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quinta-feira, 7 de março de 2013

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


estar acorde concuerda en número con el sustantivo

En la construcción estar acorde, el adjetivo acorde concuerda en número con el sustantivo al que hace referencia, tal y como se indica en el Diccionario panhispánico de dudas.

Sin embargo, suelen encontrarse en los medios frases en las que acorde permanece invariable: «Las medidas de seguridad en Chile deberían estar acorde con esa realidad» o «Criticó que los profesores no estén acorde con los nuevos tiempos».

Lo apropiado en estos casos habría sido decir «Las medidas de seguridad en Chile deberían estar acordes con esa realidad» y «Criticó que los profesores no estén acordes con los nuevos tiempos».

Sucede lo mismo en construcciones similares como resultar acorde, parecer acorde, ser acorde…

DESPERTAR


“En su ‘Canto a Bolívar’, Pablo Neruda le hizo decir al libertador que despertaba cada cien años, cuando despierta el pueblo. Con el gran compañero Chávez, Bolívar volvió a despertar. La acción de ambos no está sólo en el pasado, sino en el presente creador y en el porvenir, en el mundo mejor que es posible y necesario. Chávez pervivirá en ese mundo, el cual conservará con orgullo el nombre de quien luchó sin cansancio, hasta su último aliento, por traerlo a la vida.”

(De la declaración emitida por la Casa de las Américas, el prestigioso instituto creado por la Revolución Cubana para fomentar los lazos culturales con el continente.)

LA LENGUA VIVA


De re polí¬tica y loquelaria
Amando de Miguel


Recibo muchos correos sobre los asuntos polí¬ticos de la nación, por lo general desahogos respecto a las declaraciones o conductas de nuestros padres de la patria. No puedo entrar a comentarlos todos, pues invadiría otros campos de este periódico digital. Me limito a recoger algunos aspectos de la verbosidad (loquelaria) sin lí¬mite de los polí¬ticos. Llega uno a creer que no tienen despacho, que no trabajan sentados a una mesa, pues siempre los vemos delante de un micrófono, atentos a una cámara.
Después de un largo testamento de agravios contra el Gobierno, Agustí¬n Fuentes recoge una palabra grata a los polí¬ticos: gesto. No había caí¬do; es verdad. Siempre están con el gesto para arriba y para abajo. Entiendo que es un término muy caracterí¬stico de la representación teatral en la que termina siendo la política. Otros son: escenario, escenificación o protagonista.
