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sexta-feira, 23 de março de 2012

LITERALIDAD




La literalidad, enemiga de la traducción literaria

He aquí uno de los grandes enemigos de los traductores literarios: la literalidad.
Si bien un buen traductor debe ceñirse lo máximo posible al texto original, la solución no se encuentra en traducir palabra por palabra, sino que éste debe ser capaz de transmitir la esencia de la obra, la intención del autor. Esto es importante en las obras literarias, en las que participan numerosos protagonistas, envueltos por sensaciones, pensamientos, sentimientos, que el traductor debe hacer llegar al lector con la misma intensidad que su autor original.

George Steiner, crítico y teórico de la literatura decía que “Sin traducción habitaríamos provincias lindantes con el silencio”. Gran verdad. Gracias a los traductores literarios hemos podido disfrutar de obras de todos los tiempos: clásicos greco-latinos, literatura inglesa y norteamericana, literatura francesa, italiana… Sin ir más lejos, la obra de Don Miguel de Cervantes, El Quijote, ha sido difundida por todo el mundo gracias a grandes traductores, que supieron divulgar las aventuras de este ingenioso hidalgo.
La traducción literaria es un arte. En una novela por ejemplo, es la capacidad de transmitir al lector una historia, una serie acontecimientos que se suceden a lo largo del tiempo, en los que se ven implicados personajes, sentimientos, situaciones, ira furia, pasión, … El traductor en este caso se puede permitir el lujo de ser “infiel” al texto original en cierta medida. Entendamos por “infiel” el hecho de poder tomarse cierta libertad en cuanto a la sintaxis, la elección de la terminología, la construcción de las frases. No se trata de construir variantes de la obra original, sino de conservar la esencia del original adaptándola a la lengua de destino. El lector debe disfrutar de la obra como si del original se tratara, sin sentirse “traicionado”.
Una cosa es adaptar el original para que se entienda y otra muy distinta, que la versión traducida sea irreconocible…hasta el punto en que la obra traducida resulte difícil de leer, pierda sentido. Son muchos los libros que pululan por las tiendas con errores por falsos amigos, faltas de congruencia, con un contenido pobre, víctimas de las prisas y de su no asignación al traductor correcto y experimentado. Si bien es cierto que para una editorial es importante mantener un ritmo de publicaciones para que su negocio sea rentable, también lo es elegir bien a la persona que se va a encargar de llevar la obra a otros idiomas
La traducción de una obra literaria no se realiza traduciendo palabra por palabra y a punta de diccionario, no se trata de sustituir un término en su idioma original por su equivalente exacto. La traducción literaria va más allá. Exige que el traductor sea primero un gran lector. Que sea capaz de perderse en las entrañas de la obra, de ver la intención del autor, de entender los personajes, sus sentimientos, circunstancias,… Requiere que el traductor domine la lengua extranjera, su propia lengua, la cultura ligada a ambas, que sepa documentarse, investigar, que sepa esperar. Una obra no se puede traducir bajo presión, bajo unos límites de fechas impuestas, ni es trabajo de aficionados. Requiere de experiencia, formación y trabajo, y por consiguiente requiere de un reconocimiento social y económico.

Fuente: Grupo Vivanco & García

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viaje del papa a México y Cuba: claves para una buena redacción
23/03/2012

Ante la próxima visita del papa a México y Cuba se ofrecen algunas recomendaciones que conviene tener en cuenta al redactar las informaciones sobre este acontecimiento.

Tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas, la forma recomendada de escribir el nombre de la primera nación es con equis: México, por ser la mayoritaria en ese país y en el resto de Hispanoamérica; la equis de México es la letra con la que se escribía antiguamente el sonido que hoy se representa con la jota.

El nombre de la capital de Cuba es La Habana, con el artículo en mayúscula, pues forma parte del nombre; por tanto, es inapropiado mencionar esa ciudad omitiendo el artículo: «En Habana el papa visitará...».
Respecto a la escritura de la palabra papa, hay que tener en cuenta que se trata de un nombre común y por lo tanto, tal como indica la Ortografía de la lengua española, lo adecuado es ponerlo con minúscula inicial: papa.

Asimismo se recomienda escribir con minúscula y en una sola palabra el nombre con el que se conoce el automóvil en el que se desplaza el papa durante sus visitas: papamóvil.
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