Google+ Badge

Google+ Followers

Se você procura um serviço de tradução português-espanhol profissional e de máxima qualidade, podemos ajudar-lhe...

terça-feira, 8 de janeiro de 2013

TRICENTENARIO








La RAE celebra su tricentenario con austeridad y con nostalgia del futuro
Ana Mendoza – Agencia EFE

Una gran exposición sobre la historia de la Real Academia Española inaugurará, en septiembre de este año, la celebración del tercer centenario de esta institución, que culminará en octubre del 2014 con una nueva edición del Diccionario. «Será un centenario austero pero sin renunciar a hacerlo significativo».
De esa austeridad, y de las diversas iniciativas que hay programadas, habla en una entrevista con Efe el secretario de la RAE, Darío Villanueva, quien afirma que se aprovechará la ocasión para «transmitir todavía más el legado histórico de la Academia» y para perfilar su futuro, «cuya clave está en la sociedad digital».
La Academia no desea que este tercer centenario pase «sin pena ni gloria», como sucedió con el segundo, en el que se hizo «alguna sesión extraordinaria» y se comenzó a publicar el Boletín de la Real Academia Española, que en el 2014 cumple cien años, recuerda Villanueva.
Pero tampoco se trata de programar «unos fastos que resulten inaceptables» para la situación actual de crisis. La RAE se financia al cincuenta por ciento con recursos propios y el resto con la aportación del Estado, que para el 2013 ha disminuido un 37 %. Esos recortes han obligado a diseñar un tercer centenario «sostenible».
Todo comenzó en agosto de 1713, bajo «aquella oleada de impulso ilustrado que hubo en el XVIII español y que dio lugar también a la creación de otras instituciones, como la Biblioteca Nacional».
Un grupo de eruditos y de nobles, liderados por el marqués de Villena, empezó a reunirse dispuestos a subsanar «una carencia importante: la lengua española no tenía un diccionario a la altura de las circunstancias».
En octubre de 1714 el rey Felipe V reconoce con una real cédula la existencia de la Academia, cuyos miembros «trabajaron mucho» para comenzar a publicar el Diccionario de autoridades en 1726 y terminar sus seis tomos en 1739. Todo un récord para los medios que había entonces.
Luego vendrían la Gramática, la Ortografía y ediciones de obras clásicas, «como el famoso Quijote ilustrado de 1780».
Han sido tres siglos de servicio a la lengua española y de lucha por su unidad. Y tres siglos en los que la irrupción de las nuevas tecnologías, en el último tercio del XX, ha dado un vuelco total a la labor de esta institución, que prepara sus grandes obras de referencia de forma «totalmente coordinada» con las 21 Academias de la Lengua Española restantes y que trata de ser útil «a todos los hispanohablantes, especialmente a la gente más joven», a los llamados «nativos digitales», subraya el secretario.
La conmemoración del tricentenario le prestará atención al pasado, pero «no será puramente nostálgica». Habrá también esa "nostalgia del futuro" de la que hablaba el poeta», comenta Villanueva.
Esa doble vertiente estará presente en «la magna exposición» que se inaugurará el próximo mes de septiembre en la Biblioteca Nacional y cuyos comisarios son la historiadora Carmen Iglesias y José Manuel Sánchez Ron, historiador de la ciencia. Podrá verse en otras ciudades españolas y quizá viaje a América.
Con fondos de la propia RAE y de otras instituciones, la exposición revisará el pasado de la Academia sin olvidar el siglo XXI, «donde las instancias y las urgencias son muy distintas». Habrá también «una presencia muy llamativa de la irrupción de las nuevas tecnologías en el trabajo académico», añade Villanueva, que da por hecho que la familia real estará presente «en los acontecimientos fundamentales del centenario».
El cierre del tricentenario será la publicación, en octubre del 2014, de la XXIII edición delDiccionario de la Real Academia Española (DRAE), cuya edición en línea, que algunos meses ha superado los 70 millones de consultas, ha ido incorporando desde el 2001 las numerosas novedades aprobadas por las 22 Academias a lo largo de estos años.
Coincidiendo con la publicación del DRAE, se celebrará un encuentro internacional sobre el futuro de los diccionarios en la era digital, en el que participarán «los más importantes editores de diccionarios del mundo», además de lexicógrafos, lingüistas, informáticos y las grandes compañías de distribuidores de contenidos y soportes digitales, como Amazon, Google, Microsoft o Apple.
Pero hay muchas más actividades programadas: habrá jornadas de puertas abiertas, que suelen despertar «un gran interés» en la sociedad, y habrá también «uno o dos plenos abiertos al público», fuera de Madrid, como el que se celebró el pasado mes de noviembre en Cádiz con motivo del bicentenario de la Constitución de 1812.
Se reeditará la Historia de la Real Academia Española, de Alonso Zamora Vicente, y habrá una nueva historia de esta institución, redactada por Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes y director honorario de la RAE.
Se publicarán además ediciones conmemorativas del centenario con obras narrativas de académicos. Benito Pérez Galdós y Pío Baroja abrirán esa serie, para la que se barajan también nombres de novelistas más recientes, pero Darío Villanueva prefiere reservarse de momento ese dato.
Para los más jóvenes, se convocará un concurso nacional de redacción y cuentos, «en complicidad con alguna institución dedicada a promover la lectura», y en colaboración con RTVE, se quiere realizar un gran archivo audiovisual de la historia académica.
En el ámbito del cine, se había proyectado con José Luis Borau y Soledad Puértolas un ciclo sobre la Academia y el cine, con adaptaciones a la gran pantalla de obras firmadas por académicos.
«Tras la muerte de Borau el proyecto continúa como homenaje a quien ha sido uno de los hombres de cine más importantes», afirma Villanueva.

