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terça-feira, 4 de dezembro de 2012

LA LENGUA VIVA








La Gramática apasionada y polémica
Amando de Miguel


No queda explicada la tendencia a prescindir de algunos artículosen la parla actual. No se sabe si es influencia del inglés o del vascuence. Quizá sea solo simple tontería. Miguel de los Santos Uribe redarguye que en la lengua vascongada sí hay artículos. Por ejemplo, dice, "gizon significa 'hombre' y gizona 'el hombre'". Bien, pero se trata de un sufijo. De paso, comenta don Miguel que tendríamos que decir "Donostia" (= el santo de Ostia), no "Donosti". No soy vasquista ni vascólogo, pero considero que Donostia es simplemente San Sebastián. El santo para los vascoparlantes es don odone, abreviatura de Dóminus. Que me corrija quien más sepa.
Ignacio Frías certifica que Osasuna quiere decir "la salud". Por tanto, si decimos "el Osasuna" (por el equipo de fútbol), estaríamos mezclando dos artículos. Lo que considera don Ignacio "curioso y desconcertante" es que todo el mundo acepte sin rechistar esa complicada norma léxica de no mezclar dos artículos. Por eso, de modo excepcional, Osasuna es el único equipo de fútbol que no lleva artículo en castellano. Don Ignacio remacha que la prescindencia del artículo es frecuente en Madrid con los topónimos callejeros: "Vamos a Callao, pasamos por Montera, cogemos el metro en Ventas". Más fuerte es decir "Sol" por "la Puerta del Sol" (en la que no hay tal puerta). Creo que se trata de una costumbre de abreviar las paradas del Metro.
Juan J. Carballal sostiene que, si hablamos en español, lo lógico es decir "el Osasuna" o "la Zarzuela" (por la residencia del Rey). No está de acuerdo con mi crítica de decir "el Opus", pues se trata del "trabajo de Dios". No, señor. Opus es "obra". Realmente, los miembros de esa asociación dicen muchas veces "la Obra". El trabajo en latín sería más bien labor. La obra es el resultado del trabajo. Por tanto, lo correcto sería decir "la Opus". Nadie me va a hacer caso.
José Daniel López Salazar ridiculiza ese "sonsonete con que remata Tráfico sus consejos: Jefatura de Tráfico, Ministerio del Interior, Gobierno de España. Les falta añadir Comunidad Europea". No creo que los de Tráfico lo hagan con ironía. Para mí que se quedan algo cortos si no añaden "Organización de las Naciones Unidas". Por cierto, ese es otro ejemplo en el que se prescinde bonitamente del artículo. Así, "tengo un puesto en Naciones Unidas".
Carlos M. Padrón me critica, con razón, mi frase "Yo soy un hombre de los que les gusta...". La verdad es que no suena bien. Don Carlos propone una versión más larga y certera: "Yo soy un hombre de esos a los que les gusta...". Lo mejor será evitar ese circunloquio de que uno es parte de ese conjunto que piensa o actúa de una u otra forma. Más fácil es decir "A mí me gusta...".
Francisco Moreno Doncel insiste en la norma académica de escribirTexas o México y pronunciarlas con la castiza jota. Añado que, en el español de España, podemos escribir y pronunciar "Tejas y Méjico"sin que tiemble el misterio. Por lo mismo en las tiendas de ropa se ofrecen "pantalones tejanos", aunque, naturalmente, poco o nada tienen que ver con el estado de Texas o Tejas. Más corriente es decir "vaqueros", una asociación que solo existe en España. Lo curioso es que, en su origen, fue una prenda de los mineros, los buscadores de oro en California, no de los vaqueros. Eran azules porque se trata del tinte más fácil de lograr. En los Estados Unidos se llaman jeans o denims. Esas voces son corrupciones de Genoa o Nimes, ciudades de donde provenía la famosa lona azul. También se llaman levis, por Levi Strauss, el tendero de San Francisco que se hizo millonario con el lanzamiento de esa prenda.