Pedro M. Araoz (de Manzanares de la Mancha) se queda extasiado ante el continuo discurso de su presidente regional, a la que llama cariñosamente Maricospe, y del Registrador (Rajoy). Observa estas dos constantes: la prescindencia de muchos artículos y la repetición de términos al final de los párrafos. Son técnicas suasorias. Emilio Castellote escribe un muy pensado memorial de agravios contra los polí-ticos. Atención a este párrafo que tan bien expresa el sentir de muchas gentes:
La carencia de un sentimiento nacional arraigado en parte de las nuevas generaciones, sustituido por un superficial aldeanismo desempolvado de finales del siglo XIX y principios del XX, predicado por polí¬ticos tan iluminados como efímeros, es el credo que se sembró (en 1976 y siguientes) y hoy brota, cuando se ha perdido toda referencia ética y moral. Las redes sociales, más bien socialistas, dado su comportamiento cotidiano, esparcen aquella semilla, pero modificada por el virus del antisistema, de los derechos sin obligaciones, de lo igualitario sin necesidad de ser mejor y sin aplicar ningún esfuerzo.
Las frases son largas, pero las ideas también. Son para pensar. Observa don Emilio ese extravagante fenómeno de "los escaños del Congreso ocupados por los que abominan de ser españoles". Añade otro raro fenómeno: la obsesión de que la Constitución la interprete a todas horas el Tribunal Constitucional. Él propone que la Constitución debería ser como el juego del ajedrez: las reglas están tan claras que no se necesita árbitro. Añado que por eso el ajedrez ha sido siempre un pasatiempo tó¬pico de los que mandan.
José María Navia-Osorio comenta que el separatismo catalán siempre le ha parecido el más peligroso. Se apoya en la debilidad de España. Su idea es que ese separatismo a quien perjudica en primer lugar es a los propios catalanes. "Se van a empobrecer", dictamina. Opino que ya se están empobreciendo. Cataluña ya no es la locomotora de España, según la imagen tan repetida. Sin embargo, el hecho cierto es que las noticias sobre Cataluña son una constante de casi todos los telediarios, tertulias y páginas de opinión. Diríase que es la obsesión nacional. El señor Mas aparece en la televisión más que todos los demás presidentes regionales juntos.
José Luis García Valdecantos se refiere a ese término omnipresente en las declaraciones de los polí¬ticos que es ciudadanía. Añado que a veces se dice "ciudadanos y ciudadanas", lo cual es peor. No falta lo de "ciudadanos españoles", seguramente para distinguirlos de los ciudadanos extranjeros. La reiteración de esos términos es lo que cansa. Yo prefiero hablar de los españoles sin más, o mejor, los contribuyentes, es decir, los que pagan los impuestos, incluidos por tanto los extranjeros residentes. Me gusta aún más los pecheros, un arcaí¬smo maravilloso.
Contacte con Amando de Miguel:http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/de-re-politica-y-loquelaria-67646/

