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terça-feira, 15 de janeiro de 2013


Profesores brasileños se formarán en español y cultura hispana en Comillas


Quince profesores de universidad procedentes de Sao Paulo (Brasil) realizarán, durante las próximas dos semanas, un curso de Lengua española y cultura hispánica en la Fundación Comillas, dentro de un programa coordinado y patrocinado por el Banco Santander.

Este programa conforma un proceso de inmersión en el que los participantes desarrollarán actividades tanto dentro como fuera del aula, teniendo el componente cultural como uno de los ejes fundamentales del curso, según ha informado la Fundación Comillas en un comunicado.
Entre sus objetivos principales está dotar al estudiante de las estrategias y conocimientos necesarios para desenvolverse en cualquier situación comunicativa perteneciente al nivel de lengua en el que se encuentra.
También busca desarrollar las actitudes y las destrezas necesarias para aplicar los conocimientos adquiridos y, finalmente, concienciar a los discentes de la necesidad de contextualizar el aprendizaje.
Además de la propia villa de Comillas, fuera del aula, los profesores visitarán lugares como Santillana del Mar, el Parque Natural de Oyambre, el Monte Corona, Santander, así como puntos de interés cercanos, como el Museo Guggenheim de Bilbao.
La inmersión en la cultura hispánica se verá reforzada con la realización de talleres de cocina, baile o cine, que complementarán la parte teórica impartida por los profesores-doctores del CIESE-Comillas.
El curso se llevará a cabo entre el 15 y el 25 de enero y el acto de inauguración estará a cargo de la directora general de la Fundación Comillas, Tatiana Álvarez Careaga, y el director del Área de Convenios de la División Global Santander Universidades, Fernando Ordóñez.
Este curso abre el calendario académico de la Fundación Comillas de cara al 2013.

LA ACADEMIA ESPAÑOLA Y LAS MUJERES





La Academia Española de la Lengua apuesta por abrir sus puertas a más mujeres
"Estoy completamente seguro de que habrá más mujeres en la Academia, porque es lo natural, lo normal, y porque en el mundo de la creación literaria y de otras disciplinas hay muchísimas que tendrían su sitio en esta institución", afirma Darío Villanueva.
EL UNIVERSAL –Venezuela.

Madrid.- La conmemoración del tricentenario de la Real Academia Española recordará, inevitablemente, "la injusticia" que significó en su momento la tardía incorporación de la mujer a la RAE, pero también reflejará la tendencia actual de contar con las mujeres, cuya presencia debe ser "cada vez más significativa".

"Estoy completamente seguro de que habrá más mujeres en la Academia, porque es lo natural, lo normal, y porque en el mundo de la creación literaria y de otras disciplinas hay muchísimas que tendrían su sitio en esta institución", afirma Darío Villanueva en la entrevista que concedió a Efe para hablar del tercer centenario de la RAE, que se celebrará de septiembre de 2013 a octubre de 2014.

Si el pasado martes Efe informaba de las numerosas iniciativas que hay programadas para recordar esta importante efemérides, entre ellas una gran exposición y la publicación de una nueva edición del Diccionario, hoy lo hace sobre una de las demandas sociales menos atendidas por la corporación durante demasiado tiempo: la admisión de mujeres.

"El diagnóstico de lo que pasó es obvio y tiene nombres concretos y episodios poco airosos", señala Villanueva, secretario de la RAE, antes de recordar algunos de esos episodios que con todo lujo de detalles cuenta también Alonso Zamora Vicente en su historia de la Real Academia Española, una obra que se reeditará con ocasión del tercer centenario.

Aparte del caso excepcional de María Isidra de Guzmán, admitida como académica honoraria en 1784, el primer intento serio lo protagonizó a mediados del siglo XIX Gertrudis Gómez de Avellaneda, que fue "la primera escritora que se presentó ella misma para ser académica".

Por aquella época los académicos no proponían candidatos sino que era el propio interesado quien lo hacía.

La escritora de origen cubano era muy respetada en los círculos literarios cuando intentó entrar en la Academia, y lo planteó en una petición "serena, comedida y respetuosa. Nada de la presunción y la falsa modestia de tantas y tantas gentes de letras", afirma Zamora Vicente en su libro.

Pero los académicos del XIX eran fiel reflejo de la sociedad de su tiempo, que no entendía que una mujer formara parte de estas instituciones, y, de hecho, no se les permitía entrar en la Biblioteca Nacional.

Después de muchos debates, continúa recordando Darío Villanueva, "se produjo una reacción totalmente injusta, que sentó la base de una supuesta norma que nunca llegó a estar escrita: que en la Academia no había plazas para mujeres. Y esa norma se le aplicó luego a Emilia Pardo Bazán" en 1912. "No hay sitio para señoras", le dijeron de nuevo.