Contacte con Amando de Miguel
http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/la-gramatica-apasionada-y-polemica-66617/

LITERATURA URUGUAYA






Premios Anuales de Literatura reflejan buen momento cultural de Uruguay

La gala de entrega se celebró en el Museo de Artes Decorativas de Montevideo, un espacio que se quedó pequeño ante la gran afluencia de nominados y familiares que no quisieron perderse un detalle de la ceremonia.
EL UNIVERSAL - Venezuela

Montevideo.- Uruguay entregó hoy sus Premios Anuales de Literatura a 60 escritores de todo tipo de género del país sudamericano, en una ceremonia en la que autoridades y premiados destacaron el buen momento que vive la cultura en el país.

La gala de entrega se celebró en el Museo de Artes Decorativas de Montevideo, un espacio que se quedó pequeño ante la gran afluencia de nominados y familiares que no quisieron perderse un detalle de la ceremonia.

Entre los premiados hubo artistas consolidados, como el reconocido poeta y ensayista Jorge Arbeleche, y nuevos escritores que comienzan su andadura por el mundo de la literatura, como Francisco Tomsich.

Este joven artista, premiado por su antología en verso "El Viento", mostró a Efe su satisfacción por el galardón y se refirió al contexto cultural actual de Uruguay.

"Se nota un buen momento en lo cultural; lo noto principalmente en las artes visuales", declaró.

En este sentido, Tomsich puso de ejemplo la recién inaugurada Bienal de Montevideo, la primera de la historia del país y en la que él mismo participa como artista plástico.

Otro de los premiados fue Luis Fernando Iglesias, escritor y abogado, que recibió el primer premio en la categoría de narrativa por su obra "El hombre que despertaba", un "thriller psicológico narrado en dos tiempos".

La historia gira en torno a un escritor que va a una localidad costera del este de Uruguay para escribir su primera novela y evadirse de un mal momento con su pareja, pero desaparece misteriosamente.

"La trama se centra, por una parte, en la historia y desaparición del escritor y, por otra, en su búsqueda", señaló.

En la entrega estuvo presente el ministro de Educación y Cultura de Uruguay, Ricardo Ehrlich, quien destacó la "importancia de la cultura en el desarrollo de la sociedad".

En esta edición, la cuarta, de los premios de literatura se habían presentado a concurso un total de 600 obras, en géneros que van desde la novela al ensayo histórico, el drama, la poesía, o la literatura infantil, entre otros.

LA EXTRAÑA ILUSIÓN


Santiago Velázquez:
«Doy voz al militar que arrojaba a una persona viva al vacío durante la dictadura argentina»
ÉRIKA MONTAÑÉS- MADRID


El joven escritor, que cosecha éxito con su tercera obra «La extraña ilusión», patenta una técnica narrativa sorprendente: «Busco al lector exigente y algo más activo». ABC.es te da la oportunidad de hacerte con un ejemplar gratis de esta recreación de los atroces «vuelos de la muerte» que eliminaron de la faz de la tierra a 4.000 personas
ABC


El joven novelista y periodista Santiago Velázquez, satisfecho por el éxito de su obra «La extraña ilusión»
En 352 páginas y una complejidad técnica propia de artistas de la pluma como Vargas Llosa, Faulkner u Onetti, un jovencísimo Santiago Velázquez (Madrid, 1977) ha irrumpido como un coloso en la escena literaria con su tercer libro, que ya arrasa en cifras de ventas y solo lleva en los estantes de las librerías desde el pasado junio. El mismo escritor, novelista y profesional de la comunicación que sorprendió con su obra«La condena de Salomon Koninck», por la que recibió el Premio Joven y Brillante de Novela Corta, cosecha con este nuevo volumen el XIV Premio Tiflos de Novela, que le ha otorgado un jurado compuesto por personalidades de la talla, nada menos, que del nuevo Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald. Aunque él, humilde y con los pies asentados en suelo firme, admite durante su conversación con ABC.es que, pese a que este libro ha superado las expectativas que tenía «con creces», no se ve a sí mismo en el futuro ganando ese todopoderoso galardón.
De la mano de «La extraña ilusión» y Velázquez, el lector se topa con un auténtico documental tejido a base de retazos de la Argentina del siglo XX y una atrocidad incontestable: la de vuelos en los que militares tan crueles como los de la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, eliminaron a 4.000 detenidos. Eso con la curiosa faceta narrativa de no escribir en una sola ocasión ni las palabras Buenos Aires, ni Perón (al que se alude con el nombre notorio en su país, «El Viejo»)...

