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terça-feira, 11 de setembro de 2012

Muere Ernesto de la Peña, escritor, traductor y difusor cultural


Ernesto de la Peña, uno de los grandes estudiosos del idioma español, falleció hoy a los 84 años.

De la Peña (Ciudad de México, 21 de noviembre de 1927) recibió hace una semana el Premio Internacional Menéndez Pelayo y la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo "por sus méritos académicos".

Este reconocimiento se sumó a una serie de galardones que el también filólogo, políglota y traductor acumuló en vida como: el Premio Xavier Villaurrutia en 1988, el Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura en 2003, el Alfonso Reyes en 2008, la Medalla de Oro de Bellas Artes 2007, el Premio Nacional de Comunicación "José Pagés Llergo" en 2009, la Medalla Mozart en 2012, entre otros.

Miembro de la Real Academia de la Lengua y de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993, Ernesto de la Peña estudió Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también fue traductor de griego y latín.

Realizó estudios de sánscrito y chino en El Colegio de México; de hebreo en la Escuela Monte Sinaí y de manera autodidacta aprendió otros idiomas, hasta llegar a conocer 33 lenguas.

De su obra destacan "Las estratagemas de Dios" (1988), "El indeleble caso de Borelli" (1992) y "La rosa transfigurada" (1999).

Además era miembro del Consejo de Opera del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Consejo Consultivo del Archivo General de la Nación, así como conductor y comentarista de programas culturales en radio y televisión y colaborador en diversos periódicos y revistas en México.

PALABRAS









Todo empieza con las palabras
La lectura es el primer paso para aprender cualquier materia
El Gobierno quiere dar más horas de Lengua, pero los expertos reclaman otra manera de enseñarla

J. A. AUNIÓN Madrid 9 SEP 2012 - 22:11 CET129

El Gobierno quiere aumentar las horas de clase que reciben los alumnos de primaria y secundaria de asignaturas instrumentales: matemáticas, ciencias y, sobre todo, lengua. La mayoría de expertos están de acuerdo en la importancia capital de la lectura y la escritura, no solo en sí misma, sino como llave para acceder al resto de habilidades que trata de transmitir la escuela. Sin embargo, muchos insisten en que más importante e imperioso que el cuánto es fijarse en el qué y el cómo, es decir, revisar unos contenidos que empujan hacia enseñanzas demasiado centradas en la repetición de estructuras descontextualizadas o en la memorización de teorías gramaticales.
“Se piensa con frecuencia que leer es una técnica que se aprende en uno o dos cursos; se actúa como si el gusto por leer fuera una característica que forma parte del equipo de serie de los individuos; se cree que el aprendizaje de la lectura es cuestión del área de lenguaje, o que leer es un hábito”, escribe la profesora de la Universidad de Barcelona Isabel Solé en el último número de la Revista Iberoamericana de Educación, presentado la semana pasada en Salamanca durante el Congreso Iberoamericano de las Lenguas / Leer.es. Y añade Solé que son esas creencias las que conducen a una enseñanza que ayuda a alcanzar unos niveles mínimos de lectura, pero que no son suficientes.