ELOGIO Y DEFENSA DEL "VIEJO" LIBRO



¿Qué hace un lector devoto cuando su vista, edad mediante, ya no es la misma? El neurólogo Oliver Sacks analiza su propio caso y la renuencia a los soportes tecnológicos. Además, la escritora Florencia Abbate cuenta por qué prefiere el libro en formato clásico.
POR OLIVER SACKS*

Acabo de publicar un libro, pero no lo puedo leer porque, como millones de otras personas, tengo problemas en la vista. Tengo que usar una lupa, y eso resulta lento y engorroso porque el campo es muy limitado y no se puede abarcar una línea completa, mucho menos un párrafo, de una sola mirada. Lo que necesito es una edición en letra grande, que pueda leer (en la cama o en el baño, donde hago la mayor parte de la lectura) como cualquier otro libro. Algunos de mis libros anteriores existían en ediciones de letra grande, algo invalorable cuando me pedían que hiciera una lectura en público. Ahora me dicen que la versión impresa no es “necesaria”, que tenemos e-books, que nos permiten aumentar a nuestro antojo el tamaño de la letra.
Pero no quiero un Kindle, un Nook ni un iPad, cualquiera de los cuales podría caerse en el baño o romperse, y que tienen controles para los cuales necesitaría una lupa. Quiero un libro de verdad, de papel impreso, que tenga peso, que huela a libro, como los libros de los últimos 550 años, un libro que pueda guardarme en el bolsillo o poner con los demás en la biblioteca, donde pueda divisarlo en momentos inesperados.
Cuando era chico, alguno de mis familiares mayores, así como un primo que tenía problemas de vista, usaban una lupa para leer. La aparición de los libros de letra grande en la década de 1960 fue para ellos un regalo del cielo, como para todos los lectores que veían mal. Florecieron las editoriales especializadas en ediciones en letra grande para bibliotecas, escuelas y lectores, y siempre se las podía encontrar en librerías o bibliotecas.
En enero de 2006, cuando mi vista empezó a declinar, me pregunté qué podría hacer. Había audiolibros –yo mismo he grabado algunos–, pero era un lector por antonomasia, no un oyente. Soy un lector empedernido desde que tengo memoria, y con frecuencia recuerdo de forma casi automática números de página o el aspecto de párrafos y páginas. Quiero libros que me pertenezcan, libros cuya paginación íntima se me haga familiar y querida. Mi cerebro necesita lectura, y la respuesta reside, para mí y con toda claridad, en los libros de letra grande.
Pero ahora cuesta mucho encontrar en las librerías libros de calidad impresos con letra grande. Lo descubrí cuando hace poco fui a Strand, una librería famosa por sus miles de estanterías que visito desde hace cincuenta años. Sí, tenían una (pequeña) sección de letra grande, pero consistía sobre todo en novelas baratas y manuales. No había recopilaciones de poesía, teatro ni biografías. Tampoco ciencia. No estaba Dickens, ni Jane Austen, ninguno de los clásicos, nada de Bellow, Roth ni Sontag. Salí frustrado, y también furioso: ¿las editoriales pensaban que los discapacitados visuales eran también discapacitados intelectuales?

