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domingo, 14 de outubro de 2012

CALIDAD Y TRADUCCIÓN (Primera parte)


Definición de calidad
En todas las ramas del saber existen dos clases de definiciones: aquellas que nunca se van a poder comprobar y aquellas que sí. Las primeras pertenecen al mundo de lo que podríamos denominar pseudociencia, y las segundas pertenecen al campo de las ciencias, en el que quisiera enmarcar este pequeño trabajo. Y en este campo, hacer una definición es adquirir un compromiso, puesto que lo que definamos se tendrá que poder medir después. ¿Confuso? Voy a decirlo de otra forma. Si decimos que una traducción es «bastante buena, aunque le falta algo de coherencia al texto y el estilo es mejorable», estamos hablando de la calidad de la traducción, pero en clave de pseudociencia. En realidad, nunca sabremos si esta traducción es mejor o peor que otra «bastante buena también, aunque con más sentido de la estructura, mejor articulada y menos vaga en los adjetivos». Si lo que queremos es saber la calidad que tiene una traducción, no nos queda más remedio que medirla, y dado que todo lo que se mide, se mide en relación con un patrón, habrá que hacer tres cosas: definir qué es calidad, decir con qué patrón se va a medir, y medirla.
En casi todas las actividades de producción, la tarea es relativamente sencilla. Se define la calidad como el grado de similitud entre lo que se fabrica y un patrón ideal, con sus dimensiones, su peso, su color y su composición química, por poner un ejemplo. A continuación se miden estas características en el producto acabado y listo.
Sin embargo, en el caso de la traducción, la tarea se complica un poco. En primer lugar, porque el texto cuya calidad queremos medir no tiene un patrón de referencia, sino dos: el texto original y el idioma de destino. En segundo lugar, porque algunas de las características que definen la calidad de la traducción son en cierto modo intangibles.
Voy a definir aquí la calidad de la traducción del siguiente modo:
«La calidad de una traducción es el grado de similitud entre los significados del texto terminal y el original, y el grado de ajuste entre el texto terminal y las normas lingüísticas del idioma de destino.»
Quizá alguien se haya preguntado por qué he tenido en cuenta las normas lingüísticas del idioma de destino a la hora de medir la calidad de la traducción. La respuesta parece sencilla: el traductor ha cometido errores en su propio idioma porque está traduciendo. Si esto fuese cierto, la cuestión estaría zanjada. Pero no siempre es así. Por poner un ejemplo, una falta de ortografía solamente será imputable a la traducción si el traductor no la comete cuando redacta en español. Dicho de otra forma, la diferencia entre el número de faltas de ortografía que comete un traductor cuando traduce y el número de ellas que comete cuando redacta en su propio idioma puede deberse con bastante probabilidad al proceso de traducción, y por lo tanto sería justo tenerlas en cuenta al medir la calidad. Sé que este planteamiento nos llevaría demasiado lejos y, como no es mi intención convertir la medición de la calidad en un trabajo de laboratorio, iré directamente al grano.
Cómo se mide la calidad de una traducción
Primer paso
Hemos dicho que la calidad se mide por referencia a un patrón ideal. Normalmente ese patrón no se toma como modelo en su totalidad, sino que de todas sus características se extraen como referencia solamente aquellas que resultan relevantes para lo que estamos produciendo, en este caso la traducción. En traducción, los patrones ideales son el texto original y el idioma de destino. Son patrones porque sirven como punto de referencia y son ideales porque el texto original es justamente lo que queremos reproducir fielmente, y el idioma de destino contiene todas las normas que deseamos que cumpla nuestro texto traducido.
Respecto al texto original, las características que nos interesa tomar como referencia son:
• los significados
• el número de unidades semánticas
• el estilo
Digo «los significados» en plural pensando en que un texto no solamente transmite el significado más o menos literal de sus palabras, sino también un significado intencional, simbólico, situacional, o como se le quiera llamar, que también tiene que estar presente en la traducción. El significado literal de una carta puede ser el de disculpa, y sin embargo la forma en que está redactada puede dejar en el lector la sensación de reproche.
El número de unidades semánticas es un criterio objetivo, y sin embargo discutible, con el que me refiero al número de significados diferentes expresados en el original. Por poner un ejemplo, alguien podría defender que «total y absolutamente» expresa dos ideas. Eso es cierto objetivamente hablando, puesto que lo total no es lo absoluto, pero puede discutirse si lo analizamos desde otros puntos de vista. Sería cierto si hablamos de un cantante que cautivó al público total (por ejemplo, del todo) y absolutamente (por ejemplo, él solo). Sin embargo, no sería cierto si decimos que «estoy de acuerdo total y absolutamente».
