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quinta-feira, 24 de fevereiro de 2011

AFORISMOS


“Si has perdonado es que has dejado de amar”

Amargos, quizá demasiado lúcidos, los aforismos y reflexiones de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) hundieron su hoja en las cuestiones del amor, de la soledad, de la verdad, la mentira, la responsabilidad. Se atrevieron a explorar “el entresuelo, el sótano y la torre de la casa de la vida”.Por Arthur Schnitzler *

Las riñas amorosas raramente acaban en una paz verdadera; normalmente se trata de un simple armisticio que se conceden mutuamente las partes para enterrar a sus muertos. Luego, cuando se reanuda la batalla, vuelven a sacar a la luz hasta a los muertos, y continúan luchando envueltos en vapores de descomposición.
El sentirnos atados y anhelar constantemente la libertad, y el hecho de que intentemos atar a otras personas sin estar convencidos de tener derecho a ello: eso es lo que hace tan problemática toda relación amorosa. ¿Has comprendido? ¿Has perdonado? ¿Has olvidado? ¡No te confundas! Lo que pasa es que has dejado de amar.
Una regla para las deudas de amor: mejor dejarlas prescribir que cobrarlas demasiado tarde.
Un destino tragicómico: saber que nuestra vida está arruinada y querer llorar esa desgracia precisamente en el pecho del causante de la ruina.
En toda relación erótica, los amantes intuyen siempre la verdad y, sin embargo, se empecinan en creerse todas las mentiras.
Nunca creas poder confiar tanto en la mujer a la que amas, como para confesarle tus sentimientos más secretos. Si lo haces, no dudes de que se vengará, sea confesándote a ti los suyos, sea ocultándotelos.
El anhelo más doloroso: el que sientes por una persona que se cree tuya, pero que tú, en tu fuero interno, sabes que no te pertenece del todo. Y la tristeza más dolorosa: la de ver a una persona que deambula viva a tu lado pero para ti hace tiempo que ha muerto, sin saberlo ella.
La sensualidad nos quería persuadir de que estábamos enamorados, pero la razón se resistía al engaño. Entonces la fantasía brindó su oportuna ayuda.
En las relaciones amorosas hay dos fases que se suceden casi sin solución de continuidad: una, en la que después de las discusiones es mejor reconciliarse de inmediato, ya que al fin y al cabo el reencuentro no puede aplazarse demasiado; y otra en la que conviene aprovechar la primera discusión que se tercie como pretexto para la ruptura, ya que ésta es inevitable.
El singular placer de arrojarse en brazos de otra justo cuando se está viviendo el vértigo de un gran amor.
Las disputas en las relaciones amorosas siempre surgen, en el fondo, de los fundamentos en que éstas se basan.
Las relaciones humanas venidas a menos, muy en especial las de amor, tienen a veces su orgullo de mendigo, ridículo o conmovedor, como hidalgos empobrecidos. Debemos respetar siempre ese orgullo, pero nunca herirlo mostrando un interés demasiado ostentoso.
Cuando poco a poco un ser al que aún amas empieza a perder para ti la magia sexual, puede suceder acaso un nuevo prodigio: que halles ante ti a la niña que fue esa persona antes de que la abrazases como mujer. Y entonces la querrás aún más que antes.
Una mujer inteligente me dijo una vez: “Los hombres saben muy bien, sin tener que pensárselo dos veces, lo que han conseguido de nosotras; pero normalmente ni se imaginan todo lo que no han conseguido”.
A las mujeres las hiere más nuestra confianza que nuestra desconfianza. Esta última sólo ofende su honestidad, mientras que el exceso de confianza es una afrenta a su capacidad de seducción y a su sensibilidad.
La mezcla de sinceridad y mentira siempre da como resultado una mentira; la mezcla de fuerza y debilidad, siempre debilidad, y la de bondad y maldad, siempre maldad. Pues el signo que se impone es siempre el negativo. La diferencia entre el álgebra y la psicología consiste en que en ésta dos signos negativos nunca dan un resultado positivo.
Los vicios que exigen un cierto grado de valor son casi virtudes, sobre todo al lado de las virtudes que sólo se ejercitan por cobardía.
Hay quien lleva una doble vida, dicen. ¿Pero no es más cierto que sólo llevando en apariencia dos vidas diferentes consigue vivir una vida entera, verdadera, es decir, su propia vida? Cuántos, en cambio, viven media vida, por falta de valor para vivir una entera que pueda parecerles doble a los demás.
