Google+ Badge

Google+ Followers

Se você procura um serviço de tradução português-espanhol profissional e de máxima qualidade, podemos ajudar-lhe...

terça-feira, 22 de janeiro de 2013

LA PALABRA: TIRAR











Alexis Márquez
Ultimas Noticias.com (Venezuela)

«Tirar» es palabra polisémica, muy rica en significados. El DRAE le atribuye 39 acepciones, algunas divididas en más de un significado. Una sola, la 35ª, posee un valor erótico: 'coloq. Poseer sexualmente a alguien'.
Sin embargo, cada vez que la oímos o leemos es esta la primera acepción que se nos viene a la memoria casi en forma automática. Pero no es esa la única acepción de «tirar» referida al sexo.
En efecto, «tirar» no es solo 'poseer sexualmente a alguien', como en «Fulano se tira a la muchacha de servicio», sino también 'realizar el coito': «Ellos tiran todas las noches». Esta última no aparece en el DRAE.
Al margen de esto, el verbo «tirar» tiene muchos otros usos. Uno de ellos, de los más empleados, es arrojar o lanzar algo: «Ella tiró los restos a la basura»; «Voy a tirar toda esa porquería lejos de aquí»; «Ese muchacho siempre está tirando piedras».
También se usa con frecuencia con el valor de disparar un arma, principalmente de fuego: «La policía llegó tirando sin contemplaciones»; «Los tipos nos tiraban desde arriba»; «La tirazón era impresionante»; «Incluso tiraban cañonazos».
Se usa igualmente como sinónimo de despilfarro: «Ese tipo tiró todo el dinero que se había ganado»; «Él logró muchas riquezas, pero las tiró todas».
Es frecuente que el verbo «tirar» se emplee en el lenguaje de la imprenta: «Hoy hay que tirar el periódico temprano»; «De ese libro falta tirar dos pliegos»; «Ayer tiramos casi toda la revista».
El DRAE da como propio de Venezuela y de Cuba el uso de «tirar» en el sentido de 'Cerrar con fuerza algo, como una puerta': «Salió tirando la puerta»; «Salga por aquí, pero no tire la puerta».
Igualmente es frecuente el uso de «tirar» con el significado de arrastrar algo una persona o un animal: «Tira del armario de ese lado»; «La bestia tiraba la carreta con dificultad».
En el lenguaje coloquial es frecuente el uso de este verbo con el valor de echarse o arrojarse en un lugar: «Llegué muy cansado y me tiré en la cama»; «Había un sofá en el que provocaba tirarse»; «No había cama en el calabozo, por lo que me tiré en el suelo».
En algunos casos, especialmente en actividades como la política, es posible usar el verbo «tirar» en una frase con la que se representa una controversia más o menos permanente: «La política es un tira y encoge».



CON LA LENGUA: LOS NOMBRES DE LAS PERSONAS (1)








Alexis Márquez
Tal Cual.com (Venezuela)


La costumbre de poner nombres a las personas es muy antigua. Surgió cuando el aumento creciente de la población impuso la necesidad de identificar a cada quien, diferenciándolo de los demás. Al principio bastó con el nombre solo, sin apellido. Este apareció más tarde, cuando de nuevo el aumento de la población hizo necesario que se distinguiese entre personas que llevasen el mismo nombre.
A este propósito inicialmente se recurrió principalmente al lugar de origen o pertenencia, o al oficio u ocupación, hasta que se establecieron los apellidos propiamente. De esto hablaré más adelante.
De manera explícita distinguimos entre los nombres, estrictamente hablando, conocidos como nombres de pila o de bautismo, y los apellidos o nombres de familia. Esto da una idea de la relación, a veces muy indirecta y casi imperceptible, entre llevar algún nombre y las prácticas religiosas.
Pero lo que inicialmente fue una costumbre de orden práctico, por la necesidad, como ya se ha dicho, de identificar a los individuos y diferenciarlos unos de otros, con el tiempo se convirtió en un fenómeno cultural de enorme importancia, sobre todo por la multiplicidad de factores que en ello se involucran.
El aparentemente simple acto familiar de poner nombre a los hijos se ha convertido en un verdadero ritual, en el cual se han vinculado valores religiosos, como ya lo señalé, pero también tradicionales, filosóficos, literarios, mitológicos, sociológicos, etc.
De hecho, todos los elementos de la cultura en general están, de una manera u otra, vinculados con ese simple acto de poner nombres a las personas. Hasta el punto de que esta actividad, en apariencia solo doméstica y meramente familar, es un verdadero ejercicio de cultura.
Los nombres de pila tienen diversos orígenes. En la antigüedad era frecuente el empleo de nombres compuestos artificialmente, palabras que se formaban, expresamente o no, para darles nombre a determinadas personas.
Aristóteles, por ejemplo, es palabra compuesta de dos raíces griegas: aristos, que significa 'el mejor', y telos, que significa 'realización, resultado, fin, objeto'. Como nombre se hizo tal a partir de haberlo llevado el más famoso filósofo de la antigüedad.
Platón, el otro gran filósofo griego, se llamaba en realidad Aristocles, pero como era además un destacado atleta, con los músculos de los hombros sumamente desarrollados, su profesor de ginmasia le puso el sobrenombre de Platón, que a la larga se consagró como su nombre de pila.
El nombre de María, de origen hebreo, corresponde al de Miriam, hermana de Moisés y de Aarón. Durante mucho tiempo María se consideró demasiado sagrado, por lo cual no se usaba como nombre de pila.