Memoria y experiencia
Leer es una tarea de gran complejidad, en la que intervienen muchas partes del cerebro, pero no es una habilidad que los seres humanos hayan ido adquiriendo en el transcurso de la evolución (a diferencia del discurso, que tiene raíces mucho más profundas).La lectura es un avance relativamente reciente, cuyos comienzos se remontan tal vez cinco mil años en el tiempo y que depende de una pequeña zona de la corteza visual del cerebro. Lo que ahora llamamos el área visual de formación de palabras (VWFA por la sigla en inglés) es parte de una zona cortical que evolucionó hasta reconocer formas básicas en la naturaleza, pero que puede reutilizarse para el reconocimiento de letras o palabras. Ese reconocimiento elemental de formas o letras es sólo el primer paso. A partir de esa área visual de formación de palabras deben hacerse conexiones de doble vía a muchas otras partes del cerebro, entre ellas las responsables de la gramática, los recuerdos, asociaciones y sentimientos, de modo tal que letras y palabras adquieran sus significados específicos. Cada uno de nosotros forma vías nerviosas únicas relacionadas con la lectura, y cada uno lleva al acto de leer una combinación única, no sólo de memoria y experiencia, sino también de modalidades sensoriales. Algunos pueden “escuchar” los sonidos de las palabras a medida que leen (a mí me pasa, pero sólo cuando leo por placer, no cuando leo con fines de información); otros pueden visualizarlas, de forma consciente o no. Algunos pueden tener una aguda conciencia de los ritmos acústicos o los énfasis de una frase; otros son más conscientes de su aspecto o su forma.
En mi libro El ojo de la mente , describo a dos pacientes, ambos escritores, que pierden la capacidad de leer como consecuencia de una lesión cerebral en la VWFA, que está cerca de la parte posterior del hemisferio izquierdo del cerebro (quienes padecen ese tipo de alexia pueden escribir, pero no leer lo que escriben). A pesar de ser editor y un amante del texto impreso, uno de ellos se volcó de inmediato a los audiolibros para “leer”, y empezó a dictar sus propios libros en lugar de escribirlos. La transición le resultó fácil; de hecho, pareció algo natural. El otro, un escritor de novelas policiales, estaba demasiado habituado a la lectura y la escritura como para abandonarlas. Siguió escribiendo (en lugar de dictar) y descubrió, o ideó, una extraordinaria nueva forma de “lectura”: su lengua empezó a copiar las palabras que tenía delante, trazándolas en la parte posterior de los dientes. Leía, en efecto, mediante el recurso de escribir con la lengua empleando las zonas táctil y motriz de la corteza. También pareció ocurrir de manera natural. Al recurrir a sus fortalezas y experiencias individuales, el cerebro de cada uno encontró la solución adecuada, la adaptación a la pérdida.

Nuevas formas de leer
Para alguien que nace ciego, sin imágenes en absoluto, la lectura es una experiencia esencialmente táctil, a través del relieve de la impresión en Braille. Los libros en Braille, al igual que los libros con letra grande, son cada vez menos en la actualidad, a medida que la gente recurre a los audiolibros, más baratos y abundantes, o a los programas de voz digital. Pero hay una diferencia fundamental entre leer y que nos lean. Cuando es uno el que lee, ya sea por medio de los ojos o de un dedo, es libre de avanzar o retroceder, de releer, de reflexionar o fantasear en medio de una frase: uno lee según su propio tiempo. Que nos lean, o escuchar un audiolibro, son experiencias más pasivas, sujetas a los caprichos de otra voz y que se desarrollan en el tiempo del narrador.
Si avanzada la vida nos vemos obligados a aprender nuevas formas de leer –de adaptarnos a una menor visión, por ejemplo–, cada uno debe hacerlo a su manera. Algunos podremos pasar de leer a escuchar; otros seguirán leyendo mientras les sea posible. Algunos podrán agrandar la letra en sus lectores de libros electrónicos; otros lo harán en sus computadoras. Nunca he adoptado ninguna de esas tecnologías. Por ahora, por lo menos, me atengo a la anticuada lupa (tengo una docena, de diferentes formas y potencia).
La escritura tendría que ser accesible en la mayor cantidad posible de formatos: George Bernard Shaw decía que los libros eran la memoria de la humanidad. No debería permitirse que desapareciera ningún tipo de libro, ya que todos somos individuos y tenemos necesidades y preferencias muy específicas, preferencias que llevamos grabadas en todos los planos del cerebro, en redes y configuraciones nerviosas individuales que crean una relación profundamente personal entre autor y lector.

(c) The New York Times, 2013.

Traduccion de Joaquin Ibarburu.

