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terça-feira, 27 de novembro de 2012

DÍA DEL CORRECTOR








Helarte de la errata
Hoy se celebra el Día del Corrector, un colectivo profesional imprescindible para que los textos de libros, periódicos, anuncios, prospectos médicos… salgan sin errores
JOSÉ ANTONIO GUERRERO / ABC MADRID/ 25/11/2012

Una letra mal colocada puede hacer muy doloroso el placer de la lectura. Como la que atormentó a aquel obispo que se tenía que ir de Pitillas (un pueblo navarro) y acabó a las puertas del infierno por una saltarina «u» que apareció allí donde menos se la esperaba. O como aquella que abochornó a un famoso crítico literario, que quiso dedicar su último libro a una altiva condesa «cuyo exquisito gusto conocemos bien todos sus amigos» antes de que una traviesa b se metiera entre pecho y pecho. Las erratas en los periódicos (obra, ya se sabe, de los duendes de las rotativas), en los libros y hasta en los discursos de los políticos son tan viejas como la misma imprenta. Flaubert decía que las erratas eran los piojos de las palabras, Luis Cernuda las llamó la caries de los renglones. Pero a veces los piojos se convierten en garrapatas y las caries pueden acabar con las más sólidas de las dentaduras literarias. Que se lo digan, si no, a Blasco Ibáñez cuando en su novela «Arroz y tartana» deslizó sin querer una errante o que hizo que aquella mañana, Doña Manuela se levantara con el «coño» fruncido, dejando a sus lectores con el suyo bien arrugado.
La más resistente de las erratas la hemos encontrado en un desternillante artículo del blog librosmalditos.com que dice así: «Hay erratas poderosas, invencibles, como la que afligió a un pobre plumilla que escribió acerca de una encopetada dama. Reclamaba al ministro una merecida recompensa por sus «infinitos servicios», pero el demonio de la imprenta –pues de él hablamos– hizo poner «ínfimos». Nuestro protagonista se apresuró a corregir el error, pero la errata mutó incansable, y apareció «infames» al día siguiente. Desesperado, nuestro héroe volvió a corregir la dichosa palabra, solo para comprobar una vez más que la dama bien merecía un premio del ministro por sus «íntimos servicios».
Los gazapos han sido (lo siguen siendo) motivo de angustia cuando no de cólera tanto para los periodistas y sus directores, como para los autores y sus editores. Es verdad que hasta el escribano más puntilloso echa un borrón, pero no hay en el mundo cronista, por más frío que sea, que no le hierva la sangre al descubrir una errata. ¿Hacia quién descargar su rabia? La respuesta es deprimente.
Se convoca la cacería anual de gazapos y su publicación en Twitter con #tomaerrata
Afortunadamente estos traumas del lenguaje, estas heridas de las palabras gozan de su correspondiente tratamiento y sanadora cura gracias al cuerpo de correctores de textos, y digo cuerpo «porque el corrector es una persona y no un programa de tratamiento de textos». Lo subraya Antonio Martín, presidente de Unico, un gremio de doscientos centinelas que se desvelan por evitar esos estropicios que arruinan las ediciones. (Ay… ¡qué no podrían haber hecho con aquel titular de las "vascas locas" que alertaba de la encefalopatía espongiforme bovina!).
A estas horas, los correctores además, festejan su día (que en realidad es el 27 de octubre, pero lo celebran hoy) con la ya tradicional 'cacería deerratas' por las calles de toda España, a la que convocan a todos los coleccionistas de gazapos para que envíen sus fotos a Twitter con la etiqueta #tomaerrata. Servidor ya ha mandado un par a primera hora. Ruego indulgencia a los autores porque conozco por experiencia lo mucho que escuecen.
Asesores lingüísticos
Habíamos dejado al presidente de los correctores hablando de la importancia de que sea la mano del hombre la que enmiende los desatinos antes de que lleguen a los rodillos de las imprentas. «La tecnología no basta, un programa de ordenador no puede hacer una corrección en serio. Un ordenador no comprende lo que dice el texto». Y tampoco basta el diccionario de la RAE o las normas de la Academia «porque hay manuales de estilo que contradicen esas mismas normas». Marín lo explica del siguiente modo: «Los correctores somos como abogados del lenguaje y para manejarnos la Real Academia nos ofrece una Constitución que, sin embargo, no recoge códigos o leyes, que tienen normas específicas».
Uno imagina al corrector ejerciendo en silencio su puntilloso oficio, provisto de un boli rojo e impregnándose de la cultura que emana de los textos que someten a su escrutinio. No diremos que nada más lejos de la realidad porque por sus manos pasan los poemas más profundos, las novelas más trepidantes, los ensayos más ingeniosos o las enciclopedias mejor armadas, pero también el delirante prospecto de la claritromicina oral, el manual de instrucciones de un Boeing 747 o la composición de los 500 alimentos de la dieta española. Quizás resulte más cómodo, pero igual de aburrido, echarse al coleto el discurso de un político o la carta del director de una multinacional a sus trabajadores. Las grandes empresas, por cierto, se preocupan cada vez más de cuidar su imagen, tanto en los textos de los anuncios (el pasado domingo, un clamoroso ¿cúal sería? (con acento en la u) apareció en la portada del semanal de un importante periódico), como en las comunicaciones externas e internas. «Los departamentos de comunicación de muchas multinacionales nos piden que les ayudemos en esta tarea. Aunque no buscan correctores, sino asesores lingüísticos, así que cuando hacemos este trabajo, nos cambiamos el nombre y todos tan contentos», bromea Antonio Marín.