VIDAS BREVES: ARTHUR RIMBAUD



Autor de "Una temporada en el infierno" e "Iluminaciones", el poeta que anticipó el surrealismo escribió toda su obra entre los 15 y los 20 años. Tuvo una relación fundamental y escandalosa con Paul Verlaine. Pasó la última década de su vida en un pequeño pueblo en Etiopía trabajando como comerciante, totalmente renegado de su vida como escritor.
POR ANDRÉS HAX - FUENTE: REVISTA Ñ


Si uno quisiera filmar una película de la vida de Arthur Rimbaud haría bien en comenzar con dos largas tomas que servirían como elementos básicos de la narración, pero también como claves simbólicas para ilustrar la gloria y la tragedia del poeta francés que murió en 1891 a los 37 años y que dejó de escribir a los 20.
Una toma sería del poeta caminando. Se podría filmar con la perspectiva desde el suelo, a unos cuatro metros detrás del caminante, mostrando su andar por los pastos altos de los campos de Francia, Italia y Bélgica. Y también por las calles adoquinadas de París y Londres de la segunda mitad del siglo XIX, acompañado por su mentor, amante y compañero maldito, Paul Verlaine.
La segunda, sería de la punta de la pluma de Rimbaud trazando palabras sobre hojas en blanco. Allí lo veríamos haciendo sus deberes de latín de la escuela primaria —fue alumno estrella de su colegio provincial— y la redacción de sus poemas inmortales (es uno de los pocos casos en que se puede usar este abusado término correctamente) que escribió entre los 16 y los 20 años.
Con esa misma pluma, muchos años después, lo veríamos en el desierto en Etiopía haciendo meticulosas cuentas de mercancías cuando ya había renunciado a la literatura, como lector y como escritor, en un intento de ganar una fortuna como comerciante de armas, especias, café y, algunos dicen, esclavos -aunque los más responsables investigadores descartan totalmente esta hipótesis.