JOSÉ ANTONIO PASCUAL


«El diccionario es como el agua oxigenada»
ANTONIO FONTANA @AFONTANAGALLEGO

José Antonio Pascual, autor del ensayo «No es lo mismo ostensoso que ostentóreo»
El ADN de las palabras es lo que investiga José Antonio Pascual en «No es lo mismo ostentoso que ostentóreo». Una reflexión sobre nuestra lengua, que, como señala el vicedirector de la Real Academia Española, «hablamos familiarmente, en zapatillas».
¿Tan mal hablamos los españoles?
No, aunque no conozco a nadie que diga que hablamos bien. Es como el tiempo: siempre se queja uno de él. Claro que hay muchas personas que hablan muy mal; pero también hay muchas que hablan muy bien. Como profesor, lo que debo hacer es animar a hablar bien y no partir del derrotismo de que se habla muy mal. Las cosas han cambiado. Hoy, ante una duda, puedes consultar el diccionario gracias a un teléfono móvil. Hace veinticinco años, tenías que esperar a llegar a casa para consultar el diccionario..., si es que en tu casa había un diccionario. Ahora existen muchas más posibilidades, casi todo el mundo sabe leer y escribir, disponemos de medios con los que antes no contábamos; tenemos, por tanto, la posiblidad de hablar mejor. Otra cosa es que, si cometes una equivocación escribiendo o hablando por la radio o en televisión, se difunda, se magnifique. Pero son flores de un día: terminan desapareciendo. El problema no está en equivocarte, el problema está en no tener intención de hablar bien. Si jugamos con otras cosas, ¿por qué no vamos a jugar con la lengua?
¿Castellano o español?
«El latín no ha muerto: el latín es lo que yo hablo»
Los dos. El diccionario de la Academia se llamó hasta poco antes de mediados del siglo pasado «Diccionario de la lengua castellana», y luego, «De la lengua española». Y en el pasado hubo un gran diccionario, el de Covarrubias, que se llamó «Tesoro de la lengua castellana o española». Castellano y español son sinónimos.
¿Una lengua, para estar viva, necesita ser promiscua?
Sin duda. Una lengua tiene que cambiar y tiene que contagiarse. No hay que justificar el cambio, no hay que justificar la mezcla: los buscamos. El cambio es algo connatural con las lenguas. Las lenguas puras no existen. Quienes crean que pueden tener una lengua pura se están engañando. Póngase a estudiar inglés y alemán. En tres meses logrará entender bastantes palabras en inglés; en alemán, no, porque ha sido una lengua que ha frenado mucho más los préstamos.
¿Cuántas palabras contiene el español?
En el diccionario hay unas ochenta y dos mil. Si medimos todas las que podemos cazar –porque han existido, porque las hemos utilizado alguna vez–, podríamos contar con unas ciento cincuenta mil. Aunque nos manejamos con unas siete mil. Es decir, no utilizamos demasiadas, pero entendemos muchas otras; es lo que se llama léxico pasivo. Además, no sólo hay palabras, también hay esquemas de palabras, lo que nos permite crear otras.
¿Hablamos sin conocer el significado de las palabras?
«Hay quien nos critica por haber ido demasiado lejos, otros por lo contrario»
Claro. Aprendemos las palabras aproximativamente. El significado de las palabras no es algo que se mida de una manera clara y precisa: es muy sutil, y para averiguarlo hay que consultar el diccionario. Ahora bien, el diccionario no es la lengua, sino un recurso al que acudimos, como recurrimos al agua oxigenada si nos hacemos una herida o a las pastillas si nos duele la cabeza. En el diccionario encontramos solución a muchos problemas, pero frente al diccionario está el uso. En el diccionario sólo se da cuenta de una parte de la realidad, por eso tenemos que ir cambiándolo.
«Las lenguas, como los gobiernos, tienen una tendencia natural a degenerar», escribió Samuel Johnson. ¿Está de acuerdo?
No. Sería como decir que las lenguas van a peor. El latín no ha muerto, el latín es lo que yo hablo en este momento. No ha ido degenerando: se ha ido transformando. Otra cosa es que una lengua pueda desaparecer si desaparecen sus hablantes.
«El castellano no evolucionará nada, porque ahí están los académicos para impedir que evolucione», decía Julio Camba. ¿Algo que objetar?
Como todos los grupos, tendremos nuestros defectos y somos propensos a equivocarnos. Hay quien nos critica por haber ido demasiado lejos, por tener la manga muy ancha; otros nos critican por lo contrario.
¿Llega a la calle el trabajo de la Academia?
Por desgracia, no. No sé si es que no lo sabemos comunicar. Somos un grupo de personas que trabajamos en la lengua y que parecemos muy serios; quizá por eso demos la impresión de que nos queremos distanciar. Pero nuestro interés no es mantener cerradas las puertas.