De los correctores (o asesores lingüísticos) depende también que una coma o un acento extraviados conviertan un «Señor, muerto está, tarde llegamos» en un «Señor muerto, esta tarde llegamos». O que el olvido de una tilde cambie el sentido de aquel anuncio en el que se buscaba «secretaria con dominio de ingles básico», que como mínimo duele tanto como un golpe bajo. Y ojo, que los correctores bucean hasta en lo más hondo de los renglones y de su puntuación para detectar, por ejemplo, un punto y coma impreso en negrita que debía aparecer en cursiva. Por eso el apellido de corrector es «Ortotipográfico». Como dicen los correctores de Unico, su invisible oficio a veces solo limpia, a veces fija y muchas, bastantes, da esplendor a los textos.
Hoy podemos ver a muchos de ellos (también se espera a Forges pues el humorista gráfico ha impulsado la figura del 'Corrector Justiciero') en el madrileño mercado de San Fernando, donde se podrán degustar tapas gramaticales y tragos con acento, además de un original mercadillo de libros que se venderán al peso. Paralelamente, en Guadalajara (México) arrancará el Segundo Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español, al que asistirá el presidente de Unico.
Ojalá los duendes de las rotativas y los piojos de las palabras sigan sorprendiéndonos de vez en cuando pues de otro modo nunca podríamos soltar una risa de sorpresa o directamente carcajearnos con delicias como las que recoge el libro 'Helarte de la errata', del poeta y ensayista Carlos López (Guatemala, 1954) y del que he tomado prestado ese maravilloso título para encabezar este reportaje. López ha acometido en esas páginas un ingenioso recuento de las erratas más famosas y divertidas perpetradas a lo largo y ancho del planeta. Ni Octavio Paz, ni García Márquez, ni George WC (sic) Bush (que al parecer pronunció tantos disparates que hay especialistas estudiándolos), ni siquiera un Papa y algunos santos se libran del escrutinio de Carlos López, que nos enseña a convivir con las erratas y disfrutar de su arte, aunque a veces nos deje helados.

QUINO





Quino recibirá el próximo sábado la Orden de las Artes y las Letras de Francia
En 1973 dejó de dibujar a Mafalda y en 2009 anunció una «ausencia temporal» a la espera de encontrar nuevos temas que le inspiraran

EFEABC_CULTURA / PARÍS Por DAVID ARRANZ

El dibujante argentino Quino, creador de la popular Mafalda, recibirá el 1 de diciembre en París la medalla oficial de la Orden de las Artes y las Letras, reconocimiento que distingue en Francia a personas que han destacado por su creación en el ámbito artístico o literario. Esa distinción, otorgada por el Ministerio de Cultura francés, premia igualmente a quienes han contribuido al "resplandor" de las artes y de las letras en Francia y en el mundo.
El distribuidor en exclusiva de la obra y de los derechos de Quino en Francia, Karmafilms, indicó que la ceremonia tendrá lugar en el marco de la vigésimo octava edición del Salón del Libro y de la Prensa Juvenil, que se inaugura este miércoles y se prolongará hasta el 3 de diciembre.
La ministra de Cultura francesa, Aurélie Filippetti, será la encargada de entregarle la medalla y de pronunciar el discurso que habitualmente acompaña la condecoración, indicaron desde esa compañía.
En una entrevista concedida el pasado fin de semana, el autor argentino, que en julio cumplió 80 años, indicaba que, pese a la fama que han adquirido sus personajes y a la vigencia de las críticas lanzadas en sus tiras cómicas, él nunca se consideró "otra cosa que un obrero del dibujo". "Yo hacía mi trabajo y nada más", señaló Quino, que en 1973 dejó de dibujar a Mafalda y en 2009 anunció una "ausencia temporal" a la espera de encontrar nuevos temas que le inspiraran y la manera de hacer "más actual" sus creaciones.