* Sacks es un escritor y neurólogo inglés. Profesor de neurologia clinica en la Escuela de Medicina Albert Einstein y profesor adjunto de neurología en la Universidad de Nueva York. Escribió, entre otros, “Despertares” y “Musicofilia”

Millón y trillón: uso apropiado en español








Según explica el Diccionario panhispánico de dudas, el billion inglés equivale en español a mil millones o un millardo, denominación menos utilizada, y no a un billón ('un millón de millones').

No confundirlo con el billion norteamericano.

Se ha levantado un gran revuelo desde que la RAE anunció que el billón, que ha sido desde que empezamos con las matemáticas «un millón de millones, que se expresa por la unidad seguida de doce ceros», también puede referirse a mil millones si se trata de un estadounidismo.
Hasta ahora la traducción que ofrecía nuestra academia para el billion estadounidense, y también británico, era la de millardo (DPD, 2005). El que se mostrase reticente a utilizar este vocablo de origen francés, tenía la posibilidad de denominarlo mil millones.

Según el Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:
billón
1. m. Un millón de millones.
♦ Va precedido por de cuando le sigue el nombre de aquello que se numera:
un billón de unidades.
2. Signo con que se representa este número:
1.000.000.000.000.
3. En Estados Unidos, mil millones.

Téngase en cuenta que el billion norteamericano, al igual que en Brasil, Portugal e Italia, equivale a mil millones, lo mismo que en francés milliard.
En Inglaterra, Francia y Alemania posee el mismo valor que en España: un millón de millones.
En español, un billón es ‘un millón de millones’(1012), y un trillón, ‘un millón de billones’ (1018).
Pese a ello, algunos medios de comunicación utilizan en nuestra lengua billón con el significado de ‘mil millones’ (109), y trillón, con el de ‘un billón’ (1012):
«El objetivo era conseguir el apoyo para la ampliación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera hasta un trillón de euros, desde los 440 billones actuales»; «Italia tiene una deuda pública superior a 1,9 trillones de euros».
Se trata de un error basado en una mala traducción del inglés, dado que en este idioma un billion equivale a mil millones, y un trillion, a un billón; el empleo equivocado de estos términos puede confundir a los destinatarios de las noticias en las que aparecen.
Lo apropiado en los casos citados, según el Diccionario académico y el Diccionario panhispánico de dudas, habría sido hablar de «... la ampliación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera hasta un billón de euros, desde los 440 000 millones actuales (o los 0,44 billones actuales)» y de que «Italia tiene una deuda pública superior a 1,9 billones de euros».
Según Wikipedia:

El billón anglosajón
En el siglo XVII una corriente de matemáticos minoritaria inglesa adoptó la denominación de billion para mil millones (109 ó 1 000 000 000), número que el resto llamaba millardo(milliard). Este significado es el que se ha mantenido en el inglés estadounidense, el portugués brasileño, el griego y el turco; en inglés británico el término billion mantuvo su denominación tradicional de 1012 hasta 1974, año a partir del cual comenzó a equivaler oficialmente al número 109, pasando por lo tanto a coincidir con la histórica acepción norteamericana de esa palabra. Vale aclarar, entonces, que el número billón (en castellano), al que se hace referencia en la entrada original, equivale, en el léxico anglosajón, a la cifra denominada como trillion (en inglés). Billón (1012) es igual a trillion (1012). O bien, billón equivale en números a: 1 000 000 000 000, al igual que trillion, que también equivale a 1 000 000 000 000.2 Hay que destacar que en Reino Unido en la enseñanza se sigue denominando "billion" para un millón de millones pero debido a la influencia norteamericana poca gente se da cuenta de la diferencia entre su uso en Estados Unidos.
Errores frecuentes de traducción
Debido a lo explicado se suelen cometer errores al traducir artículos del inglés a otros idiomas. Incluso los propios británicos pueden llegar a desconocer si en un texto en lengua anglosajona se habla de «mil millones» o «millón de millones», ya que ambos usos coexisten aún en la actualidad. No obstante, con el paso de los años -y debido en gran medida a la creciente influencia estadounidense- el primero se ha vuelto bastante dominante en el Reino Unido, frente a la franca decadencia del segundo, hasta el punto de considerarse oficial en 1974. Un análogo error suele surgir cuando se traduce el número trillion. Por ejemplo, el PIB de los Estados Unidos, que en inglés (sobre todo norteamericano) es de unos 15 trillion US dollars, corresponde a «sólo» 15 billones de dólares en español, francés, italiano, sueco y otros idiomas (aunque, por supuesto, ambas denominaciones se refieren exactamente a la misma cifra, 15x1012). A instancias del fallecido expresidente venezolano Rafael Caldera, la Real Academia Española decidió crear la palabra «millardo»3 con el significado de "mil millones", similar a la ya existente en francés e italiano, para así intentar facilitar la traducción de la palabra billion encontrada en los libros y obras escritos en inglés norteamericano. No obstante, el término «millardo» no suele ser muy usado en América Latina, a excepción de la propia Venezuela.
Billones y «billonarios»
Como se mencionó anteriormente, si billion se traduce por «mil millones», análogamente billionaire debería traducirse como «mil millonario», «milmillonario», «millardario» o —en forma bastante menos precisa— «multimillonario». De hecho, la palabra «billonario» es un claro error de traducción, ya que nunca ha existido persona alguna que haya llegado ni siquiera a aproximarse a poseer activos por valor de un billón de dólares de la escala larga (USD 1.000.000.000.000);William Bill Henry Gates III (nacido en 1955), uno de los co-fundadores del actual gigante informático MicrosoftCorporation, alcanzó a acumular, a fines de la década de 1990, una fortuna personal de unos 90.000 millones de dólares (es decir, unos 0,09 billones). Por su parte, según el Libro Guinness de récords mundiales, el magnate petrolero John Davison Rockefeller (1839–1937) llegaría a tener activos del orden de los 190.000 millones de dólares (0,19 billones), actualizados a valores presentes.

