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segunda-feira, 24 de dezembro de 2012

CARTA A UN IDIOTA



CAROLINA GÓMEZ-ÁVILA | EL UNIVERSAL

Como conozco la hipersensibilidad de su piel, transcribo unas líneas de "Política para Amador", del filósofo Fernando Savater: "Los antiguos griegos (tipos listos y valientes por los que ya sabes que tengo especial devoción), a quien no se metía en política le llamaron "idiotés"; una palabra que significaba persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por las pequeñeces de su casa y manipulada a fin de cuentas por todos. De ese "idiotés" griego deriva nuestro idiota actual, que no necesito explicarte lo que significa.

Habrá visto su retrato, espero. Verificado, si usted se abstuvo de votar el domingo pasado. Eso sí, cada vez que lea "idiota", no crea que lo insulto torpemente, sino que lo califico razonadamente.

Así pues, contento o no con los resultados electorales, quizás usted crea que mandó un mensaje de recriminación a la clase política de uno u otro bando. O quizás se abstuvo por rechazo a algunos políticos a los que no es capaz de enfrentar directamente. Es natural que así lo piense, porque -como idiota que es- no se ha ocupado en entender qué significa la democracia en la vida republicana. Se lo diré: la República tiene, en la democracia, la vía para garantizar la alternancia de poder. Si usted no participa en el proceso de alternancia, está yendo directamente contra la República.

Imagine el futuro de la nación después de haber muerto. Quizás pueda pensar en sus nietos como víctimas atroces de sus decisiones de hoy. No es raro que esto no le parezca relevante, pero debo decirle que la nacionalidad es un legado que tiene mayor o menor valía en función de las condiciones de vida de cada país. Y que esas condiciones las garantizan más, sus ciudadanos en ejercicio, siguiendo al pie de la letra el orden republicano, que los políticos.

La República requiere desprendimiento, difícil para los idiotas, que se quedan obsesionados con las caras y nombres de los politicastros. Esto último es natural y hasta compartido por los ciudadanos en ejercicio, aunque éstos saben que no han de depender de sus gobernantes aunque voten por ellos. Mientras el idiota lo culpa de sus males y luego se abstiene. Eso es como matar a la vaca porque la leche le sentó mal. Argumentos le sobrarán, dados por quienes pescan en río revuelto. Fraude, desconfianza, retaliación, cualquier cosa sirve.

Usted ha cambiado el destino de la República. ¿Se siente orgulloso? A mí, usted me da vergüenza y creo que su conducta debe ser repudiada por los ciudadanos en ejercicio. Usted ha irrespetado la República, traicionándola. No pretenda respeto. Guarde silencio para acompañar el perjuicio que nos ha infligido.

@cgomezavila

LUNFARDO PORTEÑO








El origen de la palabra «fiaca»
El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular
por Roberto Arlt