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Así, en los ejemplos anteriores, lo adecuado habría sido «Los libros de porno blando arrasan en América», «Ese personaje está lleno de una carga erótica que muchos han calificado como porno blando» o «Una fórmula segura de éxito: la novela romántica mezclada con porno blando».

Además, también se consideran válidas otras traducciones como porno suave.

TRADUCCIÓN II







La traducción ingresa en la Academia
Miguel Sáenz, introductor en España de Bernhard o Günter Grass y recién elegido miembro de la RAE, habla del pasado y el futuro de una labor no siempre reconocida

por IKER SEISDEDOS Madrid 26 NOV 2012 -

Además del extraordinario traductor literario con modales de novelista, con Miguel Sáenz (Larache, 1932), elegido para el sillón b minúscula, vacante tras la muerte de Eliseo Álvarez-Arenas, ingresarán en la Real Academia el general auditor retirado, el brillante jurista del aire, exfiscal de la Sala Quinta del Tribunal Supremo, el cosmopolita que “gracias a la ONU” nos presentó a los escritores Thomas Bernhard, Salman Rushdie o Günter Grass, el miembro de la academia alemana y el gran experto en jazz, teatro y asuntos aeronáuticos.
Y a juzgar por las muestras de alegría que este hombre franco y cercano ha recibido de sus compañeros de gremio desde su designación el pasado jueves, pareciera que también entra con él toda una profesión.
“Lo han vivido con gran alegría, como un reconocimiento colectivo”, explicaba este sábado en su casa al norte de Madrid, llena de libros y recuerdos compartidos con su mujer Grita Loebsack y sus cuatro hijos. Hay otros grandes traductores en la RAE, se apresuró a añadir: “Javier Marías, Francisco Rodríguez Adrados, Juan Gil y, claro, Valentín García Yebra”. “Aunque es cierto que quizá es la primera vez que se buscaba específicamente a un traductor [se impuso en segunda ronda de las votaciones a otro, Antonio Pau]. La novedad es que siempre ha habido militares académicos, pero nunca del Aire”.
Porque si Sáenz, que pasó su infancia en Marruecos como hijo de un general de Infantería, se ha labrado una ejemplar trayectoria como traductor literario desde hace ya 40 años, ha sido “a partir de las seis de la tarde”, cuando sus obligaciones de jurista y militar le dejaban tiempo.
Su debut de aficionado llegó en 1976, de la mano de Peter Handke(Carta breve para un largo adiós). Pero antes, la interpretación ya le había servido de sustento, cuando recaló en excedencia en la ONU entre 1965 y 1970. En Nueva York primero y en Viena después. “Si algo sé de traducción lo aprendí allí, no en una universidad”, recuerda. “La sección la componían no solo intérpretes españoles, sino también hispanoamericanos. Ahí entendí que el español es la lengua de 22 países. Cuando se traduce bajo presión una resolución del Consejo de Seguridad sobre los territorios ocupados, te das cuenta de la importancia de una palabra; puede costar vidas”.
En sus días neoyorquinos, cayó fascinado por la libertad de una generación de músicos irrepetible a la que dedicó el ensayo fundamentalJazz de hoy, de ahora, que editó en Siglo XXI Javier Pradera (con quien se había graduado como teniente auditor del Cuerpo Jurídico del Aire). De vuelta en Madrid, coqueteó con la novela (“escribí un puñado, todas terribles”) y mantuvo el vínculo con la ONU: “Me iban pidiendo traducciones puntuales. Fueron ellos quienes subvencionaron la introducción de cierta narrativa alemana en España. Con lo que me pagaban por un par de meses me daba para estar con El rodaballo dos años”.
Desde aquel trabajo se le ha considerado como “el gran traductor del alemán”, pese a que se maneja “mejor en inglés” (Henry Roth o William Faulkner se cuentan también entre sus clientes). “En realidad, la culpa de mi especialización germánica la tiene Jaime Salinas, que necesitaba lectores de alemán para Alfaguara. Lo había aprendido en parte cuando a fines de los años cincuenta estuve destinado en Mallorca. Y con las extranjeras hablabas inglés o hablabas alemán... Allí conocí a mi mujer”.
Obligado por los informes para Salinas y el legendario comité editorial que reunía en Torres Blancas a, entre otros, Benet, García Hortelano, Marías o Rafael Conte, Sáenz se sacó la carrera de Filología Alemana. En una de aquellas reuniones, Marías habló de un enigmático autor austriaco llamado Thomas Bernhard, que él había leído en francés. De aquel descubrimiento surgió una relación que dura hasta hoy: Sáenz ha traducido casi toda la obra del escritor, a quien dedicó una espléndida biografía.
Trastorno fue el primer bernhard publicado (en 1978) por Alfaguara, y tal fue la influencia de su prosa hipnótica, que podría decirse que cambió la faz de la narrativa en español. Sáenz cuenta que durante su proceso de ingreso en la RAE, avalado por Luis Goytisolo, Pedro Álvarez de Miranda y Margarita Salas, recibió apoyos cariñosos de algunos escritores académicos. No en vano, a ellos, y a una legión de lectores, ha llevado de la mano por los procelosos cauces de la mejor narrativa alemana: de Brecht a Kafka, de Sebald a Döblin, autor de Berlin Alexanderplatz, su traducción “más compleja”.
A Bernhard, hombre poco social, estuvo a punto de conocerlo cuando este le llamó en 1989 desde Torremolinos para fijar una cita finalmente truncada por la muerte del escritor en 1989. Mayor relación ha tenido con otros autores, como Rushdie o, sobre todo, Günter Grass, con el que, al paso de los años, le une cierta amistad.
Gracias a todo ello (también al más exitoso trabajo de su trayectoria, La historia interminable, de Michael Ende, que aún le “da dinero”), obtuvo en 1991 el Premio Nacional de Traducción a toda una carrera, que este mes, como parte del jurado ha concedido a su compañero Francisco J. Úriz (y a Luz Gómez en la categoría de mejor libro). Mucho han cambiado las cosas en esas dos décadas... ¿O no? “La traducción literaria sigue estando pésimamente pagada. Un traductor no necesita reconocimiento, sino que le remuneren bien”, opina Sáenz. “A mí no es que me paguen correctamente, es que me estafan menos”.
Se sabe, con todo, un privilegiado. “No he vivido de esto, por suerte, porque para eso hay que matarse trabajando”. Siempre ha aceptado solo los trabajos que le interesaban. A los que ahora se suma la redacción del discurso de ingreso, que, mucho se teme, versará sobre el arte de la traducción. Aunque estaría feliz, dice, de poder consagrarlo a otras pasiones. Como el lenguaje aeronáutico. O el jazz.