Ser escritor, el oficio de lo incierto








¿Quién o qué define cuándo alguien puede ser considerado un escritor? ¿El público, las editoriales, la crítica, el mundo académico? Autores, editores y docentes opinan sobre el tema.
POR SILVANA BOSCHI

"Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a la vez.” (Jorge Luis Borges).
La frase instala en el campo de las no-certezas la siguiente cuestión: ¿Qué define quién es un escritor? ¿La aceptación de las editoriales, los lectores, la crítica? ¿El reconocimiento de los colegas, las universidades, las instituciones, los premios literarios? ¿O es la calidad de la obra y su permanencia en el tiempo lo que convierte a alguien que escribe en un “escritor” con mayúsculas?

Por vocación, por oficio o por afán de figuración, muchísima gente quiere escribir y muchos lo consiguen. Basta con entrar en una librería para darse cuenta. En la mesa de novedades, las filas de libros son infinitas. Y las promesas de las contratapas sobre la calidad de la obra, también. Todos los meses, las editoriales publican libros como si fuesen periódicos, y es sabido que en Argentina los talleres literarios y los cursos sobre literatura tienen un público nutrido. Pero no cualquiera, aunque tenga algún texto publicado, es un escritor.

Hay contraejemplos para todas las apuestas. ¿Es escritor quien escribió muchos libros? El mexicano Juan Rulfo alcanzó renombre con sólo dos: Pedro Páramo y El llano en llamas. El checo Franz Kafka publicó unas pocas obras, y el resto –incluyendo trabajos incompletos– fueron publicados por su amigo Max Brod, quien decidió ignorar los deseos del autor de que sus manuscritos fueran destruidos luego de su muerte. ¿Es escritor quien consigue que una editorial lo acepte y no quien se autopublica? Borges pagó la edición de su primera obra, y también Marcel Proust, por dar dos ejemplos fundamentales.

La polémica sobre quién puede ser definido como autor adquirió actualidad cuando se aprobó en Buenos Aires, en 2009, la pensión para el escritor. Entre muchos otros requisitos, figura que –para acceder al beneficio– hace falta haber publicado más de cinco libros, pero que no hayan sido ediciones pagadas por el propio autor.

Para el narrador Abelardo Castillo “ser escritor no es publicar, no es tener éxito ni ninguna de esas cosas. Kafka no se sentía escritor, Virgilio quería quemar La Eneida y la poeta Emily Dickinson no publicó nunca (su obra es póstuma). Los lectores y, sobre todo, el tiempo son los que deciden; pero a veces hay una convicción profunda de algunas personas que les hacen decir soy un escritor. Entonces, es también una decisión personal, sólo que esa decisión personal no siempre basta”.

En diálogo con Ñ, Castillo agrega: “La palabra profesional no existe en la literatura. Un escritor profesional es un artesano aplicado, que puede escribir casi sobre cualquier cosa. Un escritor, un poeta, es cualquier cosa menos un profesional, a menos que le demos a la palabra profesión su antiguo valor etimológico, el de profesar. Como se profesa una idea, una fe religiosa. Lo otro es más o menos como pensar que alguien que estudió filosofía es un filósofo. Yo me considero un perfecto amateur en literatura”.