Ensalzaré con esmero al benemérito “fiacún”.
Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer el elogio del “fiacún”, a establecer el origen de la “fiaca”, y a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término. Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo habré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que trescientos setenta y un años después me levantarán una estatua.
No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez:
-¡Hoy estoy con “fiaca”!.
De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la “fiaca” expresa la intención de “tirarse a muerto”, pero ello es un grave error.
Confundir la “fiaca” con el acto de tirarse a muerto es lo mismo que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo.
Exactamente lo mismo.
Y sin embargo a primera vista parece que no. Pero es así. Sí, señores, es así. Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda.
Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, una expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor Dante Alighieri.
La “fiaca” en el dialecto genovés expresa esto: “Desgarro físico originado por la falta de alimentación momentánea”. Deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento y pico de años.
Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabra mencionada. Y algunas más.
La Fiaca
Comunicábame un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: “Tiene la “fiaca” encima, tiene”. Y de inmediato le recomendaban que comiera, que se alimentara.
En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión del almacenero en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y casi todos ellos oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno. Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de la “bella Italia” y sus dependientes eran muchachos argentinos, pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios. Lo mismo sucedió con la palabra “manyar” que es la derivación de la perfectamente italiana “mangiar la follia”, o sea “darse cuenta”.
Curioso es el fenómeno, pero auténtico. Tan auténtico que más tarde prosperó este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: “Hacer el rostro”.
¿A qué no se imaginan ustedes lo que quiere decir “hacer el rostro”? Pues hacer el rostro, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o utilizar momentáneamente, se llama el “rostro”, es decir, la salsa, que equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el peligro.
Volvamos con esmero al benemérito “fiacún”.
Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos, a esos robustos ganapanes de quince años, de dos metros de altura, cara colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una media tricolor, y medio zonzos y brutos.
Esos muchachos era los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta, hasta que un “chico”, algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo eliminándolos de la función. Bueno, estos grandotes que no hacían nada, que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con gesto huído, estos “largos” que se pasaban la mañana sentados en una esquina o en el umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos “fiacunes”. A ellos se aplicó con singular acierto el término.
Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el “fiacún” dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con pereza.
Y, hoy, el “fiacún” es el hombre que momentáneamente no tiene ganas de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de “squenún”, sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada con este otro acto. En toda oficina pública y privada, donde hay gente respetuosa de nuestro idioma y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le pregunta:
-¿Estás con “fiaca”?
Aclaración. No debe confundirse este término con el de “tirarse a muerto”, pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que la “fiaca” excluye toda premeditación, elemento constituyente de la alevosía según los juristas. De modo que el “fiacún” al negarse a trabajar no obra con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.
Autor: Roberto Arlt

Por el buen decir; si es con humor, mejor





Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |



Hay que reconocerlo: Internet nos ha ayudado a desacartonarnos, a "soltarnos el moño", esa expresión tan linda y tan española, aprendida de las abuelas y de las cupletistas anteriores a Sarita Montiel.
Desde que tuitea, la Real Academia Española acude muchas veces al humor para difundir las buenas prácticas en el uso del idioma. Veamos este tuit: " RAE Real Academia@OrtografiaHoy«Asia ya» puede ser el anuncio de una agencia de viajes. Si quiere contar para dónde va, debe decir: Hacia allá".
Sin embargo, otras veces puede percibirse un cierto cansancio en la anciana Academia ante ciertas obstinaciones de los hablantes: " RAE @RAEinforma # RAEconsultas EL editorial (artículo no firmado) expresa la opinión del director del periódico. LA editorial (casa editora) publica libros".
La mayoría de las veces, el sentido del humor y el deseo de enseñar son más fuertes: " RAE Real Academia @OrtografiaHoy Harto de fastidiado o cansado y harto, adverbio de cantidad (bastante, sobrado) se escriben con «h». Arto es una planta y jarto no existe".
Otro que se soltó el moño fue don Víctor García de la Concha. El 4/12, en la Feria del Libro de Guadalajara, México, y a propósito de la presentación de El libro del español correcto , editado conjuntamente por el Instituto y Espasa, el antiguo director de la RAE (por doce años) y ahora director del Instituto Cervantes dijo: "Una corrupción del lenguaje refleja una corrupción de la realidad (?) Hay una gran dejación en la forma de hablar, estamos en un momento más bien zarrapastroso. No proponemos usar expresiones cursis o relamidas, sino de corrección normal". Y De la Concha se quejó después de que "hoy todo es complicado , olvidamos los términos arduo ,laborioso , difícil , complejo ".
A la espera de que llegue a las librerías argentinas El libro del español correcto , se reproduce aquí una breve descripción que de él y sus bondades hace, en el diario español El País , la periodista Tereixa Constenla: "El manual, elaborado por Florentino Paredes, Salvador Álvaro, Luna Paredes y Zaida Núñez, va directo al grano: cómo escribir un texto con corrección, cómo hablar en público, cuáles son las normas en ortografía, gramática y semántica, y cuáles son las herramientas y recursos disponibles para resolver dudas o mejorar el uso del idioma". Prometedor, ¿verdad?
© LA NACION.