El verdadero cumplimiento del deber está a veces en hacer más y a veces en hacer menos de lo que el deber nos exige. Ese es el problema al que nos enfrentamos en todas las situaciones difíciles de la vida.
A nadie nos cuesta tanto perdonar como a quien en su relación con no-sotros, aun sin querer, ha hecho aflorar la cara maligna de nuestra naturaleza, y aún más si nos ha dado la primera ocasión de descubrirla.
Un suceso ocurrido entre dos personas no es del todo irrevocable hasta el momento en que deja de ser un secreto de ambos. Tan pronto como un tercero adquiere conocimiento del hecho, y después de él otras personas (lo cual ocurre por fuerza en tales casos), aquel suceso, que hasta ahora era un asunto privado de dos personas, inicia una nueva vida en las almas ajenas; revista nuevas formas, adquiere nuevos sentidos y perpetúa sus efectos, que acaban misteriosamente recayendo sobre aquellas dos personas entre las que tuvo lugar originalmente.
Al igual que en la vida del individuo, en las relaciones entre personas no existe ninguna fase de reposo. Hay un comienzo, un desarrollo, un cenit, un declive y un final, y como en el individuo, dolencias de las más diversas clases: molestias, enfermedades congénitas, estados de agotamiento, achaques de la vejez; muchas veces no falta tampoco un toque de hipocondría. Muchas relaciones sucumben a enfermedades de la infancia, incluso a algunas que podrían prevenirse con atenciones y cuidados, es decir, mediante una higiene razonable; otras expiran en la flor de la edad a causa de las secuelas de antiguas enfermedades; otras mueren tarde o temprano debido a males congénitos que raramente se diagnostican a tiempo. Algunas envejecen de prisa, otras despacio, y las hay que están aparentemente muertas, pero las puede devolver a la vida con paciencia, medios adecuados y buena voluntad. Pero hay otra cosa en que las relaciones humanas coinciden con el ser humano: pocas saben resignarse a lo inevitable, arrostrar con dignidad el sufrimiento y la vejez y morir con belleza.
No basta con conocer a la gente, es fundamental saber descifrar también sus relaciones. Ellas también disimulan, se disfrazan, se cierran herméticamente. Sólo conocerás a un individuo cuando seas capaz de verlo inmerso en la red de sus múltiples relaciones.
Por más que una persona te haya engañado, robado o calumniado, siempre existe la posibilidad de que os reconciliéis, incluso, de que lleguéis a tener más adelante una relación pura. Hasta con tu asesino te podrías llegar a entender estupendamente después de cometido el crimen; quizá con él más que con nadie. Sólo hay una persona a la que eternamente no volverás: la que no sabe lo que te ha hecho, aunque tú ya lo hayas olvidado todo.
Ojalá las personas se vengaran sólo por el mal que les han hecho. Pero se vengan también cuando se les hace un bien del que no se sienten dignas, o por el que no quieren dar las gracias. Y lo peor, por ser un acto casi inconsciente, es cuando se vengan por su propia mala conciencia (de la que, no sin razón, culpan al otro).
A la hora de traicionar, la mayoría de la gente es más puntual que a la hora de demostrar su felicidad. Y es que traicionar demasiado tarde puede costarle a uno más caro que ignorar las exigencias de la felicidad.
Confesar algo significa, en la mayoría de los casos, un engaño más artero que ocultarlo todo.
A veces es un engaño mayor tener en brazos a la mujer amada que a otra.
Hay quien da la espalda a un amigo, a la mujer a la que ama o a un deber, y lo justifica con la fidelidad a sí mismo. Pero en muchos casos, eso no es más que la forma más cómoda y cobarde del autoengaño. Muy pocos conocen tan bien las leyes de su propia evolución personal como para saber si con esa infidelidad hacia una persona o una cosa no están siendo al mismo tiempo infieles a sí mismos.
Cuando el odio se acobarda, sale a la calle enmascarado y se hace llamar justicia.
Cuando una persona a la que en el fondo de nuestra alma no soportamos se gana nuestro reconocimiento, nuestra admiración, incluso (por paradójico que parezca) nuestro amor, la aversión primera que sentíamos se intensifica, y así, el odio busca y encuentra muchas veces su alimento precisamente en lo que parece más opuesto a él: en la justicia.
El deseo, el imperativo o incluso el ansia de vivir, experimentar y padecer una relación sentimental existen generalmente a priori, incluso antes de haber hallado el objeto digno o anhelado. Y pocas personas son lo bastante pacientes para esperar al objeto adecuado.