“Hace poco –señala Castillo– una nota de Juan Forn me recordó algo que había olvidado. En Rusia, en un juicio contra el poeta Brodsky, el fiscal le preguntó: ¿A usted quién lo autorizó a decirse poeta?, Brodsky le contestó: ¿Y a usted quién lo autorizó a llamarse hombre? En realidad, uno se siente poeta o se siente escritor, y eso, en efecto, lo decide uno mismo, pero siempre hay un contexto externo que te hace escritor”.

Claudia Piñeiro, ganadora del premio Clarín de novela, recuerda una anécdota referida a este interrogante. “En la presentación de un libro mío, un hombre de unos cincuenta años me dijo: ‘compré su novela’, y yo le dije ‘espero que aparte de comprarla, la lea’. Entonces me contó que era la segunda novela que iba a leer en su vida, pero que ya llevaba diez escritas. A mí eso me impresionó bastante”.

“Por mi parte –agrega Piñeiro– me sentí escritora con el primer libro publicado, que quedó finalista en España. Un amigo me mandó una foto del libro en El Corte Inglés y pensé: por ahí yo voy para ese lado, el de ser escritora”.

Guillermo Martínez, autor de Crímenes imperceptibles, señala que “en mi caso, siempre pensé que un escritor es alguien con cierto volumen de obra escrita. Me prometí considerarme escritor cuando tuviera diez libros escritos, algo que recién cumplí este año. Pero desde siempre sentí que escribir era una parte de mi vida, la parte a la que finalmente fui más consecuente. Ahora bien, más allá de esta acepción ‘democrática’, en los círculos literarios la palabra se usa como contraseña para distinguir niveles. Por ejemplo, en la expresión ‘Te puede gustar o no, pero es un escritor’.

Aquí, ‘escritor’ reconoce a quien tiene, además de libros publicados, algo nuevo o interesante para decir, algo personal, un mundo propio, que sobresale y se reconoce de algún modo. Entre estos dos extremos están todas las gradaciones posibles”.

Martínez pone como ejemplo el caso de su padre que “nunca publicó en su vida y dejó una obra escrita apabullante”. Y resalta que “Borges fue ignorado por nuestras facultades hasta 1965 y atacado durante muchos años más”. También se pregunta: “¿Es necesario tener el reconocimiento de lectores? No: Di Benedetto y su obra tanto tiempo no leída. ¿Es necesario haber sido publicado por un editor? No: otra vez Borges y tantos otros, que se publicaron a sí mismos el primer libro. ¿Tener alguna formación en particular? No: hay ejemplos de todos los oficios y Ricardo Piglia, famosamente, porque quería ser escritor, eludió la carrera de Letras”.

Sobre el momento en que se sintió escritor, Castillo recuerda que fue “primero, a los 22 años, cuando escribí El otro Judas. Sentí que la literatura me había elegido a mí y yo había elegido la literatura. Asumí que debía ser escritor o nada. El otro momento, un poco más cómico, fue en la Feria del Libro, en un stand de la editorial Galerna. Yo estaba ahí, conversando con Alonso o con Hugo Levín, y de golpe vi que un chico se estaba robando un libro. Y entonces me acomodé para que no lo viera, y el chico se robó el libro. Cuando se iba vi que era un libro mío. En ese momento, yo tenía más o menos 50 años. Pensé; ‘soy un escritor’”.

Para Damián Tabarovsky, escritor y editor, el interrogante aparece, por ejemplo, en un viaje. “¿Qué ponemos en el papel de Migraciones? Yo nunca pude poner ‘escritor’. ¿Por qué? ¿Porque no vivo de la literatura? No, no es eso. Pongo ‘sociólogo’, que es mi título, pero jamás lo ejercí. O sea que tampoco vivo de eso. No pongo ‘escritor’ porque me da pudor”.

“Está la frase de Osvaldo Lamborghini –comenta a Ñ– que dice: ‘Primero publicar y después escribir’, lo que significa que el escritor tiene que crear su propio mito. Pero yo creo que esa frase hizo estragos, que hay que escribir más y publicar menos.”

Con la mirada en el texto

En un libro que publicará en marzo sobre el sentido de la lectura, la escritora Angela Pradelli señala que: “según el lingüista francés Roland Barthes, estamos acostumbrados a interesarnos por los autores, a valorarlos, incluso a sobrevalorarlos a veces, a pensarlos como dueños de sus obras y es esta propiedad la que le da a los escritores determinados privilegios. ‘Lo que se trata de establecer, afirma Barthes, es siempre lo que el autor ha querido decir, y en ningún caso lo que el lector entiende’. Son posturas que reclaman para el autor una ubicación por encima del lector. Habría que pensar sin embargo en que el autor haga silencio y que hable su texto, que el autor lo deje decir. Y también, que el autor permita que el lector busque en sí mismo cómo, con qué herramientas leer y descifrar”.