LEDO IVO


Muere de un infarto en Sevilla el poeta brasileño Ledo Ivo
EFE / SAO PAULO

El poeta y periodista, nacido en la ciudad nororiental de Maceió en 1924, se sitió mal mientras comía en un restaurante y decidió regresar a su hotel

El poeta brasileño Ledo Ivo, reconocida figura de las letras de Brasil, falleció en la madrugada de este domingo a los 88 años de edad a causa de un infarto en Sevilla, donde se encontraba para pasar las Navidades. El poeta y periodista, nacido en la ciudad nororiental deMaceió en 1924, se sitió mal mientras comía en un restaurante y decidió regresar a su hotel, donde recibió atención médica, explicaron familiares del escritor, citados por el portal de noticias G1.
El literato, quien estaba acompañado de su hijo, el artista plástico Goncalo Ivo, falleció antes de ser trasladado a un hospital. "Estaba en la ciudad española de vacaciones, donde iba a pasar la Navidad con algunos familiares y regresaba la próxima semana a Maceió para cumplir sus compromisos de trabajo", precisó la sobrina del escritor Laudicéia Eurídice Ivo.
De acuerdo con esta versión, el escritor, miembro de la Academia Brasileña de Letras (ABL), será probablemente incinerado en España y posteriormente sus cenizas repatriadas a Brasil. "En cuanto a los homenajes, familiares y amigos se están movilizando para hacer una misa en Río de Janeiro y en Maceió", agregó la sobrina del escritor.
Tras conocerse la noticia de su muerte, la presidenta de la Academia Brasileña de Letras, Ana Maria Machado, dijo que se trataba de uno de los miembros "más activos" de la institución. Para Machado, Ivo era un poeta "versátil", con capacidad para la ficción y poseedor de una "vitalidad espantosa". La presidenta explicó que el próximo 10 de enero tendrá lugar una sesión extraordinaria en la Academia, celebrada a puerta cerrada, en la que el resto de miembros del organismorecordarán al prolífico poeta.
Novelista, cronista y ensayista, arrancó su carrera literaria con un poemario titulado "As Imaginacoes", y su obra está traducida al inglés, español, francés e italiano, entre otras lenguas.
Poseedor de un fuerte temperamento, el autor de "Ninho de Cobras" y "A Noite Misteriosa" era amante de la literatura española y destacaba los autores del Siglo de Oro y la generación del 27, pero tenía especial predilección por Antonio Machado, ya que, a su juicio, su obra permitía estar más cerca de los hombres. El escritor brasileño, que deja tres hijos, falleció en la misma ciudad en la que en 1875 nació el admirado poeta andaluz

CUENTO DE NAVIDAD








No sabes lo que es el amor
Ilustración: Ulises
Lorenzo Silva -
FUENTE: EL MUNDO - España.



Que las tres hermanas Gonyalons se hubieran agenciado tres maridos tan desparejos no pasaba de ser en el día a día una simple anécdota. Es lo que tiene el estilo de vida contemporáneo: los que tienen empleo demasiado atareados, los que están en el paro replegados sobre sí mismos y pocas ocasiones para el encuentro familiar. Pero al llegar la Navidad aquella disparidad adoptaba tintes de tragedia, con algún ribete apocalíptico.

Aquella Navidad de 2012, pensaba Adrián, el marido de la hermana del medio, era probablemente la menos propicia para reunirlos a todos. Si por lo común, en años anteriores, ya saltaban las chispas entre Genís, el marido de la hermana mayor, y Gonzalo, el consorte de la pequeña de las Gonyalons, con las noticias que había deparado el año, y en especial las últimas semanas, la batalla campal estaba servida.