La diferencia entre una y otra escritora la señala Zamora Vicente. Y es que Pardo Bazán, una autora consagrada por aquel entonces y cuyas relaciones sentimentales con Pérez Galdós y con Lázaro Galdiano "eran conocidas de todos", tenía "mal genio y era soberbia y vanidosa".

El hecho de "figurar en primera línea en el cotarro literario debía de despertar recelos, cuando no francas antipatías, hacia doña Emilia", y a los ilustres académicos les fue más fácil rechazar su petición aunque sabían que su decisión podía levantar polvareda, como así fue.

Luego se olvidó esa norma y en los años veinte Blanca de los Ríos fue admitida a votación pero no triunfó su candidatura. En 1972, cuando resultó elegido Emilio Alarcos, competía con él María Moliner, "muy admirada por todos" y autora del "Diccionario de uso del español", pero consiguió más votos Alarcos porque con él llegaba la lingüística moderna a la Academia.

Carmen Conde ingresó sin ningún problema en 1979, como después lo hicieron Elena Quiroga, en 1984, y Ana María Matute, en 1998. Dos años más tarde sería elegida académica la historiadora Carmen Iglesias y en 2001, la científica Margarita Salas.

"Qué vamos a hacer!", se lamenta Darío Villanueva en su entrevista con Efe. "La Historia no la podemos reescribir. La clave está en el presente y en el futuro".

Las cosas han cambiado sensiblemente en la Academia en los últimos años, aunque la proporción entre ambos sexos sigue siendo desigual. Pero en la RAE no funcionan las cuotas. Se entra en ella por los méritos del candidato.

La novelista Soledad Puértolas es académica desde 2010, la filóloga Inés Fernández Ordóñez lo es desde 2011, y en los próximos meses leerá su discurso de ingreso la escritora Carme Riera, elegida en abril de 2012. En la actualidad hay, pues, seis mujeres académicas de un total de 46 plazas.

"Igual que en el pasado pudo haber prejuicios injustos y difícilmente presentables, esos prejuicios hoy ya no existen en absoluto. Por lo tanto, hay que darle tiempo al tiempo", dice el secretario de la RAE.

"2013 y 2014 son años del centenario. Cuando menos va a haber un ingreso de una académica, Carme Riera, pero estoy completamente seguro de que habrá más mujeres, porque es lo natural, lo normal y es la tendencia que la propia Academia quiere practicar", concluye Villanueva.

ENSAYO





Apogeo y decadencia de Occidente
Por Mario Vargas Llosa | Para LA NACION



En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto , Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante 500 años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la Reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharia . Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979, cuando los ayatollah emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la "occidentoxicación" y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias aunque es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella -la Inquisición, el nazismo, el fascismo, el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo-, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos, pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada "la Jerusalén china", en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos "jefes cristianos" de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica, y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado -Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica-, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo, reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen sólo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente -mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía- tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en Nueva York, a ver la película Zero Dark Thirty , de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama ben Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
© LA NACION.

HOMÓFONOS


Un título que sorprende a algunos e indigna a otros
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |

Una semana activa, esta primera del año, por lo menos para los lectores de Línea directa. Muchos de ellos han comprobado que los homófonos siguen dándoles problemas a algunos hablantes del español. Un homófono, vale la pena recordarlo, es aquella palabra que "suena de igual modo que otra, pero que difiere en el significado" (el Diccionario de la RAE dixit); por ejemplo, tubo y tuvo, huno y uno, baca y vaca. El problema empieza cuando se pasa a la lengua escrita.
Homófonos son, también, revelar y rebelar. Revelar, del latín revelare, significa "descubrir o manifestar lo ignorado o secreto", "proporcionar indicios o certidumbre de algo" y, también, dicho de Dios, "manifestar a los hombres lo futuro u oculto" (por supuesto, también está la acepción para fotografía, "hacer visible la imagen impresa en la placa o película fotográfica"). Rebelar, del latín rebellare, significa "sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida".
De acuerdo con estas diferencias, no es extraño entonces que varios lectores coincidieran en escribir, el lunes pasado, correos electrónicos con distinto espíritu, desde indignados hasta risueños, para aclarar el uso correspondiente. Decía Elsa Irene Scopazzo: "En la entrevista a Ricardo Darín de ayer en LA NACION, en la sección Espectáculos, hay un título ambiguo. El actor dice: «Creo en la justicia, por eso me revelo». Es decir, se muestra como es ¿o habrá querido decir «me rebelo»", es decir, me sublevo? Creo que la segunda opción es la más coherente. He aquí un interesante caso de homófonos".
Más o menos en el mismo sentido escribieron Valerio Yácubson y Amelia Musacchio de Zan. En el caso del lector Yácubson, este agregó otro ejemplo: "Hoy leía el artículo de Mario Vargas Llosa sobre Sartre, «Sartre y sus ex amigos, a la distancia». Un párrafo me llamó la atención: «Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones».
¿Un debelador? Vargas Llosa, admirado maestro de la lengua, no puede cometer un error. Busqué, como de costumbre, en el Diccionario de la RAE. Encontré lo siguiente: «debelar. (Del lat. debellare). 1. tr. Rendir a fuerza de armas al enemigo» y «develar. (Del lat. develare, levantar el velo). tr. Quitar o descorrer el velo que cubre algo». Pues bien, Vargas Llosa no cometió ningún error y yo aprendí una palabra que desconocía".
Aclarada la confusión, y para los lectores que no lo advirtieron, el mismo lunes 7/1 se publicó, también en la sección Espectáculos de este diario, página 3, ángulo inferior izquierdo, con el título "Errata", lo siguiente: "En la entrevista a Ricardo Darín que se publicó en la edición de ayer de este suplemento se escribió revelo en lugar de rebelo".
Nunca se termina de aprender a dominar el idioma que nos ha tocado en suerte, lo cual no es un desconsuelo, sino un estímulo y un beneficio. Y para concluir, un muy didáctico tuit de la RAE: "@OrtografíaHoy Están bien escritas: Al cóctel la mánayer llegó muy sexi y pidió un wiski. Su novio lucía extraño con bluyín, esmoquin y un pirsin".
© LA NACION.