TRADUCCIÓN





La profesión ya no llora... tanto

El esfuerzo de los traductores logra que se materialicen viejas reivindicaciones, pero sus nombres vuelven a desaparecer de las cubiertas y de muchas menciones
JUAN CRUZ – EL PAÍS – ES.

Los traductores literarios españoles han pasado, en medio siglo, del “traducir en España es llorar” al “traducir en España es una profesión”. Lo dice Francisco Uriz (Zaragoza, 1932), que después de medio siglo en el oficio (traduciendo del sueco, sobre todo poesía, y a veces las frases que la Academia Sueca emite para dar a conocer su estimación de los Nobel literarios), acaba de recibir del Ministerio de Cultura el Premio Nacional a la Obra de un Traductor.
Su colega, Luz Gómez (Madrid, 1967), también ha sido premiada, en su caso con el Premio Nacional a la Mejor Traducción (ambos dotados con 20.000 euros), por haber puesto en castellano En presencia de laausencia, del árabe Mahmud Darwix (Pre-Textos), a quien lleva traduciendo 15 años. Ella cree que, en el campo de esas reivindicaciones de los traductores españoles, “quedan batallas por ganar”.
Según Gómez, “el traductor literario no deja de ser una molestia imprescindible, y como tal no se sabe qué hacer con él”. Drástica: “Lo ideal sería”, dice, “que no existiera: es una carga, molesta pagarle, molesta reconocerle”.
En los años ochenta, por la insistencia de Esther Benítez, un mito en la traducción moderna, y de Javier Marías, ambos traductores, los editores se tomaron en serio esa reivindicación y desde entonces el traductor ha solido tener su lugar a la sombra (o a la luz) del autor. Pero Luz percibe que, “tras una época de reconocimiento tipográfico, su nombre ha empezado a desaparecer de las cubiertas de los libros, para que las cubiertas queden más limpias, dicen”.
“España posee una de las leyes de Propiedad Intelectual mejores y más avanzadas de Europa. Con lo cual, no debería haber cuestiones pendientes”, dice María Teresa Gallego Urrutia, la presidenta de ACE, la organización que agrupa a los traductores españoles. “Pero hete aquí”, añade, “que buena parte de las editoriales de este país —no todas, ni mucho menos, pero sí bastantes— incumplen la ley sistemáticamente (de aquí la frase que suele repetir Miguel Sáenz: ‘España es un estado de derecho atemperado por el estricto incumplimiento de la ley’). Por ello a veces los contratos de traducción, o sea de cesión de derechos para la explotación de la traducción durante un número determinado de años, son claramente ilegales (vulneran la letra de la ley) y, otras, no llegan a ser ilegales pero son abusivos (vulneran el espíritu de la ley)”.
Ya no lloran, dice Uriz. Pero tendrían motivos. Continúa la presidenta de los traductores: “A veces las editoriales no admiten negociación alguna” sobre anticipos y porcentajes en derechos. Y, además, se producen impagos “o retrasos abusivos” por parte de algunas editoriales, “no de todas, ni mucho menos”.
Pero hay razones para decir que los tiempos han avanzado para mejor. Dice Elisabeth Falomir (Valencia, 1988, traductora del francés): “Hay que batallar duro para que se hagan contratos de traducción dignos. ¡Y que se cumplan!”. Juan Sebastián Cárdenas (colombiano en Madrid, traductor del inglés, también es narrador) tiene claro su lugar en el mundo: “En términos estrictos, los traductores no somos distintos de un encofrador o del tipo que hace alicatado. Está bien que se valore nuestro trabajo, que es tremendamente complicado y a veces tan ingrato. Pero básicamente somos trabajadores de la industria cultural. Somos obreros. Y esa consciencia de obreros viene con una lista de derechos que todavía estamos en proceso de garantizar plenamente”.