“Michel Foucault –agrega Pradelli– al analizar la función autor, imagina una sociedad en la que los discursos, todos, ya no tendrían que dar cuenta de sus autores y se desarrollarían en lo que él llama el anonimato del susurro. ‘Ya no se oirían las preguntas por tanto tiempo repetidas: ¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo de sí mismo en su discurso? Si no otras como éstas: ¿Cuáles son los modos de existencia de ese discurso? ¿Desde dónde se ha sostenido, cómo puede circular y quién puede apropiárselo? (…) Y detrás de todas estas preguntas no se oiría más que el ruido de una indiferencia: Qué importa quién habla’.”

Es imposible soslayar este aspecto del excesivo acento que el mundo cultural pone en la figura del escritor. Y sobran ejemplos de los mitos construidos alrededor de ciertos autores. Como es el caso de J. D. Salinger, que hizo de su autorreclusión por décadas un mito con tanta difusión como su obra.

En su autobiografía Las palabras, Jean Paul Sartre se refiere a su tarea de escritor. “Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

Pero volviendo a la idea de definir quién es escritor, es interesante la opinión de Mercedes Güiraldes, editora de Emecé, quien señala: “No es escritor todo aquel que publica, ni todo aquel que publica y vende poco o mucho, ni tampoco aquel que escribe y no publica. Para saber qué es un escritor habría que empezar por preguntarse qué es lo contrario de un escritor. ¿Un no-escritor? ¿Un escritor malo?”.

“Existe la buena literatura y existe la mala literatura. ¿Quién diferencia una de otra? Una combinación de actores, que van desde la crítica y el público lector, hasta ese gran juez que es el tiempo. Pero tampoco creo que todo lo que pervive en el tiempo sea más valioso que lo que parece olvidado. ¿Quién lee hoy a Mujica Lainez? ¿A Balzac? ¿A Juana Manuela Gorriti? El hecho de que no sean leídos, o lo sean muy poco, ¿los pone del lado de los malos escritores? Y si eso vale para los escritores pasados, de algún modo vale para los futuros. De esa masa indiferenciada de escritores que todavía no se abrieron camino a la publicación, algunos lo lograrán y otros no. El tiempo dirá”, agrega Güiraldes.

La autoedición

La edición 2011 de la Feria Internacional del Libro de Miami excluyó la presentación de libros autopublicados. Tampoco la revista The New York Times Book Review acepta estas obras. Pero entre los escritores locales, las opiniones están divididas.

Castillo destaca que “el primer libro de Borges lo pagó Borges, los primeros libros de Bioy Casares los pagó su padre. A Sabato, en Sur, no le quisieron publicar El Túnel y se lo pagó un amigo. Y muchos poetas, acá y el mundo entero, han pagado sus propias ediciones. Por si esto no bastara, Nietzsche solía costear sus propias ediciones, y distribuyó unos quince ejemplares de Así habló Zarathustra. Eso de decir que el libro pagado es necesariamente menor, es una estupidez, es fomentar o anhelar su fracaso”.

Para Martínez, “en teoría, nada impide que un libro autopublicado sea superior a cualquier otro que aparezca en el sello más prestigioso, pero en la práctica casi siempre es desperdiciar la oportunidad de intentar algo de más alcance. Cuando me piden un consejo sobre esto, siempre opino que la paciencia es mejor”.

Piñeiro, por su parte, considera que la autopublicación es “en general un camino muy corto, porque aparte de sacar el libro es fundamental la distribución, porque la autodistribución termina entre los amigos y los parientes. De todos modos, yo respeto al que se autoedita, porque comprendo esa necesidad de publicar, de que te lean; es genuina. ¿Un buen escritor siempre termina siendo reconocido? Eso dicen, pero yo no estoy tan segura, no me parece que todo buen texto de verdad llegue a conocerse”.

Sobre este tema, Tabarovsky asegura que “depende del género y la época. En poesía es más común. Pero hay tantas editoriales que básicamente no se publica lo que es malo. En la década del 80 había muchas editoriales donde se pagaba la edición, pero hoy una novela que no encuentra una editorial es porque es mala. Hay tantas editoriales que creo que tiene que ser una gran excepción que un libro bueno no llegue a interesar para ser publicado. Por eso creo que hay que bajar un poco la ansiedad de los que quieren publicar ya. Es importante publicar pero más importante es escribir”.