ESPAÑA


Las joyas bibliográficas de España, desde el siglo XIX hasta internet
05/03/2013
Las tesis que leyeron en la Universidad Complutense Santiago Ramón y Cajal y Gregorio Marañón o el códice de la Edad Media Comentarios al Apocalipsis (año 776), del Beato de Liébana, forman parte de los 70 documentos que España aporta a «Science and machines» (Ciencia y máquinas), una exposición virtual de la Biblioteca Europea sobre ciencia y tecnología desde 1800.

La exposición (www.theeuropeanlibrary.org/tel4/virtual/science), de ‘entrada’ gratuita, contiene documentos en veinte lenguas, procedentes de los tesoros que guardan en España la Biblioteca Nacional y la Biblioteca de la Complutense, y centros similares de otros dieciséis países europeos.
La Biblioteca de la Complutense ha contribuido con 35 documentos y la Biblioteca Nacional lo ha hecho con un número similar de obras, entre libros, grabados, fotografías, publicaciones periódicas o partituras.
Al presentar el contenido de esta nueva exposición, la Biblioteca virtual europea (The European Library) dice que los siglos XIX y XX fueron una época de «rápido progreso» en la que «no parecía tener límites» el potencial de la ciencia y la tecnología para mejorar todos los aspectos de la vida cotidiana.
Para ilustrar el desarrollo de esta época, la exposición documenta los inventos, las investigaciones o los progresos hechos en los ferrocarriles, la luz eléctrica, la cartografía, los rayos X, la aviación, el automóvil, la geología, la antropología, la anatomía y otras ciencias.
Así es como han llegado hasta los anaqueles virtuales de la Biblioteca las tesis que Ramón y Cajal y Marañón llevaron a la Complutense para obtener sus doctorados, Patogenia de la inflamación, en 1877, y “La sangre en los estados tiroideos”, en 1911, respectivamente.
También se puede ver la Constitución política de la monarquía española, promulgada en Cádiz el 19 de Marzo de 1812, o el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, impreso en Madrid en 1846 por Pascual Madoz (1806-1870).
Otro documento español aportado a The European Library es el Álbum de la flora médico-farmacéutica e industrial, indígena y exótica, una «colección de láminas iluminadas de las plantas de aplicación en la medicina, farmacia, industria y artes», obra de Vicente Martín de Argenta (1829-1896).
La biblioteca histórica incluye otra obra única, la obra Flora Peruviana, et Chilensis, sive Descriptiones, et icones plantarum Peruvianarum, et Chilensium, de Hipólito Ruiz y José Pavón, impreso en Madrid por Gabriel de Sancha.
Ruiz y Pavón, con el patrocinio de los reyes de España Carlos III y Carlos IV, iniciaron en 1777 una expedición que les llevó durante más de una década por tierras de Perú y de Chile, un viaje que generó esta obra con 758 descripciones de especies vegetales, 598 de ellas acompañadas de dibujos.
La Flora Peruviana, dice la Universidad Complutense, supuso «el hito científico más importante y significativo» del esfuerzo explorador de Iberoamérica por parte de España.
La Biblioteca Nacional de España ha aportado obras como el Plano de la Cyudad y Bahya de Cartagena de las Yndias, manuscrito, dibujado y coloreado a mano en pluma y tinta en 1735 por Antonio de Ulloa (1716-1795) con base en un mapa de 1721 de Juan de Herrera.
También está el Islario general de todas las islas del mundo, considerada la obra más importante del cosmógrafo sevillano Alonso de Santa Cruz (1505-1567), o la obra Arte de reloxes de ruedas para torre, sala, y faltriquera, escrita en 1759 por el religioso franciscano Manuel del Río «para que todos los ingeniosos puedan ser perfectos reloxeros sin tener maestro».
De la Biblioteca Nacional también procede el códice manuscrito iluminado de las Siete partidas, el mayor y más difundido ordenamiento jurídico español, «que influyó en el Derecho de algunas de sus antiguas colonias», o una copia del Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina, una edición ilustrada por el pintor sevillano Cromberger alrededor de 1518-1520.
Se trata de la tercera de una serie de ediciones que realizó y la única que el impresor tituló de esta manera en lugar del clásico Tragicomedia de Calisto y Melibea.
Estas y otras obras españolas, además de las aportadas por otros países, son la selección disponible en la Biblioteca Europea, aprovechando una tecnología impensable hace sólo unos lustros y que permite tener delante de los ojos los libros de otro tiempo en cualquier ordenador y en cualquier lugar del mundo.
Agencia Efe

Un hombre entero


Por: POR FERNANDO SAVATER |

Experiencia heróica en Cartagena del filósofo español.