En ese plano, Cárdenas apunta a la cabeza: “En nuestros tiempos, el peor enemigo del traductor —siempre que no hablemos de un tipo mediocre y chapucero, siempre y cuando hablemos de un buen traductor— es el colegueo y la informalidad con la que muchos editores entablan las relaciones laborales. A lo largo de estos 10 años de experiencia me he topado con un puñado de listos, grandes y pequeños, dispuestos a timar a quien fuera”. Pero él tiene la suerte, dice, de trabajar con gente magnífica “como Enrique Redel (Impedimenta) o Diego Moreno (Nórdica)”.
A Uriz le pregunto por sus traducciones más preciadas. Va por épocas. “Cuando traducía con Artur Lundkvist literatura latinoamericana al sueco, me identifiqué sobre todo con César Vallejo, Pablo Neruda, Jaime Gil de Biedma y Blas de Otero… al español, me sentí hermanado con el finlandés Claes Andersson, el sueco Gunnar Ekelöf y ahora con el danés Henrik Nordbrandt, el finlandés Pentti Saarikoski. ¡Y no olvido a Tomas Tranströmer!”. Pero hay un poema del que no se puede olvidar:Sobre la guerra de Vietnam, de Goran Sonnevi, “que influyó en mí de una manera decisiva, tanto que me dio la pista para tratar en un poemario mi indignación por la barbarie norteamericana en Vietnam”.
Un traductor es un bicho raro, dice Luz Gómez. “Yo traduzco poesía pero escribo y enseño sobre islam e islamismo. Traduzco a partir de un proyecto que propongo a un editor y discutimos. Es el caso también de un buen número de poetas traductores o narradores traductores. Si no fuera por ciertos editores, siempre dispuestos a abrir el panorama, sería misión imposible”. A ella la llevó a traducir el gusto por la poesía árabe contemporánea, “en concreto la obra de Mahmud Darwix”, tarea que le ha proporcionado este premio.
Le pregunté a Cárdenas, autor también, qué se siente dándole voz a autores con los que no se experimenta identificación. Responde: “Siguiendo muy de cerca las reflexiones de Walter Benjamin sobre la traducción, creo que la mayor dificultad técnica del trabajo radica en la obligación de trasladar los efectos sensoriales que produce la lengua original a un texto determinado. La traducción crea efectos inesperados en la lengua de recepción, y por tanto, en la percepción, en el cuerpo del lector. Y ese trabajo de mediación pasa, en el sentido más literal, por el cuerpo del traductor. Podemos imaginárnoslo como una especie de máquina o antena, que recibe señales y las transforma en otra cosa”. Elisabeth Falomir: “He traducido voces narrativas casi siempre masculinas y creo haber conseguido amoldarme a distintos registros. Intento hacerme invisible, que no se me oiga: traducir es convertirse en ninja, dejarse atravesar por el texto y entregarlo sin dejar mucha huella, mimetizarse”.
Gallego Urrutia, que acaba de publicar su traducción de Orígenes y Los desorientados, de Amin Maalouf (Alianza), dice qué le dejan los autores: “Una embriaguez…”. Lo explicó en un artículo en El Trujamán, la revista de traducción del Instituto Cervantes: “De repente, esas pocas palabras, esas pocas frases, breves pero fundamentales y eternas, son mías. Las poseo y me poseen”.
El orgullo del traductor literario, dice, “reside en su capacidad y su talento para enfrentarse a la traducción de cuantos escritores les encomienden las editoriales. Su versatilidad es su grandeza”. Por eso su exigencia de buen trato es una reivindicación que parece inacabable. Uriz lo explica: “Siempre hay que seguir reclamando un pago por página que lleve nuestros honorarios al nivel de lo que cobra la señora de la limpieza”.
Ya no lloran… tanto; quieren ser invisibles y son ecos necesarios de los autores extranjeros. Quieren volver a las cubiertas y quieren que su salario compense el esfuerzo de ser imprescindibles.