El amor a los hijos siempre es desgraciado; es más, es el único que merece plenamente ese calificativo. Basta con que nos atrevamos a recordar. El amor que sentíamos hacia nuestros padres, pese a su intensidad, ¿no tenía también un componente de compasión, quizás incluso de repugnancia? ¿No había, al cabo, en ese amor algo emparentado con la aversión?
Cuando una relación que nació a lo grande cae en la mediocridad, no puede prolongarse si no es a costa de dolorosos y vergonzosos sacrificios. Es más sabio disolver sin más el hogar espiritual común que dejarse la piel en el empeño por recortarlo.
En una relación enferma, igual que en un organismo enfermo, hasta el fenómeno aparentemente más nimio puede ser un síntoma.
Desde el punto de vista de la economía de las relaciones humanas, es preferible unirse a una persona poco de fiar pero tierna que a una persona fría pero digna de confianza. Contra las personas poco fiables hay un remedio: conocer a los seres humanos; en cambio, la frialdad acaba congelando irremediablemente todo vínculo hasta condenarlo a la esterilidad.
Toda relación amorosa atraviesa tres estadios que se suceden imperceptiblemente: el primero, en el que somos felices estando juntos en silencio; el segundo, en el que nos aburrimos estando juntos en silencio; y el tercero, en el que el silencio se hace carne y habita entre los amantes como un enemigo maligno.
La práctica psicoanalítica halaga la vanidad hasta extremos peligrosos. A cualquier nimiedad se le atribuye una importancia desmesurada. Personas absolutamente banales se sienten interesantes, fascinadas por el valor que se les asigna incluso a sus sueños.
Existen más tipos de soledad, más puros, más dolorosos, más hondos, que los que acostumbramos reconocer. ¿Nunca, en medio de una gran concurrencia, después de un momento de bienestar y diversión general, todos los presentes se te han figurado de repente fantasmas y tú mismo la única criatura real entre ellos? ¿Nunca has percibido, en medio de una conversación interesantísima con un amigo, la completa falta de sentido de todas vuestras palabras y la nula esperanza de que lleguéis a entenderos alguna vez? ¿Nunca, mientras reposas dichoso en brazos de la mujer a la que amas, has notado inequívocamente que detrás de su frente rondan pensamientos de los que no intuyes nada? Todos esos tipos de soledad son peores que lo que acostumbramos llamar así, es decir, el estar a solas con nosotros mismos. Y es que esa soledad, comparada con todas aquellas otras, las verdaderas, preñadas de inquietud, peligro y desesperación, es un estado placentero e inocente. Estar juntos con nosotros mismos debería parecernos la forma más suave y cómoda de la sociabilidad.
Qué deliciosa es la soledad cuando sabemos que en algún lugar del mundo, aunque sea remoto, alguien nos anhela. Pero ¿es eso soledad? ¿No es más bien una forma de sociabilidad, la más cómoda e irresponsable, que sólo sabe exigir y tomar, sin dar nada, es más, ni siquiera reconocer su deuda?
Si cultivas con excesivo mimo el jardin secret de tu alma, puede llegar a hacerse demasiado exuberante, a desbordar el espacio que le corresponde y, poco a poco, a invadir otras regiones de tu alma que no estaban llamadas a vivir en secreto. Y así puede ser que tu alma entera acabe convirtiéndose en un jardín cerrado y, pese a su esplendor y su perfume, sucumba a su propia soledad.
La mayoría de las personas viven en el entresuelo de la casa de su vida, donde se han instalado holgadamente, con buenas estufas y todas las demás comodidades. Raramente bajan al sótano, donde intuyen la presencia de fantasmas que podrían helarles la sangre; tampoco suelen subir a la torre, pues sienten vértigo al mirar hacia abajo y a lo lejos. Pero también hay algunos que prefieren vivir precisamente en el sótano, porque se sienten más a gusto en la penumbra y el estremecimiento que bajo la luz y la responsabilidad, y otros disfrutan subiendo a la torre, para dejar perderse la vista en lejanías insondables que jamás alcanzarán. Pero los más desgraciados son aquellos que se pasan la vida corriendo del sótano a la torre sin parar, mientras las estancias habitables de la casa se llenan de polvo y de abandono.
¿Quién será capaz de comprender del todo estos tres hechos inconcebibles: que existe, que es él y no otro y que antes no existía y un día dejará de existir?


