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segunda-feira, 1 de outubro de 2012

LA VIDA TRADUCIDA


Magí Camps
Barcelona

Ayer se celebró el día internacional de la Traducción. Entre tantos días marcados en el calendario, convertir las palabras expresadas en una lengua en palabras de significado equivalente en otra lengua es, como mínimo, digno de celebración. El concepto de aldea global de McLuhan no sería posible sin la traducción. La comunicación humana se sirve de la lengua como herramienta fundamental y articuladora del pensamiento. Por ello, si no existieran las traducciones, nos veríamos obligados a aprender los siete mil idiomas que se hablan en el mundo para acceder a toda la información. "El idioma de Europa es la traducción", dijo Umberto Eco. Sin traductores, habría que aprender ruso para ver el teatro de Chéjov.


En Barcelona se consolida un nuevo espacio teatral. La sala Flyhard, a penas cuarenta espectadores, funciona desde hace un par de años con una oferta atractiva de dramaturgos actuales que escriben en catalán: es la norma de la casa. Ahora Jordi Casanovas, el alma de este miniteatro, ha estrenado Les millors ocasions. El autor ha sabido construir una historia verosímil de matones catalanes, con la ayuda de una excelente interpretación por parte de tres actores encerrados en un lavabo.

El mundo de los bajos fondos, de la delincuencia, es una de las carencias de la lengua catalana. Cuando pensamos en un sicario, se hace difícil verlo hablar en catalán: es la anomalía sociolingüística. Así pues, los esfuerzos de Casanovas por hacer creíbles a los esbirros son doblemente loables. La prueba es que el público también acaba atrapado en aquel lavabo.

En el lado opuesto, tenemos el doblaje cinematográfico. Por una cuestión de credibilidad interpretativa, hace tiempo que renuncié y tiro de subtítulos. Pero este fin de semana vi, doblada al catalán, Mátalos suavemente, una violenta película de matones. De vuelta a casa, pensaba en los cabrejats, polles y gayumbos que había oído en boca de Brad Pitt y no entendía por qué me habían parecido tan artificiosos. Cuando los oigo en boca de un joven, me parece un lenguaje vivo, contaminado pero vivo. Y entonces atiné: los dobladores pronuncian con una dicción envidiable un texto traducido con exquisita corrección excepto por alguna pincelada léxica como las referidas. Por ello, cuando sueltan unos gayumbos todo chirría.

¿Qué habría que hacer? Supongo que o bien emplear un lenguaje más barriobajero, repleto de argot -es decir, lleno de castellanismos- y con una dicción arrastrada, o bien limitarse a hacer una traducción informativa, que los personajes estén emprenyats y que hablen de cigales y calçotets. La impostura se descubre en los primeros fotogramas de la película, cuando sale Obama por la tele, o más adelante Bush, hablando con voz de locutor de radio. Si la convención es esa, todo el resto puede funcionar perfectamente.

En cualquier caso, con diálogos o con subtítulos, larga vida a los traductores.


Leer más: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20121001/54351412464/magi-camps-la-vida-traducida.html#ixzz283TaF5kE
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FRASES CELEBRES



"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados"

Groucho Marx

CITAS CITABLES





De Joseph O’Connor y John Seymour en Introducción a la Programación Neurolingüística:
El mundo que percibimos no es el mundo real, el territorio, es un mapa hecho por nuestra neurología.
Las palabras son anclas de experiencias sensoriales, pero la experiencia no es la realidad, y la palabra no es la experiencia. El lenguaje está, por lo tanto, a dos movimientos de la realidad.


En una entrevista a Ana Mª Matute:
Nunca nadie lee el mismo libro.

De B. Whorf:
Cuando dos sistemas lingüísticos tienen vocablos y gramáticas radicalmente diferentes, sus respectivos hablantes viven en mundos conceptuales totalmente diferentes. Incluso categorías fundamentales como el espacio y el tiempo se experimentan de diferente manera como consecuencia de los moldes lingüísticos que constriñen el pensamiento.

De Pierre Guiraud en La semántica:
Toda palabra está ligada a su contexto, del que extrae su sentido.