-¿Y qué siente uno al ser condecorado por el último Premio Cervantes?
-Me siento muy orgulloso, y con cierto pudor, la verdad. En un premio así y con un jurado semejante el nivel de exigencia artística es muy alto. Te sitúa en un nivel alto, significa que los mejores te han leído y se han interesado por tu novela. Aun así me queda mucho por escribir y estoy a la altura de muy poco todavía, porque solo llevo tres libros.
-¿Uno sueña desde pequeño con que se reconozca su labor como escritor o periodista con un premio de este tipo?
«Soy un iniciado, me queda mucho por escribir, lo que saque del cajón»
-Uno siempre sueña con estas cosas. Con escribir un libro y luego tienes la esperanza de recibir buenas críticas por ello, es un sueño típico para la gente que empezamos y yo soy un iniciado. Ahora mismo estoy como en una nube, no terminas de creértelo. Escribes en tu cuarto, como un niño que sueña y describe a su modo su mundo y de repente ese mundo es leído y aceptado por la gente.
-Usted que compagina profesiones, ¿qué le supone un mayor reto: dedicarse a la Literatura o al Periodismo?
-Mi pasión es la Literatura, pero es más complicada porque requiere que te metas de lleno en un mundo complejo, con distintas técnicas, personajes, psicologías... es más complicado y requiere más tiempo. Para mí cada novela supone empezar de cero el relato. Con todo. El Periodismo te sirve también para esta labor, pero no del todo, porque no requiere tanto una perspectiva, unos personajes, una ambición y técnica precisos tan diferentes. Te ayuda a crecer, pero en cada novela vuelves a ponerte en el punto de partida.
-Dice que le queda mucho por escribir... ¿qué nos queda por leer de Santiago Velázquez?
-De entrada, todo lo que tenga en el cajón. Espero poder sacarlo, pero ahora mismo estoy pensando ya -aunque no me he puesto a escribirla- en una nueva novela, formalmente tan compleja como «La extraña ilusión», con técnicas narrativas que mezclan voces y en la que al final todo encaja, hay un hilo conductor y va en esta misma línea de complejidad formal. Para mí es indispensable que no se note, porque lo invisible se convierte en eficaz, y lo eficaz va indivisiblemente unido a que sea invisible y no se note.
-Con esa técnica narrativa que a usted tanto le gusta, ¿no se corre el riesgo de expulsar directamente al lector en las primeras páginas del libro y no volverlo a recuperar?
-Cierto. Es una técnica algo más compleja, que requiere que en las primeras 20-30 páginas del libro el lector haga un esfuerzo para acabar envolviéndolo en el flujo narrativo y golpear su sensibilidad. Me ha pasado que gente muy cercana a mí me ha dicho eso exactamente, pero yo busco al lector exigente, inteligente, algo más activo... Es como lo que me sucedió a mí con alguna novela de Faulkner o «La casa verde» de Vargas Llosa, pero el lector encuentra lo que quiere con constancia y poniendo los cinco sentidos en la lectura. La experiencia final es impagable.
Modelos a seguir
-Sus referencias en forma están claras, Vargas Llosa, Faulkner, Onetti.. ¿de qué fuentes bebe en el contenido?
-Mi referencia es Pío Baroja, salvando las distancias en espacio y tiempo, pero es el modelo a seguir por su frescura y la necesidad que tiene de enganchar al lector y no dejarle descansar hasta el final de la obra, el autor que persigue una historia y se sirve de un personaje para hacer disfrutar al lector. En contenido y por cuestiones de herencias de problemas por parte de familiares y sus tramas de personajes seríaThomas Mann.
-¿Cuánto de autobiografía hay en esta novela, «La extraña ilusión», con ese periodista que se encuentra en disposición de una noticia que le cuenta otra persona, en este caso Cloe a Jon Altadil? ¿Pretendió hacer una novela histórica con la recreación de la dictadura militar argentina de los años 1976 a 1983?
-De autobiografía en realidad hay poco. Lo poco que hay está disperso en varios personajes, no solo en Jon. Para mí, ése es uno de los ejercicios más difíciles que hay: saber manipular tu propia experiencia en favor de la narración, pero no era mi intención que fuese autobiográfica, aunque Jon es un periodista de 33 años. Me siento más identificado con el narrador, el amigo innominado que escucha a Jon y al que éste le cuenta la gran historia que da vida a la novela sobre el militar que participa en los llamados «vuelos de la muerte». Ese narrador va ordenando la materia narrativa, que absorbe como una esponja y la vuelca. Había más de autobiografía en otras de mis obras anteriores. Sobre el relato histórico, no me ha preocupado la cronología histórica, sino la verosimilitud del relato.
-¿Le traslado la pregunta que uno se hace al leer la obra: hasta qué punto un periodista tiene derecho a canibalizar la vida de los demás y le parece éste un debate actual o muerto?
-Me parece un debate de rabiosa actualidad, si me lo permite. Un buen periodista están en la obligación de contarlo todo, siempre que lo haga bien, y defendiendo en todo momento esa línea sutil que va del derecho al a información a la defensa de la privacidad.