* De Relaciones y soledades (ed. Edhasa), edición de Joan Parra.

ARTHUR SCHNITZLER


PSICOLOGIA ›
RESGATE DO PENSAMENTO DE ARTHUR SCHNITZLER


“Se você perdoou é porque deixou de amar”

Amargos, quiçá demasiado lúcidos, os aforismos e reflexões de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) afundaram sua folha nas questões do amor, da solidão, da verdade, a mentira, a responsabilidade. Se atreverem explorar “o entre solo, o porão e a torre da casa da vida”.

Por Arthur Schnitzler *

As brigas amorosas raramente acabam numa paz verdadeira; normalmente se trata dum simples armistício que se concedem mutuamente as partes para enterrar a seus mortos. Logo, quando se reinicia a batalha, voltam a sacar à luz até aos mortos, e continuam lutando envoltos em vapores de decomposição.

O sentirmos amarrado e anelar constantemente a liberdade, e o fato de que tentemos amarrar a outras pessoas sem estar convencidos de ter direito a isso: é o que faz tão problemática toda relação amorosa. Tem compreendido? Tem perdoado? Tem esquecido? Não te confundas! O que acontece é que tem deixado de amar.

Uma regra para as dividas do amor: melhor deixar-las prescrever que cobrar-las demasiado tarde.

Um destino tragicômico: saber que nossa vida está arruinada e querer chorar essa desgraça precisamente no peito do quem causou a ruína.
Em toda relação erótica, os amantes intuem sempre a verdade e, embora, se obstinam em acreditar em todas as mentiras.

Nunca acredites poder confiar tanto na mulher à que amas, como para confessar - lhe teus sentimentos mais secretos. Se o fazes, não duvides de que se vingará, seja confessando a você os delas, seja ocultando-os.

O anseio mais doloroso: o que sentes por uma pessoa que se acredita tua, porém que você, em teu interior, sabe que não te pertence de todo. E a tristeza mais dolorida: a de ver a uma pessoa que perambula viva ao teu lado, mas para você faz tempo que morreu, sem saber-lo .

A sensualidade nos queria persuadir de que estávamos enamorados, porém a razão se resistia ao engano. Então a fantasia brindou sua oportuna ajuda.

Nas relações amorosas há duas fases que se sucedem quase sem solução de continuidade: uma, na que depois das discussões é melhor se reconciliar de imediato, já que ao fim e ao cabo o reencontro não pode demorar demasiado; e outra na que convêm aproveitar a primeira discussão que se apresente como pretexto para a ruptura, já que esta é inevitável.

O singular prazer de se arrojar em braços de outra justo quando se está vivendo a vertigem dum grande amor.