En cuanto al estilo, es necesario decir que la traducción deberá transmitir los mismos matices que el original, si bien adaptados a la mentalidad y a la cultura de los lectores. Un texto que diga The motor may produce noises that could interfere with the user's working no se debería traducir por «El motor hace un ruido del demonio, y así no hay quien trabaje», pero quizá tampoco sería acertado traducirlo por «El motor genera unos niveles acústicos que podrán interferir con la actividad ergonómica del usuario».
Respecto al idioma de destino, las características que nos interesa tomar como referencia son:
• Ortografía
• Gramática
• Sintaxis
• Terminología
Como errores no se prestan a mucho comentario, pero sí como síntomas. La experiencia que ya empiezo a acumular en este oficio me dice que los errores cometidos en este apartado se deben a una de las siguientes razones:
• El traductor no conoce su idioma suficientemente
• El traductor ha buscado una expresión «rara» para mejorar el texto
• El original era complicado y el traductor ha buscado una solución de urgencia
Segundo paso
Una vez definidas las características que nos servirán de referencia, tenemos que concretar qué unidades vamos a utilizar para medirlas en nuestra traducción y dividirlas en dos grupos: las que se pueden contar y las que no. Se pueden contar, por ejemplo, las faltas de ortografía, o las supresiones y añadiduras. Los errores de significado también se pueden contar, pero lo que nos interesa no es saber cuántos contiene una traducción, sino lo graves que son. Esto nos obliga a establecer un sistema de deméritos, que podría ser el siguiente:
Errores muy graves: el original y la traducción tienen significados opuestos (por ejemplo, traducir turn on the light por «apagar la luz»).
Errores graves: el original y la traducción tienen significados diferentes (por ejemplo, traducir turn on the light por «darse la vuelta con ligereza»).
Errores leves: el original y la traducción tienen significados parecidos (por ejemplo, traducir turn on the light por «activar el interruptor»).
No obstante, si alguien considera que es peor omitir un acento que una 'h', puede establecer también el correspondiente sistema de deméritos para las faltas de ortografía. Mi opinión es que nos debe salir más económico medir la calidad de una traducción que hacerla. Por esa razón me parece suficiente establecer un sistema de puntos para las características que se pueden contar, y un sistema de deméritos para las que no.
Ejemplo práctico
Queremos medir la calidad de una traducción técnica. Si cumple todos los requisitos que hemos comentado anteriormente vamos a asignarle una calidad 100, y además la vamos a clasificar en el grupo A. De lo contrario, esa puntuación irá decreciendo de acuerdo con la siguiente tabla de evaluación:
Tipo de error Descripción del error Penalización por cada error
significados opuestos
diferentes
parecidos Grupo D
Grupo C
Grupo B
unidades semánticas omisiones
añadiduras -10 puntos
-5 puntos*
estilo parecido
diferente Grupo B
Grupo C
ortografía cualquier falta -5 puntos
gramática cualquier error -10 puntos
sintaxis cualquier error -5 puntos
terminología cualquier error -15 puntos*
imprecisiones cualquier error -5 puntos
* Normalmente, las añadiduras que encontramos en las traducciones son pequeñas aclaraciones que hace el traductor, como experto en el tema que traduce, a fin de hacer más comprensible un texto que quizá en el original resulte confuso. Por ese motivo, no se penalizan tanto como las omisiones. Por otro lado, los errores de terminología se penalizan más que otros por tratarse de un texto técnico.
La traducción es la siguiente:
Inform the user that the knocking sounds during the measurement are caused by switching the coils on and off.
Informe al usuario que los golpes que escuchará durante la medición son causados por la conexión y la desconexión de los debanados.
Tipo de error Descripción o cantidad Penalización
significados opuestos
diferentes
parecidos Grupo B
unidades semánticas omisiones
añadiduras -10 puntos
-5 puntos*
estilo parecido
diferente Grupo B
Grupo C
ortografía c1 -5 puntos
gramática 1 -10 puntos
sintaxis
terminología 1 -15 puntos
imprecisiones 1 -5 puntos
Esta traducción quedaría clasificada en el grupo B con 65 puntos.