Oficinistas de la tortura y la masacre

-¿En la piel de cuántos personajes ha querido meter al lector en esta obra: en la de periodista, militar, víctima, verdugo...?
-Hay muchos, sí, pero he querido sobre todo meterle en la piel de los verdugos, porque en la Literatura argentina se ha hablado mucho de las víctimas, y no se ha puesto en la perspectiva del militar, del verdugo, de qué puede sentir una persona que sale de su casa a torturar a gente y llega por la noche y acuesta a su niña con un beso. Cómo son estos mecanismos casi como en una oficina del dolor y la tortura, y al día siguiente, otra vez, y otra... Esas personas no pueden contravenir el Código ni las órdenes de sus superiores y están convencidos, además, de que están haciendo lo correcto. Durante los juicios, los militares lo siguen mantniendo y se consideran «juzgados por una victoria».
-¿Pero ha pretendido hacer de esos militares héroes?
-No he pretendido hacerlos buenos, sino lo que eran: seres humanos, con sus defectos y virtudes, con sus muchos contras y sus pros.
-Durante el periodo de incubación del libro se fue a Argentina...
-Sí, hablé con hijos de esos verdugos y militares, y es tremendo: su padre venía de trabajar como una persona normal, pero en realidad arrojaban a personas vivas desde aviones. Esos hijos tienen un descuadre mental increíble.
-¿Cómo definiría usted la psicología de personajes como ese militar Adolfo Mendoza de su obra y padre de Cloe que lanzaba a seres humanos desde aviones en marcha? ¿Podría extrapolarlo a casos actuales y concretos?
-En realidad, se trata de analziar un estado colectivo de violencia que vivió el pueblo argentino y he tratado de ser más o menos neutral. Sí, siempre se han dado casos, por ejemplo con el terrorismo de ETA. A diario.
-¿Y está capacitado el hombre, el lector, para entender a esos verdugos?
-Es una buena pregunta, yo creo que se puede llegar a entender con generosidad extraordinaria, pero es un proceso muy doloroso, no pueden compartirlo jamás, es un tema muy espinoso. Ni los propios hijos se ven capacitados muchas veces.
-Somos hipócritas los seres humanos con este tipo de torturas: ¿si es mi padre, lo perdono, si es mi vecino, no?
-Yo creo que se roza la hipocresía, pero en realidad es un mecanismo de defensa. Es muy duro aceptar que mi padre ha maltratado a mi madre, por ejemplo y en cambio, la gente tiende a mirar a otro lado en otras ocasiones cuando no les afecta de lleno.
Campos de concentración volantes
-¿Cuánto queda por saberse de esos vuelos de la muerte?
-Queda bastante, de hecho pienso que como está bastante reciente en el tiempo, la gente joven aún lo concebimos como algo casi extemporáneo. Faltan incluso cifras oficiales de desaparecidos y fallecidos durante la dictadura: muchas familias no saben dónde están sus muertos.
-¿Cree que la Historia no les ha conferido tanta importancia como a los campos de concentración, usted los compararía como campos aéreos?
-Sí, tendrá que pasar más tiempo para ponerlos en su lugar debido. Siguen saliendo a la luz datos, los argentinos siguen restañanado las heridas, pero estamos hablando de que drogaban a la gente, la metían en un camión y los lanzaban al Atlántico. Iban todos los militares, en esto toda la cúpula militar pasaba por lo mismo, acompañados por un médico para asegurarse de que iban tan atontados que se les podía ya arrojar al vacío. El médico entonces se metía en la cabina de la aeronave porque alegaban que su código hipocrático les impedía ver esa tortura. Pueden estar a la altura de los campos de concentración y refugiados, en efecto.
De Santiago Velázquez se ha escrito...
Paloma Torres, de ABC Cultural escribió que «Santiago Velázquez controla muy bien los tiempos, y La extraña ilusión es una novela construida con varias voces narrativas que requiere un esfuerzo enorme de exactitud en el ritmo y en la gestión de esas voces... Hoy en día llegan a publicarse algunos libros que, simplemente, no constituyen materia literaria, sino que enlazan escenas como en un videojuego, buscan sólo el entretenimiento fácil y reproducen diálogos superficiales. Por eso agrada y es digno de mención encontrarse con esta forma de literatura».
Álvaro Soto, del Grupo Vocento: «El libro, compuesto con los mecanismos genuinos de las novelas decimonónicas, pero también con los recursos propios de la experimentación de un Faulkner o de un Onetti, busca indagar en la psicología de aquellos militares que por la mañana torturaban y asesinaban a sus conciudadanos y por la noche contaban un cuento a sus hijas pequeñas antes de dormir