De Wilhelm von Humboldt
Los diferentes idiomas no son algo así como distintas denominaciones de una cosa: son distintas versiones o percepciones de una misma cosa.

LOS TRADUCTORES











Un mismo libro se vuelve otro ligeramente distinto en la imaginación de cada lector. Esa metamorfosis es más acentuada aún en cada traductor

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 29 SEP 2012 - 00:00 CET


Lo fundamental tiende a ser o a volverse invisible. Porque son fundamentales y porque su trabajo está en todas partes los traductores tienden a desvanecerse en la invisibilidad, y también porque cuando mejor hacen su oficio menos huellas quedan de él, hasta el punto de que parece que no hayan intervenido. Notamos que una traducción “nos chirría” de una manera parecida a como notamos el chirrido en los cambios de marchas que hace un conductor atacado o inexperto. Salta una palabra rara, un giro que visiblemente pertenece a otra lengua, y solo en ese momento recapacitamos de verdad en el hecho de estar leyendo una traducción. Que pensemos casi exclusivamente en el traductor cuando intuimos que se ha equivocado es una prueba simultánea del valor de ese trabajo y del poco reconocimiento que suele recibir, más todavía en unos tiempos en los que los textos circulan por Internet sin la menor constancia de su origen y en los que algunas personas imaginan que no hay mucha diferencia entre un traductor automático y un corrector automático de ortografía.
Pero quizás siempre ha sido así. Yo reparé en que la mayor parte de los libros que leía habían sido traducidos por alguien casi tan tardíamente como en que las películas tenían un director. Llevo toda la vida agradeciendo el efecto que tuvieron sobre mi imaginación y mi vocación las novelas de Julio Verne —no me acostumbro a escribir Jules—, pero nunca he pensado en las personas casi siempre anónimas que las traducían, seguramente con muy escaso beneficio, para las editoriales Bruguera, Sopena o Molino. La primera vez que supe el nombre de uno de los traductores de Verne fue cuando en los años de avaricia lectora de la universidad encontré las nuevas traducciones de algunas de sus mejores novelas que Alianza encargó a Miguel Salabert, que también tradujo de nuevo por aquellos años La educación sentimental y Madame Bovary. Pero quién habría traducido para mí sin que yo lo supiera El conde de Montecristo, o el Diario de Daniel o Papillon o Sinuhé el egipcio, por no ponernos exquisitos en el recuento de lecturas, o aquellas páginas de La peste que me parecía adecuado llenar de frases subrayadas, quizás con la esperanza de que alguien (del sexo femenino preferiblemente) tomara nota admirativa de mi agudeza intelectual.
Un amigo editor y poeta muy querido y monstruosamente sabio me aseguraba hace poco que ha decidido dejar de leer traducciones, porque ha llegado a la convicción de que le compensa más concentrarse en las literaturas de lenguas que ya conoce. Como en su caso éstas incluyen, que yo sepa, el castellano, el catalán, el francés, el alemán, el italiano, el latín y el inglés, tengo la impresión de que mi amigo no es muy representativo. Los demás, en mayor o menor medida, necesitamos la mediación continua de los traductores, y es un indicio de nuestra creciente penuria intelectual que en estos tiempos de abaratamientos y recortes se note tanto la baja consideración del oficio, la poca recompensa que obtienen los mejores y la prisa o el descuido con que se dejan pasar traducciones mediocres o directamente inaceptables. Curiosamente, también la mala traducción tiene sus admiradores, y su influencia literaria: cada vez más encuentra uno artículos de periódico e incluso páginas de novelas que están escritos como si fueran traducciones inexpertas del inglés, o incluso atroces doblajes de películas. Se ve que por los caminos de la ignorancia y el papanatismo estamos volviendo a los tiempos de mi adolescencia, cuando las estrellas del pop autóctono no tenían idea de inglés pero afectaban un acento americano al cantar en español.
Un amigo editor y poeta me aseguraba que ha decidido dejar de leer traducciones, porque le compensa más concentrarse en las literaturas de lenguas que ya conoce.