As disputas nas relações amorosas sempre surgem, no fundo, dos fundamentos em que estas se baseiam.

As relações humanas vindas a menos, muito em especial as do amor, tem às vezes seu orgulho de mendigo, ridículo ou comovedor, como fidalgos empobrecidos. Devemos respeitar sempre esse orgulho, porém nunca ferir-lo mostrando um interesse demasiado ostentoso.

Quando pouco a pouco um ser ao que ainda amas começar a perder para você a magia sexual, pode acontecer acaso um novo prodígio: que descubras ante você à criança que foi essa pessoa antes que a abraçarás como mulher. E então a amarás ainda mais que antes.

Uma mulher inteligente me disse uma vez: “Os homens sabem muito bem, sem ter que pensar-lo duas vezes, o que tem conseguido de nós; porém normalmente nem imaginam todo o que não tem conseguido”.

Às mulheres as fere mais nossa confiança que nossa desconfiança. Esta última só ofende sua honestidade, em tanto que o excesso de confiança é uma afronta a sua capacidade de sedução e a sua sensibilidade.

A mistura de sinceridade e mentira sempre da como resultado uma mentira; a mistura de força e debilidade, sempre debilidade, e a de bondade e maldade, sempre maldade. Pois o signo que se impõe é sempre o negativo. A diferença entre a álgebra e a psicologia consiste em que nesta, dois signos negativos nunca dão um resultado positivo.

Os vícios que exigem certo grau de valor são quase virtudes, sobre tudo ao lado das virtudes que só se exercitam por covardia.

Há quem leva uma dupla vida, dizem. Porém não é mais certo que só levando em aparência duas vidas diferentes conseguem viver uma vida inteira, verdadeira, é dizer, sua própria vida? Quantos, em troca, vivem meia vida, por falta de valor para viver uma inteira que possa parecer-lhes dupla aos demais.

O verdadeiro cumprimento do dever está às vezes em fazer mais e às vezes em fazer menos do que o dever nos exige. Esse é o problema ao que nos enfrentamos em todas as situações difíceis da vida.

A ninguém nos custa tanto perdoar como a quem em sua relação conosco, ainda sem querer, há feito aflorar a cara maligna de nossa natureza, e ainda mais se nos há dado a primeira ocasião de descobrir-la.

Um evento acontecido entre duas pessoas não é de todo irrevogável até o momento em que deixa de ser um segredo de ambos. Tão pronto como um terceiro adquire conhecimento do fato, e depois dele outras pessoas (o qual acontece por força em tais casos), aquele evento, que até agora era um assunto privado de duas pessoas, inicia uma nova vida nas almas alheias; reviste novas formas, adquire novos sentidos e perpetua seus efeitos, que acabam misteriosamente recaindo sobre aquelas duas pessoas entre as que tiveram lugar originalmente.

Igual que na vida do individuo, nas relações entre pessoas não existe nenhuma fase de descanso. Há um começo, um desenvolvimento, um zênite, um declive e um final, e como o individuo, doenças das mais diversas classes: moléstias, enfermidades congênitas, estados de esgotamento, achaques da velhice; muitas vezes não falta tampouco um toque de hipocondria. Muitas relações sucumbem a enfermidades da infância, inclusive a algumas que poderiam se prevenir com atenções e cuidados, é dizer, mediante uma higiene razoável; outras expiram na flor da idade por causa das seqüelas de antigas enfermidades; outras morrem tarde ou cedo devido a mal congênitos que raramente se diagnosticam a tempo. Algumas envelhecem depressa, outras devagar, e há as que estão aparentemente mortas, porém as podem devolver à vida com paciência, meios adequados e boa vontade. Porém há outra coisa em que as relações humanas coincidem com o ser humano: poucas sabem se resignar ao inevitável, afrontar com dignidade o sofrimento e a velhice e morrer com beleza.