Que Genís debiera toda su carrera política (y todo su recorrido laboral, dicho sea de paso) a la militancia en un partido nacionalista, era a efectos de la paz familiar una adversidad sólo comparable al hecho de que Gonzalo hubiera sido hasta ese mismo año empleado de mantenimiento de la plaza de toros de Barcelona, empresa cuyo futuro, de por sí poco prometedor, había truncado definitivamente una ley promulgada por el parlamento catalán con los votos, entre otros, de la fuerza política en la que militaba Genís.

Todo aconsejaba, sobre estas premisas, abortar la siempre accidentada y desoladora cena de Nochebuena que, inasequible al desaliento, preparaba con toda su destreza culinaria, que no era poca, y todo su amor, que no le andaba a la zaga a sus habilidades como cocinera, la madre de las Gonyalons. Y sin embargo, era justo a la cena a donde se dirigía Adrián, junto a Mireia, su esposa, embargados ambos por una inminente sensación de catástrofe. Cómo iban a dejar de reunirse justo este año, que además del año del fin del mundo maya (otra paparrucha con la que cuatro listos se habían forrado vendiendo morralla pseudocientífica) y del principio de la emancipación nacional impulsada por el president Mas y el no-president Junqueras (no necesariamente en ese orden), había sido también el del fallecimiento del señor Gonyalons, y por tanto el primero de viudedad de su abnegada compañera de fatigas.

Las tres hermanas, contrariando el tópico de las rencillas materno-filiales, albergaban hacia la madre un amor incondicional, y los tres cuñados, defraudando también la generalizada expectativa según la cual la suegra es lo más parecido a un dolor de muelas, tenían todos los motivos para profesarle a aquella mujer prudente y generosa el respeto y el cariño que de corazón sentían hacia ella, sentimiento este que representaba su única unanimidad.

Los primeros compases de la velada transcurrieron de forma alentadora. Habríase dicho que todos hubieran reflexionado sobre lo delicado de la coyuntura, en particular en lo referido al momento emocional por el que atravesaba la viuda de Gonyalons en la primera Nochebuena sin su esposo. O eso, o que las hermanas Gonyalons se habían empleado a fondo previniendo, persuadiendo o amenazando, cada una en la medida de sus posibilidades, a sus respectivos cónyuges. Adrián podía dar fe de la parte que le tocaba. Antes de salir de casa, Mireia, con tono seco y admirable economía verbal, le había dado este aviso:

¬–Por una vez, Adri, no me seas irónico.

Ése era el papel que a él le tocaba, dentro de la refriega en que tendía a convertirse la nefasta conjunción de cuñados: incapaz de endosar las frecuentes invectivas de Genís contra la miseria, el atraso y la crueldad congénita del carácter español, para lo que le incapacitaba la inscripción de su nacimiento en el registro civil de Albacete, y nada proclive a compartir el Santiago y cierra España con pasodoble de fondo que era la letanía constante de Gonzalo, exceso que le vedaban tanto su desagrado ante el maltrato animal como la lectura de Montaigne, su reacción consistía en burlarse de uno y otro sutilmente, pero no lo bastante como para que no lo acabaran advirtiendo. La intervención de Adrián, llegados a este punto, equivalía a regar un incendio con un chorro combinado de gasolina y alcohol de 96º.

La cena transcurrió así entre alabanzas a la cocinera y conversaciones neutras e intrascendentes, la mayor parte de ellas referidas a los niños, a quienes se les dejó erigirse, con la apertura de regalos al pie del árbol, en el centro de la celebración, lugar legítimo que usualmente les arrebataba la reyerta entre sus progenitores. Todo parecía deslizarse hacia un inopinado y casi increíble final feliz cuando en la tele salió Raphael. Al verlo, Genís, bajando la guardia por efecto del cava, rezongó:

–Hasta cuándo seguiréis dando la lata con ese franquista.

Gonzalo saltó como un resorte:

–Hasta que reconozcáis que los Manel duermen a las ovejas.