ESPAÑOL















Lengua y sexismo: una humilde (y perezosa) propuesta
por Luis Magrinyà –El Diario.es - 22/11/2012


Todo empezó con aquel loco de la Antigüedad al que un día se le ocurrió decir “El hombre es la medida de todas las cosas” o alguna otra frase parecida. No solo instauró las bases de la cultura occidental, sino que además le puso género. ¿No podía el buen hombre –porque fue un hombre, sin duda– haber dicho “el ser humano” o “la persona” o cualquier otro recurso que su pensamiento y su lengua le permitieran? Tal vez sí podía, pero el caso es que no lo hizo. Desde entonces y a lo largo de siglos y más siglos la tradición ha aceptado que los universales se formulen en masculino. Hasta que un día se alzó una voz y preguntó si «el hombre» era una sinécdoque de “especie humana” e incluía, por tanto, a la mujer. Algunos no se lo creyeron, porque para ellos la mujer no pertenecía a la especie humana, pero otros dijeron que sí, que bienvenida la mujer, a ver si así se conformaba. En la segunda mitad del siglo XX la voz dejó de conformarse y poco a poco fue apuntando cuán interesada era la apropiación de los universales por parte del “hombre”, cuántos estropicios discriminatorios causaba y cómo modelaba la mentalidad de las personas. Le respondieron que el masculino, en la lengua, era el género “no marcado”, el que valía para todo. Y la voz se rebeló contra lo “no marcado”.
Resulta un tanto curioso ver cómo a los detractores de esta voz de alarma, que en una de sus modulaciones es la que ahora pide que digamos “los psicólogos y las psicólogas” en vez de solo “los psicólogos”, les cuesta tanto reconocer el hecho decididamente obvio de que la posición del masculino como género no marcado (precisamente el masculino) indica un sesgo machista en la estructura de una lengua. Pero no menos curioso es ver cómo la voz de alarma rechaza la posibilidad igualmente obvia de que, con el uso y la debida concienciación, este sesgo quede desarticulado (si no lo está ya de hecho) y reducido a un estado fósil convenientemente inoperativo; en su protesta, la voz no admite fosilizaciones, exige “visibilidad”, se pone ciertamente pesada, y de ahí lo de “los psicólogos y las psicólogas”. Con lo que uno se pregunta a veces –por desgracia– por qué hablan de visibilidad cuando quieren decir demagogia.
El informe [ informe] de Ignacio Bosque y 28 académicos de número titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” se ha hecho ya famoso por su elocuente toma de partido del”« uso no marcado (o uso genérico) del masculino”. Según el informe existe “acuerdo general entre los lingüistas” en que este uso “está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas”, algo que nadie duda, pero “también en que no hay razón para censurarlo”. Quizá no haya razón para censurar su uso, tan asentado; pero quizá sí la haya para censurar su asentamiento. Cierto es que éste se pierde en la noche de los tiempos, en un magma inmemorial de visiones del mundo y organizaciones gramaticales, o, como dice el informe, es posible que su “reflejo sea ya opaco”. Pero constatar la opacidad no debería conducirnos a pensar de una forma simplona que las cosas son así, y punto. El masculino es el género no marcado, de acuerdo; las cosas son así, de acuerdo; pero… las cosas son así por alguna razón, y además podrían haber sido de otra manera. A mí me habría gustado que el informe, firmado por un gran lingüista que sabe mucho más que sus lectores, hubiera iluminado más la “opacidad” en vez de despacharla en una frase. Es un tema interesantísimo y desde aquí le animo a desarrollarlo. Estar “firmemente asentado” no es explicación de nada.