En primer lugar, el traductor asume innecesariamente un riesgo al traducir knocking sounds por «golpes», pudiendo haber dicho algo así como «ruidos similares a golpes». Se comete un error ortográfico al escribir «debanado» con b, un error gramatical en «informe... que», cuando lo correcto es «informe... de que», un error de terminología en «devanados», que deberían ser «bobinas», y una imprecisión al decir que el usuario «escuchará» golpes, cuando habría sido mejor decir «oirá».
El sistema de puntuación que acabo de comentar asigna a los errores valores absolutos y los acumula en forma de puntuaciones directas. Una de las ventajas de este sistema es su sencillez, pero en cambio presenta algunos inconvenientes. El principal de ellos es el sesgo a favor de las traducciones cortas, que por efecto de la probabilidad contendrán menos errores que las largas. Este problema se podría resolver indicando el tamaño de la traducción junto a su nivel de calidad. Lo que ocurre es que comparar una traducción B 74 (250 palabras) con otra C 65 (380 palabras) puede suponer algo más que un simple trabajo rutinario. Mi opinión es que la calidad de dos o más traducciones se debe poder comparar de un vistazo sin necesidad de operaciones intermedias. Esto se consigue computando los errores en términos de porcentajes. Como los porcentajes se pueden comparar entre sí, también se podrán comparar los niveles de calidad obtenidos por diferentes traducciones, independientemente de su tamaño. Lo único que debemos definir claramente en este punto es la unidad de medida. Yo soy partidario de utilizar como unidad la palabra. Casi todos los programas que utiliza el traductor disponen de una función para contar palabras. Si el programa nos ofrece además la posibilidad de contar el número de frases, no habría inconveniente alguno en tomarlas como unidad de medida para calcular, por ejemplo, el porcentaje de errores de sentido.
La tabla que aplicaremos, tomando en este caso la palabra como unidad de medida, es la siguiente:
Tipo de error Cantidad Porcentaje Penalización Resultado parcial
Significados opuestos -50
Significados diferentes -30
Significados parecidos -20
Omisiones -10
Añadiduras -5
Estilo parecido -20
Estilo diferente -30
Ortografía -5
Gramática -10
Sintaxis -5
Terminología -15
Imprecisiones -5
____________________
Resultado total 100
Este podría ser el resultado de una traducción de 500 palabras que contiene dos omisiones.
Tipo de error Cantidad Porcentaje Penalización Resultado parcial
Omisiones 2 0,4 -10 -4
En la columna «Cantidad» hemos anotado «2». A continuación hemos calculado qué porcentaje suponen esos dos errores en un texto de 500 palabras (2 / 500 x 100) y hemos anotado el resultado (0,4) en la columna «Porcentaje». Después hemos multiplicado este porcentaje por su correspondiente penalización y hemos llevado el resultado (-4) a la columna «Resultado parcial». Por último, sumando todos los resultados parciales obtendremos un valor que reflejará el nivel de calidad de la traducción. Respecto a las penalizaciones, deseo aclarar que también puede adoptar el signo positivo, siguiendo la lógica de que «cuanto menos, mejor». En tal caso, la mejor traducción no sería la que obtuviera 100, sino 0 puntos. Si alguien prefiere seguir la lógica del «cuanto más mejor», puede otorgar de entrada 100 puntos a la traducción y restarle al final los obtenidos tras la evaluación.
El planteamiento de esta tabla es bien sencillo: los errores se expresan en porcentajes y, como no todos son igualmente graves, aplicamos a cada uno de ellos su correspondiente factor de penalización. Finalmente, si la calidad se mide con el objetivo de tomar decisiones, es aconsejable establecer unos valores límite de aceptación junto a aquellos errores que consideremos más graves. Así, aunque una traducción haya obtenido una buena puntuación general, no será aceptada si sobrepasa el límite de aceptación, por ejemplo, en el apartado «significados opuestos».
Nota final
Con esta pequeña aportación he pretendido solamente transmitir la idea de que la calidad de la traducción se puede medir, y he intentado dejar caer una gota de objetividad en un campo tan dado a la opinión como este. Nunca me ha parecido un disparate considerar la traducción como un servicio, con su cliente, su proveedor, su precio y, por qué no, su calidad.
Andrés López Ciruelos
Traducción médica. Alemania
minus3plus4@t-online.de
FUENTE: http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/85/pyc854_es.htm

EL PERFIL DEL TRADUCTOR







Esta lista define el perfil del traductor.