No hizo falta mucho más. Cuarenta y cinco minutos más tarde, después de una bronca con ataque de nervios incluido de la señora viuda de Gonyalons, los defensores de las opuestas esencias patrias se retiraron y quedaron Adrián y Mireia, designados al efecto por la circunstancia de no haber procreado, a cargo de la anciana y afligida señora, a la que Mireia acostó y le suministró un Orfidal para que pudiera conciliar el sueño.

A eso de las tres, conduciendo hacia casa, Adrián puso en el CD del coche a Billie Holiday. Tenía su último disco, Lady in Satin, el que grabó al borde ya de la muerte, con una voz macerada en ginebra. Sonó You Don’t Know What Love Is:

Until you’ve flipped your heart and you have lost You donŽt know what love is,

Hasta que no te da un vuelco el corazón y pierdes, no sabes lo que es el amor.

Adrián pensó que eso era, quizá, lo que necesitaban esos dos enconados colectivos a los que representaban sus cuñados: que el corazón se les volcara y perder lo que cada uno representaba para el otro. Le pareció una idea ingeniosa, pero se mordió la lengua antes de compartirla con Mireia, que viajaba con el ceño fruncido en el asiento del copiloto.

De pronto, ella le dijo:

–Gracias, por no haberlo empeorado esta noche.

Asintió en silencio, pendiente de la conducción. Era algo a la vez feo y triste, que cosas así se sentaran a la mesa de una familia para convertir una posible felicidad en aquella fatídica mala baba que no paraba de fluir. Y lo peor era que no había remedio, que no parecía haber forma de luchar contra ello. O sí, quizá había una. No lo pensó mucho y lo puso en palabras:

–¿Sabes lo que creo? Que deberíamos tomar medidas.
–¿Qué medidas? –preguntó Mireia.

Adrián puso un gesto pícaro.

–¿Te acuerdas de la última palabra de Eyes Wide Shut?

Mireia lo miró, recelosa. Se acordaba, claro.

–Pues ésa –dijo él.

Y aquella Nochebuena, Adrián, de Albacete, y Mireia, de Sant Joan Despí, protestaron a su modo, y sin salir de su cama, contra la maldición idiota que le había caído a su familia.

CUENTOS DE NAVIDAD





De corderos, hermanitos y dragones verdes
FUENTE: REVISTA Ñ .
Son de Federico Jeanmaire, ganador del Premio Clarín de Novela 2009 con su “Más liviano que el aire”, y Selva Almada, autora de “El viento que arrasa”, libro del año según la encuesta realizada por Revista Ñ.