EDUARDO MOGA


“El desierto verde”, de Eduardo Moga
Por Agustín Calvo Galán | Destacados
El desierto verde. Eduardo Moga
Editorial Regional de Extremadura (Mérida, 2012)

El desierto suele ser la expresión del vacío, la soledad, lo deshabitado para la mayoría de los seres humanos; excepto para los pueblos nómadas que lo recorren habitualmente, excepto para pueblos como el Tuareg que ven en el desierto lo lleno, la comunicación y lo habitado. A Eduardo Moga no le hace falta recorrer el Sahara para ver en la naturaleza la oquedad de lo lleno, sin espejismos, pues su escritura es excepcional y explora el mundo con una mirada única, auténtica y sorprendente.
Dice el autor, en el prólogo con el que da entrada a esta edición deEl desierto verde (hay una anterior del 2011: artística, artesanal, caligrafiada, editada por Ediciones El Gato Gris), que el libro constituye un homenaje al paisaje extremeño; y podríamos concretar aún más, lo hace Eduardo nombrando personas, lugares y caminos, incluso dando las señas de un destino en las estribaciones de la sierra de Gata, al norte de la provincia de Cáceres. Y junto al enclave espacial también se resalta el temporal: el verano, la estación luminosa y árida. Ciertamente, se recorren en El desierto verde un espacio y un tiempo, el autor acota sus recorridos para hacer de la exploración del aquí y el anhelo del ahora la esencia de su escritura. Además, los poemas en prosa (fórmula que ya había usado en anteriores libros suyos como Bajo la piel, los días) le permiten al autor caminar en libertad y profundizar en la creación con naturalidad, sin la retórica de la poesía convencional, enfatizando en el eterno presente de lo creado, en la densidad de la realidad, en la desnudez de lo vital.
Así, en este camino por lugares existentes (no como un Quijote por La Mancha, confundiendo o trocando la realidad más cercana en fantasía) las circunstancias vitales son también las del poema: el momento de su escritura. Es decir que el hecho mismo de escribir se cuela en el poema:
Mientras escribo el poema, pasa un afilador, con su arpegio secular, y potros que repiquetean en el adoquinado, y un motorista que compensa la pequeñez de su inteligencia con la enormidad de su ruido.