Si de lo que se trata es de que los jóvenes comprendan y puedan utilizar con habilidad lo que leen, que sean capaces de expresarse muy bien oralmente y por escrito en contextos diversos, ¿para qué tanta gramática y tanta sintaxis?, ¿para qué tanto sintagma nominal y tanto suplemento?, se preguntan muchos especialistas desde hace años. “Estamos formando un ejército de pequeños filólogos analfabetos, que distinguen la estructura morfológica de una frase pero no comprenden su significado”, decía en este periódico, tras la publicación del Informe Pisa de 2006, el escritor Luis Landero.
Sin embargo, muchos estudiosos defienden que la reflexión sobre el idioma —lo que implicaría entre otras cosas la gramática—, es fundamental para adquirir un uso muy avanzado de la lengua. Tal vez la solución pasa por “la elaboración de una gramática pedagógica”, como propone Solé. Se trataría de un texto unificado que acabara con la dispersión actual (las diferentes teorías resultan en un caos de materiales didácticos) y eligiera los puntos básicos para hacer posible esa reflexión. Pero rechazando “la enseñanza centrada en la memorización de definiciones y en ejercicios de identificación de categorías gramaticales aisladas y de análisis sintáctico”, y llevando esas gramáticas escolares mucho más hacia los análisis del discurso, sus funciones, sus categorías, escribe la docente de la Universidad de Valencia Carmen Rodríguez Gonzalo.
De hecho, otra clave insistentemente señalada es la de enseñar los diferentes niveles de lectura: no es lo mismo hacer una búsqueda por Internet; leer un texto de física para estudiar; las instrucciones del horno para encenderlo o una obra literaria por placer. Ello, además de utilizar textos reales desde los primeros pasos, con ideas que tengan que ver con la vida del niño, “con un sentido, un propósito y una intención”, aseguraba el viernes la orientadora escolar Pilar Pérez Esteve. Junta a ella, durante el congreso, la profesora de la Universidad Nacional de La Plata Mirta Castedo insistía en que quizá muchas de las dificultades de los niños de entornos desfavorecidas a la hora de aprender lengua se resolverían teniendo en cuenta sus contextos a la hora de proponerles ideas y textos para el aprendizaje.
¿Y esto lo tienen que hacer solo los profesores de Lengua y Literatura? Para muchos expertos, es una misión que compete a los docentes de todas las áreas, y por eso defienden que reforzarla va más allá de aumentar las horas. En el congreso de Salamanca se abordó este tema en la mesa redonda titulada Leer para aprender en ciencias. En ella, el profesor de secundaria Luis Balbuena mostró cómo aprender matemáticas a partir del Quijote, y el también profesor del mismo ciclo Mariano Martínez Gordillo defendió el uso de textos periodísticos para aprender ciencia, por su interdisciplinariedad, capacidad para plantear debates controvertidos, entretener y divulgar con sencillez y metáforas.