Los inocentes
Por Selva Almada

Está acostumbrado a la matanza de animales. Desde su nacimiento lo acunaron los alaridos de los chanchos antes de pasar a degüello.
Es el único hijo de un matrimonio que se casó grande y que ya se resignaba a no tener descendencia, cuando recibieron la noticia del embarazo como un milagro navideño, porque se habían enterado para esas fechas. Al principio tuvieron miedo: el fantasma de un niño enfermo, los perseguía día y noche. Y ella, que nunca fue devota, se había puesto a rezar también noche y día y se había encomendado a San Ramón Nonato. Todo salió bien: el chico nació sano y fuerte y ella lo largó de una escupida, como le dijo la enfermera al padre que esperaba en el pasillo del hospital.
Viven en las afueras del pueblo, a unos doscientos metros de la ruta, y se dedican a criar y faenar animales de granja.
Entonces él, Vito, que tiene ocho años y acaba de terminar el tercer grado con buenas notas, está acostumbrado a ver morir animales, al olor de la sangre que cae en el sumidero del galpón que se usa de matadero, al mosquerío que se junta en el tacho donde arrojan las vísceras. Le gusta ayudar a sus padres que, sólo para las fiestas, cuando hay más demanda, pueden permitirse contratar un peón.
Hace varios años que Vito manguerea el piso de cemento del matadero, alimenta a los animales, pela lechoncitos y pollos: ambos se pasan por agua hirviendo, pero al lechón se lo pela con cuchara y al pollo a los tirones nomás.
Así como la madre se volvió creyente de la noche a la mañana, así también se le pasó la devoción al poco tiempo del parto, cuando estuvo segura de que su hijo estaba entero. Era tanto el trabajo que no tenía tiempo para seguir dedicándoselo a Dios.
Vito creció ignorante de la religión y sus ritos. Navidad, sí. Y Reyes, pero para él no eran sino el pino con sus adornos y los regalos bajo las ramas artificiales. Y también un ángel de porcelana con alas de plumas verdaderas que le regaló una tía cuando nació, aunque hasta ese año no supo lo que era realmente un ángel.
Hizo su primer año de catecismo y empezó a enterarse de algunas cosas. Que los ángeles cuidan a los niños fue su primera revelación. Así que cada noche, Vito le habla a su ángel de porcelana, como si fuese el amigo invisible que nunca tuvo. Se entusiasmó con las historias que les contaba la catequista: la caminata sobre el agua, la multiplicación de los panes, la estrella de Belén.
Pero una en particular, lo dejó impresionado. La historia de Herodes y la muerte de todos esos niños… cada vez que escucha los chillidos de los animales sacrificados que, en esta época, sobre las fiestas, es cosa de todos los días. ¿Así llorarían esos nenes, arrancados de los brazos de las madres? ¿Así gemirían las madres con los brazos vacíos? A la noche tiene pesadillas. Por suerte, allí está el ángel para consolarlo, para darle ideas: esconder a los animales del cuchillo de su padre, como hicieron San José y la Virgen con el Niño Jesús.
Una madrugada, se decide. Se levanta y silencioso atraviesa las habitaciones de la casa. Sale y camina hasta los corrales del fondo. Abre las tranqueras y empuja suavemente a los lechones que gruñen y vuelven a echarse unos sobre otros. Va hacia los corderos y tampoco hay caso: soñolientos, se arrinconan cerca de las madres. Vito se desespera. Tendrá que sacarlos uno por uno, a upa, atravesar la ruta, esconderlos en el cañaveral de un campo vecino. Esa es una buena idea y está seguro de que no se le ocurrió a él, que fue el ángel quien se la sopló adentro de la cabeza.
Agarra un corderito. Pesa bastante, pero él es un chico fuerte, acostumbrado al trabajo. Es suave como un muñeco de felpa. Corre con el animal en brazos. Siente el calor de la lana contra su cuerpo. De tanto en tanto mira para atrás por si sus padres se despertaron. Pero la noche sigue calma y estrellada. Pone los dos pies sobre el asfalto, ya está cerca de salvar al primero.
Entonces las luces, pequeñas y lejanas, se transforman rápidamente en un gran resplandor. Y Vito sonríe porque sabe que es el ángel que viene a ayudarlo.

