de la ciudad de La Plata”. Más adelante, en “Instituciones”, escribe “Para el habitante del capitalismo tardío el cementerio privado, como la medicina privada, es un componente del paraíso de libertad y autonomía que sólo puede alcanzar quien se haya situado satisfactoriamente en la red de distribución del poder y la riqueza”. Como un sistema de muñecas rusas, La gran ventana de los sueños contiene sueños que contienen significados que contienen reflexiones acerca del arte, la tecnología, el capitalismo, el dinero, la masturbación.

***

—Yo ya había trabajado con Fogwill, y eso me ayudó para poder armar este libro.

Julia Saltzmann, editora de Alfaguara (que publicará las dos novelas inéditas y reeditará cinco títulos) está en las oficinas del grupo Prisa, en Buenos Aires, un piso alto en un edificio del centro. Saltzmann fue editora de Fogwill en Mondadori y, después, en Alfaguara.

—Haber trabajado con él me ayudó para poder tomar decisiones. Había cuestiones sintácticas a las que él no les daba la menor importancia, y sabiendo eso, aunque hay cosas que no están del todo bien, yo las dejé. Había unos sueños al final a los que les faltaba elaboración, y un listado de títulos de otros sueños que seguramente Fogwill pensaba desarrollar. Pero el sentido del libro, el tono, estaba ahí. Se publicó lo que él había dejado.

—¿Te acordás de la última vez que lo viste?

—Una hora antes de que muriera. Y me alegré de poder despedirme. Era una persona de una nobleza muy grande.

***

—Hoy se contactó conmigo una novia de mi papá —dice Andrés Fogwill—. Nos trajo las cartas de amor que mi papá le escribió. Mi viejo en los últimos tiempos estaba más manso, pero era un salvaje. Cuando yo era chico no podía decirles a mis amigos “vengan a casa a jugar”, porque era un kilombo. Había rifles de aire comprimido, abrías un cajón y había cincuenta vibradores. Era un tipo sin filtros, muy pendiente de la sexualidad. Le gustaba el caos. El otro día una novia me mandó este libro y me escribió esto: “Hola, Andy, lamenté mucho la noticia de la muerte de tu papá. En la época en que yo estuve con él, quizás te acuerdes, 1993, 1994, solía desprenderse de todos sus libros y objetos. Quizás por eso llegó a mí este libro que encontré revisando los libros de mi antiguo departamento. Como no tengo otros datos tuyos te lo dejo en la productora”.

El libro, en inglés, tiene una dedicatoria escrita en el año 1956, cuando Fogwill tenía 15 años, por su tía Delia.

—Mi viejo no tenía miedo. De nada. Al final le dije “Papá, ¿tenés miedo?” Y me dijo “¿Vos me viste a mí con miedo alguna vez?”. Y le dije “No”. Y me dijo “No, no tengo miedo”.

***

“Algunos sueños de cementerios y hospitales son tristes, a veces de una tristeza vecina a la emoción del llanto. Pero entre ellos, no pocos son sueños de plenitud y felicidad. Al pensarlo los comparo con la experiencia de la felicidad de las ceremonias fúnebres con su tristeza ante la pérdida y la muerte unida a la alegría —o felicidad— de compartir una misma emoción con otros pares vivos. Son experiencias que en la rutina de los días se nos escapan y que sólo en la gravedad de las grandes ocasiones se pueden recuperar”, escribe Fogwill en “Tonos del sueño”.

“Ser la hija de Fogwill (…) es intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar hacer cine siendo hijo de Ozu (…), intentar ser persona siendo el hijo de un animal”, escribió Vera Fogwill en un texto publicado en el suplemento Radar del diario argentino Página/12 una semana después del fallecimiento de su padre. Ese texto, y otro publicado un año después, en el que narra la tarea de desocupar la casa, es todo lo que ha dicho en público acerca de esa muerte. En ese segundo texto cuenta cómo sacó siete bolsas de residuos repletas de botellas de agua mineral, cómo tardó semanas en desanudar el complejo sistema de sogas del que colgaban los trajes en la sala. Una noche de lluvia, en esa casa, subió a la terraza para destapar los desagües. Cuando bajó, encontró a su padre sentado en la sala. “No tuve miedo —escribió—. Más bien me confirmó lo que intuía. Era mi guía. Él y yo habíamos tenido experiencia mediúmnica juntos”. Ahora, en el teléfono, declinando amable la invitación a conversar, dice:

—Pero fijate en el último sueño del libro. Dice algo de Quilmes y de Italia. Te lo digo y ya me empiezo a descomponer.

—¿Por qué?

—Porque mi papá se murió en el hospital Italiano y está enterrado en Quilmes.

El último sueño del libro son tres líneas: “Quilmes, París, Italiano con el coya karateca con manos de goma y uñas de acero inoxidable”. Su título es “Sueño de hospitales”.



La gran ventana de los sueños. Fogwill. Alfaguara. Buenos Aires, 2013.

Lo que el papa Francisco piensa de los argentinos.