Supongo que para la mayoría de la gente de letras no puede haber nada más grato que ser invitado por el Hay Festival a Cartagena de Indias, en Nueva Granada (Colombia). Alojarse en pleno casco viejo de la ciudad y desayunar en un delicioso patio todas las mañanas, junto a Mario Vargas Llosa o Julian Barnes… Hace mucho calor, incluso en enero, aunque vale la pena sudar un poco para oír luego disertar a Herta Müller o John Lee Anderson. No crean que no aprecio tales ventajas, todo lo contrario. Pero sin embargo en cuanto pude librarme de mis obligaciones me escapé, tomé un taxi y dije: “Por favor, lléveme a la estatua de don Blas”. El taxista asintió sonriendo.
Allá en Cartagena conocen mucho más que en España a don Blas de Lezo y Olabarrieta (1689-1741), el ilustre guipuzcoano de ‘Pasajes’. Me he pasado la vida leyendo novelas de aventuras, de modo que pueden creerme: ni Salgari, ni Pérez-Reverte, ni Patrick O’Brian, ni nadie habría sido capaz de inventar peripecias de riesgo y heroísmo como las que protagonizó ese pasaitarra. Los mares no han conocido marino tan intrépido ni estratega tan genial. Era solo un niño (¡12 años!) cuando embarcó por primera vez y un adolescente (17 años) cuando un obús le destrozó la pierna izquierda en una batalla: se la cortaron por debajo de la rodilla, sin anestesia ni una sola queja. Después, una serie de hechos de armas a cual más glorioso por el Mediterráneo (Génova, Orán…), por el océano Pacífico limpiando de piratas las costas de Perú, por el Caribe… Otros se especializan en disculparse o justificar sus derrotas, él prefirió dedicarse a ganar cuando lo tenía todo en contra. Pagando un alto precio, eso sí: tras la pierna perdió un brazo y un ojo. Sus compañeros de travesía, que le habían motejado de joven ‘Patapalo’, le llamaban después ‘Medio Hombre’ tras sus mutilaciones. Era una forma descarnada y ruda de elogiarle, claro, porque todos sabían que en lo que cuenta no hubo nunca hombre más entero que don Blas.
Su último destino, siendo ya general de la Armada, fue defender contra los ingleses Cartagena de Indias, la llave de las posesiones españolas en América. La Royal Navy dispuso para el caso la mayor flota que nunca se había visto ni volvió a verse hasta el desembarco de Normandía: casi 200 barcos y 30 mil hombres. Lezo contaba con seis buques y menos de 3 mil soldados. Edward Vernon, el almirante inglés, estaba tan convencido de su aplastante superioridad que al primer atisbo favorable en el combate envió noticia a su rey de la victoria en Cartagena. Y este, ni corto ni perezoso, mandó acuñar una moneda conmemorativa en la que se veía a Lezo arrodillado ante su supuesto vencedor, con la leyenda: “La arrogancia de España humillada ante el almirante Vernon”. Tuvo que arrepentirse luego de tanta precipitación, cuando llegaron noticias más fiables: aunque pareciese increíble, Blas de Lezo se las arregló para diezmar a la flota británica, que no volvió a levantar cabeza hasta Trafalgar, y provocó una auténtica matanza entre sus tripulantes. Y eso que no solo tuvo en contra la desproporción de fuerzas, sino también la hostilidad del virrey Sebastián de Eslava, que obstaculizó sus decisiones y después envió a la corte de Madrid informes desfavorables sobre el incómodo subordinado. Lo ha contado noveladamente Pérez-Foncea en ‘El héroe del Caribe’ (LibrosLibres) y antes el senador colombiano Pablo Victoria Vilches en ‘El día que España derrotó a Inglaterra’ (Áltera).
Ya estoy ante la estatua de don Blas, bajo la mole del castillo de San Felipe. Oscura y desafiante, con su pata de palo, su manga vacía y su parche en el ojo, blandiendo la espada. A mi lado, el taxista comenta: “Cuando yo era niño, mi padre me trajo aquí, como su padre le había traído a él…”. Y yo pensé que nadie se hubiera atrevido a decirle en la cara a este vasco aguerrido que no era español.

Por FERNANDO SAVATER

LIBROS QUE ENSEÑAN A VER


Páginas de sueños posibles: cuando los libros te enseñan a ver

No se extrañe si Lucero Márquez, una mexicana que viaja por el mundo dando charlas motivacionales, le dice que ella es una chica ciega que puede ver. La culpable de eso es Menena Cottin, una escritora que, sin proponérselo, ha convertido sus libros en páginas de sueños posibles.
Por: Por: Lucy Lorena Libreros │ Periodista Gaceta