Não basta com conhecer à gente, é fundamental saber decifrar também suas relações. Elas também dissimulam e se disfarçam se fecham hermeticamente. Só conhecerás a um individuo quando sejas capaz de ver-lo imerso na rede de suas múltiplas relações.

Por mais que uma pessoa te haja enganado, roubado ou caluniado, sempre existe a possibilidade de reconciliação, incluso, de que cheguem a ter mais adiante uma relação pura. Até com teu assassino te poderias chegar a entender estupendamente depois de cometido o crime; quiçá com ele mais que com ninguém. Só há uma pessoa à que eternamente não voltarás: a que não sabe o que te há feito, embora você já haja esquecido tudo.

Tomara as pessoas se vingam só pelo mal que lhes tem feito. Porém se vingam também quando se lhes faz um bem do que não se sentem dignas, ou pelo que não querem agradecer. E o pior, por ser um ato quase inconsciente, é quando se vingam por sua própria má consciência (da que, não sem razão, culpam ao outro).

Na hora de trair, a maioria das pessoas é mais pontual que nas horas de demonstrar sua felicidade. E ter que trair demasiado tarde pode custar-lhe mais caro que ignorar as exigências da felicidade.

Confessar algo significa, na maioria dos casos, um engano mais arteiro que ocultar-lo todo.

Às vezes é um engano maior ter nos braços à mulher amada que a outra.

Há quem da às costas a um amigo, à mulher à que ama ou a um dever, e o justifica com a fidelidade a si mesmo. Porém em muitos casos, isso não é mais que a forma mais cômoda e covarde do auto-engano. Muito poucos conhecem tão bem as leis de sua própria evolução pessoal como para saber se com essa infidelidade para com uma pessoa ou uma coisa não estão sendo ao mesmo tempo infiéis a si mesmos.

Quando o ódio se acovarda, sai à rua mascarado e se faz chamar justiça.

Quando uma pessoa à que no fundo de nossa alma não suportamos ganha nosso reconhecimento, nossa admiração, inclusive (por paradoxal que pareça) nosso amor, a aversão primeira que sentíamos se intensifica, e assim, o ódio busca e encontra muitas vezes seu alimento precisamente no que parece mais oposto a ele: na justiça.

O desejo, o imperativo ou incluso o anseio de viver, experimentar e padecer uma relação sentimental existe geralmente a priori, inclusive antes de haver achado o objeto digno ou anelado. E poucas pessoas são o bastante pacientes para esperar ao objeto adequado.

O amor aos filhos sempre é desgraçado; e mais, é o único que merece plenamente esse qualificativo. Basta com que nos atrevamos a lembrar. O amor que sentíamos a nossos pais pese a sua intensidade, não tinha também um componente de compaixão, quiçá incluso de repugnância? Não havia, ao fim, nesse amor algo emparentado com a aversão?

Quando uma relação que nasceu ao grande cai na mediocridade, não pode se prolongar se não é a custa de dolorosos e vergonhosos sacrifícios. É mais sábio dissolver sem mais o lar espiritual comum que deixar a pele no empenho por recortar-lo.

Numa relação enferma, igual que num organismo enfermo, até o fenômeno aparentemente mais nímio pode ser um sintoma.

Desde o ponto de vista da economia das relações humanas, é preferível se unir a uma pessoa pouco confiável mais doce que a uma pessoa fria, mas digna de confiança. Contra as pessoas pouco confiáveis há um remédio: conhecer aos seres humanos; em troca, a frialdade acaba congelando irremediavelmente todo vínculo até condenar-lo à esterilidade.

Toda relação amorosa atravessa três estágios que se sucedem imperceptivelmente: o primeiro, no que somos felizes estando juntos em silêncio; o segundo, no que nos aborrecemos estando juntos em silêncio; e o terceiro, no que o silêncio se faz carne e habita entre os amantes como um inimigo maligno.

A prática psicanalítica bajula a vaidade até extremos perigosos. A qualquer nimiedade se atribui uma importância desmesurada. Pessoas absolutamente banais se sentem interessantes fascinadas pelo valor que se lhes confere incluso os seus sonhos.