Durante toda su vida Rimbaud caminó y escribió. Caminaba porque le gustaba, pero también porque tenía una manía por viajar y era pobre y muchas veces no tenía otra forma de movilizarse. Y escribió porque quería penetrar, a través del arte de la poesía, la misteriosa esencia de la vida a la manera de un místico.
En 1871, cuando tenía 17 años, Rimbaud le escribió a su profesor Georges Izambard: “Je est un autre” (Yo es un otro) y en esa misma carta, declaró su proyecto artístico: “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente... Consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos... Y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía”.
En 1878, cuando tenía 24 años, un médico le dijo que por caminar excesivamente sus costillas habían desgastado las paredes de su abdomen. Acababa de hacer una caminata desde Bélgica hasta Italia, dos veces.
Mientras que caminaba, o en los intervalos de calma, escribió versos cuyos contenidos y formas eran tan novedosos que no pudieron ser comprendidos hasta muchísimos años después de su primera aparición. Mientras escribía, quizás imaginaba viajes que, dada su pobreza, solo podía realizar a pie.
Pero el impulso subterráneo y esencial de esas dos actividades —caminar y escribir— es un secreto inhallable que ningún biógrafo descubrirá. Las pasiones y frustraciones de Rimbaud, sus talentos y búsquedas, se pueden enumerar y describir, pero eso no es lo mismo que entender. Sólo podemos mirarle la vida y la obra, y especular.
Entonces, estas dos tomas cinematográficas hipotéticas —el del caminante y del escribidor— sirven para indagar sobre los misterios de la vida de Rimbaud, que se pueden resumir en dos preguntas.
La primera: ¿Cómo puede ser que un niño de 16 años, sin ninguna preparación particularmente especial, haya entrado en una racha de producción creativa durante unos cuatro años, no más, que lo ubicó en el panteón de los panteones de los poetas líricos del mundo occidental, junto a Safo, John Donne, John Keats, Emily Dickinson y Ezra Pound? Y la segunda: ¿Cómo puede ser que semejante ángel de la palabra haya abandonado, abruptamente, a los 20 años aproximadamente, la tarea de escribir, como si lo que hizo no hubiera significado nada?
Por su rebeldía contra las normas de su tiempo, ha sido el idolo de cantantes de rock como Patti Smith y Jim Morrison (y también de innumerables adolescentes lectores). Pero por más caótica y anti-burguesa que fuera la vida de Rimbaud en su primera juventud, la base de su triunfo como poeta fue el trabajo riguroso y al fin de su vida volvió a abrazar los valores de un ciudadano respetable: su sueño era criar un hijo para ser ingeniero...
Rimbaud fue criado, junto a un hermano mayor y una hermana menor, en el pueblo de Charleville en el noreste de Francia por una madre que se autodenominaba viuda por la ausencia crónica de su marido. Rimbaud fue, lejos, el mejor alumno de su colegio. De hecho, sus profesores nunca habían visto un sujeto igual, hasta tal punto que uno dijo de él: “Es una máquina perfecta para triunfar en los exámenes.” De ahí que haya una leyenda acerca del niño Rimbaud que en un examen extremadamente exigente de tres horas se pasó las primeras dos mirando el techo, y en la última hora, con una velocidad supernatural, terminó la prueba consiguiendo los máximos honores.
Dentro de poco, Charleville le quedó chico y miró hacia París. Se había familiarizado con el ámbito cultural de la capital gracias a la lectura de revistas que le prestaban algunos profesores y conocidos de su pequeña aldea. Con apenas 16 años le escribió al poeta Paul Verlaine, uno de los pocos contemporáneos que el adolescente admiraba (y que le llevaba 11 años), mandándole unos versos. En poco tiempo recibió una respuesta: “Venga, querida y gran alma. Te esperamos. Te deseamos.” E incluyó un boleto de tren para el viaje.
Aquí empieza la segunda vida de Rimbaud, de la cual, años después en Harar, Etiopía, diría que fue solamente un episodio de borrachera. Fue eso y muchas otras cosas más. Verlaine estaba recién casado, aparentemente, para controlar sus tendencias de borracho y acomodarse en una situación financieramente más cómoda, ya que su esposa venía de una familia de dinero.
Sucede que Verlaine venía de una familia más complicada. Su madre guardaba sus primeros dos nacimientos –abortados espontáneamente- en frascos con alcohol en el cristalero del comedor. Una vez, en un ataque de ira en el cual le rogaba dinero a su madre para ir a beber, Verlaine estalló los frascos de sus dos hermanos homúnculos contra la pared.