Menena le enseñó a Lucero que el color amarillo sabe a mostaza y es suave como las plumas de los pollitos. Que el verde sabe a helado de limón y huele a césped recién cortado; que el café cruje bajo sus pies cuando las hojas están secas y que también otras veces puede oler a chocolate. Una lección más: que el rojo es dulce como la sandía, pero duele cuando se asoma por el raspón de su rodilla.
No se extrañe, pues, si la mexicana Lucero Márquez le dice que ella es una chica ciega que puede ver. Porque esa —ver de otra manera— es la lección más poderosa en esta historia: en ese mundo de oscuridad absoluta que Lucero habita a diario, la luz se las ingenia para filtrar sus rayos a través de los sentidos. En ese mundo —mejor que verse— los colores pueden saborearse, olerse, cogerse.
Las dos se conocieron en México, en 2006. No hacía mucho, Menena Cottin, diseñadora gráfica y escritora venezolana, había publicado un libro que nunca quiso ser libro.
El asunto ocurrió así: acostumbrada durante años a entender la vida a través de imágenes, la también ilustradora se preguntó cómo un invidente imaginaba los colores. Qué pasaba acaso por su mente cuando le hablaban de cosas que para la inmensa mayoría suenan a lugar común: el azul de cielo, el verde de las montañas, el blanco de la nieve.
“Para mí un mundo sin visión es inimaginable”, pensó. Pensó y escribió. Y lo que escribió fue tan potente que la editora que se cruzó en el camino de esta historia no dudó en que esas palabras merecían conocerse.
Y ahí está ‘El libro negro de los colores’. Negro todo él, claro. Su pasta dura, sus hojas sedosas, sus dibujos en relieve. Todo, salvo las frases cortas en letras blancas en las que se leen lo del amarillo que sabe a mostaza. Lo del verde que tiene el sabor de un helado de limón.
Un libro que enseña a ver
La historia de ese libro la va narrando Tomás, un niño ciego imaginado por Menena. Es un nene que les cuenta a sus amigos que el azul es el color del cielo cuando el sol calienta su cabeza. Y que en cambio el cielo se vuelve blanco si las nubes deciden taparlo y la lluvia se desata.
Terminan las páginas de ‘El libro de los colores’ y uno entiende que Tomás es un súper héroe. En ninguna línea te advierten que sus ojos no pueden ver, pero uno imagina que para los otros niños Tomás tiene poderes especiales: mientras ellos solo pueden ver los colores, él puede olerlos, saborearlos y tocarlos. Llegas a la página final y no acabas pensando “¡Ay, qué lastima, el niño no ve!”. La sensación final es que la mayoría de seres humanos somos muy miopes: nos pasamos la vida creyendo que solo se puede ver con los ojos.
Su autora prefiere describirlo como “un libro que somete al lector, que lo cuestiona sobre la indiferencia, sobre el juicio ligero que puede hacerse sobre un discapacitado”.
Lucero, en 2006, pudo conocer el relato de Tomás porque ese libro negro está también escrito en braile. Ese es su mayor encanto. Entonces, sobre las frases en color blanco de sus hojas negras, aparecen dibujadas figuras hechas de punticos delicados y diminutos; ese lenguaje maravilloso e intrincado que les permite a los ciegos ver con sus manos.
Cuando Lucero, de 32 años, técnica en administración de empresas, supo que la autora de ‘El libro negro de los colores’ estaría en México, llegó con su madre hasta el auditorio donde sería presentado ese libro que hasta ahora ha sido traducido a 14 idiomas, entre ellos coreano, chino, francés, ingles y polaco, y del que ya se han publicado 17 ediciones.
Menena recuerda esa tarde surreal: un auditorio oscurecido, atestado en su mayoría de gente con ojos apagados. La única luz que permanecía encendía caía directamente sobre ella para que pudiera leer su libro. El ejercicio era simple, pero poderoso: los asistentes videntes debían sentir por pocos minutos la cotidianidad de un ciego: pasarse la vida entera condenado a una falsa noche.