Esa necesidad de publicar más allá de la aceptación de una editorial la tiene bien en claro Juan Ignacio Díaz Puerta, un veterinario de 53 años que ya tiene seis libros autopublicados en la editorial Dunken, por los que pagó de su propio bolsillo. “Actualmente estoy terminando una novela policial negro-psicológica y además –asegura– tengo escritos doce cuentos. Empecé a escribir ficción en 2010, y no soy quien para autocalificarme como escritor, pero ¿cómo puede definirse a un tipo que escribe todos los días aunque sea medio capítulo o un cuento que se le ocurre esporádicamente?”, se pregunta.

Para la escritora y periodista española Rosa Montero, la clave está en la necesidad de escribir. “Yo he llegado a aprender, con el tiempo, que un escritor es en realidad aquel que necesita escribir para poder vivir, es decir, para afrontar la oscuridad de la vida, para poder levantarse cada mañana. Uno es escritor porque no puede no serlo; por eso la mayoría de los novelistas, por ejemplo, hemos empezado a escribir en la niñez: es algo que forma parte de tu estructura básica. De modo que la necesidad es lo que te hace un verdadero escritor, pero eso no quiere decir que te haga un buen escritor”.

“Hace años –recuerda Montero– entrevisté a Erich Segal, el autor de Love Story, para el diario El País, y me tuve que leer un buen puñado de sus libros y me parece que es un escritor malísimo; pero me cayó bien, me pareció auténtico, era un verdadero escritor que escribía por necesidad, pero eso no evitaba que fuera pésimo.”

Docentes y editores

Para Graciela Montaldo, profesora del Departamento de culturas latinoamericanas e ibéricas de la Universidad de Columbia, “la condición de escritor/a no está ligada necesariamente al libro sino al ejercicio de una práctica: la escritura, que históricamente ha tenido diferentes valores y formas de difusión. Hubo un tiempo en que ser escritor era una identidad que se obtenía cuando las instituciones de la cultura reconocían como escritor a quien se presentaba como tal”.

“Esas mismas instituciones –señala Montaldo– le negaban el título a la gran mayoría pero así y todo podía haber ‘escritores’ para un circuito (los talleres literarios por ejemplo) que no lo eran para otro circuito (las editoriales). El caso de Roberto Arlt es, en la Argentina, el más revelador de los reconocimientos diferenciados: primero fue un periodista, luego un mal escritor, más tarde escritor de culto, hoy clásico nacional. Antes le había pasado a Eduardo Gutiérrez con su Juan Moreira: el éxito popular de su novela le restaba méritos para que la elite lo reconociera como escritor.”

Para Güiraldes, de Emecé, “no me concierne a mí, como editora, dictaminar quién es y quién no es un verdadero escritor. Por experiencia de trabajo sé que hay escritores que logran publicar con facilidad y otros no tanto, independientemente de la calidad de su obra. Múltiples factores inciden a la hora de decidir publicar un texto además de su calidad, y no son necesariamente espurios y despreciables. El azar y la voluntad tienen un rol clave”.
Parece haber tantos factores que intervienen en la consagración de un autor –su propia convicción, la aceptación de los lectores, la bienvenida del mundo editorial, la aprobación de la crítica, el reconocimiento del mundo académico– que no es difícil entender que un escritor en serio sea una especie rara de encontrar. Más allá de que se proponga bucear hondo en la naturaleza humana o entretener con una saga de aventuras.

Dijo Marguerite Duras en Escribir: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.

Tal vez en ese silencio, cada narrador, cada lector, o incluso cada editor, más allá de la decisión comercial que adopte, sabe si ese autor que está leyendo es un escritor. Lo sabe íntimamente, con una convicción irrefutable.




FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


opción alternativa es redundante

La expresión opción alternativa resulta redundante, por lo que se recomienda emplear simplemente alternativa.

El sustantivo alternativa, tal como indica el diccionario de uso de Vox, puede definirse como una 'opción o solución que es posible elegir además de las otras que se consideran', de modo que opción alternativa no añade información.

Sin embargo, en los medios es muy frecuente leer noticias como «Cayo Lara considera que Izquierda Unida aún no es una opción alternativa para quienes dejan el PSOE» o «Se mostraba dispuesto a analizar opciones alternativas», donde lo apropiado habría sido escribir «Cayo Lara considera que Izquierda Unida aún no es una alternativa para quienes dejan el PSOE» y «Se mostraba dispuesto a analizar otras opciones».

Incluso si se entendiera que alternativa se emplea con el sentido de 'contrapuesto a los modelos oficiales comúnmente aceptados', como en medicina alternativa, el sustantivo opción puede sustituirse por vía, camino, propuesta, idea..., según el contexto.

Se procura um serviço de máxima qualidade e profissionalidade, podemos ajudar-lhe