Amelia y Papá Noel
Por Federico Jeanmaire

Mamá me lee un cuento en la cama. Uno que me gusta un montón. De un dragón chiquito y verde que se queda sin fuego para tirar por la boca y, al final, termina yendo con su mamá dragón a visitar a un viejo dentista que lo cura. Hace mucho que me lo lee. Porque nos gusta a las dos: a mí porque sí, porque me gusta, yo qué sé, y a ella porque el cuento logró que me lave los dientes todas las noches antes de acostarme. El viejo dentista lo cura cuando le regala un cepillo y la pasta y el dragón empieza a lavarse los dientes. Por ahí, si me los lavo bien, un día también yo puedo escupir fuego. Ojalá. Me encantaría quemarle los pelos a Amparo cada vez que me dice que soy tonta. No todos los días porque la quiero, es mi amiga, mi mejor amiga, sólo lo haría cuando se ríe y me grita que soy una tonta. No me gusta cuando hace eso, yo no soy ninguna tonta. Pero no quiero hablar de eso, quiero hablar de que mi mamá me está leyendo el cuento en la cama y, de repente, cierra el libro, me mira a los ojos y me dice que tiene que contarme algo muy importante. Muy pero muy. A mí me da un poco de rabia, ¿acaso no puede esperar a terminar el cuento para decirme lo que quiere decirme? ¿Tan importante puede ser? Entonces se lo digo. Le digo que si acaso no puede esperar y contármelo después, más tarde, apenas termine de leerme el cuento del dragón que se quedó sin fuego. Pero no. Me dice que no. Que es muy importante. Que Papá Noel me va a traer de regalo un hermanito.
No entiendo lo que me dice. Yo le había pedido la play. La verdad es que no entiendo. Por eso le explico lo más cariñosamente que puedo que yo le había pedido la play a Papá Noel, que estamos en invierno, que falta muchísimo para Navidad, que ya veré si quiero algo más cuando haga más calor y se acerque la fecha. Mi mamá se sonríe. Y me acaricia el pelo. Como quieras, Ame, pero cuando empiece a crecerme la panza no me digas que no te avisé. Por favor, la play también te la va a traer si es que te portás bien. Luego termina de leerme el cuento, me da varios besos con abrazo, me vuelve a acariciar el pelo y se va.
Eso fue anoche, claro.
Hoy a la mañana, en el jardín, lo primero que hice fue ir corriendo hasta donde estaba Amparo y contárselo. Aunque, claro, no le conté que me lavo los dientes a ver si algún día del futuro en que me diga tonta le puedo quemar el pelo. Eso no se lo conté. Mejor, que no se lo conté. Porque, mientras se reía, me aseguró a los gritos que Papá Noel no existía, que eran los padres y que yo era una tonta retonta requeterecontratonta por creérmelo. Entonces, tomé aire con todas mis fuerzas y le soplé la cabeza. Pero no me salió ningún fuego. Una pena. Una verdadera pena. ¿Cuánto tiempo habrá tardado el dragoncito en recuperar su fuego desde que empezó a lavarse los dientes? El cuento no lo dice. ¿Cuánto me faltará, todavía?
Por supuesto, como no me salió el fuego y no le pude quemar los pelos, le grité que la más architontísima era ella, que los padres no eran Papá Noel, que cuando le había pedido la play a mi mamá, mi mamá me había contestado que no podía comprármela, que era muy cara, que mejor si se la pedía a Papá Noel, que en una de esas tenía suerte y él, que tenía mucho mucho mucho más dinero que ella, me la traía.
En medio de la risa más horrorosa de todas las risas horrorosas que le he visto, Amparo se fue a jugar con otra nena y, desde lejos, me gritó que prefería no perder más el tiempo con alguien tan pero tan tonto como yo. Pero no me largué a llorar. No. Que dijera lo que quisiera. No me importaba. Volví a soplar con todas mis fuerzas hacia donde estaba jugando. Aunque, esta vez, tampoco me salió nada de fuego por la boca. Igual, a mí Papá Noel me va a traer la play. Y capaz que también me trae un hermanito. A ella, que se porta tan mal y dice tantas mentiras, seguro que no le trae nada. Además, si lo ayudo a mi hermano a lavarse los dientes desde chiquitito, por ahí, algún día, él puede ayudarme a quemarle todos los pelos a Amparo cuando me grita tonta.