Al término de esa presentación conmovedora, alguien susurró al oído de Menena que en ese auditorio una joven estaba deseosa de conocerla. Era Lucero. Y Lucero esa vez soltó una frase que hoy, siete años más tarde, aún hace humedecer los ojos pequeños de Menena: “El Libro de los Colores me cambió la vida; gracias a él aprendí a ver”.
Una amistad a prueba del tiempo
Siete años después, Menena y Lucero evocaron el episodio durante una visita a Cartagena. Las dos fueron las grandes protagonistas de Hay Festivalito —evento que corre paralelo al Hay Festival y sus grandes divos literarios— que persigue llevarles a los niños más pobres de La Heroica la magia de los libros. Este año, ambas se dieron cita en San Basilio de Palenque.
La historia de esa maravillosa amistad, que nació aquella tarde en tinieblas, la han contado por el mundo desde entonces. Porque desde entonces, también, a pesar de que viven tan lejos la una de la otra, la escritora y la chica mexicana jamás han dejado de estar en contacto.
El día que se conocieron terminó con un intercambio de correos electrónicos. Poco tiempo después, Lucero tomó la iniciativa y le escribió a Menena invitándola a que siguiera contándole cómo era ese mundo que existía allá afuera, más allá del que le permitían disfrutar sus ojos de aceituna.
La escritora cumplió. Un día, mientras se encontraba practicando junto a su esposo ‘tracking’ en Butar, un pequeño país escoltado por el Hinmalaya, entre India y China, inventó un cuento para Lucero. En esas líneas le narraba cómo eran las montañas y ese paisaje descomunal que tenía ante sí. Ese primer ejercicio terminó es un largo cruce de cartas que podían llegar desde cualquier esquina del planeta a la que aterrizara la viajera Menena.
Lucero, en su casa del D.F., encendía el programa que tiene especialmente adaptado a su computadora “que me va leyendo los e-mails que recibo. Fue fascinante escuchar lo que Menena me iba contando de sus viajes. Ella veía por mí. Si yo le preguntaba cómo eran los árboles de pino que veía en Suiza, ella se subía a lo más alto de una montaña y me decía que, desde allá, los pinos son como las cerdas de un cepillo de dientes”.
Esos años epistolares acabaron convertidos en otra publicación hermosísima, que vio la luz el año pasado: ‘Cierra los ojos que vamos a ver’. Es un libro que nació del deseo de Lucero Márquez por conocer un mundo que le fue negado desde niña y de la terquedad de una mujer que se esforzó para traducir en imágenes todo cuanto veía en sus mágicos viajes.
En Cartagena, sentada junto a Ava —la perra labrador, color dorada que le sirve de lazarrillo— Lucero reconoce que ese cruce de correos con la autora venezolana le ayudó a entender que su limitación visual, lejos de ser una tragedia, era “un milagro maravilloso. A pesar de mi discapacidad, todo lo hago sola, no dependo de nadie. No necesito ver para tomar una decisión”.
En México, Lucero vive con su perra en el quinto piso de un edificio que no tiene ascensor. Es locutora profesional, estudió doblaje, actuación y locución. Pero la mayor parte de sus días se la pasa viajando para dictar charlas motivacionales. De todo eso vive.
La chica se las ha ingeniado para que la vida le duela menos. Para esquivar las ‘piedras’ con las que la sociedad parece obligarla a tropezar: calles, buses, centros comerciales, colegios que no están hechos para invidentes...
“Por eso es que los libros de Menena Cottin —insiste Lucero— me cambiaron la vida. Me enseñaron a ver y a entender que las limitaciones existen solo en la mente. Antes de leerla, no se me hubiera ocurrido que podría participar en ‘Más allá de lo imposible’, una expedición de dos semanas en la que tuve que recorrer 200 kilómetros, a campo traviesa, en el estado de Puebla”.
Es que esa es la otra lección poderosa de esta historia: hay que ser muy miope para no entender que los libros también enseñan a ver.