Se observa, por lo demás, en todo el informe, pese a sus largas y a veces hábiles argumentaciones, cierto disgusto de tipo corporativo por el intrusismo de los redactores de las guías de “lenguaje no sexista” que son su objeto de análisis y crítica. Da la impresión de que es intolerable que alguien se ponga a hacer recomendaciones de usos lingüísticos siendo únicamente un hacendoso hablante que opera, al parecer, fuera del “acuerdo general entre lingüistas”. Podríamos objetar aquí con otra obviedad: que quienes dictan los cambios y las creaciones de los usos lingüísticos son precisamente los hablantes, y no, mal que a ellas les pese, las autoridades académicas. Y que es posible que los 28 suscriptores del informe sean académicos de número, pero al menos 17 de ellos no son –ni por asomo– lingüistas.
El informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número parece alertar, por otro lado, contra la confusión de ideología y lenguaje, de pensamiento y estructuras lingüísticas. Se muestra incómodo ante la sola idea de que el sexismo pueda permear la lengua a través de sus pequeños conductos gramaticales, en principio de tan escaso flujo semántico. Para rebatir esta idea, aduce argumentos que tienden apreciablemente a la misma confusión que el autor y sus suscriptores denuncian. El informe nos recuerda, por ejemplo, cómo Álvaro García Meseguer, en su libro de 1994 ¿Es sexista la lengua española?, explicaba “por qué son claramente sexistas frases como ‘ Hasta los acontecimientos más importantes de nuestra vida, como elegir nuestra esposa o nuestra carrera, están determinados por influencias inconscientes’, ya que introducen una marcada perspectiva androcéntrica en una afirmación general sobre los seres humanos”. No sé muy bien cuál es la función de este ejemplo en un informe lingüístico: no hay en la frase citada ningún uso obligado o simplemente “asentado” que caracterice la estructura de una lengua. El responsable del sexismo de esta afirmación no es la lengua sino el idiota que la ha escrito. A veces da la impresión de que el informe de Bosque y los 28 académicos de número quiera hacer pasar por ejemplos de lengua ejemplos que lo son solamente de ideología.
Un hombre “universal” que hoy siga hablando en plural y refiriéndose a “nuestra esposa”, o –si entramos en el terreno del léxico– cualquiera que siga diciendo que “trabaja como un negro”, que le “han engañado como a un chino”, que no le gustan “las mariconadas” o que le han hecho “una judiada” puede, si quiere, echarle la culpa a la lengua; pero el responsable de lo que dice es únicamente el hablante que ha elegido expresarse de tal forma y no de tantas otras que el repertorio lingüístico pone a su alcance. El sesgo ideológico problemático de una lengua no se da en el léxico, que por lo común podemos elegir y evitar, sino en aquello que no podemos elegir, o que difícilmente, por estar tan “asentado”, podemos cambiar. Aquí es donde intervienen las cuestiones gramaticales, y lo de “los psicólogos y las psicólogas” en particular, que para el informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número es “insostenible”. Creo que en este punto llevan razón. Creo, como dicen, que la persona voluntariosa y sensibilizada que pronuncia un discurso o redacta un escrito atendiendo escrupulosamente a las reglas de “desdoblamiento” dirá en privado, al acabar su intervención pública, que “se va a cenar con unos amigos” y no “con unos amigos y unas amigas”. De hecho, creo que el esfuerzo y la sensibilización que requiere la aplicación perseverante de estas medidas son tan apremiantes que dudo mucho de que, en la progresión misma del discurso o del escrito, no se le escape a alguien algún escafurcio; es decir, que uno empiece con entusiasmo hablando de “los psicólogos y las psicólogas” y luego, al final, vaya perdiendo fuelle y se le cuele de repente una alusión, pongamos por caso, a “los enfermos” de un hospital en vez de a “los enfermos y las enfermas”. Aun así, debo reconocer que he escuchado los 56:14 minutos de una conferencia de la profesora Eulàlia Lledó, redactora de guías de lenguaje no sexista y crítica del informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número, y no la he pillado en ningún renuncio. La verdad es que, al menos en esa conferencia, nada suena forzado, muchas soluciones no tienen nada de retorcido y la mayor parte de las propuestas se dicen y se escuchan sin violencia (no se dice, en fin, ni una sola vez nada semejante a “los psicólogos y las psicólogas” ni a “los enfermos y las enfermas”).