El rigor en la escritura de Eduardo Moga es precisión por la forma y mecanismo para llegar al fondo, conjunción que no permite una lectura indiferente. Desde el hedonismo del placer sexual, hasta la desesperación silenciosa de la naturaleza, su prosa ahonda en el idioma y extrae de cada palabra, de cada frase, todo la fuerza expresiva, todo el esfuerzo creativo que contiene; y escribe estrujando las letras hasta convertirlas, hasta hacerlas materia de sí mismo, encarnación de sí mismo, por completo, en su complejidad. Por otro lado, a pesar de estar escrito en forma narrativa, el poeta no rehúye usar un sinfín de recursos semánticos, a priori más propios de la poesía, como la paradoja, la antítesis, la ironía o la hipérbole; todo ello extrañará o sorprenderá al lector desprevenido y fugaz, pero atraerá al lector expectante y paciente.
En El desierto verde la naturaleza como tema literario se aleja por completo del ideario romántico de consolación ante las adversidades, y se aproxima mucho más a unAntonio Machado en Campos de Castilla, donde el paisaje nos desvela el mundo interior del poeta, donde el yo se busca en el entorno como manera de ser en el mundo, como manera también de disolverse:
La piedra entra en mí: irradia una luz coriácea, que me conduce al interior muelle de la materia.
Y la luz, al fin, desde el inicio, desde la percepción de la materia a través de los ojos, trabajando un lenguaje que nombra con la mirada en el límite de lo tangible y lo intangible, se convierte en hilo conductor por este desierto, por las llagas limpias -desnudas y existenciales- y el sentido subjetivo de lo hallado. Otro hilo conductor, junto a la luz, es el dolor:
Solo el dolor nos ampara.
Tal vez porque la desolación de vivir, de vivir plenamente, conscientemente, implica no el lamento ante el daño percibido sino la comprensión contradictoria y nihilista de la condición humana y, por tanto, de la inutilidad misma de la creación (poética).
El desierto verde, como cualquier obra de Eduardo Moga, merece una lectura calmada, un dejarse llevar por los pensamientos del poeta a través del paisaje, la luz, la casa, el bosque y alejarse, al antojo de su mano narrativa, hacia el vaciado existencial donde el poeta aboca lenguaje y creación imprescindible. Sin duda, en el convencimiento de una labor intensa y extraordinaria.
Agustín Calvo Galán
http://proyectodesvelos.blogspot.com.es

MARÍA MOLINER








María Moliner, del Diccionario al teatro
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |

Desde esta columna se ha celebrado el hecho de que, junto con el nuevo diseño, el diario en papel incorporara el uso de las tildes en las mayúsculas, una norma académica en rigor desde hace muchísimos años. Muchos lectores esperan ahora que la versión en línea siga ese ejemplo.
Las mayúsculas dan algunos dolores de cabeza. Por ejemplo, el 30/11, en un mail, el lector Jorge Tolosa comenta: "Hace un par de años comencé a notar una extraña costumbre en mis alumnos. No usan las mayúsculas en los nombres de organismos oficiales o de marcas, lo cual no me sorprendió porque lo atribuí a una distracción propia de la edad y de las nuevas generaciones, habituadas a la escritura rápida e incompleta de los mensajes de texto. Pero sí eran muy cuidadosos a la hora de poner las mayúsculas en los gentilicios: «Me gustan las empanadas Salteñas» o «la diseñadora de indumentaria Colombiana» o «no leo revistas Argentinas». Hoy puedo decir que ya se generalizó este uso y cuando lo corrijo simplemente me preguntan «¿Qué quiere decir gentilicio»?"
La observación del lector tiene mucho sentido. Una consulta rápida a la nueva edición de la Ortografía de la RAE puede ayudar y mucho. En el Capítulo IV, titulado "El uso de las letras mayúsculas y minúsculas", está desplegado un mundo de sabiduría, porque el tema no es menor: "La escritura normal -nos recuerdan los académicos-utiliza habitualmente las letras minúsculas, si bien, por distintos motivos, pueden escribirse enteramente con mayúsculas palabras, frases e incluso textos enteros; pero lo usual es que las mayúsculas se utilicen solo en posición inicial de palabra, y su aparición está condicionada por distintos factores". Entre esos factores, están los que dan una lección a los alumnos del profesor Tolosa: en la página 471, en el apartado "Gentilicios y nombres de pueblos o etnias", se explica que "los adjetivos y sustantivos que expresan nacionalidad o procedencia geográfica, así como aquellos que designan pueblos o etnias, se escriben siempre con minúscula inicial: los aztecas, los maoríes, la cultura mochica, los ciudadanos filipinos. La minúscula es también la escritura apropiada cuando se utilizan en singular con valor colectivo: «Los otomanos sitiaron Viena, que otra vez consiguió resistir con ayuda de otros países cristianos, formándose a continuación la Santa Liga en defensa contra el turco [= los turcos]» (Otero Fundamentalismos [Es. 2001])".
La norma es importante, pero sabemos que es porque el uso la consagró. Por eso, una buena noticia que llena de felicidad a los seguidores de María Moliner, la autora del Diccionario de uso del español. Tuiteó la RAE: "@RAEInforma «El diccionario», inspirada en la vida y la obra de María Moliner, se estrenará en @teatroabadia, dirigida por el académico José Luis Gómez". Y en el sitio www.elcultural.es, se publica este artículo: "María Moliner vuelve a la palabra en Diccionario", la obra de teatro de Manuel Calzada sobre "una intelectual valiente y honesta", cuya vida fue "una continua lucha por crear un mundo mejor. A través de su Diccionario habló alto y claro". Ojalá algún productor argentino piense en estrenarla también en la Argentina.
©LA NACION.

Escritores 007







Espías al pie de la letra
MANUEL DE LA FUENTE - MANOLHITO / MADRID
«Escritores 007» cuenta la historia de muchos literatos del servicio secreto: Cervantes, Quevedo, Le Carré, Voltaire, Defoe...

ABC


John Le Carré, gran novelista, eficaz espía

Los escritores tienen la pluma larga, y los espías deben tener la lengua corta. Pero unos y otros comparten algunas cartas en la partida de la vida. Lo suyo es contar. Los primeros, a lo grande, con la bocaza bien abierta. Los segundos, mejor que lo que sepan lo digan a la oreja, y sin que casi se entere nadie. Pero ambos viven de inventarse. Los unos, sus historias, los otros a sí mismos: cambiar de nombre, simular trabajos, hacerse pasar por un tipo de Moscú cuando se ha nacido al pie de los Apalaches. Inventar y fingir. Imaginar y simular. Hacer que las máscaras hablen o ponerse la máscara.

Escribir y espiar: buen matrimonio
Escritura y espionaje son dos criaturas llamadas al matrimonio sea más o menos de conveniencia. Y la Historia da buena nueva de estas nupcias. Y no han sido, precisamente, escritores de segunda, quienes se han puesto al servicio de Su Majestad, o de los servicios de inteligencia comunista. A favor del Imperio, a favor de los luteranos.