LA LENGUA VIVA








Lecciones de cosas
Amando de Miguel

Se me quedó grabado para siempre un librito que dimos en el lejano bachillerato. Se titulaba Lecciones de cosas. Era la explicación de todo lo imaginable, fuera de la naturaleza o de la industria. A veces me imagino que esta seccioncilla es también un popurrí de todas las posibles curiosidades sobre el lenguaje, que son interminables. La fuente principal de este acopio es lo que oigo a través de los medios o en la calle. Me ayudan mucho los envíos de los simpáticos libertarios. Recordemos que una cosa es la lengua (lo que explican los gramáticos y afines) y otra el lenguaje, esto es, el uso que hace la gente de la lengua. En el lenguaje la clave no es tanto si está bien dicho o mal dicho, sino si se dice, cómo se dice y por qué.
Jesús del Álamo ha recogido un nuevo palabro: pagapensiones. Supongo que se refiere a la gente que vive de algún subsisidio o pensión. Se me ocurre que quizá sea afín a otro neologismo popular:pagafantas, más o menos el individuo en el escalón más bajo de la pirámide social. Espero que algún libertario nos aclare estos terminachos que todavía no han llegado a los diccionarios y que yo no tengo muy claros.
Planteaba yo aquí la incógnita del verbo cabrear, lo extraño que resulta su posible asociación con cabrón, lo que lo convierte en una voz malsonante. Ignacio Frías nos aclara el curioso étimo de esa voz. Procede del latín capibrevium, la acción de recuperar algo a lo que se tiene derecho del modo más expedito posible. En rigor, era el procedimiento judicial para exigir los pagos de algunas deudas atrasadas. De ahí la sensación de "enfado de quien recibe una reclamación que no esperaba". Es decir, el estado de cabreo. Visto así, no hay relación alguna con cabrón, por lo que no procede pedir perdón cuando se emplea la voz cabrearse. José María Navia-Osorio no ve que tenga una connotación sexual, pero no ve "elegante" esa palabra. Sí avanza que "encabronarse es más grave que cabrearse". El mínimo sería enfurruñarse.
Con algunas palabras malsonantes ocurre algo curioso. Pueden ser obscenas en su significado original, pero se lavan elegantemente en algunas otras derivadas o afines. Consideremos la voz carajo. Es de origen incierto, pero existe en las lenguas romances con el mismo sentido de miembro viril. Por tanto, no debe dejarse caer en una conversación culta o semiculta; por ejemplo, una tertulia. Pero sí se puede decir "carajal" (= lío, confusión, caos) y, desde luego, "carajillo" (= café con coñac), palabras, si no elegantes, sí populares. Caben también algunos ñoñismos para no pronunciar la palabra vitanda:caray, caramba, carape, caracho, caracoles. Tantos eufemismos nos indican que la voz primigenia es sumamente útil en el lenguaje coloquial.
Aviso. Comunico a los libertarios interesados que voy a dar un seminario sobre "Sociología del lenguaje" en la Universidad Tomás Moro (para mayores de 40 años). El seminario consta de 5 sesiones de hora y media cada una. Se impartirán los lunes de 7:30 a 9:00. El primero será el 18 de febrero. Los alumnos recibirán una copia de cada lección correspondiente. La matrícula está abierta en la Universidad Tomás Moro, calle Fortuny, 39 (junto a la Castellana, metro Rubén Darío). Información en ese centro. Teléfono: 696 76 86 09 o bien 91 432 76 81. Las plazas son realmente limitadas.

Contacte con Amando de Miguel: http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/lecciones-de-cosas-66969/
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