En cualquier caso, la profesora Eulàlia Lledó es una profesional del ramo y no todos podemos –ni tenemos ganas de– estar a su altura. Ella se esfuerza en señalar que “las dobles formas no se han inventado ahora” y que no son tan exóticas en español como se desprende del informe académico; nos recuerda, por ejemplo, que al Cid ya lo recibieron en Burgos “mujeres y varones, burgueses y burguesas”… aunque no despeje la duda de si ese desdoblamiento no era más bien una componenda métrica del juglar ni, por supuesto, se atreva a afirmar que instaurara una tradición. El problema de “los psicólogos y las psicólogas” es que es una forma que no tiene tradición: habría que crearla, y en eso parecen comprometidas la profesora Eulàlia Lledó y quienes comparten sus ideas. Si realmente lograra crearse esta tradición, acabaría produciéndose uno de esos fenómenos de “uso asentado" que los informes de los académicos de número del futuro no tendrían más remedio, si quisieran ser coherentes, que reconocer y acatar.
Como en otros momentos y en otros aspectos de la lengua, las cartas están echadas y ya se verá quién se impone. Es totalmente lícito –siempre lo ha sido– que los adversarios se exhiban y se enfrenten: la lengua y el tiempo decidirán. Por mi parte, me temo que no puedo ponerme del lado de “los psicólogos y las psicólogas”. Yo asumo que partes muy íntimas de la lengua que utilizo tienen un componente sexista y que el masculino como género no marcado es una de ellas. Pero, al asumirlo, al reconocerlo, le quito peso, influencia, importancia. Sé que no empezó quizá como una convención: para mí ya lo es. Al decir “los psicólogos” incluyo a "las psicólogas” con la esperanza de que “las psicólogas” hayan hecho el mismo proceso que yo, hayan identificado la convención y, con ello, desactivado su significado. Si no lo han hecho o no han querido hacerlo, muy bien, que sigan protestando, reclamando protagonismo y autoridad, y fabricando formas, como los académicos de número. Es un hecho repetido en la historia de la lengua: las tendencias contrarias conviven, y no pasa nada. Al final una de ellas suele ganar.
Pero hay otra razón, tal vez más poderosa y para mí definitiva, para no decir “los psicólogos y las psicólogas”. A veces, para calificar una de las propiedades principales de la lengua, los lingüistas recurren a la economía (dicen que la lengua es “económica”), al pragmatismo (dicen que es “eficaz” o “funcional”) o a la poesía (dicen que es “natural”). Yo prefiero recurrir a los pecados capitales. La lengua es perezosa. Da una infinita pereza decir “los psicólogos y las psicólogas” y estar pendiente, en cada frase que uno dice o escribe, de seguir la norma sin ser incongruente. Da mucha pereza asentarse contra lo asentado cuando es más rápido y menos trabajoso, y para mí más efectivo, señalarlo con el dedo, desnudarlo y desactivarlo. He aquí mi humilde propuesta para personas sensibilizadas con la problemática del sexismo y la lengua y, sin embargo, tan perezosas como yo. Antes de pronunciar su discurso, o de empezar su escrito, formulen esta advertencia, descargo o disclaimer: “Por razones históricas y gramaticales, y sin duda sexistas, en español el masculino es el género no marcado”. Y luego hablen, escriban sin estresarse.
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