Existem mais tipos de solidão, mais puros, mais dolorosos, mais fundos, que os que acostumamos reconhecer. Nunca, no meio duma grande concorrência, depois dum momento de bem estar e diversão geral, todos os presentes se te tem figurado de repente fantasmas e você mesmo a única criatura real entre eles? Nunca tem percebido, em meio duma conversação interessantíssima com um amigo, a completa falta de sentido de todas vossas palavras e a nula esperança de que chegueis a se entender alguma vez? Nunca, quando descansas feliz nos braços da mulher que amas, tem notado inequivocamente que detrás de sua frente rondam pensamentos dos que não intuis nada? Todos esses tipos de solidão são piores que o costumamos chamar assim, é dizer, o estar sozinhos conosco. E é que essa solidão, comparada com todas aquelas outras, as verdadeiras, prenhas de inquietude, perigo e desesperação, é um estado prazenteiro e inocente. Estar juntos conosco mesmos deveria parecer-nos a forma mais suave e cômoda da sociabilidade.

Que deliciosa é a solidão quando sabemos que em algum lugar do mundo, ainda seja remoto, alguém nos anseia. Mas, é isso solidão? Não é mais bem uma forma de sociabilidade, a mais cômoda e irresponsável, que só sabe exigir e tomar, sem dar nada, e mais, nem sequer reconhecer sua divida?

Se cultivares com excessivo mimo o jardim secreto de tua alma, pode chegar a fazer-se demasiado exuberante, a desbordar o espaço que lhe corresponde e, pouco a pouco, a invadir outras regiões de tua alma que não estavam chamadas a viver em segredo. E assim pode ser que tua alma inteira acabe convertendo se num jardim fechado e, pese a seu esplendor e seu perfume, sucumba a sua própria solidão.

A maioria das pessoas vive no entre - solo da casa de sua vida, onde se tem instalado folgadamente, com bons aquecedores e todas as demais comodidades. Raramente baixam ao porão, onde intuem a presença de fantasmas que poderiam gelar-lhes o sangue; tampouco costumam subir à torre, pois sentem vertigem ao mirar abaixo e ao longe. Porém também há alguns que preferem viver precisamente no porão, porque se sentem mais a gosto na penumbra e o estremecimento que debaixo a luz e a responsabilidade, e outros desfrutam subindo à torre, para deixar se perder a vista em distâncias insondáveis que jamais alcançarão. Mas os mais desgraçados são aqueles que passam a vida correndo do porão à torre sem parar, em tanto as estâncias habitáveis da casa se lotam de poeira e de abandono.

Quem será capaz de compreender de todo estes três fatos inconcebíveis: que existe, que é ele e não outro e que antes não existia e um dia deixará de existir?


* De Relaciones y soledades (ed. Edhasa), edición de Joan Parra - Fonte: Página 12 – Buenos Aires - Argentina


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los símbolos se separan con un espacio de las cifras

Cuando se escribe una cifra seguida de un símbolo ha de dejarse un espacio entre los dos.

Es frecuente ver escritos los símbolos de unidades monetarias, como el del peso y el dólar ($) y el del euro (€), así como los de las unidades físicas y matemáticas, como el de porcentaje (%) y el de grado Celsius (°C), escritos sin separación alguna de la cifra a la que afectan: «La nueva tarifa es de 5,75€, lo que significa una subida del 23%».

Sin embargo, tanto el Sistema Internacional de Magnitudes de la ISO, como la Ortografía de las Academias de la Lengua establecen que ha de dejarse un espacio entre la cifra y el símbolo, cuando este último va pospuesto, de modo que lo correcto hubiera sido «La nueva tarifa es de 5,75 €, lo que significa una subida del 23 %»; la única excepción son los símbolos escritos íntegramente volados, en particular los de grado de ángulo y sus divisiones.

Aunque las propias Academias aconsejaron durante un tiempo eliminar este espacio en el caso concreto de los porcentajes, en la última edición de la Ortografía prefieren no establecer ninguna excepción.

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