¿Se sienten identificados? Yo sí, ¡jajaja!, y mucho.


1. Pasión patológica por las palabras.
2. Obsesión por toda clase de diccionarios.
3. Curiosidad inagotable.
4. Pensamiento lateral. Aunque esto valdría para casi todas las profesiones, en general...
5. Conocimientos transdisciplinarios, cultura general.
6. Voluntad y paciencia para negociar con los clientes.
7. Una red de apoyo e intercambio de información (colegas, foros, etc.).
8. Visión crematística de la profesión.
9. Habilidad para la tecnología.
10. Ser un estudiante/estudioso crónico.
11. Equilibrio entre seguridad en sí misma y reconocimiento de aprendizajes pendientes y retos de cada texto.
12. Amor al detalle.
13. Capacidad de pensar más allá (think outside the box, para usar un cliché), de retar las normas establecidas, doblegarlas, investigarlas y sacar nuestras propias conclusiones, en oposición a aceptar las cosas como son «porque así son».
14. Amor por la lectura. (¿Está de más mencionarlo?).
15. ¡Saber dos o más lenguas! Y capacidad de utilizar activamente al menos una de ellas (¡nadie lo había mencionado todavía!).
16. Dominar a la perfección las lenguas de trabajo.
17. Pasión casi patológica por el trabajo (no hay lunes, no hay domingos... todos los días son laborables).
18. Muy buena organización de los tiempos.
19. Temple de acero para enfrentar a la Ley de Murphy (servidores que se caen, apagones de luz en todo el país, etc.).
20. Facilidad para transformarse en médico, ingeniero, agricultor, experto en moda, pastelero, viajero, historiador, etc.
21. Saber vender las 21 cualidades anteriores (y las que sigan).
22. Conocer (y bien a fondo) la cultura de los clientes para que el trato sea más positivo para las dos partes.
23. Conciencia del cuerpo y atención a la salud en general. Auto cuidado.
24. Sentido de autocrítica.
25. Capacidad de distanciarse del trabajo hecho y preguntarse: ¿pero realmente esto se diría así?
26. Amigos y familia comprensivos que entiendan que estar en casa NO significa estar ocioso y que te perdonen por no poder ir al cine un sábado porque tienes que trabajar (porque así lo has elegido). Si encima te preparan té en los momentos de agobio, entonces ya es lo máximo.
27. Respeto y fascinación por la diversidad cultural.
28. Sabiduría (y valentía) para relacionarse con los diccionarios: casi siempre nos ayudan, pero no debemos pegarnos a ellos dogmáticamente. A veces, no nos ayudan. A veces, nos entorpecen. Un traductor debe saber usar el diccionario.
29. Ser un buen escritor (en camino de convertirse en excelente).
30. Conocimiento profundo de la cultura de los idiomas que traduce.
31. Agilidad mental.
32. Dominio de por lo menos una especialidad.
33. Carrera universitaria y/o capacitación profesional de alto nivel y/o experiencia demostrada.
34. Habilidad para los negocios.
35. Adaptabilidad.
36. Mantenerse constantemente actualizado.
37. Respetarse y respetar la profesión.
38. Humildad para saber cuándo es mejor decir que no a determinada especialidad, a determinado par de idiomas, a determinado volumen en determinado plazo. No para decir que sí y cobrar menos "porque estoy empezando".
39. Dotes de investigación y documentación. Saber dónde buscar, cómo buscar, y cómo cribar fuentes.
40. Intuición para detectar las trampas de un texto, e incluso los errores conceptuales (ya estén en una frase, EN UNA CIFRA, O EN UN GRÁFICO).
41. Plantearse la sostenibilidad de la profesión. Actuar no solamente para vivir hoy, y mañana, y el mes que viene, sino pensar en poder seguir haciendo lo mismo en 10-20 años.
42. Capacidad para ponerse varios gorritos según la circunstancia: el gorrito de currante, el gorrito de secretario, el gorrito de vendedor, el gorrito de negociante... y el gorrito más importante de todos: el de gerente.
43. Apegarse fielmente a un código de ética (como el de la ATA, por ejemplo).
44. Ser conscientes en todo momento de por qué traducimos como traducimos y no vacilar en fundamentar y defender ante el cliente o el corrector el porqué de nuestras elecciones.

FUENTE:http://albatraductora.blogspot.com/2008/03/perfil-del-traductor.html
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