Rimbaud, con manos de campesino y modales de un delincuente, entró al mundo burgués de Verlaine e hizo explotar todo. De golpe Verlaine y Rimbaud eran amantes, componían juntos poemas eróticos y escatológicos sobre el ano, se escaparon a Londres dos veces para vivir en la pobreza, se peleaban con cuchillos para entretenerse, se separaban y se reconciliaban –con viajes de por medio de la madre de Rimbaud para calmar las aguas en la casa Verlaine, mientras Verlaine intentaba volver a su vida en familia (tenía un hijo) y Rimbaud lo tentaba nuevamente al camino maldito.
Entre tanto Rimbaud escribió sus poemas y Verlaine los suyos.
Todo terminó mal, en un episodio tan violento y confuso como protagonizaron Van Gogh y Gauguin. Verlaine se había fugado a Bélgica. Allí estaba en un hotel con su suegra y su esposa. Desesperado, se había comprado un revolver de 7 milímetros. Ahí apareció Rimbaud. Se chocaron, se separaron y Verlaine le dio un tiro lastimándole levemente el brazo. Pero al día siguiente hubo otra confrontación que no terminó en disparos, pero sí, por una acusación de Rimbaud, llevó a la encarcelación de Verlaine por dos años. La reputación de los dos era infame, y Verlaine, aparte de ser acusado de intento de asesinato, fue sometido a humillantes y pseudocientificas pruebas para comprobar si era o no homosexual (le midieron la "dilatacion anal" y la forma del pene). La homosexualidad era un acto criminal en ese momento, y el juez determinó que Verlaine era culpable.
Nunca se vieron más, aunque después Verlaine fue fundamental en difundir la obra y reputación de Rimbaud. Rimbaud, por su lado, era despreciado en París. Los que lo conocían, lo consideraban un criminal en el mejor de los casos. Una etapa de su vida se había agotado. Con poco más de 20 años, Rimbaud le dio la espalda a la literatura.
En una breve pero magistral biografía, Edmund White escribió:
Hay que enfatizar que Rimbaud se despidió de la literatura para siempre. No la escribió ni la leyó más. Miraba a sus años creativos (de los 15 a los 19 años) como un tiempo vergonzoso, un tiempo de borrachera, de escándalo homosexual, de arrogancia y rebelión que lo llevó a ningún lado.
White también escribe una últil síntesis sobre la obra de Rimbaud:
Lo que es extraordinario es que en su breve carrera como escritor Rimbaud cubrió la historia completa de la poesía, desde versos en latín, pasando por los Románticos y el Parnasianismo y los simbolistas hasta el surrealismo, aun antes que existiera el surrealismo.
Y aquí comienza la tercera vida de Rimbaud, como comerciante en África. Solamente de esta etapa se han escrito varias biografías. En todas, los autores luchan para reconciliar al poeta con el hombre de negocios. Los únicos libros que Rimbaud le pedía a su madre desde África -nunca perdió en contacto con su madre, siempre le exigía y la buscaba- eran de ingeniería, geología y ciencias prácticas. Nunca consiguió la fortuna que buscaba. En las poquísimas ocasiones en las cuales fue recordado por su pasado como escritor, reaccionaba como si le estuvieran hablando de un extraño.
Aparte de su revolucionaria obra y su tumultuosa vida, la existencia de Rimbaud nos deja con una inquietante certeza: escribir bien — ¡escribir como un ángel! ¡O como un demonio!— no es suficiente para lograr la paz.
La última toma de nuestra película es de Rimbaud en una cama, devuelto a Francia, en un hospital en Marsella con la pierna amputada. Ya no es un niño genio. Si no fuera por sus ojos azul cristalinos pasaría por un árabe. Sus caminatas están terminadas y sus versos olvidados en un pasado remoto. El hombre tiene 37 años y está terminado, al borde de la muerte. Sus botas y su pluma no le sirven más.


Fuentes / Más Información

Rimbaud: the double life of a rebel, Edmund White (2008)
Rimbaud el hijo, Pierre Michon (1991)
Disaster was my God, Bruce Duffy (2011)
I promise to be good. The Letters of Arthur Rimbaud. Wyatt Mayson (ed.) (2003)

FUNDÉU RECOMIENDA...



Recomendación del día:

en sí mismo, concordancia
22/01/2013


El adjetivo mismo, en la expresión en sí mismo/-a, concuerda en género y número con aquello a lo que hace referencia: «Las alternativas son insuficientes en sí mismas».

Sin embargo, muchas veces en los medios de comunicación aparece mismo como si fuera invariable: «La declaración, en sí mismo, no resultó ser una clara acusación» o «Las subidas de impuestos suponen en sí mismo una declaración de intenciones».

Dado que lo apropiado es establecer la concordancia, lo adecuado en los ejemplos anteriores habría sido escribir «La declaración, en sí misma, no resultó ser una clara acusación» y «Las subidas de impuestos suponen en sí mismas una declaración de intenciones».
Se procura um serviço de máxima qualidade e profissionalidade, podemos ajudar-lhe