Quien más depende del traductor, claro, es el escritor mismo. Eres en otra lengua exactamente lo que tu traductor haga de ti. En la mayor parte de los casos, y salvo ese amigo mío políglota que bien puede saber más lenguas de las que yo creo, o haber aprendido alguna más desde la última vez que hablé con él por teléfono (quizás tenga todavía más capacidad de hablar por teléfono que de aprender idiomas), uno está entregado de pies y manos: un día recibes un libro que debe de ser tuyo porque está tu nombre en la portada, y quizás tu foto en la solapa, pero eso que seguramente se parecerá mucho a lo que tú escribiste hace tiempo es del todo indescifrable, a veces tanto como si estuviera escrito en los caracteres de una antigua lengua extinguida. Hace falta un acto de fe: si uno sabe cuántas veces ha disfrutado, ha aprendido, se ha emocionado, leyendo traducciones del ruso o del japonés, o del hebreo, o del griego, cabe perfectamente la posibilidad de que ahora suceda el efecto inverso. Gracias al traductor ocurrirá un prodigio: lo que tú has escrito resonará en la conciencia de alguien en una lengua del todo ajena a ti, en lugares del mundo en los que no vas a estar nunca. Personas que te parecen tan ajenas como habitantes de la Luna resulta que son casi exactamente como tú. Puedo atestiguar que casi cada día, por ejemplo, Elvira Lindo recibe desde Irán cartas de lectores adolescentes y jóvenes que se han vuelto adictos a las aventuras de Manolito Gafotas en farsi. Lo más singular, sin dejar de serlo, resulta ser inteligible en casi cualquier parte. Algo se pierde siempre hasta en la mejor traducción, pero también se gana algo, o se fortalece algo, quizás el núcleo de universalidad que hay siempre en la literatura.
Durante un par de días, en Ámsterdam, he convivido con un grupo de traductores de mis libros: al holandés, al francés, al alemán. Algunos, de tanto trabajar conmigo durante años, ya eran amigos míos: Philippe Bataillon, Willi Zurbrüggen; a los demás los he ido conociendo estos días: Jacqueline Hulst, Ester van Buuren, Adri Boon, Erik Coenen, Frieda Kleinjan-van Braam, Tineke Hillegers-Zijlmans. Un mismo libro se vuelve otro ligeramente distinto en la imaginación de cada lector: pero esa multiplicación, esa metamorfosis, es más acentuada aún en el caso de cada traductor. El traductor es el lector máximo, el lector tan completo que acaba escribiendo palabra por palabra el libro que lee. Él o ella es quien detecta los errores y los descuidos que el autor no vio y los editores no corrigieron. Él se ve forzado a medir el peso y el sentido de cada palabra con mucho más escrúpulo que el novelista mismo. Willi Zurbrüggen utilizó un término musical para hablar de su trabajo: lo que más se parece a una traducción, sobre todo entre lenguas tan distintas como el español y el alemán, es la transcripción de una pieza musical.
Escuchaba hablar a estas personas, tan distintas entre sí, tan iguales en su devoción por el trabajo que hacen, y sentía gratitud y algo de remordimiento: una palabra que yo elegí por azar o instinto, una frase a la que dediqué tal vez unos minutos, les han podido causar horas o días de desvelo. Aprender sobre los límites de lo que puede ser traducido lo hace a uno más consciente de que también hay límites a lo que las palabras mismas pueden decir.

antoniomuñozmolina.es/


Recomendación del día


una salva no es un mero disparo al aire

Una salva es un ‘saludo hecho con armas de fuego’ y, por tanto, no equivale a un mero disparo al aire.

Sin embargo, en los medios de comunicación se encuentran a veces oraciones como «La Marina de Corea del Sur dispara salvas de aviso contra los pesqueros del norte» o «Los antidisturbios intentaron dispersar por la fuerza a los manifestantes y dispararon salvas».

Se recuerda que una salva no es un simple disparo al aire pues, según recogen los principales diccionarios, tiene un carácter ceremonial, ya que se hace en señal de saludo u honor.

Así, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido: «La Marina de Corea del Sur hace disparos de advertencia contra los pesqueros del norte» o «Los antidisturbios intentaron dispersar por la fuerza a los manifestantes y efectuaron disparos de aviso».

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