Por: Juan Arias | El País - España

Dos años antes de ser papa, el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio, dijo al rabino Skorka lo que él pensaba de los argentinos.

Dentro de unas semanas, Francisco, ahora ya el primer papa de las Américas, aterrizará en Río de Janeiro (22 de julio próximo) para la Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento para el que se espera a dos millones de jóvenes.
Los diarios dicen que habrá, con motivo de la llegada a América del Sur del papa , una “invasión de argentinos”, a los que con certeza se dirigirá en alguno de sus discursos durante los cinco días que pasará en Brasil.
¿Qué piensa el primer papa argentino de sus compatriotas?

He acabado de leer la obra Sobre el cielo y la tierra, un diálogo franco y apasionante entre el entonces arzobispo cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, y el rabino, Abraham Skorka, ambos argentinos.
Cuando fue publicado en 2010, Bergoglio era sólo un cardenal más. Hoy, cuando ha salido a la calle la última edición argentina del libro, es ya el Papa de Roma.
A los que dimos a conocer enseguida el pensamiento del nuevo Papa en ese libro, se nos arguyó que cuando lo escribió, Bergoglio aún no gozaba de la responsabilidad papal y que algunas de sus afirmaciones de entonces, podría no compartirlas hoy.
No ha sido así. Francisco ha permitido la nueva edición integral, sin un solo cambio, ya elegido Papa. De hecho, la editora lo presenta como “Las opiniones del papa Francisco...”, no del cardenal Bergoglio, como aparecía en las ediciones anteriores.
Eso, para decir que también lo que el nuevo papa escribió entonces sobre el pueblo argentino sigue válido hoy.
Como he leído pocos comentarios sobre ese tema abordado por el Papa, he querido traerlo hoy a mi blog, que cuenta con muchos amigos lectores argentinos.
Quiero anteponer que cada vez que en el libro, Francisco hace alusión a su país, Argentina, lo hace con una mezcla de amor, dolor y pasión.
Se ha aireado el tópico de que ahora el Papa es de todos y que por tanto no tiene más nacionalidad. No es así. Todos los papas del pasado han seguido manteniendo viva su origen. Basta pensar al papa polaco, Karol Wojtyla, al italiano, Giovanni Montini, o a los primeros papas procedentes del Oriente.
Así, Bergoglio, se presenta siempre como argentino y cuando habla de los argentinos lo hace con sentimientos fuertes de pertenencia.
Las críticas van dirigidas si acaso a los políticos de turno o a los religiosos burgueses y acomodados. A sus gentes las ama y las analiza con agudeza y cariño a la vez.
En el prólogo titulado El frontispicio como espejo, recuerda que en la catedral metropolitana de Buenos Aires, se reproduce la historia bíblica de José con sus hermanos. Y comenta: “Décadas de desencuentro confluyen en ese abrazo".
Para Francisco "Hay llanto de por medio y también una pregunta entrañable: “?Aún vive mi padre?”, la pregunta que José hace a sus hermanos.
Francisco recuerda al rabino Skorka que aquella escena fue colocada allí en el frontispicio de la catedral bonaerense, como el “anhelo de encuentro de los argentinos”, ya que la escena “apunta al trabajo por instaurar una “cultura del encuentro”.
Y ahí el Papa dice: “Varias veces aludí a la dificultad que los argentinos (en primera persona) tenemos para consolidar esa cultura del encuentro”.
Y ahora el dolor: “Más bien parece que nos seducen la dispersión y los abismos que la historia ha creado. Por momentos llegamos a identificarnos más con los constructores de murallas que con los de puentes”, escribe.
¿Qué les falta según pues a los argentinos? se interroga el papa Francisco que se coloca siempre como uno más de ellos asumiendo su propia responsabilidad.
“Faltan el abrazo, el llanto y la pregunta por el padre, por el patrimonio, por las raíces de la Patria. Hay carencia de diálogo”.
Y socrático vuelve a preguntar: “?es verdad que los argentinos no queremos dialogar?”.
Y ahora el psicoanalista: para Francisco el problema de los argentinos es que “sucumbimos víctimas de actitudes que no nos permiten dialogar, como la prepotencia, no saber escuchar, la crispación del lenguaje comunicativo, la descalificación previa y tantas otras” afirma.
Y aprovecha el Papa para exponer no sólo a sus conciudadanos, sino esta vez a todos nosotros, lo que para él debe ser el diálogo: “una actitud de respeto hacia otra persona, de un convencimiento de que el otro tiene algo bueno que decir; supone hacer lugar en nuestro corazón a su punto de vista, a su opinión y a su propuesta”.
Explica con esa pedagogía sencilla y esencial al mismo tiempo, característica de sus charlas “Dialogar entraña una acogida cordial y no una condena previa. Para dialogar hay que bajar las defensas, abrir las puertas de casa y ofrecer calidez humana”.
Aquí el papa Francisco nos deja un eco del papa Juan XXIII al que, según muchos se parece. Aquel papa, cuando era Nuncio Apostólico en Bulgaria colocaba una vela en su ventana y decía que si alguien pasaba por allí y necesitaba de ayuda podía llamar a su puerta. Aquella vela estaba encendida esperándole. Y decía: “No le preguntaré en que cree ni cómo piensa, sólo si necesita de mi”.
Francisco en su prólogo, comentando el tema del diálogo quiso exponer también “las barreras que en lo cotidiano impiden ese diálogo” franco y respetuoso.
Esas barreras son, según él “la desinformación, el chisme, el prejuicio y la difamación”, Todas esas barreras, dice Francisco “conforman un cierto amarillismo cultural que ahoga toda apertura hacia los demás. Y así se traban el diálogo y el encuentro”.
Francisco no pierde sin embargo la esperanza y recuerda a sus compatriotas que la “frontispicio de la Catedral está allí, como una invitación”, al encuentro y al diálogo entre todos los argentinos.
Y cuenta que en el diálogo con su amigo el rabino, Skorka, que dio origen al libro, “no hubo muros ni reticencias” y acaba con una nota de humor.
Recuerda que la sencillez del rabino “permitió incluso que le preguntara, después de una derrota del River, si ese día iba a cenar cazuela de gallina”.
Es que al papa Francisco le gusta cocinar.