LA LENGUA VIVA







'Vir bonus dicendi peritus'
Amando de Miguel

Me permito el titular con un famoso latinajo, por ser una maravilla de concisión. Es así como define Catón el Viejo la figura del hombre público: "Un hombre honrado diestro en el arte de hablar en público". El hombre público de su tiempo era sobre todo el orador del foro; hoy lo sería el político o el sindicalista delante de una cámara de televisión o un micrófono. Si Catón levantara la cabeza se quedaría patidifuso.
El otro día, en una tertulia política de la televisión, un representante del Partido Socialista, encargado de los asuntos culturales, repitió con insistencia lo de "los ratios". Lo siento, compañero. Debe decirse "las ratios". Y mejor todavía, "las proporciones, los índices, las razones, los cocientes". En otra tertulia un alto cargo del Ministerio de Educación repitió también lo de "los currículums". Con lo fácil que hubiera sido decir "los currículos" o "los currículum". No sé cómo vamos a adiestrar a los mozalbetes si las autoridades educativas hablan tan mal.
Más grave fue la afirmación del oscense Josep Antoni Duran i Lleida (de soltero José Antonio Durán y Lérida) cuando se refirió al diputado Santiago Cervera como "presuntamente inocente". Esa calificación la he oído más veces en algunas tertulias; no es lógica. A ver si nos aclaramos. La inocencia no se puede presumir porque no se puede probar. En los litigios penales el encausado es declarado culpable o no culpable. Si se dice "inocente" se está falseando la lógica. Antes de la sentencia, los jueces, fiscales y abogados presumen que el acusado no es culpable. Solo así puede haber un juicio justo. Lo malo es que en la práctica a ese ejercicio se le llama "presunción de inocencia". Mal dicho. Por otro lado, esa presunción debe obligar solo a los jueces, fiscales y abogados que intervienen en el proceso judicial. Los demás podemos opinar lo que nos dé la gana.
Tampoco es que los jueces sean claros en sus declaraciones. Hace poco Joaquín Bosch, de la asociación Jueces para la Democracia, espetó ante el micrófono de la tele: "La finalidad de las reformas no tiene una finalidad...". En ese momento zapeé de canal.
Ya no me acuerdo quién dijo el otro día en la radio (era una autoridad) que no sé qué informe era "muy exhaustivo". Supongo que cabe la posibilidad de que hubiera sido poco exhaustivo o incluso nada exhaustivo. Lo que me pone realmente enfermo es lo de los "parámetros". Se trata de una figura matemática muy precisa, normalmente una constante que puede recibir distintos valores. Pero en boca de nuestros hombres públicos (y mujeres públicas, claro) puede equivaler a un abanico de significados: circunstancias, consideraciones, datos, mediciones, factores, etc.
Lo que pasa es que queda uno bien ante ese palabro. Es un ejemplo de lo que el otro día llamábamos aquí hipersemia o semiorrea. Es decir, significa tantas cosas distintas que acaba por no querer decir nada.
De la tradición romana nos queda la costumbre de introducir en el lenguaje de los hombres públicos multitud de términos jurídicos. Vayan estos por delante para hacer boca: "Habida cuenta", "de obligado cumplimiento", "sin que sirva de precedente", "considerando". Puede que también sea una muletilla del foro esa de "dicho lo cual", que con tanto cariño han acogido los tertulianos.
Hay un verbo coloquial muy expresivo que es cabrear, algo así como enfadar o poner de mal humor en grado superlativo. Lo curioso es que algunos remilgados añaden "perdón por el término". No sé por qué hay que pedir perdón, pues no es una palabra malsonante; no se vincula a ninguna raíz de tipo sexual o escatológico. Aun así, si a usted le sigue sonando mal, diga "encocorar", que resulta más fino. Equivale al gesto de levantar el dedo meñique cuando se lleva uno a la boca una taza de café.
Contacte con Amando de Miguel http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/vir-bonus-dicendi-peritus-66840/

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


testamentario, mejor que testamental

Testamentario es el adjetivo que el Diccionario académico registra para lo relativo a los testamentos, y no testamental.

Sin embargo, en ocasiones se pueden leer frases como «El notario fue el que redactó la última escritura testamental», «Por disposición testamental dona todos los derechos de sus obras en Sudamérica a los niños de...», donde lo adecuado habría sido: «escritura testamentaria» y «disposión testamentaria».

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