Cervantes, Quevedo,Marlowe (¿o realmente era Shakespeare?), Francisco de Aldana, Beaumarchais, Graham Greene, John Le Carré, Rabelais, Arthur Koestler, Josep Pla, Voltaire, Daniel Defoe... que pueblan «Escritores 007. La cara oculta de plumas célebres» (Atanor Ediciones), nuevo y curiosísimo título deFernando Martínez Laínez, que pone al descubierto (aunque a ellos no les gustará mucho la idea) las peripecias como espías de estos grandes literatos. Alguno, más o menos por casualidad, los otros, a conciencia.
Martínez Laínez comienza a desvelarnos algunos de estos secretos: «Existe una cierta predisposición de los escritores para "fingir", puesto que toda narrativa de ficción es un fingimiento, y el escritor es alguien que nos cuenta una historia pretendiendo que otro se la crea y cuando no lo consigue, fracasa. En cierto modo un espía es también un contador de historias, su propia historia, puesto que finge lo que no es, y articula una "leyenda" en torno a su verdadera personalidad. Esa "leyenda" o doble personalidad se convierte en su mayor protección, su gran escudo. Pero ese juego con la doble personalidad lo practica también el escritor, que lleva dos vidas. La real ( lo que es ) y que la vuelca en sus obras, la que alimenta su fantasía».
Quevedo y Cervantes sirvieron con esfuerzo, valor y no mucha recompensa al Imperio Español. Antes lo había hecho el poeta y esforzado capitán Francisco de Aldana, espía para Felipe II y su sobrino Sebastián de Portugal, que murió bajo el mando de estepeleando contra el moro en la batalla de Alcazarquivir, en Marruecos. Greene y Le Carré sirvieron hábilmente al espionaje británico. Koestler fue agente comunista hasta que se cercioró de los crímenes del estalinismo y Josep Pla fue espía del espionaje franquista, además de hartarse de comer sardinas.
Siguen ahí

Ha pasado el tiempo, pero los espías siguen ahí, a la vuelta de la esquina, aunque si son buenos profesionales no nos daremos cuenta, evidentemente. Quizá más de uno esté escribiendo una novela. «No solo lo creo posible, sino que estoy seguro de ello» –continúa Martínez Laínez–. Ningún servicio secreto que se precie va a desaprovechar la ocasión de utilizarlos cuando llega el caso. El problema con los escritores metidos a espías es que son personalidades muy "volátiles" e interiormente inquietas, y a veces su propio facilidad para imaginar les puede jugar malas pasadas. Pero por lo demás, los escritores tienen las mismas virtudes y defectos que cualquier ser humano, aunque suelen ser más vanidosos y estar más ansiosos de fama que la mayoría. Esta última cualidad hace que tengan tendencia a hablar de sí mismos y revelar en forma de memorias o relatos las tramas reales de su propia vida, como una prolongación de su actividad literaria. Algo que, lógicamente, no les gusta a los servicios secretos».

Cuidado, pues, lector, algún espía se esconde en las páginas de ese libro que le espera en la mesilla de noche.

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


etc. no va seguido de puntos suspensivos

La palabra etcétera, bien en su forma plena o bien abreviada como etc., no va seguida de puntos suspensivos y siempre va precedida de una coma cuando se usa para dejar abierta una enumeración.

En ocasiones, sin embargo, se escribe etcétera o etc. con la puntuación inapropiada, como en los siguientes ejemplos: «Los inspectores les comunicaron a los titulares de los puestos de fruta, verduras, ropa, calzado, etc... que tendrán que instalarse más arriba» y «Asimismo se ocuparán otros espacios del recinto, como vestuarios, zonas para camerinos etc...».

Según explica la Ortografía académica, los puntos suspensivos pueden aparecer al final de una enumeración o lista con el mismo valor que etcétera, por lo que debe evitarse, por redundante, la aparición conjunta de ambos elementos; además, y por convención, etc. (que ha de llevar siempre punto) y etcétera se separan del anterior elemento por una coma.

Así, la puntuación apropiada de las frases anteriores habría sido «Los inspectores les comunicaron a los titulares de los puestos de fruta, verduras, ropa, calzado, etc., que tendrán que instalarse más arriba» y «Asimismo se ocuparán otros espacios del recinto, como vestuarios, zonas para camerinos, etc.».

También es redundante y por tanto inapropiado, al menos en la lengua formal, escribir varias veces seguidas etcétera o etc., como en «Se descubren curas para el cáncer, el sida, etc., etc.».

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