SERENDIPIA


La palabra serendipia tiene bastante uso y se puede considerar correcta. Si el contexto permite un registro coloquial, también se puede usar chiripa. Fuente: Fundéu.
Hasta que la Real Academia no diga otra cosa, utilizamos el término serendipia (correspondiente al inglés "serendipity"), acuñado por Horace Walpole en 1754 como consecuencia de la impresión que le produjo la lectura de un cuento de hadas sobre las aventuras de "Los Tres Príncipes de Serendip", que hacían continuamente descubrimientos, por accidente y sagacidad, de cosas que no se habían planteado. Walpole usó el término para referirse a algunos de sus propios descubrimientos accidentales.
Roberts habla de pseudoserendipia en los casos de descubrimientos accidentales que logren rematar una búsqueda, en contraste con la serendipia, que se refiere a descubrimientos accidentales de cosas no buscadas.

10 grandes descubrimientos casuales (serendipia)

1. Viagra
Los hombres que reciben tratamiento contra la disfunción eréctil deberían saludar a los trabajadores de Merthyr Tydfil, la villa galesa donde en 1992, durante unas pruebas efectuadas con una nueva droga contra la angina de pecho, surgieron los efectos secundarios que desafiaban la gravedad. Previamente esta villa, habitada por clase trabajadora, era conocida por producir un tipo distinto de hierro.
2. LSD
El químico suizo Albert Hofmann se tomó el primer ácido del mundo en 1943, cuando tocó una mica de dietilamida del ácido lisérgico, un compuesto químico en el que estaba investigando para estimular el parto. Más tarde, al tomar una dosis mayor hizo un nuevo descubrimiento: el mal viaje.
3. Rayos-X
Varios científicos del siglo XIX habían jugado con los penetrantes rayos que se emiten cuando los electrones golpean un objetivo metálico. Pero los rayos-x no fueron descubiertos hasta 1895, cuando el intelectual alemán Wilhelm Röntgen probó a colocar varios objetos en frente de la radiación y vio los huesos de su mano proyectados sobre la pared.
4. Penicilina
El científico escocés Alexander Fleming investigaba la gripe en 1928 cuando se dio cuenta de que un moho azul-verdoso había infectado una de sus placas Petri, y había matado a la bacteria staphylococcus que cultivaba en él. Todos recibieron con clamor su descuido en el laboratorio.
5. Endulzante artificial
Hablando de chapuzas en el laboratorio, tres falsos-azúcares han llegado a los labios humanos solo porque los científicos olvidaron lavarse las manos. El ciclamato (1937) y el aspartamo (1965) son subproductos de la investigación médica, y la sacarina (1879) apareció durante un proyecto con derivados de la brea de carbón. Riquísimo.
6. Hornos microondas
Los emisores de microondas (o magnetrones) proveían a los radares aliados en la segunda Guerra mundial. El salto de detectar nazis a calentar nachos llegó en 1946, después de que un magnetrón derritiese una barra de caramelo que llevaba en el bolsillo Percy Spencer, ingeniero de la empresa Raytheon.
7. Coñac
Los mercaderes de vino medievales solían extraer el agua del vino (hirviéndola) de modo que su delicada carga se asentara mejor y ocupara menos espacio en el mar; luego en destino volvían a añadirla. Mucho después, alguna alma intrépida – apostamos a que fue un marinero – decidió evitar el proceso de la reconstitución y así nació el brandy. ¡Abran paso a Courvoisier!
8. Caucho vulcanizado
El caucho se pudre de mala manera y huele peor, a no ser que se vulcanice. Los antiguos mesoamericanos tenían su propia versión del proceso, pero Charles Goodyear lo redescubrió en 1839 cuando se le cayó inintencionadamente (bueno, al menos es lo que dice la mayoría) un compuesto a base de caucho y azufre sobre una estufa caliente.
9. Blandi-blub
A comienzos de la década de los 40, el científico de General Electric James Wright trabajaba en una goma artificial que pudiese ayudar en la guerra cuando mezcló ácido bórico y aceite de silicio. El día de la victoria no llegó antes pero estirar la imagen de las tiras de cómic se convirtió en un pasatiempo nacional.
10. Patatas chips
El chef George Crum preparó el complemento perfecto para sandwichs en 1853 cuando – para fastidiar a un cliente que siempre se quejaba de que sus patatas fritas eran demasiado gruesas, las partió del grosor de un papel y las frió hasta que crujían. No hace falta decir que el comensal no pudo comerse solo una.

Traducido de The Best: Accidental Discoveries (Autor Lucas Graves)

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Recomendación del día


Fráncfort, no Frankfurt ni Francfort

El nombre apropiado en español de la ciudad alemana que es sede del Banco Central Europeo es Fráncfort y no Frankfurt ni Francfort.

Sin embargo, en los medios de comunicación suele verse escrito de distintas formas: «Solo algunos analistas de Frankfurt eran capaces de poner números al criterio que seguía el BCE» o «Samarás viajará a Frankfurt para reunirse con el presidente del BCE, Mario Draghi».

Tal como se explica en el Diccionario panhispánico de dudas, la forma española tradicional y en uso para nombrar esta ciudad es Fráncfort, con tilde en la a, por lo que se desaconseja el empleo, en su lugar, del topónimo alemán Frankfurt y de la forma no tildada Francfort.

A esta ciudad también se la llama Fráncfort del Meno para distinguirla de otra con el mismo nombre y situada a la orilla del río Óder (Fráncfort del Óder, en el estado de Brandeburgo), y estas son las formas apropiadas en lugar de las alemanas de Frankfurt am Main y Frankfurt an der Oder, respectivamente.
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