INTERNET


"Internet es el camino por el cual el idioma sigue su evolución", Fernando Ávila

La Fundación del Español Urgente quiso 'poner en cintura' a los cibernautas con el manual 'Escribir en internet: guía para los nuevos medios y las redes sociales'. Este profesor, uno de sus promotores, cuenta de qué se trata. Diálogo con buena ortografía.
Por: Redacción Gaceta

Profesor, ¿estamos los internautas escribiendo tan mal en la web y en las redes sociales?
En la Fundación del Español Urgente, Fundéu, no tenemos la impresión de que los internautas estén escribiendo mal. Cada persona maneja varios códigos para comunicarse. Uno para la intimidad; otro para el trabajo; otro para hablar con los amigos con los que va a fútbol y alguno más para sus conferencias académicas. Son códigos distintos porque cada ámbito los permite o los exige. Si eso es así, hay un código que usa el internauta para comunicarse con personas de su misma cultura y comunidad. Ese código está lleno de abreviaturas y símbolos, que funcionan en ese ámbito, pero no en otro. Es decir, no hay un mal uso del idioma en internet, sino un código distinto.
Este manual, pues, es solo una ayuda cuando hay dudas en cuanto a esos códigos...
Es que no hay un mal uso del idioma cuando alguien escribe # en vez de número, % en vez de por ciento o $ en vez de pesos. Los internautas hacen lo mismo pero con muchísimos más recursos; con recursos nuevos, que se han ido inventando en busca de la rapidez y la eficacia del mensaje, tan correctos como #, % y $.
En últimas, lo que se busca siempre, sea en papel o en la web, es que nos lean...
Hoy cada quien puede tener un blog y escribir en él lo que quiera y como quiera. Ahora bien, si alguien tiene un blog, en principio, lo que quiere es que lo lean, alguien o muchos, en muchas partes del mundo. ¿Cuál es la condición ‘sine qua non’ para alcanzar esa meta? Sencilla: escribir con corrección, usando palabras universalmente conocidas, los signos de puntuación como Dios manda y los que diferencian un concepto de otro, como las tildes de diagnóstico y diagnosticó, para diferenciarlas de diagnostico, o las haches de hallá (“hallá vos la fórmula”) y haya, para distinguirlas de allá y aya (‘institutriz’).
Si eso es así, ¿para ustedes, los nuevos medios no son una amenaza para nuestro idioma?
Internet no es una amenaza para el idioma, sino el camino por el cual el idioma sigue su evolución. Un organismo vivo nace, crece, se reproduce y muere. La lengua es un organismo vivo. Mire usted como, en años recientes, han nacido y crecido numerosas palabras: blog, chat, fan, ciberacoso; otras se han reproducido: bloguero, bloguear, tuitero, tuitear; y han muerto otras tantas: ya nadie dice gabardina, zapatones, asueto ni pingües ganancias; incluso pocos jóvenes saben qué es un casete o un disquete.
Entonces, ¿de qué tan buena salud goza el español en internet?
De muy buena salud. Es el idioma más usado en internet después del inglés. Usted sabe que de los seis mil idiomas que hay en el mundo pronto van a quedar muy pocos. Y los que van a quedar son los que tienen prensa, literatura, radio, televisión e internet. Los demás desaparecerán.
Una de sus especialidades es cazar gazapos. ¿Cuáles serían esos errores frecuentes al escribir en los nuevos medios?
Se usa mucho el inglés. Fíjese en una información sobre moda en internet: tiene expresiones inglesas como catwalk en vez de pasarela; coolhunter en vez de cazatendencias; fashion en vez de última moda; look en vez de imagen, aire, pinta o estilo; shooting en vez de sesión fotográfica; showroom en vez de sala de exposición; sports wear en vez de moda deportiva; top model en vez de supermodelo… Mejor, dicho, ¡para leer con traductor! Si uno hace ese ejercicio con información económica, va a encontrar casi lo mismo. Y ni se diga si es información científica o tecnológica.
Ya que hablamos de redes sociales, aprovechemos para hacer claridad en algunos términos de uso extendido cuando se escribe en internet: 'twitear', etiquetar, facebooquear, trinar, textiar, guglear, estalquiar, memes, troliar.
Aunque en el Diccionario de la Real Academia, DRAE, todavía no estén, son válidas, tuiteo, tuitero y tuitear (con todas sus posibilidades, yo tuiteo, tú tuiteabas, ella tuiteará…). Blog, bloguero y bloguear (yo blogueaba, tú bloguearías, ellos bloguean…) están ya en el DRAE. Etiquetar y trinar se puede usar referido a internet con el mismo sentido genérico que tienen, aunque trinar en español alude a bravata. Las demás palabras irán adquiriendo su forma en español y una vez decantadas entrarán al Diccionario de la Real. Algunas otras simplemente desaparecerán.
Profesor, ¿hay algún proyecto editorial propio entre manos para este año?
Ícono publicará este año, si todo sale como está planeado, una nueva edición de mi libro ‘Dónde va la coma’, que durante varios años editó Norma. Se trata de un libro por el que profesores, estudiantes y secretarias han seguido preguntando en las librerías.
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