LA LENGUA VIVA


Digresión sobre los apellidos
Amando de Miguel


Miguel A. Taboada me envía una verdadera tesis doctoral sobre los apellidos judíos. No tengo espacio más que para incluir algunos ejemplos. Los askenazíes ponen apellidos derivados de los colores (Weis = blanco), la naturaleza (Berg = montaña), oficios (Schneider = sastre). Eso último distingue también a los apellidos de los sefardíes. Por ejemplo, Haddad (= herrero). El apellido judío Peres no es español, como suele decirse. Proviene de una palabra hebrea (Perashá = capítulo de la Torá o texto sagrado). Otra curiosidad. Entre los judíos polacos las mujeres utilizan mucho el nombre de Sprintze. No es más que la forma polaca de leer Esperanza, que seguramente llevaron a Polonia algunos sefardíes.

Añado que los judíos de todas las épocas y condiciones han favorecido mucho el cambio de apellidos. La razón suele ser la de evitar persecuciones y represalias. De ahí que la famosa lista de apellidos chuetas (judíos de las Baleares) no sea muy válida, pues muchos de esos judíos alteraron el apellido. Otra pista para los apellidos judíos en España es la de utilizar nombres propios; por ejemplo, Miguel, Andrés, Juan. Permítaseme una pequeña anécdota. Hablaba yo de esta cuestión en una reunión con mujeres judías en la sinagoga de Madrid a propósito de mi novela Judíos en la ciudad de los ángeles. Algunas de las asistentes se quejaron de que era exagerada esa conclusión sobre el cambio de los apellidos. Hicimos un repaso de los apellidos de cada una y resultó que muchas de ellas (o sus padres), efectivamente, habían cambiado de apellido por distintas razones. La principal fue el llamado Holocausto. Esa alteración era para ellas tan natural que ya no les llamaba la atención.

Recuerdo que en el colegio donde hice el bachillerato nos enseñaron que no se debe hacer bromas o chanzas con los apellidos. Me temo que violé esa sabia norma cuando comenté de pasada que el apellido Urdangarín es algo así como cuidador de cerdos. Lo dije sin pensarlo mucho. David Mariñas me corrige fraternalmente al decir que "cuesta muchísimo creer" que esa sea la equivalencia, pues los apellidos vascos son casi siempre topónimos. Preciso que, efectivamente, urdanga significa cerda y también, en lenguaje figurado, puta. Lo siento, pero es así. El nombre para porquero en vasco es urdain. Pido perdón por el comentario de mal gusto.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


abuso infantil no es lo mismo que maltrato infantil

La expresión abuso infantil tiene implicación sexual por lo que no es apropiada usarla como mero sinónimo de maltrato infantil o de menores.

Con motivo de la celebración hoy del Día Internacional de los Niños Víctimas Inocentes de Agresión, se recuerda que maltrato infantil significa, según el Diccionario de términos médicos, de la Real Academia Nacional de Medicina, ‘acción u omisión intencionada, llevada a cabo por una persona o grupo de personas, la familia o la sociedad, que afecta de manera negativa a la salud física o mental de un niño’, y es sinónima de maltrato de menores y de maltrato a los niños.

En cambio abuso infantil tiene connotación sexual y es una forma, aunque no la única, de maltrato infantil; resulta apropiada en ejemplos como «M. Jackson fue absuelto de cargos de abuso infantil».

Sin embargo, como calco de la expresión inglesa child abuse, que se traduce al español por ‘maltrato infantil’, se utiliza abuso infantil con el mismo significado de maltrato infantil y no con el sentido de abuso sexual que tiene en español.

Así en «… un caso de abuso infantil en el que una niña de cinco años ha permanecido encerrada desde hace varios años en una habitación con perros y gatos» lo adecuado habría sido «… un caso de maltrato infantil en el que una niña de cinco años…».
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